“El globo rojo”, el divino tesoro de la inocencia.

por Tomás Vio Alliende
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El medio metraje de 1956, filmado en París por Albert Lamorisse, ha marcado a miles de generaciones que hasta el día de hoy siguen viendo como la felicidad puede escapar de las manos, pero que al final siempre logra algo mejor.

La primera vez que vi “El globo rojo” (1956) debo haber tenido unos siete u ocho años. Fue en el colegio con un proyector de celuloide de 16mm, mostrado en una sábana blanca pegada a la pared. De inmediato me llamó la atención el niño, el protagonista, Pascal, hijo del director, tan seguro de sí mismo y tan solo. Se encuentra el globo rojo arriba de un farol, trepa y toma la cuerda, de inmediato el globo se hace su amigo y lo sigue a todos lados. Juega con él, se arranca, lo acompaña. Es quizás otro niño más. Incluso lo sigue al colegio desde donde sale por las ventanas, burlándose de los profesores. En 34 minutos Lamorisse es capaz de contar una historia redonda que tuvo la fortuna de ganar el premio Oscar al mejor guion, entre muchos otros premios.

He visto “El globo rojo” muchas veces, la última fue hace un par de días.  Siempre me estremece el final, que no lo voy a contar para no arruinarle la película a los que no la han visto, que yo creo ha sido la envidia de muchos creadores de cine para niños. Hay mucho de eso en el largometraje animado “Up”, hay mucho de búsqueda de felicidad, de amistad, de lealtad a toda prueba, de que todo esfuerzo en buena lid siempre tiene una recompensa. “El globo rojo” es el comienzo de todo, de una niñez placentera, donde los adultos no son los que siempre tienen la razón. En la película aparecen como estorbos, como entes que adornan el paisaje citadino y no comprenden la emoción de Pascal por tener un nuevo amigo.

El filme tuvo una crítica favorable al momento de su estreno, y posteriormente cuando se volvió a proyectar en Estados Unidos en 2006, los norteamericanos alabaron la figura del niño y el guion, tildando la cinta como de “una conmovedora simbolización de los sueños”. Sin embargo, llama la atención la mirada distinta y más profunda del crítico Philip Kennicott, del diario Washington Post, quien señala: «La película muestra un mundo de mentiras. ¿Inocentes mentiras? No necesariamente. El globo rojo puede ser la fusión entre el capitalismo y el cristianismo más uniforme alguna vez puesto en una película. Un joven niño deposita en un globo rojo el amor de lo que lo coloca fuera de la sociedad (…) Esto podría ser dulce. O podría ser una reducción muy cínica del impulso primordial hacia la fe religiosa». El análisis de Kennicott aparece insensible y rebuscado frente a una visión inocente de la película, pero es igual de válido para una sociedad como la estadounidense constantemente golpeada por la religión y la guerra. “El globo rojo” es también el bálsamo, el respiro, lo que molesta, lo que si no se tiene se destruye; el reflejo también de la envidia, de la felicidad que se ansía y realmente se busca.

Con muy pocos diálogos y con una música bastante decidora, la película arrastra y también estimula. Mirando al protagonista, Pascal Lamorisse, paseando por las calles del barrio Ménilmontant, puedo verme reflejado en él a esa edad. Yo quizás era más tímido, pero me habría encantado pasearme a los seis años con esa determinación con un globo rojo por la ciudad. Recuerdo que a los 8 o 9 años andaba en micro por Santiago solo o con mis compañeros de curso, sin la compañía de un adulto. En ese entonces uno vivía con la ilusión de que la vida simple era para siempre y que, sin mayores complicaciones, los gratos momentos tenían una existencia propia. El divino tesoro de la inocencia.

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