El salario del miedo.

por Segio Campos Ulloa
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La felicidad empieza donde terminan lo miedos…

“El salario del miedo” es el título de una película francoitaliana estrenada el siglo pasado, en 1953. Inscrita en el género dramático y de aventuras con un destacado elenco de actores que dan vida a un grupo de cuatro trabajadores de una compañía estadounidense, propietarias de una explotación petrolera, que los contrata para trasladar nitroglicerina, con el fin de apagar un pozo incendiado. Para llegar al lugar deben transitar por azarosos caminos en medio de la montaña y selvas del macizo andino.

La historia es de miedo, de terror. Como el miedo que sienten hoy muchas personas que transitan en sus vehículos conscientes que pueden ser asaltados por delincuentes avezados, para arrebatarles sus automóviles a plena luz del día poniendo en peligro sus vidas. Como el que experimenta una persona que llega a su domicilio temiendo un portonazo. O aquella mujer expuesta a la violencia intrafamiliar en cualquier ciudad. Muchas veces junto a sus hijos y/o adultos mayores, cotidianamente reportados por la prensa policial como inocultable expresión de la violencia de género. En fin, los miedos son múltiples. También al fracaso, a perder el empleo, al rechazo, al abandono. Y cómo ignorar el miedo a los cambios y al compromiso. Finalmente, el miedo a enfermar y a la muerte, tan presentes durante los casi tres años de pandemia. Como que hasta la fecha han fallecido más de 61 mil personas, con el consiguiente dolor para familiares y amigos.

Ciertamente muchas de las situaciones mencionadas inicialmente tienen su origen en la violencia delictual, incluidas las expresiones crecientes del narcotráfico y del crimen organizado en la macrozona sur y el norte del país.

La violencia: Una amenaza global

Según Slavoj Zisek, existen varios tipos de violencia: la violencia subjetiva, la sistémica, la lingüística (sería equiparable a la violencia simbólica, de acuerdo con Pierre Bourdieu), la violencia del terrorismo y la represiva. Hay que agregar a la violencia estructural, donde el sistema causa hambre, miseria, enfermedad, incluso la muerte de la población.

El matemático y sociólogo noruego, Johan Galtung, alguna vez expuso en Chile su visión sobre la violencia y la paz. Para este profesor nórdico el triángulo violento se configura con la violencia directa, la violencia cultural y la violencia estructural.

Si queremos encontrar un camino de salida a las situaciones que hemos descrito sucintamente, parece necesario detenerse en un análisis más específico de la violencia estructural que para Galtung es aquella que produce daños a las necesidades humanas básicas como la supervivencia, la libertad, el bienestar o la identidad, en la que generalmente se contraponen grupos privilegiados y otros vulnerados, normalmente caracterizados en términos de clase, raza o género. Esa sería la cara oculta de la violencia.

En este contexto, se puede recordar que algunos autores emblemáticos en teoría social de nuestros tiempos –como Ulrich Beck (1944-2015)– han caracterizado a las sociedades actuales como “sociedades del riesgo”. Seguramente, que esa caracterización que le otorga primacía a la inseguridad es inclusiva de la violencia en sus diversas manifestaciones. No obstante, el concepto de riesgo va mucho más allá y en esencia plantea la falta de certezas en sentido amplio. Por su parte, Pierre Bourdieu (1930-2002) ha mostrado que la violencia también puede ser simbólica: “esa violencia suave y a menudo invisible”. Otros autores, como Michel Maffesoli (1944), también han manifestado un gran interés por el tema, planteando que es difícil sostener que las sociedades actuales sean más violentas que las de otros tiempos históricos, asumiendo que la violencia continúa siendo   detonante de profundas transformaciones en las sociedades posmodernas. Este autor considera que la violencia social suele contener un carácter catártico, sobre todo cuando adquiere ciertas formas ritualizadas que podrían constituir mecanismos de restauración del equilibrio social. De esta forma el sociólogo francés marca una similitud entre el papel social de la violencia con el de la fiesta. Es conocido uno de sus primeros libros, dedicado a la violencia fundacional.

Aquellas conductas o comportamientos agreden y dañan a las personas, tanto físicamente como psicológicamente. Es evidente que el mundo digital abrió un espacio que llegó para quedarse y constituye un ancho canal donde la violencia se manifiesta en las más diversas formas. Desde una agresión verbal denostando a las personas comunes y corrientes, conocidas o públicas, hasta la incitación a cometer actos contrarios a la convivencia pacífica. Las redes sociales pueden llegar a estimular la agresión física. La incitación al suicidio es un riesgo a que se exponen especialmente adolescentes y jóvenes. Por su parte los medios han dado cuenta de fórmulas para fabricar armas de todo tipo que persiguen causar perjuicio físico y/o material, como muestra la evidencia de las últimas décadas.

En nuestro país fue algo más que un estallido

El hito histórico del 18 de octubre de 2019 marcó un antes y un después.  Para un sector de la sociedad resultaba incomprensible semejante descontento que desató una furia que dejó atónitos a quienes miraban por las pantallas los incendios del metro, iglesias, comisarías, comercios y domicilios particulares. En el mismo gobierno, con Sebastián Piñera a la cabeza, quedaron aturdidos y la única manera para enfrentar el problema fue desatar una represión policial que se tradujo en masivas violaciones a los derechos humanos con muertos y mutilados, entre otros crímenes de lesa humanidad que todavía se ventilan en los tribunales de justicia.

Como la memoria nos falla, es bueno consignar que hubo quienes consideraron inexplicable que aquello ocurriera en un país que había crecido tanto desde el retorno a la democracia. Si en 1990, Chile tenía un ingreso per cápita de 2.500 dólares, en 2019 habíamos llegado a 15 mil dólares.

Para aterrizar estas cifras globales recurrimos a datos de la Fundación Sol, entregados por la Encuesta Suplementaria de Hogares (2020)

El 50% de los trabajadores chilenos gana menos de $420.000 y 7 de cada 10 menos de $635.000 líquidos.

Solo el 20,4 % gana más de $850.000 líquidos.

82,4% de las mujeres que tienen un trabajo remunerado gana menos de $850 mil líquidos.

En las regiones de Coquimbo, Valparaíso, O’Higgins, Maule, Biobío, Araucanía, Los Ríos, Arica y Parinacota y Ñuble se observa un atraso salarial más pronunciado, ya que el 70% de los ocupados/as percibe menos de $600 mil.

En términos reales, a pesar de que la mediana salarial de 2020 ($420 mil) es $7 mil mayor a la observada el 2019, esto se debe principalmente a la destrucción de empleos femeninos de baja remuneración. Por tanto, no se trata de una buena noticia, e incluso se puede constatar que la mediana de 2020 es menor en casi $15 mil a la publicada en 2017, y en las regiones de Antofagasta y Aysén.

En 16 de las 32 grandes ciudades chilenas informadas, la mediana no supera los $400 mil, en 13 se ubica entre $401 mil y $500 mil y solo en Puerto Aysén, Antofagasta y Punta Arenas se supera los $500 mil.

También se puede constatar que en 34 de las 52 Provincias con información disponible la mediana no supera los $400 mil líquidos. Y solo en 16 provincias un 30% de los trabajadores y trabajadoras gana más de $500 mil.

El contraste está marcado por el 1% más rico de la población que percibe ingresos de casi 15 millones de pesos al mes. El 0,1% tiene ingresos mensuales de $82.000.000 y el 0,01% de la población gana $460.000.000 en números redondos.

Aquel contraste lo resalta además la encuesta CASEN 2020. A mayor abundamiento, el dato grueso nos dice que ese año el 10% más rico se comió el 50% de la torta de ingresos, es decir 2 millones de personas. Los otros 18 millones nominalmente tuvieron que conformarse con la otra mitad de la torta.

Todo esto es inequidad, desigualdad y falta de justicia social.

Coinciden los bajos salarios y los altos costos de la educación, el crítico acceso a la salud y una falta considerable de viviendas. 650 mil faltan en Chile y el gobierno del Presidente Boric aspira a que se construyan 260 mil casas y/o departamentos. En Chile hay más de 1.000 campamentos donde 81 mil familias viven en condiciones miserables.

Entonces fuimos testigos del estallido social como un fenómeno de acumulación del descontento que se extendió como reguero de pólvora en las principales ciudades del país.

El mundo político y su dirigencia se vio interpelado a buscar un camino de salida democrático para la crisis. Así fue como en la madrugada del 15 de noviembre de 2019, firmó el acuerdo para una consulta plebiscitaria.

Después vino la elección de constituyentes, la elaboración de la constitución y el plebiscito de salida.

Los datos expresados en los resultados del 80-20 fueron interpretados por unos como cambio copernicano y ya estábamos pasando a otra galaxia democrática.

Y no hay que olvidar el triunfo aplastante de Gabriel Boric sobre el ultraderechista José Antonio Kast, a quien le sacó una ventaja de más de un millón de votos, con sufragio voluntario.

Después vino el Rechazo con más del 60% de la población con voto obligatorio, que se negó a dar el visto bueno a una Carta Magna, con desinformación, excesos, polémica y pugnas estériles.

La lectura que hacen los expertos que miran con atención desde la academia las negociaciones, diálogos y discusiones para una nueva constituyente, es que la ultraderecha, la derecha, sectores de centro izquierda, se están atribuyendo la votación del Rechazo, como si fuera un apoyo tácito a sus intenciones de construir una Constitución a su “pinta”.

¿Acaso no estarán cometiendo el mismo error en que incurrieron los sectores progresistas con el 80-20?

Una situación es clara hasta ahora: La ciudadanía ha experimentado un agotamiento con los partidos políticos en su conjunto, más allá de las derechas, los centros y las izquierdas.

Los casos de corrupción sin castigo, los abusos de grandes empresas, los atropellos a los derechos de salud, justicia, vivienda, educación de calidad y también a la seguridad, son algunos de los muchos factores de la indignación ciudadana que sigue latente en una combinación letal con el miedo y la desconfianza.

Lo que detentan el poder político y económico tiene una responsabilidad mayúscula en esta hora de grandes definiciones. El desafío mayor es detener el deterioro social y mejorar la condición humana del país. Llega la hora de revertir el camino que hasta ahora se ha estado alejando cada vez más de la idea de un mejoramiento sustantivo de la calidad de vida de los 20 millones y de las generaciones que vendrán.

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