Henry, el restaurador

por Jorge A. Bañales
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Para unos fue un genio. Para otros, un criminal de guerra. En un siglo de vida Henry Kissinger trabajó duro para construir y mantener la imagen de un sabelomucho y puedelotodo.

Desde jovencito

      En las ultimidades de la Segunda Guerra Mundial y cuando las tropas aliadas avanzaban en Alemania, a un soldado raso estadounidense le asignaron la administración de la ciudad de Krefeld, al noroeste de Düsseldorf, porque no había otros que hablaran en alemán en el estado mayor de la división.

         En ocho días Henry Kissinger, entonces de 22 años de edad, estableció una administración civil, un logro que avisaba de la capacidad para restaurar el orden social y político.

         Nueve años más tarde, en busca de su doctorado en Filosofía de la Universidad de Harvard, Kissinger presentó un disertación titulada Peace, Legitimacy, and the Equilibrium (A study of the statemanship of Catlereagh and Metternich. El trabajo se enfocó en el juego de potencias entre las naciones Europeas en el siglo XIX después de convulsiones desde la Revolución Francesa, las guerras napoleónicas y los brotes republicanos.

         

En esa disertación, que se publicaría en 1957 como libro con el título de A World Restored (Un mundo restaurado), Kissinger introdujo el concepto de “legitimidad”, algo que según explicó “no debe confundirse con la justicia”.

         La legitimidad “significa nada más que un acuerdo internacional acerca de la naturaleza de acomodos viables y acerca de las metas y métodos permisibles en la política exterior”.

         A pocos años de concluida la segunda de las guerras mundiales y cuando el panorama global se dividía entre dos bloques, en opinión de Kissinger un orden internacional aceptado por todas las potencias mayores es “legítimo”, en tanto que uno que no sea aceptado por una o más de las grandes potencias es “revolucionario”. Es decir peligroso.

Historia antigua

       En América Latina, donde el 85 por ciento de la población tiene menos de 50 años de edad, los cuentos y las imágenes de Kissinger son ya casi cosa de viejos. 

         El período de mayor impacto en las gestiones de Kissinger, como figura dominante en las administraciones de los presidentes Richard Nixon y Gerald Ford, concluyó hace casi medio siglo. Las consecuencias de aquellas gestiones, primero como Asesor de Seguridad Nacional y luego como Secretario de Estado, en cambio, siguen presentes en vastas áreas de la política internacional, y en la política interna de muchos países.

         “Por muchos años Kissinger fue, primordialmente, un símbolo, aunque uno con influencia perdurable”, escribió Ed Kilgore, columnista de la revista Intelligencer. “Para algunos, él encarno el imperialismo estadounidense descarado y en su forma más cínica. Para otros, fue una especie de presencia social y mediática inevitable que persistió como un virus de bajo grado. Y para otros, (Kissinger) ejemplificó el prestigio vacío de la perpetua eminencia gris cuyos triunfos y crímenes se desvanecieron con la niebla del tiempo”.

Los grandes se entienden

     Fiel a su disertación doctoral, Kissinger operó sobre la premisa de que las grandes potencias han de entenderse dejando a un lado los dogmatismos ideológicos y si, en el acomodo, los países chicos resultan apachurrados poco importa.

         La izquierda, especialmente latinoamericana, recuerda el apoyo de Kissinger a los regímenes militares –responsables por tortura, desapariciones y asesinatos- en más de una década de guerras sucias para “contener el comunismo”.

         Fue durante el gobierno de Nixon que Estados Unidos llevó a cabo una campaña de bombardeos e incursiones militares secretas en Cambodia que costó la vida a más de 50.000 camboyanos como parte de la guerra de EE.UU. en VietNam. 

         La derecha estadounidense, en cambio, repudió entonces y sigue denunciando la apertura, en 1972, de Estados Unidos y China, una maniobra diplomática magisterial que rompió la imagen de un bloque comunista monolítico y facilitó la recuperación económica china.

         Una vez que el orden internacional bipolar pasó a ser un juego triangular, bajo la guía de Kissinger, Estados Unidos negoció una relajación de las tensiones con la Unión Soviética y una serie de pactos sobre armamentos en la senda hacia los Acuerdos de Helsinki en 1975.

          “Si la restauración del equilibrio requería el abrazo con Mao TseTung en la cima de su carrera sanguinaria, que así sea”, comentó Walter Russel Mead, del Instituto Hudson, en un artículo en The Wall Street Journal. “Si se requerían más bombas en VietNam y Cambodia, allá van los (bombarderos) B-52. Cualquier sentimiento de culpa o vergüenza por esas acciones correspondía, en su opinión, a aquellos cuyas estupideces habían dejado a EE.UU. nada más que opciones malas”.

         El mismo Kissinger que así actuó, fue el que condujo las negociaciones secretas que pusieron fin a la guerra de Estados Unidos en Vietnam.

         Cuando hace justo medio siglo Egipto y Siria atacaron por sorpresa a Israel en Yom Kippur, Kissinger se involucró personalmente en una labor diplomática viajando entre Tel Aviv, El Cairo y Damasco no para alcanzar la paz –que sigue siendo inalcanzable- sino para lograr lo posible: un armisticio.

         Nixon y Kissinger aseguraron el respaldo militar a Israel pero también presionaron a los israelíes para que no usaran fuerza militar excesiva, algo que hubiese podido involucrar a la Unión Soviética en la guerra. El armisticio y la separación de los ejércitos condujeron al acuerdo de paz entre Egipto e Israel durante el gobierno del presidente Jimmy Carter.

El consultor

       Para Kissinger, la construcción, cuidado y reparación de un equilibrio sostenible en los asuntos globales era el reto político y moral supremo de los estadistas, especialmente cuando las armas nucleares amenazaban hacer de la guerra entre las grandes potencias un exterminio”, señaló Russell. “Hubo que satisfacer a los demonios, hubo que quebrar promesas, y a veces quedaría sangre en el piso”.

         Tras su salida del gobierno, al final de la presidencia de Ford y con cierto orden mundial restablecido, Kissinger inició una lucrativa carrera como celebridad y consultor para corporaciones, disertante para convenciones y cultivo de la imagen del sabio en la montaña. 

         Tras la muerte de Kissinger, a los 100 años de edad, el actual Secretario de Estado, Antony Blinken, destacó la “perspicacia estratégica” y el “intelecto” de Kissinger.

         “Pocas personas han sido mejores estudiantes de la historia, y aún menos personas hicieron más que Henry Kissinger para moldear la historia”, agregó.

         La política exterior de Estados Unidos retornó a su vaivén: los estadounidenses se escandalizaron al conocer los métodos de su gobierno en Chile o en VietNam, en Uruguay o en Irán. El presidente Carter puso la defensa de los derechos humanos al tope de sus prioridades en política internacional.

         Tras lo cual, elegido que fue el republicano Ronald Reagan, retornó a Washington el segmento aislacionista siempre latente en EE.UU. y la política de cara recia y mano dura hacia la Unión Soviética.

         En cuanto a la democracia, la Constitución, las elecciones y asuntos conexos en países que no son super potencias, puede entenderse a Kissinger como un hombre con prioridades bien definidas.

         David Sanger, en un obituario publicado en The New York Times, se refirió al papel de Kissinger en el derrocamiento del presidente Salvador Allende, de Chile, en 1973.

         “En su defensa, Kissinger dijo que todas sus acciones debían verse en el contexto de la Guerra Fría”, anotó Sanger. “No veo por qué tenemos que quedarnos quietos y ver que un país se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad de sus ciudadanos”, dijo y agregó medio en broma. “Lo que está en juego son demasiado importantes como para dejar que los votantes chilenos decidan por sí mismos”.

         Sería interesante conocer la opinión del mega consultor Henry Kissinger sobre lo que ocurre cuando la amenaza comunista ya no desempeña un papel importante en las preocupaciones de los votantes.

         Del mismo modo que los revolucionarios del siglo XIX, y los comunistas, nazis, fascistas y nacionalistas del XX soliviantaron el orden establecido, un fantasma recorre el mundo: los caudillos autoritarios que medran en el descontento de millones de votantes tanto en Estados Unidos como en otras partes.

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