Las mismas guerras

por Jorge A. Bañales
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Una erupción de violencia –otra más- en el Oriente Medio y medio mundo se siente obligado a tomar partido. Los dos bandos que ponen los muertos repiten el guión sin encontrar su fórmula para la paz.

Los únicos

La Academia de Ginebra, establecida en 2007 por la Facultad de Leyes en la universidad de esa ciudad suiza, asegura que hay en el mundo más de 110 conflictos armados, de los cuales 45 ocurren en el Oriente Medio y el norte de África. Las contiendas armadas cruzan el mapa desde Colombia a África, el Golfo, Afganistán, las Filipinas y algunas cuentan más de medio siglo de matanzas.

         El Registro Global de Conflictos que elabora en New York el Consejo de Relaciones Exteriores calcula que en 2022 murieron más de 237.000 personas en una treintena de conflictos armados en todo el mundo.

         Todos ellos tienen su inventario de atrocidades y destrucción que aflige una región y casi todos transcurren desapercibidos para la así llamada opinión pública mundial.

         Menos uno: el esporádico estallido de combates, bajas civiles y destrucción que se asestan recíprocamente Israel y los palestinos.

         Son los únicos dos bandos cuya pugna, arraigada en décadas, acapara la atención global, enardece proclamas y protestas y hace casi obligatorio que en todas partes, cercanas y lejanas, el resto de la humanidad tome partido.

         Gobiernos, partidos políticos, intelectuales, artistas y las juventudes a las cuales siempre tienta la militancia callejera no se conmocionan demasiado por, digamos, alguno de los más de 35 conflictos armados internacionales en África, en sitios como Burkina Faso, Mozambique, Nigeria o Sudán.

         

Las organizaciones defensoras de los derechos humanos publican puntualmente sus comunicados de alerta sobre las matanzas en Myammar o la violencia sectaria en India, pero poca gente alejada del conflicto se perturba, se embandera y clama por intervención.

         En Europa  en la violencia incluye la guerra entre Ucrania y Rusia (un conflicto que, prácticamente, ha desaparecido de las pantallas en EE.UU), y las ocupaciones rusas en Crimea, Moldova, Osetia del Sur, y la armenia en Nagorno Karabaj. Conflictos de los cuales también los medios de vez en cuando se enteran pero que no levantan protestas multitudinarias.

         Sólo los israelíes y los palestinos logran dos efectos: la obligación aparente de que en todas partes la gente exprese solidaridades y repudios, y las amenazas de conflagración mayor con intromisión de las potencias que patrocinan y arman a cada uno de los bandos.

         Nada divide a la opinión pública, los partidos políticos, los líderes religiosos, los estudiantes y docentes en las universidades y aún a los expertos militares en muchas partes del mundo como una buena guerra entre Israel y los palestinos. Cuanto más cruel, más eficaz en sus dos efectos.

Agua para molino ajeno

La incursión sin precedentes de Hamás en Israel el 7 de octubre dejó al menos 1.200 personas muertas, más de 6.900 heridas y se llevó a Gaza unos 200 cautivos, según el gobierno israelí. La respuesta militar de Israel desde entonces ha dejado al menos 11.200 personas muertas, más de 29.000 heridas, y cientos de miles desplazadas, según el Ministerio de Salud del gobierno de Hamás en Gaza.

         Desde entonces han tenido lugar en Estados Unidos vigilias, manifestaciones callejeras, concentraciones multitudinarias, protestas, denuncias, declaraciones de políticos y organizaciones, así como enfrentamientos entre pros y contras.

         No es muy claro que el hecho de que miles o cientos de miles de personas se enfrenten con desconocidos que llevan bandera diferente contribuya, de manera alguna, al logro de la paz.

         En cambio, como las olas concéntricas que una piedra caída en el agua causa, el conflicto se extiende en agitaciones e incitaciones de quienes aborrecen por igual a judíos y musulmanes, a israelíes y palestinos.

         “Cuando hay en Estados Unidos un acontecimiento mayor, en particular uno ante el cual se polarizan las reacciones, uno altamente politizado que evoca respuestas apasionadas y aún furiosas, puedes estar seguro de que quienes desean el desmoronamiento de Estados Unidos buscarán aprovecharse”, según dijo a la cadena ABC, John Cohen, un ex funcionario del Departamento de Seguridad Nacional (DHS). “Ven una oportunidad para acelerar lo que ellos esperan como una inminente guerra racial en Estados Unidos”.

       

  Elizabeth Neumann, otra ex funcionaria de DHS y comentarista de ABC, señaló que “una puede ver algo que, en un contexto diferente, es sólo una declaración a favor de los palestinos, no una declaración antisemita, que los extremistas violentos usan en la promoción de su ideología antisemita”.

         El grupo de investigación Moonhshot, dirigido por Neumann y que estudia las amenazas y la violencia extremistas en EEUU, ha llevado un registro de esas amenazas en internet en octubre tras el ataque de Hamás.

         “En comparación con nuestra línea de base de seis meses, las amenazas contra la comunidad musulmana han aumentado un 417 por ciento y las amenazas a la comunidad judía han subido un 425 por ciento”, explicó Neumann.

         De acuerdo con el Instituto para el Diálogo Estratégico (ISD), un grupo de estudios sin fines de lucro, las actitudes antijudías como anti musulmanas “han crecido como una bola de nieve”, algo que también han observado en todo el país los cuerpos policiales.

         Moustafa Ayad, director ejecutivo de ISD para África, el Oriente Medio y Asia, dijo a ABC que la retórica cada vez más incendiaria de políticos, analistas, comentaristas, activistas y los manifestantes en la calle exponen a la audiencia a un contenido cada vez más radicalizado.

        

 “No es pequeño el volumen de mensajes intercambiados en la comunidad neonazi acerca de estos hechos en Estados Unidos”, indicó Ayad. “Me refiero a los mensajes que buscan primero la división o crear violencia en esas marchas, esas protestas”.

Por su parte, Holly Huffnagle, directora del Comité Judío Estadounidense apuntó que “el antisemitismo y el extremismo conforman un apareamiento extraño”.

         “Los neonazis usan símbolos palestinos, incluida la bandera palestina, y propagan su propio mensaje anti sionista en la promoción de su odio antijudío”, añadió. “Y hacen esto al mismo tiempo que promueven su islamofobia virulenta”.

Sin diálogo cuando todos gritan

         La discusión pública de la guerra entre Hamás e Israel pronto se torna tan virulenta como simplista.

         Una crítica de Israel trae la acusación de anti-semitismo y la mención de  las víctimas del genocidio industrializado de la Alemania nazi aunque Israel ya no es víctima inerme de las circunstancias, es un Estado con una fuerza armada poderosa y el respaldo moral y militar de Estados Unidos.

         Toda crítica de Hamás y otras organizaciones palestinas que buscan el aniquilamiento de Israel trae la acusación de islamofobia y de servicio al imperialismo, aunque estos grupos no son ya menesterosos adalides de los condenados de la Tierra, sino organizaciones bien financiadas y armadas por otros actores en su propia brega con Estados Unidos.

         Pero, dado que Israel y los palestinos no han aprendido esta lección en más de siete décadas ¿por qué han de embanderarse millones de personas en el resto del mundo, gritando, insultando y agrediendo a nombre de uno y otro bando? 

Quienes son espectadores desde lejos ¿son más capaces de formular una solución que quienes viven y mueren en el problema?

Los unos claman acongojados por las víctimas civiles y horrorizados por las atrocidades de los otros, y a los otros, indignados por las crueldades de los unos les gana la aflicción por los civiles victimizados.

¿Hay guerras sin atrocidades, crueldades y civiles heridos y muertos? 

         Tal vez, la mejor ayuda que el resto del mundo puede dar a Israel y a los palestinos es ocuparse de ellos tanto como se ocupa de, digamos, la violencia de las bandas criminales de México, o la de los Mai-Mai Yakutumba y las Fuerzas Democráticas por la Liberación de Ruanda, en Congo.

El conflicto entre Israel y los palestinos continuará con sus espasmos de crueldad y su día a día de miedo hasta que las dos partes admitan que la violencia sólo produce violencia, y su única alternativa es la paz.

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