Nahui Olin, la mujer del sol. Carmen Mondragón, musa de la poesía

por Cristina Wormull Chiorrini
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“Para mí, para ti, ya no habrá ayer ni mañana –para nosotros dos sólo hay un solo día: la eternidad del amor y un solo cambio: más amor –amor que se transforma en más amor, donde no hay ayer ni mañana, sólo un espacio infinito –un día donde la noche no existirá sino para amarnos –una noche que será más luminosa que el día mismo cuando nuestras carnes se junten- es nuestro destino”. (Nahui Olin en carta a Dr. Atl)

La loca, como se apodó y estigmatizó a Carmen Mondragón y a muchas otras a través de la historia, era una mujer llena de deseos e ideas propias, aunque la sociedad, influida por la opinión de algunos decimonónicos pensadores, vio en ella una conducta enfermiza que llevaba a catalogarla como desquiciada, ninfómana o promiscua por reivindicar su sexualidad y autonomía, por hablar en público y no limitarse a escuchar o a obedecer, como se esperaba de una mujer “honrada” que no debía tener deseos y menos expresarlos… un escándalo: exigirlos. En síntesis, una mujer con ideas propias.

Antes de ser Nahui Olin, la artista, la musa, fue María del Carmen Mondragón Valseca, la hija de Manuel Mondragón, un adinerado militar y diseñador de armas mexicano que fue destinado a París, donde   vivió su infancia, mientras era educada, desde muy pequeña, por su madre, Mercedes Valseca, que le dio clases de escritura, pintura y piano para luego entrar al Colegio Francés donde “brilla desde su infancia” en palabras de una de sus profesoras, que en sus recuerdos se declara  maravillada con la pequeña Carmen, una niña con una “intuición pasmosa que lo adivinaba y lo comprendía todo” y que, apenas cumplidos los diez años “escribía las cosas más extrañas del mundo, algunas completamente fuera de nuestra disciplina religiosa”.  Su nacimiento se produjo junto con el ocaso del siglo XIX, en 1893, y su vida revolucionó a la sociedad mexicana y al mundo, una pionera del siglo XX de inmensos y encandiladores ojos verdes, donde la racionalidad se perdió en una navegación sin destino.

Antes de ser Nahui Olin, la artista, la musa, fue María del Carmen Mondragón Valseca, la hija de Manuel Mondragón, un adinerado militar y diseñador de armas mexicano que fue destinado a París

Adolescente, volvió desde Francia a México donde conoció a Manuel Rodríguez Lozano, muralista con el que se casó para regresar a Francia, donde convivió con Weston y Picasso y los vanguardistas de su época.  Al estallar la Primera Guerra Mundial se trasladó a España donde se inició como autodidacta en la pintura, desarrollando un personal estilo naif.  De esa época hay pocos registros, pero se especula que en ese entonces habría nacido su único hijo, que murió a poco de nacer.  En 1921 volvió a México donde se integró a la “vida loca” de los años 20 junto a artistas de la talla de José Vasconcelos, Frida Kahlo, David Siqueiros, Diego Rivera, y Gerardo Murillo, entre otros.

A poco andar de su regreso, en 1922, se separó de su marido y enamorada del pintor Gerardo Murillo, más conocido como Dr. Atl, adoptó el nombre de Nahui Ollin que en el calendario azteca hace referencia al movimiento renovador de los ciclos del cosmos, pero al faltarle una letra al momento de registrarlo, lo dejó en Nahui Olin, mostrando su natural tendencia a la rebelión.  Ese mismo año publicó su primer escrito y una de sus obras más importantes: Óptica cerebral. Poemas dinámicos, poemario imprescindible para aproximarse a lo innovador de su escritura que aborda, entre otras cuestiones, el deseo corporal, el intelectual y el creativo.

 

“Mi espíritu y mi cuerpo tienen siempre loca sed, de esos mundos nuevos que voy creando sin cesar, y de las cosas, y de los elementos, y de los seres (…). Inagotable sed de inquietud creadora”, de Insaciable Sed, primer poema de Óptica cerebral…Nahui Olin

Carmen Mondragón desarrolló su original escritura de la mano con su pasión por el cuerpo y por sus formas de expresión. Su interés nació a temprana edad… “el nudismo atrajo a Carmen desde los seis años”, y más tarde, el desnudo pasó a formar parte de su “propuesta artística como acto comunicativo”. Para Olin nudismo y arte formaban parte del mismo universo y en 1927 posó para el fotógrafo Antonio Garduño convirtiéndose en una de las primeras modelos de desnudo de México. Un escándalo de proporciones para la sociedad de entonces.

Luego, Diego Rivera la pintó como Erato, la musa de la poesía, en el mural La Creación, desplegando todo el erotismo que emanaba de una larga cabellera rubia y su cuerpo desnudo. En la Olin de carne y hueso, el erotismo parecía brotar más bien de la inmensidad de sus ojos: órbitas consagradas a la pasión y a la belleza que, como decía la crítica Teresa Fortoul:  mirar los ojos de Olin era algo así como mirar el mar, un mar lleno de tonalidades de verde intenso donde navegaba su increíble genialidad creativa y su amor por la ciencia.

“Fue asesina de la figura del ángel en el hogar, un modelo de mujer con una sexualidad pasiva, entregada a su familia y al bienestar de la nación”, Carolina Narváez, investigadora mexicana.

Nahui Olin rechazó el modelo de familia tradicional y precedió largamente a Virginia Woolf en el “asesinato” de la mujer como el ángel del hogar. Su femineidad disidente se vio convertida en algo negativo e impropio y tuvo que enfrentarse a la crítica y al estigma que sepultaron por largas décadas su obra artística.  Un alto precio por la libertad de ser.

Sé que mi belleza es superior a todas las bellezas que tú pudieras encontrar. Tus sentimientos de esteta los arrastró la belleza de mi cuerpo, el esplendor de mis ojos, la cadencia de mi ritmo al andar, el oro de mi cabellera, la furia de mi sexo, y ninguna otra belleza podría alejarte de mí. (fragmento de un poema de Nahui Olin)

Esta bella mujer, según algunos la más hermosa de su tiempo en México, desarrolló un estilo de escritura que celebraba la subjetividad femenina, reflexionando sobre temas tan variados como la ciencia, los valores, las reglas sociales, el amor, el deseo y el conocimiento, en obras tan notables como Tierna soy en el interior, A los diez años en mi pupitre o Energía cósmica donde mezcla la prosa y el verso e introduce analogías del pensamiento científico, algo que le fascinaba. En cambio, en poemas como Supremo egoísmo, Nahui Olin aboga por la autosuficiencia y el yo y escribe desde su individualidad. Algo muy diferente a la literatura femenina de aquellos años que tendía a la melancolía y el sufrimiento silencioso, tras la femineidad sacrificada y entregada a la familia.

 “El egoísmo supremo es el inagotable deseo, la ambición desmedida del vivirse en el aislamiento (…). No hay nada más interesante que el mundo que llevamos dentro”. Supremo egoísmo, Nahui Olin.

Su último amor fue Eugenio Agacino, un capitán de barco al que retrató en su pintura, amor que solo duró un año porque el murió intoxicado durante un viaje.  Tras esta tragedia, se empezó a alejar de la vida pública y se dedicó a hacer clases en una escuela primaria. La poeta, la rebelde, nunca fue la dolorosa poesía erótica retratada por Rivera ni la musa de otros, pero sí fue considerada loca y exótica; nunca reconocida en su época, aunque hoy se la ubique entre las mentes más lúcidas y enigmáticas de la intelectualidad mexicana del siglo XX.

«Mi espíritu y mi cuerpo tienen siempre loca sed de esos mundos nuevos que voy creando sin cesar, / y de las cosas, / y de los elementos, / y de los seres que tienen siempre nuevas fases bajo la influencia de mi espíritu, / y mi cuerpo, / que tienen siempre loca sed, / …resiste mi cuerpo, / que en continua renovación de juventud de carne /y de espíritu/ es único/ y es mil, / pues es insaciable sed/ y mi espíritu, / y mi cuerpo tienen siempre loca sed.» Nahui Olin

Por su independencia, irreverencia estética, osadía, fuerte emotividad y erotismo, los círculos intelectuales sepultaron su obra hasta 1993 cuando, al cumplirse el centenario de su nacimiento, se organizó una exposición: Nahui Olin, una mujer de los tiempos modernos en el Museo-Estudio Diego Rivera en la Ciudad de México. Pero, aunque hoy se suceden los artículos y exposiciones rescatando su obra, transcurridos diez años del centenario de su nacimiento, es casi imposible encontrar alguno de sus poemarios completos.

La arena que cubre la pirámide de Bronce,

es la arena de un desierto que aterra

—y cuando se levanta, pesa como una ola inmensa que aplasta—

y va subiendo hasta cubrir el bronce de la pirámide

—que no tiene espíritu—

Y su materia va sepultándose sin defensa alguna

bajo la fuerza de la arena de un desierto que aterra. (fragmento de La arena que cubre la pirámide de Bronce, Nahui Olin).

A Nahui Olin, como se ha dicho, se la estigmatizó hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo como “la Loca”, “la Dama de los gatos” o “la Perra”, es decir, estereotipos hirientes y descalificadores que, al momento de su muerte en 1978, se tradujeron en que nadie escribió un obituario ni le rindió un homenaje.  Pero todavía resuenan con fuerza las palabras que se dedicó a sí misma en Sobre mi lápida: Independiente fui para no permitir pudrirme sin renovarme; hoy, independiente, pudriéndome me renuevo para vivir”.

Belleza e inteligencia… ¿Entonces dos cualidades imperdonables?

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