Otra del Mercado

por Mario Valdivia
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El presidente de la república nos recordó que se nos olvidó reflexionar sobre el capitalismo. Algo así. Le encontré la razón. Así que pienso que de vez en cuando hay que ponerle empeño. 

El mercado es una institución jurídica, establecida y regulada por leyes, en la cual el capitalismo se ve obligado a moverse en forma pacífica. Vista la violencia del afán acumulador, y el gusto del capitalismo por las transacciones no institucionalizadas – tráfico de drogas, armas y personas, corrupción, opacas cadenas de valor -, más vale cuidar el mercado. Además, tiene otras gracias.   

De entrada, el mercado no es el mercado imaginado de los economistas. Guarda con éste la relación de un ser humano con un maniquí de alambre. Líneas cruzadas y puntos/precios de equilibrio que asignan recursos, no corresponden al mundo de transacciones diarias. En los ochenta, con El Mercado de Testaccio, los Inti illimani mostraron a quienes veníamos de la izquierda que el mercado, antes de nada, articula comportamientos. Mi vieja formación de economista me dificultó verlo. Y donde hay comportamiento, hay know how, conocimiento tácito de cómo se hacen las cosas, como se procede. El mercado es así un mecanismo de producción de conocimiento. Know how, en la forma de nuevas ofertas, se distribuye por las redes, rearticulando lo ya sabido. Transforma a veces tal multiplicidad de situaciones en las que participamos, que cambia la manera como nos entendemos y nos tratamos.

Pero los “bienes y servicios” son lo que son, no tanto de acuerdo con el diseño de sus diseñadores, sino por el uso que le damos quienes los adquirimos. ´Desde abajo´ como se gusta apreciar hoy día. Duchamp lo demostró gráficamente con el diseñado “urinario” que instaló para ser tratado como arte en una exposición. Es parte de la historia de la tecnología que el teléfono no fue inventado al diseñarlo como tal, sino al ser usado como tal. Vemos cotidianamente el uso diverso que le damos a los “celulares”, incluyendo el no uso. Cómo ropa de trabajo termina siendo chic, máquinas de procesar datos devienen dispositivos de comunicación, prendas de vestir rotas por el uso terminan por diseñarse así…, independientemente de los planes originales de los diseñadores. ´Nosotras´, compradoras usadoras, diseñamos. Nadie en particular, nosotros. Atentos, los diseñadores expertos reinventan sus ofertas para atinarle mejor con los diseños nuestros. Las cambian, las diferencian, hacen variaciones. Nuevos objetos de toda clase, nuevas aplicaciones digitales, nuevas modas, rediseñan el universo de prácticas en que vivimos. Aunque aparezcan diseñadoras individuales geniales, productoras innovadoras, nombres que se hacen famosos, la firme es que opera detrás de ellos el mecanismo de diseño social impersonal del mercado. Es el que hace emerger las individualidades que formalizan el diseño latente en el uso de los usadores.

Es difícil imaginar que este constante cambio impersonal y masivo de nuestra existencia sea posible sin el mercado. Hay otros mercados también, por supuesto. Monopolizados, prohibidos, demasiado influidos por la publicidad, manipulados. Pero el mecanismo de producción social de know how constituye siempre una potencialidad.  

Si hay que repensar el capitalismo, quizás es mejor no apuntar los tiros al mercado en una primera pasada.     

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