Pilar Dughi, la escritora que develó la infancia en Sendero Luminoso

por Karen Punaro Majluf
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Con personajes oprimidos, solos y en situación crítica; la escritora peruana se introduce en la violencia y terrorismo de los años ’80 sin cuestionamientos, sino más bien con una visión de indagar y dilucidar a través de reflexiones de sus protagonistas.

Creció en Miraflores, un distrito de clase media en Lima. Fue la segunda de tres hermanos, siempre tuvo una máquina de escribir y una biblioteca personal, lo que sumado a que sus padres se movían en un ambiente artístico, hicieron de Pilar Dughi una de las escritoras más representativas de la literatura hispanoamericana del siglo XX. 

Si bien su primera opción no fue dedicarse a las letras, una vez adulta compaginó a la perfección sus estudios de psiquiatría y literatura, moviéndose en círculos compuestos por los más destacados intelectuales del Perú. 

Sus primero cuentos los publicó al cumplir 30 años -1986- en la revista literaria La casa de Cartón. Tuvieron que pasar tres años para que lanzara junto a editorial Colmillo su primer libro, La premeditación y el azar; compilación de quince relatos que la llevaron a ser una revelación literaria, por su contenido realista con personajes solitarios, oprimidos y víctimas de situaciones críticas. 

Al ser entrevistada sobre su obra por Lady Rojas Benavente, para el libro Alumbramiento verbal en los 90. Escritoras peruanas: signos y pláticas, Dughi comentó que “una se imagina una vida para sí misma, pero de pronto, una serie de hechos pueden hacernos cambiar de rumbo fortuita o desafortunadamente. Tal vez el aspecto temático que tiene continuidad en mi escritura es la transformación perenne entre el proyecto de vida imaginado y el contexto que nos rodea y que se impone. Por eso quizás, algunos personajes parecen estar abrumados por su experiencia cotidiana”. 

El doctor en literatura Jorge Valenzuela, en su libro Bibliografía esencial, afirma que para Pilar Dughiescribir era un acto honesto y responsable. Era una forma de vivir y de luchar contra la muerte. Lo decía de esta manera: “el tiempo no existe cuando uno escribe. Uno escribe porque lo necesita y punto”. Para ella, explica el autor, la escritura era un poder y a la vez aquello que no podemos evitar. La creación era un acto de liberación, pero también, una condena.

Influenciada por Ernest HemingwayVladimir NabokovJ. D. SalingerBernard MalamaudAntón ChéjovGuy de MaupassantRoberto ArltJuan Carlos OnettiJorge Luis BorgesJulio Cortázar y su connacional Julio Ramón Ribeyro; Dughi  -en pocos años- consolidó una literatura en la cual la realidad es la que importa y no los hechos personales del escritor: “entre el narrador y el autor hay una relación, todos los hechos que motivan la historia tienen que ver con la experiencia diaria y en ese sentido, sí. Pero que me haya interesado contar un aspecto específico de mi vida, no. A mí lo que me interesa es la calle, lo que pasa ahí, o lo que ha pasado antes”, dijo a Lady Rojas Benavente. 

Un niño en medio del conflicto: análisis de “El cazador”

En el cuento “El cazador”, perteneciente al libro Ave de la noche, los personajes están en un lugar vulnerable de la sociedad, separados de la vida urbana y sus vidas giran en torno el conflicto armado interno que afecta al Perú durante los ´80. 

Lo primero que se establece al leer el cuento es un vínculo –independiente de si es positivo o de rechazo- entre el personaje marginalizado y el lector. Dughi en su relato resalta las problemáticas sociales que han llevado a los protagonistas a vivir fuera de la sociedad y como con el pasar de las generaciones las circunstancias no cambian.

La autora usa el temor como nexo entre personaje y lector; y lo que busca es generar una comunidad emocional destacando que es la fragmentación social la que hace a sus miembros proclives a caer en la segregación y maltrato. 

“Una noche, mientras preparaban los alimentos, su padre se había acercado. Los mandos se equivocan, murmuró. Darwin tuvo miedo. Miedo de que su padre hablara. No digas eso, le contestó. El mando Rolando se equivoca, insistió su padre. La gente tiene hambre y solo la Fuerza Principal come. ¿Acaso así ellos están resguardando a la masa como dicen? todos nos vamos a morir de hambre.

Darwin se había apartado pensando que no podía decir nada porque habría sido una debilidad expresar sus temores. Tampoco podía acusarlo porque los matarían a ambos. El tono de voz del padre mostraba rebeldía y Darwin se había sentido incómodo. Su padre era de la masa y toda la gente de la masa era débil”.

El relato se mueve en dos frentes: por un lado, se presenta un “reino de abundancia”, al que los personajes no podrían acceder en la vida citadina de no haberse unido a las tropas terroristas; y, por otra parte, dentro de ese mismo espacio, se sufre hambre, temor a la guerra y deseo de huir, pues solo se vive de promesas, viajes eternos y la nunca concreción de las promesas hablando siempre de un pasado que fue próspero y mejor. 

“Así sería el reino de la abundancia que llegaría algún día y del que hablaba el partido. Por él era que las masas esperaban”.

Una estadía voluntaria

Fue el padre quien llevó voluntariamente a su familia al campamento -cuando Darwin tenía 5 años- en búsqueda de una vida mejor. El niño se incorporó a la escuela de formación de cuadros del partido y a los 12 pasaría a ser parte de la fuerza principal. Se trata de una “educación” política y militar; les hacen leer y repetir las tesis de Mao y son entrenados para ser guerrilleros. 

Sin embargo, con el tiempo padre e hijo se dan cuenta que no son solo más que piezas de un engranaje que busca un cambio radical que los deja fuera de las ganancias que traería la victoria. Por ello, ambos quieren huir, aún a sabiendas que arriesgan su vida al entregarse a la base militar –que es el único lugar donde pueden llegar para evitar ser asesinados en medio de la selva-. 

Tenemos dos historias paralelas, la del escape de Darwin y la de la vida en el campamento. El trayecto de la fuga es también el camino de la conquista de los recuerdos, se nos presentan flashbacks de la vida nómada del campamento, de las incursiones militares, ajustamientos a los “traidores” y la voz de su padre convertida en un leit motiv al repetir “los mandos se equivocan”, aún cuando esa frase signifique perjurio. 

En este ambiente es donde el lector se compadece de los protagonistas –o al menos así lo busca la autora-, con un texto enfocado a develarle a la clase media-alta limeña las razones que llevan a familias pobres a sumarse a los grupos extremistas. 

“Los escapados recibirían todo el peso de la justicia del partido por su rebeldía. Luego de la arenga, las filas fueron disueltas y Darwin regresó a la cabaña donde dormía con sus compañeros de la Escuela de Cuadros. Shoreni era su amigo desde que ambos habían llegado al campamento. Era asháninka, cazaba mejor que él y sabía nadar. Los asháninkas eran altivos y orgullosos y, a pesar de las miradas de reprobación de los mandos, se reían y hablaban entre ellos en su lengua. Ambos se habían formado juntos en la Escuela de Cuadros. Shoreni era parco, pero trabajaba bien en el huerto, hacía flechas de chonta y le había enseñado a Darwin a desarmar la vieja radio del campamento. Esperaba, como él, llegar a la edad necesaria para incorporarse a la Fuerza Principal”.

Tomando los estudios de Umberto Eco, en donde plantea que el lector implícito propone que un texto se emite para que alguien lo actualice, se puede establecer que quienes accedieron a este cuento y desconocían las experiencias de los personajes, experimentarían el mismo miedo de ellos.

¿Empatía?

En el cuento se encuentra latente constantemente un enemigo interno, ya sea la sociedad misma o la vida como guerrillero. Sara Ahmed, académica experta en teoría crítica de la raza, señala que la sociedad responde ante la no- normatividad con odio, ya que estos sujetos representan una amenaza común: los cuentos presentan un miedo que surge debido a las problemáticas sociales. ¿Será entonces posible la “complicidad” y empatía del lector?

“Darwin recordó que aquella misma noche los obligaron a todos a formarse en el centro del campamento. Ahí se acusó a Gaspar, un chico de siete años que pertenecía a la Escuela de Cuadros, de robar un pedazo de ronsoco y devorarlo a escondidas. Gaspar era reincidente porque ya otras veces se había escapado de la escuela y lo habían encontrado en el monte. El mando político acusó a Gaspar de ladrón, indicando que con su conducta estaba arriesgando la vida de todos. Señaló que aquello era alta traición y procedió a dictaminar su condena. Un hombre del Comando de Aniquilamiento estranguló a Gaspar con una soguilla”.

Con Darwin, el lector ve cómo una persona que escapa de su comunidad en tiempos de guerra cambia de camarada a enemigo. Sarah Ahmed investiga este concepto del enemigo interno, pero lo relaciona con el odio. Ella propone que, “en las narrativas del odio, se muestra que un sujeto está en peligro porque el otro imaginado no solo quiere quitarle algo, sino también quiere ocupar su sitio en la sociedad”.

Darwin muestra las dos caras de Sendero Luminoso, primero como un niño que puede acceder a una formación y luego realiza un recuento de la violencia extrema que se cometía contra sus miembros.

“Los mandos militares conferenciaron con los mandos políticos y decidieron levantar el campamento y huir. La patrulla podría llegar en cualquier momento. Esa noche los hombres y mujeres de la masa, antes que desapareciera la luna, ya estaban desfilando por el monte. A las pocas horas de marcha, los mandos militares detectaron a dos mujeres que querían escapar de las columnas. Habían ido apartándose poco a poco hasta casi alejarse de la formación. Se las arrastró hacia un costado y se ordenó romper las columnas de avanzada. Después de una brevísima arenga de escarmiento, ellas y sus tres hijos fueron estrangulados y acuchillados. Los gritos fueron apagados por el murmullo de la masa reorganizándose otra vez en columnas. Darwin y Shoreni avanzaban en la retaguardia con arcos y flechas al hombro, por primera vez, convertidos en Fuerza Principal”.

El final es abrupto, sorprende, pero mantiene el esquema establecido en base al temor, dejando abierto al lector si habrá salvación o condena para los “traidores” que huyeron del campamento: 

“Tenemos otro niño como tú, cuando estén mejor, los llevamos a la base.Presentado, pensó Darwin. Presentado, repitió en voz alta, y se quedó dormido.Al día siguiente pasó todo el día recostado. La mujer le trajo estofado de gallina. Por la tarde lo visitaron algunos niños que lo observaron por la puerta de la cabaña. Al anochecer llegó un hombre bajo, de bigotes, armado con una retrocarga. Se presentó como el comando de la comunidad, autoridad militar. Le hizo algunas preguntas. De dónde venía, con quiénes había vivido, dónde estaba el campamento del partido, si él se había escapado solo o no. Darwin contestó todo lo que sabía (…).Cuando cayó la noche, lo condujeron hacia el río. Otras personas lo esperaban en un gran bote. Lo sentaron en la popa, detrás de un rondero armado.

A su lado, medio encogido, estaba Mardonio. Quiso levantarse, gritar, correr, pero siguió sentado, mirándolo. Mardonio tenía la vista clavada en el piso, Luego levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los de él. En el rostro de Mardonio vio al miedo.

—¿Sabes a qué base vamos? —preguntó Mardonio. —A Valle Esmeralda —contestó Darwin. — No somos arrepentidos, sino presentados. — Sí, ya lo sé dijo él, y sonrió”.

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1 comment

Pancho Zañartu noviembre 25, 2023 - 3:33 pm

No conozco a la autora referenciada. Espero que no pase mucho tiempo antes de leerla, en todo caso el artículo me parece notable. Gracias por motivarme a leer a esta autora.

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