¿Puede una novela vestir a la moda? Cuando un personaje se hace por lo que es y por cómo se proyecta

por Karen Punaro Majluf
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Si bien una creación literaria debe contar con protagonistas que posean una historia de vida que justifique la trama; hay ocasiones donde su aspecto físico pasa a ser tan importante como lo son sus recuerdos, presente y deseos futuros.  

La “moda” existe mucho antes que el término se acuñara, siempre que la entendamos como una tendencia que marca diferencias entre los individuos de una sociedad. Lo que partió siendo una necesidad para protegerse del clima, ya en el Imperio Romano tomó tintes de clasificación social al diferenciar a los habitantes según la cantidad de adornos que se llevaran puestos.

Se puede hablar de moda desde el siglo XIV, pasando desde agobiantes trajes que buscaban marcar un estatus hasta ocultar los malos olores corporales y piojos. En algunos períodos los escotes profundos estaban permitidos, mientras que en otros –la época victoriana- los volantes debían ser casi asfixiantes.

Tuvieron que pasar cientos de años para que, recién en la década de 1920, el pelo corto en la mujer y la posibilidad de mostrar los tobillos abrieran las puertas a la androginia, siendo unas pocas las “atrevidas” en llevar vestuario masculino.

Y es que la moda está directamente vinculada con lo social, ya que no sería posible ninguna forma de estilo si no existiese la sociedad. El vestuario es entendido como distinción entre clases sociales, grupos etarios, clases trabajadoras o elites dedicadas al arte.

Al ser la moda parte de la sociedad, se vuelve obvio que la literatura la tome y haga parte de sí. Personajes que para ser narrados deben contar con un estilo, una presentación que los enmarca dentro de lo que fueron, son y llegarán a ser en el relato. 

Desigualdad social: rostro y brazos bronceados

Junto con la industrialización –en el siglo XIX- la moda comenzó a considerarse en los mismos parámetros en la que hoy la entendemos. Fue por esos años cuando los diseñadores y modistas empezaron a trabajar y dictar las líneas a seguir en cuanto a estilo, haciendo aún más patentes las diferencias sociales.

La accesibilidad al transporte entre los países europeos facilitó que las familias adineradas viajaran a París en búsqueda de accesorios y vestuarios a la moda. Conocidos como los mejores del continente, los modistos franceses lideraban el mercado en cuanto a materiales y diseños, por lo cual para evitar las imitaciones baratas crearon la Chambre Syndicale dificultando con ello que la clase trabajadora accediera a prendas usadas por la élite. 

La escritora española Rosalía de Castro hizo eco de la moda en lo referente a documentar costumbres y vestimentas tanto en su obra en verso como en prosa. Considerada una “revolucionaria”, por su fuerte carácter feminista, hace referencias a las desigualdades y carencias “que pueden esconderse tras una persona ataviada con prendas de lujo”, explica Isabel Muñoz en su texto La moda en la literatura española:  Rosalía De Castro y el aporte documental sobre las vestimentas y los cánones de belleza de la época en su obra La hija del mar.

La autora, con una literatura (aparentemente costumbrista) denuncia el clasismo y exclusión que viven especialmente las mujeres. Para ello hizo uso de la moda y los cánones de belleza de la época, lo cual le permitieron remarcar las diferencias de clases.

En La hija del mar (1859), De Castro describe a sus personajes a través de simbolismos ocultos en la vestimenta. “Sus escritos son auténticos documentales de la cultura y la idiosincrasia femenina y feminista de su época”, añade Isabel Muñoz.

“Teresa, de pie, encima de aquella piedra misteriosa y flotando las puntas del blanco pañuelo que sujetaba sus cabellos agitados por el viento, la cabeza vuelta hacia el mar y los brazos tendidos con abandono parecía una sublime creación evocada de entre aquellas espumas, blanca como ellas y bella como un imposible”.

En el párrafo anterior encontramos datos valiosos sobre la moda que llevaba la protagonista. Por un lado, lleva un pañuelo sujetando su cabello, artículo que se ha llevado durante siglos y que marca la diferencia social según el material con el que fue hecho, sus adornos, e incluso la utilización de metales y piedras preciosas.  

Muñoz explica que “fue María Antonieta en el siglo XVIII quien dictaminó la forma cuadrada actual de los pañuelos y fue en el 1844 cuando llegó a Madrid la moda francesa de decorar estos con motivos florales y aves del paraíso, los cuales debían ser llevados en la mano por toda persona elegante sin importar su género”.

“Vestía con cierta elegancia desdeñosa un largo gabán de abrigo, un pantalón oscuro y unos botines de paño que casi cubrían sus pies, demasiado pequeños si se atendía a su estatura. Su rostro apenas dejaban verlo el ala de su sombrero y el ancho tapabocas que arrollaba al redor de su cuello*; sin embargo, el curioso podía ver todavía unos ojos azules hermosísimos, y una nariz afilada y perfecta”.

Para vestir a la moda y con elegancia, la calidad de los zapatos juega un rol fundamental. La autora describe el calzado del personaje masculino, el cual en el siglo XIX era visible, a diferencia del femenino. 

Otro punto importante era el color de la piel. El bronceado del sol era símbolo de clase trabajadora que pasaba largas horas trabajando al aire libre. Un ejemplo de ello lo encontramos en “Seguir de pobres” de Ignacio Aldecoa, cuento escrito en 1953 que narra el devenir de un grupo segadores que dejan la vida en el campo, bajo las inclemencias del clima que hace mella en sus cuerpos y facciones. 

Una historia de amor lésbico

Es sabido que Virginia Woolf, junto a sus hermanos, fundó el Círculo de Bloomsbury; grupo de intelectuales que renegaban de la clase media a la que pertenecían y experimentaron con el conocimiento, arte e incluso la sexualidad. Fue en este período cuando conoció a la escritora Vita Sackville-West.

Aún cuando la autora estuvo casada con Leonard Woolf, hay quienes afirman que su gran amor fue Vita, quien además de su amante y confidente fue inspiradora de su novela Orlando. Una biografía (1928); obra con la que impactó a la sociedad contando la historia de un hombre que se convierte en mujer. 

La novela trata sobre un aristócrata de la corte de Isabel I de Inglaterra que, tras un profundo sueño, despierta con cuerpo femenino. Si bien Woolf define la obra como una «broma, (…) una aventura al margen de los libros de experimentación poética seria«; su esposo le dio un valor profundo a la narración afirmando que tenía un vínculo extenso y estrecho con la vida.

Esto, porque los personajes biográficos de Orlando son narradores y al mismo tiempo experimentan los hechos. El protagonista, si bien se convierte físicamente en mujer, mentalmente sigue siendo un hombre; es un cambio de género, no de identidad.

La androginia de Orlando el lector la encuentra latente en su manera de vestir. La moda desempeña un rol en la novela porque lo sitúa en un contexto social, lo valida en el círculo en el que se mueve e, incluso, le entrega satisfacción sexual. 

“Él -porque no cabía duda sobre su sexo, aunque la moda de la época contribuyera a disfrazarlo- “ 

“Orlando está al servicio de la reina, que, enamorada de él lo nombra su Tesorero: […] después le colgó las cadenas de su cargo, y haciéndole doblar la rodilla, le ató en la parte más fina la enjoyada orden de la Jarretera”.

«Afortunadamente la diferencia de los sexos es más profunda. Los trajes no son otra cosa que símbolos de algo escondido muy adentro. Fue una transformación de la misma Orlando la que determinó su elección del traje de mujer y sexo de mujer. Quizá al obrar así, ella sólo expresó un poco más abiertamente que lo habitual – es indiscutible que su característica primordial era la franqueza- algo que les ocurre a muchas personas y que no manifiestan. Por diversos que sean los sexos, se confunden. No hay ser humano que no oscile de un sexo a otro, y a menudo sólo los trajes siguen siendo varones o mujeres, mientras que el sexo oculto es lo contrario del que está a la vista.»

El final de la novela llega en conjunto con el cambio que experimenta el protagonista. Si bien regresa a su casa y lo primero que hace es vestirse un pantalón, Orlando sigue inmerso en la androginia, pues el llevar una u otra prenda se ha convertido en un hábito del que no pretende deshacerse.

Un psicópata de “punta en blanco”

¿Sería posible comprender a cabalidad a Patrick Bateman, protagonista de American Psycho, si su autor Bret Easton no hubiera hecho una descripción detallada de su obsesión por el lujo?

La novela -publicada en 1991- retrata a la perfección la vida de un yuppie de Wall Street, un sujeto de 27 años, perturbado mental, sometido en el inconsciente por su padre, y que a pesar de su juventud es el segundo a cargo en el departamento de fusiones y adquisiciones de la firma Pierce & Pierce… Hasta acá un arribista más, a no ser por su afición a descuartizar prostitutas. 

Un obsesivo en todo lo que se propone: entrena disciplinadamente, “nutre” su piel con rayos ultravioleta, cuida su cutis con fanatismo y solo confía en productos de Yves Sant Laurent.

¿Entonces a qué te dedicas? (…) ¿Eres modelo? Se encoge de hombros. ¿Actor? No digo yo. Halagador, pero no. ¿Entonces qué? Normalmente me dedico a asesinar y ejecutar a gente.

Después de cambiarme, poniéndome unos pantalones de boxeador Ralph Lauren y un jersey Fair Isle, y deslizar los pies dentro de unas zapatillas de seda con diseño de lunares de Enrico Hidolin, me sujeto una bolsa de hielo de plástico a la cara e inicio los ejercicios de estiramientos de la mañana. (…) Al coger mi impermeable del armario del vestíbulo, encuentro un pañuelo de cuello Burberry y una gabardina a juego con el dibujo de una ballena”.

En American Psycho nos encontramos con un protagonista que se hace no solo por su forma de pensar sino además por lo que proyecta. Si lo comparamos, por ejemplo, con Martín, protagonista de Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sabato, nos topamos con un joven que desgarra al lector con su historia de desamor, mas no es importante conocer su vestuario, calzado o corte de pelo. Por el contrario, si desconociéramos la apariencia de Bateman, la comprensión de la novela no sería completa.

El crítico literario, Marco Roth, explica que la narración de Easton intercala “largas diatribas sobre canciones pop, anotaciones sobre moda y mucha cocaína, usando un estilo literario de trastorno obsesivo compulsivo masculino, con enumeraciones interminables y descripciones híper detalladas”. Se trata así de una novela sobre una tóxica masculinidad llevada al límite, que llega a ser chocante debido a su detallado realismo que abofetea sin aviso previo al lector…

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