¿Qué hay del capitalismo?

por Gonzalo Martner
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El presidente Boric provocó un cierto revuelo al afirmar en una entrevista a la BBC que: «el capitalismo no es la mejor manera de resolver los problemas en la sociedad. Pero no creo que puedas simplemente derrocarlo si no propones una alternativa que sea viable y que sea mejor para la gente (….) Todos los cambios que perduran en el tiempo deben ser progresivos y deben contar con mayorías sólidas, y tienes que construir esas mayorías sólidas que no son fáciles de construir«.

En efecto, el capitalismo no resuelve bien los problemas sociales si se lo caracteriza, siguiendo las definiciones de Braudel y Wallerstein, como aquel sistema económico que se organiza alrededor de la acumulación ilimitada de capital y la producción por agentes privados concentrados (monopólicos u oligopólicos) que construyen mercados asimétricos para maximizar sus utilidades y que procuran expandirse a todos los ámbitos de satisfacción de necesidades. El capitalismo ha dominado históricamente la producción material cotidiana de tipo familiar y de pequeña escala y también la vida económica organizada mediante intercambios monetarios de mercado con agentes atomizados, pues superpone a estos primeros dos pisos uno de «contramercados» (como los llama Fernand Braudel en «La dinámica del capitalismo«, 1985), que concentra la apropiación del excedente económico con economías de escala y el dominio de las finanzas.

Branko Milanovic, en un muy interesante texto («Capitalism, Alone, The future of the system that rules the world», Harvard University Press, 2019) define el capitalismo como «el sistema donde la mayor parte de la producción es realizada con medios de producción de propiedad privada, el capital contrata trabajo legalmente libre y la coordinación es descentralizada. Adicionalmente, para agregar el requisito de Joseph Schumpeter, la mayor parte de las decisiones de inversión son hechas por compañías privadas o empresarios individuales«. Pero, dada la necesaria conexión con las condiciones institucionales y de poder de los intercambios, hace una distinción muy discutible entre un «capitalismo liberal-meritocrático«, que sería el del Estados Unidos actual, y el «capitalismo político«, que sería el de China y Rusia.

En todo caso, el capitalismo occidental ha mostrado una gran capacidad de hacer crecer la economía desde 1870 (siguiendo a Brad DeLong en «Slouching Towards Utopia: An Economic History of the Twentieth Century«, Basic Books, 2022), pero no permite estabilizar una sociedad equitativa y sostenible. El capitalismo es la economía privada concentrada y monopolística, que ha perdurado porque, aunque experimenta periódicamente crisis y fluctuaciones, absorbe y/o crea las innovaciones tecnológicas, con frecuencia financiadas por el sector público, y construye economías de escala a nivel global desde hace siglos, en una lógica de centros y periferias. Esto ha permitido a diversas sociedades aumentar sustancialmente la productividad del trabajo, los empleos y los ingresos medios, aunque siempre en condiciones de heterogeneidad de agentes y de resultados económicos que conducen a sociedades duales y fragmentadas.

El capitalismo exhibe, en este sentido, dos grandes problemas sistémicos:

1.Es fuente de inestabilidad permanente. Lo es en primer lugar en la relación laboral, en donde el trabajo es un costo a minimizar y ojalá sea individualmente prescindible en cualquier momento. En términos macroeconómicos, no funciona bien sin el indispensable acople con un «Estado proveedor de bienes públicos» como la seguridad, las infraestructuras y la ciencia, y en parte la educación y la salud (que la economía neoclásica llama «fallas de mercado«), cuya provisión en escala insuficiente lo hace menos dinámico. Tampoco funciona bien sin el acople con un «Estado regulador» que cautele la expansión de la demanda agregada y la estabilidad de la moneda y las finanzas, así como de las condiciones del comercio, la competencia y la provisión de fuerza de trabajo sana y calificada. El capitalismo, cuando no logra la articulación de los aumentos de productividad con los aumentos de ingresos del trabajo, y opera solo con una lógica global desacoplada de las condiciones del consumo, produce inestabilidad macroeconómica, aunque genere de manera cíclica empleos e ingresos. Necesita al menos algunos de los componentes de una economía mixta para proveer estabilidad a su proceso de acumulación, por lo que siempre vive en una tensión con el resto de la sociedad, entre otras cosas por su renuencia a contribuir a financiarlos. Por su parte, el predominio del capitalismo financiarizado produce burbujas de activos y desestabilizaciones y crisis de ámbito global, que lo obliga a convivir con reglas multilaterales que procuran, imperfectamente, asegurar una coherencia básica a la economía mundial en medio de la globalización acelerada del comercio, las inversiones (aunque estas se reorientan en parte a los centros en la actualidad para una mayor autonomía de suministros), las finanzas y las migraciones. La economía mundial capitalista está conformada por centros dominantes tradicionales y otros emergentes (desde el Asia en las últimas décadas), pero siempre con periferias subordinadas a las necesidades de la conformación de las cadenas globales de valor. En ellas las periferias se llevan la peor parte en materia económica, social y ambiental, aunque no están, en la mayoría de los casos, en condiciones de sustraerse a la dinámica del capitalismo financiarizado global.

2) Es inequitativo y concentrador en lo económico, desigual en lo social y depredador en lo ambiental. Por eso su relación con las sociedades, más allá de aceptar en mejor o peor grado los mecanismos de provisión de bienes públicos y de regulación de los mercados de bienes y factores de producción, es siempre conflictiva. Este es el caso de la tendencia a la manipulación del consumidor y la oligopolización de los mercados (ver la contundente caracterización en «La economía de la manipulación«, de los premios Nobel George Akerlof y Robert Schiller, 2016), así como de la transgresión del trabajo decente y de su remuneración justa -con mínimos que la economía puede sostener y con retribución apropiada del aporte del trabajo a la producción- sobre todo en las crisis cíclicas internas o globales (ver «El precariado: una nueva clase social«, de Guy Standing, 2013). Lo propio ocurre en materia de respeto por el medio ambiente y los entornos espaciales en que se desenvuelve la actividad económica. El problema básico del capitalismo es que solo le interesa la maximización del rendimiento del capital, como su nombre lo indica. Esto crea las resistencias sociales y culturales a este sistema y la demanda por transformaciones socializadoras, y no la conspiración de algún grupo con tal o cual ideología. La tensión social que crea el capitalismo ha llevado a la emergencia desde la segunda guerra mundial de los llamados Estados de bienestar en Europa y Estados Unidos, y en parte en el resto del mundo, con distintos resultados, evoluciones y adaptaciones frente a la globalización.

Las alternativas deseables al capitalismo pasan en primer lugar por su restricción y gobierno en los dominios señalados. La política económica debe partir por cambiar su indicador de referencia, como sostiene Thomas Piketty: «El producto interior bruto debe ser sustituido por la noción de renta nacional (lo que implica deducir todo el consumo de capital, incluyendo el capital natural), el foco de atención debe estar en cómo se distribuye y no en los promedios, y estos indicadores de renta (indispensables para construir una norma colectiva de justicia) deben complementarse con indicadores ambientales adecuados (en particular en lo que respecta a las emisiones de carbono)«. Y adoptar indicadores no monetarios de bienestar (como la «pobreza multidimensional») para evaluar las brechas sociales y las políticas llamadas a reducirlas.

La transformación productiva de largo plazo requiere de políticas de estímulo de la producción de cercanía y los intercambios de reciprocidad del primer piso material de las sociedades (economía familiar e informal y economía social y solidaria), así como de los intercambios de mercado regulados y no asimétricos de un segundo piso económico (con producción y consumo sostenibles y con diversos agentes descentralizados y estatales) que incorpore el progreso técnico, las economías de escala y la articulación beneficiosa en cadenas globales de suministro de bienes intermedios y finales.

Es posible concebir una sociedad en la que el capitalismo, el tercer piso, deje de ser dominante, pero no reemplazado por decreto mediante la centralización económica en manos del Estado. Esta fórmula termina siendo incompatible con la democracia en beneficio de burocracias dominantes y con una asignación de recursos que no permite suficientemente la innovación y el dinamismo al no contemplar intercambios descentralizados. Una sociedad post-capitalista o parcialmente post-capitalista, parte del capitalismo realmente existente y avanza a nuevas articulaciones económicas e institucionales. Debe basarse en una «economía mixta reforzada«, siempre con empresas autónomas en sus decisiones, pero mejor reguladas social y ambientalmente, con o sin fines de lucro o con fines combinados. Esta «economía mixta reforzada» debe estar en interacción con un «Estado social«, proveedor de redistribuciones equitativas de amplio espectro y de bienes públicos financiados con impuestos a las transacciones, los ingresos y los patrimonios sujetos al principio de progresividad. El «Estado social» está llamado a asegurar, por razones de eficiencia y equidad en el funcionamiento económico, el acceso universal -y ya no solo selectivo según el nivel de ingresos de mercado- a la educación, la atención de salud, la vivienda y el urbanismo sostenibles, así como a sistemas de pensiones y redistribuciones tributarias y transferencias que permitan ingresos básicos universales a lo largo de la vida.

Es posible concebir una sociedad en la que el capitalismo, el tercer piso, deje de ser dominante, pero no reemplazado por decreto mediante la centralización económica en manos del Estado.

El post-capitalismo requiere, también, de un «Estado económico reforzado«. Este debe ser no solo regulador de los mercados para evitar depredaciones ambientales, abusos de monopolio y de las condiciones del trabajo. Debe asegurar el buen funcionamiento de los sistemas de ahorro y de provisión de moneda y crédito para el financiamiento de largo plazo y el acceso a mercados y a transferencia tecnológica a todo el espectro de empresas. Además, debe proponerse asegurar, regulando las condiciones de trabajo y la demanda agregada, el trabajo decente y el pleno empleo. Su tarea debe ser estimular una innovación tecnológica al servicio de las necesidades humanas junto al apoyo a la resiliencia de los ecosistemas y a la preservación y expansión de los bienes comunes. Debe orientar en el largo plazo la diversificación productiva que distribuya mejor en los territorios las actividades y mejore las condiciones del vínculo con la economía internacional. Esto supone asegurar producciones estratégicas y, por lo tanto, gestionar empresas públicas selectivas, y sistemas amplios de innovación y desarrollo tecnológico.

También debe contemplar la introducción de formas de democracia económica en las empresas maduras, con incidencia de los trabajadores en la orientación y resultados de su actividad y con una fuerte limitación de la herencia de activos económicos, siempre siguiendo a Thomas Piketty.

Así, la alternativa a la privatización y mercantilización general de las actividades económicas y sociales, según postula el neoliberalismo, es el proyecto de transformación socializadora de la economía mediante el gobierno social y ecológico de los mercados. Este tipo de sociedad post-capitalista no tiene que ver con la centralización estatal a ultranza en manos de la dictadura de un partido único o de una dinastía como en Corea del Norte ni el dominio de un grupo sobre un Estado rentista y extractivista que desorganiza la economía y restringe las libertades como en el régimen de Maduro en Venezuela. Esas son caricaturas de los defensores del libre mercado y del capitalismo.

En conclusión, la superación del capitalismo no implica eliminar los mercados, sino restringirlos social y ambientalmente y hacerlos simétricos y competitivos en los ámbitos en que son útiles al incremento del bienestar de la sociedad. Ni tampoco eliminar las empresas con fines de lucro, siempre que estén sujetas a las regulaciones mencionadas, no concentren la economía ni se extiendan a los ámbitos sociales y personales en los que el lucro no debe existir. La finalidad del proceso de desplazamiento del capitalismo es aumentar gradualmente el bienestar equitativo y sostenible de la mayoría social. Pero eso ocurrirá o no según lo vayan determinando y permitiendo los consensos democráticos y las capacidades institucionales de las organizaciones estatales y económicas sin fines de lucro. No se hace por decreto ni de un día para otro.

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