Una moneda única para el nuevo orden

por Patricio Escobar
163 views

El próximo mes de agosto Sudáfrica, junto con asumir la presidencia rotativa de los BRICS, acogerá la cumbre anual del grupo.[1] Si bien las expectativas son amplias y todas importantes, hay una sobre la que se posan todas las miradas: el lanzamiento de una nueva divisa que inicialmente sería destinada a los intercambios comerciales entre los miembros. La importancia de esta iniciativa se relaciona con dos aspectos. El primero es que este grupo de países representa el 40% de la población mundial, el 25% del PIB global y el 18% de los flujos comerciales,[2] variables que sustentan la primordial importancia de las decisiones que puedan tomar como colectivo. La segunda es la concreción de distintas acciones que ya se han tomado y buscan la sustitución del dólar como divisa internacional, lo que al culminar supondrá un giro copernicano en la hegemonía global y acelerará el fin del dominio norteamericano en los ámbitos político y económico.[3]

Un elemento adicional es que en esta cumbre se presentarán las distintas candidaturas que buscan incorporarse al nuevo bloque, que corresponden a 19 países.[4] Esto refleja la percepción extendida respecto a que la transición hacia un nuevo orden mundial es un proceso ya en marcha e irreversible.

Una nueva divisa

La guerra de Ucrania es el último capítulo de un proceso en que paulatinamente el centro de gravedad de la hegemonía mundial ha abandonado Occidente. Luego de un año de guerra, todos los recursos económicos, logísticos y de inteligencia de Europa y Estados Unidos juntos, no han logrado doblegar a Rusia. Frente a este escenario, una de las expresiones del debilitamiento de Occidente es la ruptura de los acuerdos entre Arabia Saudí y USA que desde hace medio siglo han normado los intercambios en el mercado petrolero y la aparición de iniciativas autónomas para utilizar monedas distintas al dólar en las relaciones comerciales.[5]

Lo que inicialmente puede ser una divisa común, cuyo ámbito está acotado a los intercambios comerciales y que persigue romper las cadenas políticas y económicas del dólar, puede tener la posibilidad de convertirse, con el tiempo, en una moneda común que pueda cumplir todas las funciones del dinero y promover una integración y un desarrollo convergente de quienes la comparten. En ese contexto, la difícil experiencia de Europa con el Tratado de Maastricht y el euro resulta aleccionadora y vale la pena repasar sus rasgos principales.

Europa y la moneda única para la convergencia

La construcción de la UE es resultado de una serie sucesiva de tratados comerciales y de integración que se inician en 1951 con la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, seguida posteriormente por la energía nuclear, Euratom, en 1957.[6]

De allí en adelante se fueron integrando otras áreas de comercio y sectores económicos, hasta llegar al Tratado de Maastricht de 1992, que preparaba las condiciones para la unión monetaria, la cual culminó con la puesta en circulación del euro en el año 2002. La construcción de Europa exigía un paso cualitativo como era el establecimiento de una moneda única y, a la vez, una misma autoridad monetaria. Maastricht marcó el rumbo y el cronograma en el cual se alcanzarían ambos objetivos.

Sin embargo, a la vez evidenció que los distintos procesos involucrados en la construcción europea se encontraban profundamente relacionados en una red de interdependencia, particularmente en el plano político. Esto implica que las ventajas de tener una sola moneda   encuentran un ambiente propicio para su desenvolvimiento cuando se despliegan todas las otras condiciones de la unificación; de lo contrario, aumentan los riesgos de este proceso, a pesar de estar acotados en el papel.

Las metas políticas de la integración nacida hace setenta años conllevaban un ineludible objetivo económico: la convergencia. Europa era, y lo es más a partir de las sucesivas ampliaciones, una realidad heterogénea. Esas diferencias se expresan en el ingreso por habitante, la desocupación, la carga tributaria de los países, sus niveles de deuda pública, el déficit fiscal y la variación de los precios, entre otras variables. La esperanza de hacer que converjan y promover un desarrollo equilibrado y general, exige que todo funcione según lo previsto. En un mundo de esas características, ese en que “todo funciona” y que es sospechosamente parecido al de la competencia perfecta, el alcanzar las metas de convergencia justifica las pérdidas de soberanía que supone en materia de política económica para los países miembros, el someterse a una sola autoridad monetaria. 

La macroeconomía de la moneda única

La moneda única existe para generar condiciones de mayor estabilidad al entorno monetario y al sistema financiero, al tiempo que promueve ganancias de competitividad para las distintas economías que la comparten. Si observamos esto desde el comportamiento de la inflación y la tasa de interés, era un logro hasta antes de la pandemia y la guerra de Ucrania, pero si lo hacemos desde el punto de vista del empleo y el ingreso, no lo es tanto. Ciertamente no vale recortar de los datos disponibles los periodos que resultan poco amigables con nuestras premisas. Si sacamos la crisis subprime y sus largos efectos, la pandemia y la guerra de Ucrania de la evaluación, junto a amplios sectores sociales que vieron aumentar la brecha de bienestar respecto a los más ricos, la política neoliberal en el mundo desarrollado es un éxito. Sin embargo, esos eventos no solo ocurren en el mundo real, lo hacen con una frecuencia muy desagradable y no pocas veces son resultado del tipo de política implementada. Un ejemplo de ello son las acciones de estabilización frente al déficit público, el que siempre está en la mira de las políticas imperantes desde hace décadas.

Si sacamos la crisis subprime y sus largos efectos, la pandemia y la guerra de Ucrania de la evaluación, junto a amplios sectores sociales que vieron aumentar la brecha de bienestar respecto a los más ricos, la política neoliberal en el mundo desarrollado es un éxito.

Desde la ortodoxia económica, el déficit público, resultado de políticas activas de los gobiernos frente a las necesidades de su población, no solo resulta ineficaz para incrementar la ocupación y el ingreso, ya que la dinámica propia del crecimiento lo haría de mejor forma y, además, el financiamiento de ese déficit sería perjudicial para la economía en su conjunto. La razón es que el gobierno debe endeudarse, y para ello compite con los agentes privados por el ahorro disponible, presionando el alza de las tasas de interés. Esto refuerza los problemas para alcanzar las metas de empleo e ingresos.

Esta visión respecto a la política económica y el crecimiento, es dependiente de un conjunto de supuestos que, habitualmente, están construidos para un escenario de estabilidad macroeconómica. Al levantar ese tipo de supuesto, el campo de posibilidades se amplía considerablemente. Por lo demás, la sola idea de mantener o incrementar el déficit público, responde habitualmente a los imperativos de una situación de crisis de empleo e ingresos, y no al afán de crear un nuevo deporte olímpico.

El otro aspecto preferente de atención de los enfoques ortodoxos en economía es la inflación. En ese ámbito, asumen que el mayor gasto público no alcanza el objetivo de incrementar el ingreso o el empleo y, por el contrario, solo provoca inflación. El hilo conductor de este razonamiento se sustenta en el supuesto de que la economía está en pleno empleo. Esto significa que el mayor gasto fiscal estimula la demanda, pero como la oferta es más rígida y tarda más en adecuarse a la nueva situación, el efecto de corto plazo es un aumento de precios cuando los consumidores empiezan a demandar más bienes.[7]

En ese entendido, la adopción de la moneda única supone la cesión por parte de los países participantes, de su soberanía monetaria. Ya no solo dejarán de tener una moneda propia con la cual realizar políticas de expansión o contracción según entiendan necesario para favorecer la actividad o políticas cambiarias para mejorar su competitividad comercial o contener shocks externos; quedarán, además, sujetos a la política que a ese respecto realice una autoridad única e independiente, al estilo Bundesbank o BCCh.

Sin embargo, eso no es todo. La idea de una política monetaria común y una fiscalidad independiente de los países miembros ha resultado en el caso europeo una quimera. En la práctica se necesitaba también un control eficaz de la política fiscal de cada uno, de manera que el déficit público tuviera un límite, como también el endeudamiento. La razón es que se buscó eliminar el riesgo de que algún país, en determinadas circunstancias, realizara una política fiscal contraria a la dirección de la política monetaria del BCE, es decir, frente a una contracción monetaria, que alguno pudiera incrementar el gasto público. Para que sea realmente eficaz una política monetaria común, se necesitaba un marco de acción restrictivo para la política fiscal y, por tanto, la cesión de soberanía en la política económica de los países no se quedaba solo en el ámbito monetario, sino que también alcanzaba al campo de la política fiscal, estableciéndose un techo de déficit equivalente al 3% del PIB.

Entre las ventajas que se propusieron para emprender este camino, está la eliminación de la incertidumbre cambiaria y una consecuente reducción de los tipos de interés ante menores primas de riesgo. A ello se suma la eliminación de los costos de transacción relacionados con la transferencia de fondos entre países con monedas distintas. En sentido contrario, el único riesgo real que se veía era la pérdida de la política cambiaria como instrumento de estabilización.[8]

Las metas de la moneda única

El largo listado de virtudes de la moneda única, reales como su efecto en los costos de transacción y aquellas un tanto ilusorias como las ganancias en estabilidad y disminución de la incertidumbre, resultan de segundo orden en relación con la meta de la convergencia. La UE no puede ser una unidad realmente, si es que la brecha que separa a un Norte avanzado de un Sur que va a la saga, no se elimina o reduce. Por eso la promesa de la convergencia era la gran apuesta para la integración, y en cualquier grupo heterogéneo debe ella estar en el horizonte de sus metas.

Elaborados con datos del Banco Mundial https://datos.bancomundial.org/indicator/NY.GDP.PCAP.PP.KD?locations=EU-DE Se tomaron seis países del norte (Alemania, Austria, Bélgica, Holanda, Francia y Luxemburgo) y cuatro países del Sur (España, Italia, Grecia y Portugal) y se utilizó el Pib/capita con $ PPA a precios constantes.

Algunos análisis identifican tres periodos en la historia de la moneda única respecto al objetivo de la convergencia.[9] El primero va de 1999 al año 2007, tomando desde el momento anterior a la entrada en vigencia del euro, hasta antes de la crisis subprime; el segundo, desde el año 2008 hasta el año 2014, que abarca el lapso de mayor impacto de esa crisis; finalmente, un tercero entre los años 2015 y 2019, en que se inicia la recuperación. A estos periodos les podemos agregar los años de la pandemia.

Midiendo desde el punto de partida 100 antes de la circulación de la moneda única, hay una primera etapa hasta el año 2007 en que, efectivamente, se produce la esperada convergencia, y el crecimiento más acelerado de los países del Sur presagia el encuentro con el nivel de ingresos de los más ricos. Sin embargo, la primera crisis (segunda etapa) del periodo revierte por completo la situación. En el lapso de recuperación (tercera etapa), la brecha se acentúa cuando esta resulta más pronunciada en los países del Norte. Finalmente, durante la pandemia (cuarta etapa), el impacto en los países del Sur triplica al que sufren los países del Norte de Europa. Detrás de este comportamiento asimétrico, se encuentra la variación de la productividad: mientras en el Norte esta crece anualmente entre el 0,5% y el 1%, en el Sur su variación es nula.[10]

Evolución y participación del ingreso per cápita de los países del Norte y Sur de Europa

 19991999-20072008-20142015-20192020-2021
Norte100,0107,6115,7120,9119,9
Sur100,0109,4107,5108,2105,3
Sur/Norte74,1%65,0%59,3%57,5%56,4%

Elaborados con datos del Banco Mundial https://datos.bancomundial.org/indicator/NY.GDP.PCAP.PP.KD?locations=EU-DE Se tomaron seis países del norte (Alemania, Austria, Bélgica, Holanda, Francia y Luxemburgo) y cuatro países del Sur (España, Italia, Grecia y Portugal) y se utilizó el Pib/capita con $ PPA a precios constantes.

Antes del euro, por cada 100 euros de ingreso de un ciudadano de los países del Norte, uno del Sur de Europa solo conseguía 74,1 euros, mientras que, para el último registro, esa relación ha caído a poco más de la mitad: por cada 100 euros de ingreso en el Norte, en el Sur se llega solo a 56,4 euros.[11]

En este contexto, la promesa de la convergencia se desploma sobre sus propios cimientos, cuando esta solo es posible en condiciones de estabilidad, mientras que, al producirse crisis y etapas de recuperación, se impone como tendencia lo contrario, y vemos que en el mundo real la brecha se agranda. El problema es que el mundo real está pleno de condiciones distintas a la estabilidad. De hecho, la mayor parte del tiempo estamos en una crisis o saliendo de ella.  

La idea de ceder la soberanía de la política económica, como un costo por parte de los países miembros, con el fin de alcanzar una senda estable de convergencia para el continente, como beneficio, se presenta como algo inconducente en la práctica para el caso de Europa, resultando la paradoja de que algunos países se ven obligados a aplicar políticas económicas que les perjudican sistemáticamente.

El € a dos velocidades

Que Europa sea una realidad heterogénea no solo se expresa en el ingreso per cápita de sus miembros. También encontramos realidades distintas en términos de su nivel de endeudamiento público, su déficit presupuestario, las condiciones de su equilibrio fiscal de largo plazo y, sobre todo, en las demandas sociales que los gobiernos deben enfrentar. Frente a una Europa del Norte que ha construido por diversas vías un estándar de funcionamiento de la economía que asegura un cierto bienestar a su ciudadanía, se encuentra una Europa del Sur, con carencias aún importantes y, peor aún, con una condición de precariedad que afecta a una parte no menor de la sociedad, que está en un peligro permanente de caer en la pobreza frente a situaciones de crisis. Según el INE, al año 2021 en España, el 27,8% de la población del país se encontraba en riesgo de caer en la pobreza o de exclusión social.[12] Desde allí, las cosas no han mejorado.

La Europa diversa debía avanzar de manera significativa en un nuevo orden que dejaba atrás la guerra Fría. El camino fueron los pactos sectoriales, luego la unión aduanera y, finalmente, la moneda común. Cada paso suponía un costo, pero era dable enfrentarlo si de ese modo se contribuía a la convergencia.

Pero ello no ocurrió. Los costos se pagaron sin encontrar el retorno prometido.  Adicionalmente, desde muy temprano se advertía de la dificultad que suponía. Dada la magnitud de la brecha, la moneda común y las políticas resultantes hacían que unos países se vieran favorecidos y otros perjudicados. Esto constituyó una fuente de conflictos y tensiones importantes en el seno de la UE.

Tempranamente, en el año 2004, el presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, expresaba claramente la contradicción: “El tren de la UE no puede siempre moverse a la velocidad del vagón más lento…[13] Esta idea de ya antigua data, tiene una expresión modernizada, la de “Europa a dos velocidades”. Sin embargo, eso sería el fin del proyecto.

La heterogeneidad de Europa se puede resumir, en última instancia, en dos brechas que según el tipo de crisis que se enfrenta alternan un mayor protagonismo. La primera es la Norte – Sur, y nos remite a la relación entre ricos y pobres. La crisis financiera del 2008 golpeó de manera especial y en primer término a los países desarrollados, y en el escenario de moneda única, se encontraron rígidamente condicionados a la hora de dar una respuesta a su necesidad de financiar la deuda pública en un escenario de deterioro de la calificación crediticia de esa deuda. Con moneda propia, Grecia se habría visto forzada a una dramática devaluación del dracma, que habría supuesto un empobrecimiento generalizado de la sociedad. Pero con moneda única, se vio forzada a aceptar el mismo empobrecimiento y la pérdida de activos públicos, pero digitado desde el BCE y la Comisión Europea, denominado “rescate”. Muy cerca de esa situación estuvieron España, Italia y Portugal, que debieron enfrentar el ataque especulativo de los fondos de inversión que apostaban contra la deuda de estos países y la propia sobrevivencia del euro.

En medio de la tormenta financiera y ante el imperativo de rescatar o facilitar liquidez a los países más endeudados, el Norte impuso un conjunto de exigencias al Sur. Desde su perspectiva, la crisis de deuda que sufren estos países resulta de la irresponsabilidad fiscal, o lo que un vergonzante presidente de gobierno español refirió como: “Hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades[14], para luego aceptar sumiso las exigencias de los banqueros alemanes, holandeses y austriacos a través de sus representantes en la Comisión Europea.

El Norte resistió todo lo que pudo e impuso un conjunto de exigencias antes de ceder al rescate de la deuda griega y a los préstamos a España, Portugal e Italia, y cuando casi una década después, la pandemia obligó a una nueva intervención mediante la emisión de deuda mutualizada, proceso en el que nuevamente los países del Sur evidenciaron un conjunto de intereses radicalmente distintos al de sus socios del Norte.

Lo que está en la base de las discrepancias finalmente, es un juicio ideológico referente al déficit público. Para el enfoque neoliberal es radicalmente malo, propio de Estados que no ajustan los gastos a sus ingresos de mediano plazo, generando todo tipo de desequilibrios y que cada cierto tiempo se traducen en colapsos. Enfoques de esta naturaleza no solo omiten buena parte de los principales desarrollos de la economía y las metas macroeconómicas relacionadas con su tratamiento; además, los defienden economías cuyas demandas sociales se encuentran en un rango muy distinto a las que existen en los países del Sur. Estos, enfrentados a sus particulares demandas, deben manejar sus respectivos déficits de manera de sostener un Estado que provea bienestar y al mismo tiempo cautelar los equilibrios macroeconómicos básicos, en un arreglo socialmente aceptable.

Es ese control el que está limitado por la restricción de instrumentos de política económica que resulta de la moneda única. Nuevamente aparece el dilema de la construcción europea. Se puede renunciar a la soberanía monetaria y gran parte de la fiscal, a condición de que se materialice la convergencia entre las distintas economías, y ello se evapora cuando se plantea la alternativa de la Europa a dos velocidades.

La segunda brecha está en el plano político, y es entre el Este y el Oeste del continente. La intervención de USA y la OTAN en la llamada “primavera árabe”, y las guerras civiles de Siria y Libia, provocaron una explosión de refugiados. Millones de personas huían de los conflictos y se agolpaban a las puertas de la UE, buscando entrar a través de los países del Este. Esto agravó las dificultades internas con la migración en esos países, haciendo resurgir corrientes neofascistas que acabaron deteriorando las relaciones internas en la UE. Las políticas de desestabilización e intervención propiciadas desde el Norte de Europa, acabaron estallando en la cara de estos mismos países, y desde entonces intentan dejar acotados sus efectos en su frontera oriental y del Sur, pero sin poder evitar que el problema agrave las tensiones internas de la UE.

La segunda brecha está en el plano político, y es entre el Este y el Oeste del continente. La intervención de USA y la OTAN en la llamada “primavera árabe”, y las guerras civiles de Siria y Libia, provocaron una explosión de refugiados.

La promesa de la moneda única como herramienta de integración se diluye, no porque no pueda cumplir esa función, sino porque la construcción europea se ha realizado bajo el paradigma de una economía desregulada, en que importan más los equilibrios del sistema financiero que las necesidades de la población.

Un nuevo escenario

El final del dólar como primera divisa en el mundo acarreará transformaciones de gran calado en el sistema financiero internacional. Frente a ello, la aparición de divisas alternativas ayudará a estabilizar el escenario del comercio mundial. La iniciativa de los BRICS de establecer una nueva divisa tiene todas las ventajas que se esperan para facilitar los flujos comerciales, pero, además, puede convertirse en una herramienta de integración, una que permita la convergencia entre naciones con distinto nivel de desarrollo económico y un crecimiento armónico.

Un escenario de este tipo debe tomar en consideración la experiencia del euro y los efectos que ha tenido en la construcción europea. La unión monetaria obligó a la fijación de normas comunes y a la creación de una autoridad única, responsable de la política monetaria. Sin embargo, ello resultó insuficiente. La unión monetaria exigía una política fiscal con un alto grado de homogeneidad, y ese campo revestía una complejidad mayor dada la heterogeneidad de los países.

Enfrentados a las diferencias, en el seno de la UE se desató una pugna por imponer normas de comportamiento en que muchas veces pareció quedar ausente del debate la razón por la cual, en algún momento, se deseó emprender este camino en conjunto.

El amanecer de un nuevo orden enfrentará desafíos similares. Es de esperar que las experiencias pasadas tengan alguna utilidad.


[1] https://www.swissinfo.ch/spa/sud%C3%A1frica-brics_sud%C3%A1frica-presidir%C3%A1-el-grupo-brics-en-2023-y-acoger%C3%A1-su-cumbre-en-agosto/48175202

[2] https://www.atalayar.com/articulo/economia-y-empresas/que-significaria-la-expansion-de-los-brics-para-los-mercados-emergentes/20220817164027157822.html

[3] https://lanuevamirada.cl/la-gran-transicion/

[4] https://www.bloomberglinea.com/2023/04/24/brics-recibe-solicitudes-de-19-paises-para-unirse-al-grupo-antes-de-su-cumbre/

[5] https://cincodias.elpais.com/cincodias/2023/01/22/economia/1674404802_973847.html   

[6]https://www.google.com/search?q=Tratado+de+Roma&source=lmns&bih=1241&biw=2113&hl=ca&sa=X&ved=2ahUKEwiP2rap3_T-AhXKrycCHYIAAWgQ_AUoAHoECAEQAA

[7] https://www.researchgate.net/publication/313759305_LA_EURO-ZONA_Y_LOS_PROBLEMAS_DE_UNA_MONEDA_COMUN

[8] https://www.caixabankresearch.com/sites/default/files/content/file/2016/09/ee07_esp.pdf

[9] https://www.eleconomista.es/economia/noticias/9611582/01/19/La-moneda-unica-fracasa-en-su-meta-de-nivelar-la-riqueza-de-los-paises-europeos.html

[10] https://www.eleconomista.es/economia/noticias/9611582/01/19/La-moneda-unica-fracasa-en-su-meta-de-nivelar-la-riqueza-de-los-paises-europeos.html

[11] https://datos.bancomundial.org/indicator/NY.GDP.PCAP.PP.KD?locations=EU-DE Calculado con datos del Banco Mundial.

[12] https://www.ine.es/prensa/ecv_2021.pdf

[13] https://www.elblogsalmon.com/economia/europa-a-dos-velocidades-ventajas-y-desventajas-de-este-polemico-modelo

[14] https://www.izquierdadiario.es/Hemos-vivido-por-encima-de-nuestras-posibilidades

También te puede interesar

Deja un comentario