Vivir la resaca de la memoria

por Antonio Ostornol
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Entre todos los esfuerzos realizados para darle un sentido a la conmemoración de los 50 años del golpe de estado, la publicación de varios y significativos libros han resultado, desde mi punto de vista, un real aporte a la comprensión de nuestro pasado. En estas columnas he comentado y sugerido la lectura de algunos pocos. Hoy quiero   relevar un texto distinto, difícil de clasificar, pero iluminador de aspectos que, normalmente, tratamos de evitar. Se trata de La resaca de la memoria (LOM, 2023), de Verónica Estay Stange.

Es un libro que se sale de los cánones. ¿Testimonio, novela, biografía, ensayo, denuncia? ¿Quizás un poco de cada cosa? En todo caso, categorizarlo no aporta nada. La propia autora dice que probablemente se trataría de un texto que se mueve en el ámbito de la llamada “posmemoria”. Y, en un sentido pertinente pero limitado, podría hermanarse con algunas novelas chilenas interesantísimas, como Formas de volver a casaMapocho o Estrellas muertas. Sin embargo, es muy radicalmente diferente. Verónica Estay Stange es hija de exiliados comunistas, que fueron detenidos y torturados el año 1976. Es también la sobrina del Fanta, Miguel Estay, uno de los casos más icónicos de aquellos militantes que fueron doblegados por la tortura. Nació en México y vive en Francia. Podríamos pensar que, dada esta circunstancia, la historia de la dictadura le habría pasado por el costado. Pero su relato nos habla de otra cosa, de cómo esa misma historia no fue algo que ocurrió antes de su nacimiento y en otro país ubicado en el hemisferio contrario, sino que sucedió en el origen mismo de su existencia, como si la vida de sus padres y de su familia se hubiese inscrito –sin palabras- en su propio cuerpo.

Muchos padres que fueron víctimas de la dictadura optaron por cuidar a sus hijos del horror no ocultando exactamente lo que habían vivido, sino solo dejando traslucir algunas trazas de lo ocurrido. Lo justo para que la historia no se transformara en un trauma. Estay Stang lo narra con una perspectiva distante, transformando su “yo” en una tercera persona de la cual se habla como si fuera otra, objetivando y distanciando todo aquello difícil de narrar: “Lo que se hablaba era en realidad lo que hablaba su madre, escrupulosa psicóloga que […] había asumido la responsabilidad de la transmisión de ese duro pasado que era conveniente revelar a los hijos desde pequeños para que nunca tuvieran la impresión de que se les había ocultado algo, pero de una manera muy delicada y cuidadosa para que no fueran a quedar traumados”. 

Sin embargo, la magnitud del impacto de la dictadura en sus víctimas fue tan grande, que sus secuelas no podían ocultarse. Las llevaban dentro y las transmitían desde las entrañas. Lo que no podían era verbalizar la experiencia en su totalidad. Para quienes sufrieron las torturas y estuvieron en el límite de sus existencias, no les resulta fácil hablar de ellas. Al hacerlo, probablemente se revictimizan, vuelven a actualizar una historia que ha quedado registrada en sus vidas como un mito secreto, con su potencialidad de repetición siempre presente. Por ello, tal vez, fue tan importante para acercarnos a la verdad el compromiso de reservar los relatos de las víctimas de tortura que declararon en la comisión Valech. La autora recoge en su libro un poema de Alberti que habla de lo mismo:

Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,

Lo desgraciado y muerto que tiene una garganta

Cuando desde el abismo de su idioma quisiera

Gritar lo que no puede por imposible, y calla.

Es el silencio aprendido, un silencio de sobrevivencia que heredan los hijos. En ese silencio se esconden sueños, miedos, conviccionesHeroísmos y traiciones. El problema es que los hijos del terror no entienden porque tampoco las víctimas logran comprender a plenitud todo aquello a lo que han estado expuestas. Sobre todo, hay una dificultad profunda para conceptualizar la propia vivencia de un cuerpo maltratado y vejado. Y esta incapacidad para procesar una experiencia para la que ningún ser humano se ha preparado y no tendría por qué estar sometido, se traspasa a quienes comparten en silencio ese calvario. Esas hijas e hijos de las víctimas crecen con una segunda piel donde yace oculta esta historia que se vuelve ancestral. Es verdad que hay mujeres y hombres que han podido contar públicamente. Pero hay muchos que no. Este libro, explora y devela, página a página, el proceso que va desde el silencio a la palabra. Y ese es un camino largo y doloroso.

La autora, agazapada bajo la figura del “yo” que se narra en tercera persona, avanza en el proceso identificando las principales amenazas y barreras para limpiar esta memoria.  Muy al inicio del texto, Estay Stange delimita el espacio emocional y cognitivo donde situará su relato: “Ocultar, ocultarse. Sobre todo, en el caso de los militantes que, después del golpe, se sumaron a la resistencia. ¿Cuántas veces disimularon informaciones, fingiendo no saber nada? ¿Cuántas veces mintieron para proteger al Partido o salvar la vida y la de sus compañeros? ¿Cuántos nombres y lugares se esforzaron por olvidar? ¿A qué estrategias tuvieron que recurrir frente a la tortura para nada decir, para decir un poco o, ya sin fuerzas, para decir lo justo y necesario, esperando tener algunos minutos de descanso entre la parrilla y el submarino sin que ello acarreara consecuencias demasiado graves? ¿Qué costo tuvo para ellos y los otros una palabra, una seña, un gesto de más, cuando ya no podían aguantar? Los que se callaron, los que dijeron algo, los que, completamente quebrados, delataron a uno o a varios: todos ellos están atravesados por el deber del silencio”. Hay en estas preguntas una reflexión sobre la profundidad del daño, sobre la singularidad de una experiencia que, en cualquiera de sus formas, se ha vuelto inenarrable.

Hace ya muchos años, el poeta Raúl Zurita escribió una columna en el diario La Época en que declaraba que en Chile habíamos vivido una tragedia, y que en el origen de toda tragedia siempre había una traición (seguro pensaba en términos clásicos), para luego preguntarse cuál sería nuestra tragedia. Con la historia vivida y contada en estos cincuenta años post golpe, con libros como el de Verónica Estay Stange, podemos vislumbrar algo de aquella traición: la dictadura nos hizo convivir con la abyección en la experiencia humana. La vimos, la sentimos, quedó flotando en la memoria, trashumante, hasta convertirse en una segunda naturaleza para víctimas y victimarios. Para la autora, esto no es un tema menor: su itinerario concluirá enfrentando con todas las consecuencias posibles su doble condición: la de hija de víctimas de la dictadura y sobrina de un traidor. 

Este no es un libro fácil ni bonito. Es iluminador, dolorosamente iluminador de todo aquello que sabemos que existe y no queremos ver. Gran texto, valiente historia. Y, además, muy bien escrito y de manera inteligente. Vale la pena animarse y leerlo.

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1 comment

Martha Elva López Guzmán octubre 29, 2023 - 10:36 am

Gracias Toño, me encanta leerte es como darse flexibilidad y la posibilidad de pensar.
otra manera de ecperienciar.
Me pregunto o lo que trae esta novela si acaso después de esa experiencia hemos quedado sensibles frente a lo actual del terror con las guerras genocidad en el planeta. Sabemos del horror y la crueldad, se acumulan los traumas pero también la posibilidad de pensar para salir de la trampa del horror.

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