T.S. Eliot

por Mario Valdivia

Quien se dolió por la substitución de la sabiduría por el conocimiento, y de este por la información, ¿fue él? Creo que sí, pero no importa – viva Eliot, igual -, alguien lo hizo, y la perceptiva frase articula un cambio fundamental ocurrido en unos pocos siglos.

Vivimos en un mundo de información, datos, acontecimientos, noticias, selfis, sentimientos compartidos, contabilidades, PIBs, y especialmente probabilidades. Verdadero en este mundo es lo que realmente ocurre, incluyendo en el pantano de las frecuencias estadísticas.

Hace poco importaba tener conocimiento de por qué ocurren los acontecimientos, cuáles son las razones de que sean y no sean. La ciencia es la forma paradigmática del conocimiento, al establecer teorías de las causas de aquellos. Creemos conocer qué causó la caída del PIB o la reducción de las ventas, qué virus produjo la pandemia, por qué las tormentas tropicales están cada vez más violentas, qué buscan las jóvenes con sus pantomimas en las redes sociales… Si le atinamos con el conocimiento, podemos (a)controlar los acontecimientos manejando sus causas, y, tan importante como eso, (b) nos hacemos una idea del mundo, en qué consiste como conjunto.

Si nos quedamos con (a), nos inclinamos por el pragmatismo, por considerar verdadero lo que funciona, aquello que permite controlar los hechos futuros, el “valor de cambio” de una teoría. En el fondo no interesa el conocimiento del mundo sino lo que sea que permita controlarlo. Ejs., la substitución de teorías de clases sociales por segmentos estadísticos de ingresos, la conversión de apreciaciones situadas de la inteligencia en el IQ, el legendario carácter estadístico inexplicable de la mecánica cuántica, en el caso más actual, la IA famosa, que atina con predicciones sin que nadie conozca por qué, con una causalidad oscura sin razones explicativas. Nos olvidamos del conocimiento y nos quedamos con un mundo de hechos controlables. 

Si nos vamos por (b), nos inclinamos por adquirir conocimiento del mundo, por tener una imagen más o menos completa de los mecanismos causales que lo constituyen, más que solamente por movernos controladamente sin saber por qué. La verdad en este caso consiste en la corrección de las teorías que explican lo que ocurre. La certeza de hechos individuales o estadísticos es solamente un medio para asegurar la corrección de aquellas.

Es quizás el afán tecnológico que viene desplegándose hace un tiempo lo que subordina la aspiración por conocer bajo el ahínco por controlar, por asegurar resultados prácticos valiosos.    

Antes, antes, más importante era considerada la sabiduría para configurar situaciones. Incluye tener información y conocimiento, pero es más que la suma de ambos, incluso se puede errar apreciablemente con los dos, pero atinarle con la configuración. ¿Qué ocurre aquí?, ¿de qué se trata esto?, ¿qué significa?,es la clase de preguntas que exigen sabiduría para ser atendidas y atinarle con la situación como totalidad. Reconocer ´los derechos del hombre y el ciudadano´ es lo que significa la Revolución Francesa, ´imponer completamente el liberalismo en Europa´, dice Napoleón que conseguirá la invasión de Rusia, ´construir el socialismo en un solo país´ es lo que hará la Revolución Rusa según Stalin,  y tantas configuraciones cotidianas, como ´nuestro matrimonio es insostenible, según dicen miles de parejas diariamente, y también ´esta relación va en serio, o ´el futuro pertenece al automóvil eléctrico´, o ´vivir consiste en ser exitoso o perdedor, o bien feliz o infeliz, o bien pecadora o virtuosa´… En estos casos la verdad no consiste en una información realmente cierta ni en un conocimiento correcto, sino en cómo se sostiene la situación configurada en el futuro. Solo el tiempo dirá si ella crea una realidad que cuaja en la historia. No hay teoría que valga y no hay datos suficientes para estar seguros, es una creación que nos arriesga a comprometernos con la creación del futuro. “Estallido social”, por ejemplo, configura una situación confusa, “sublevación popular”, es una configuración diferente, “Chile sin miedo” es otra, el “baile de la democracia”, otra, y “malestar social” otra, lo que parece claro a estas alturas es que a aquellas que aconsejaron una nueva constitución les faltó sabiduría. Puede ser, el futuro dirá, pero para atinarle en su momento con la configuración adecuada hay que ser sabia. 

Posiblemente el mismo afán tecnológico de control desplazó en su momento el cultivo de sabiduría por la acumulación de conocimiento. El éxito de teorías que segmentan la totalidad, movilizadas (Siglo XVII) por los asombrosos resultados de la ley de atracción gravitatoria entre dos cuerpos aislados del resto de las masas a su alrededor, hizo olvidar la sabiduría que exige configurar la situación como una efectivamente aislada de influencias externas, si se sostiene o no el famoso ceteris paribus antes de usar la fórmula conocida y controlar el mundo. Ej., carecer de sabiduría para cachar en qué condiciones el principio de las ventajas comparativas (Siglo XIX) puede crear pobreza para muchos además de riqueza para la totalidad, habitualmente deja la escoba. O tomarse a pecho los ordenados manuales académicos de desórdenes psicológicos, o cualquier protocolo, tanto como desobedecerlo. Es que en las situaciones habituales de la existencia no es cuestión de información ni conocimiento cachar qué es lo ajeno, lo que está efectivamente afuera (ceteris), ni si eso se mantiene constante (paribus), es cuestión de sabiduría.  

Quizás fue el miedo a un mundo contingente y sin sentido provocado por la ausencia de Dios, del influjo del destino y el sentido de la historia, cuya escucha, obviamente, requería sabiduría, lo que lleva a reemplazarlos por la deificación del principio de causalidad. Se instala así una época histórica tan confiada en la verdad científica como antes lo era en Dios et al, que termina por adorar como deidad única la producción de resultados prácticos con elevado valor de cambio. Época que cree conocer en qué consiste el progreso, y aplica ese conocimiento sin escrúpulos, con crueldad y abuso, sin sabiduría. Que, en el fondo, actúa sobre seguro sin tomar verdadera responsabilidad por lo creado.

Eliot – quien haya sido – nos comunica una preocupación conmovedora al hacer notar cómo la deriva histórica sabiduría – conocimiento – información empobrece un mundo sobreabundante de situaciones que emergen desde un fondo sin fondo, al convertirlo, en primer lugar, en un orden estable de ecuaciones causales, y, finalmente, en entidades opacas inexplicables que pueden ser controlada.              

(A modo de regalo de cierre de año para mis lectores [Villagrán no suelta la pepa si son decenas o centenas de miles], disculpando lo largo, publico bajo condición de anonimidad estricta este aporte de un directivo jubilado del Círculo Hermeneútico de Camino Las Quilas en Ñuble. Buena onda el compadre. Buenos tips)

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