“Si mi destino está sobre la tierra, entre los hombres
preciso será aceptar en mí aquello que me define
puesto que no quiero ser otro que yo mismo”
Juan Luis Martínez.
El flaco de la moto.
A mediados de los años 60, circulaba en moto por las calles de Valparaíso, un joven flaco, alto, con el pelo largo y ojos verdes. Este joven, años más tarde, se convertiría en un referente de la poesía chilena durante los últimos cincuenta años. Su nombre: Juan Luis Martínez (1942 – 1993). Un artista que muestra el cruce entre la poesía y las artes visuales, integrando ambos campos disciplinarios. Su obra, realizada entre 1965 y 1992, incorpora collages, grabados y ensamblajes, además de tres libros objetos: “La nueva novela” (1977), “La poesía chilena” (1988) y «El poeta anónimo«, publicado póstumamente en el 2002.
Martínez, junto a Raúl Zurita, Diamela Eltit, Diego Maqueira, el grupo CADA y Lotty Rosenfeld, entre otros, forman parte de la llamada “neovanguardia chilena” que es parte de la escena cultural de los años 70, cuando el país vive en dictadura y se ha producido un quiebre en nuestra vida diaria. Los parámetros estéticos de este grupo se caracterizan por la ruptura del lenguaje, la interdisciplina, la crítica política indirecta, la participación del lector y la desaparición del autor.
Esto último queda claro con la publicación de su primer libro, donde tacha su nombre y escribe sobre la desaparición de una familia:

1.- Antes que su hija de cinco años
… se extraviara entre el comedor y la cocina
… él había advertido “Esta casa no es ni grande ni pequeña
… pero al menor descuido se borrarán las señales de ruta…”
En su propuesta, el libro es un objeto en sí mismo, no es solamente un receptáculo de textos y el lenguaje no representa, necesariamente, la realidad, pues puede producir paradojas, engaños y contradicciones. El libro entra en un constante juego donde interactúan las fotos, los espacios en blanco y la intertextualidad, que propone una resignificación de algunos textos de Rimbaud, Carroll y Marx.
El “loco Martínez”, como se le llama, abandona la educación formal a temprana edad; sin embargo, se sumerge en el estudio y la investigación, impulsado por su madre, siendo un entusiasta lector de Mallarmé, Rimbaud y Verlaine. Son los años en que se hace parte de la bohemia porteña y conoce, entre otros, a Raúl Zurita y a Eduardo Parra, fundador de Los Jaivas.
El secreto mejor guardado
Algunos críticos han dicho que Juan Luis Martínez es el secreto mejor guardado de la literatura chilena. El escritor y académico Pedro Lastra, que estudió junto a Enrique Lihn su obra, comentó que hubo algunos que creyeron que Martínez no existía y era un personaje inventado por Lihn.

Su obra está marcada por la “transdisciplinariedad” pues recurre a distintos lenguajes, su objetivo es liberar las palabras, tiene múltiples lecturas y funciona, según Lihn y Lastra, como un artefacto que desafía los géneros literarios tradicionales. En el proceso de liberación de las palabras se observa una relación con la antipoesía de Nicanor Parra, ya que ambos rompen con la solemnidad del poeta y niegan que el poema debe ser algo bello y cerrado. La mayor diferencia entre ambos es que mientras Parra, a través de sus Artefactos, construye una imágen fuerte y directa, Martínez invita a una lectura más compleja donde los signos de contradicen.
La propuesta de Juan Luis Martínez está marcada por “la poética de lo ilegible”, que significa que el texto, a medida que avanza, se desvanece y no permite sacar una conclusión.
Tareas de poesía.
“Hoy que dulguen y ermendan los larorios
Las obeñas pastizan el bramante
Y las fólgicas barlas los filorios
Tras la Urla que valiñan ristramente”
Algunos críticos señalan un nexo entre el flaco de la moto y Rodrigo Lira (1949 – 1981) ya que ambos manipulan el lenguaje, crean objetos para entender el mundo y llevan sus textos más allá de lo verbal.
La gran pregunta
A pesar de que su obra es escasa en volumen, en vida publicó sólo dos libros, nadie puede negar su aporte en la literatura chilena y de habla hispana. La nueva novela rompe el concepto de novela, ya no se trata de una obra con principio, medio y fin y con personajes claros. Esta obra es rechazada por la Editorial Universitaria, la crítica especializada la deja a un lado y la transforma en marginal. Debe autopublicar y crear su propia editorial: Ediciones Archivo.
Martínez, a través de su obra, plantea una pregunta: ¿Por qué la poesía debe ser el trasunto de la realidad cotidiana? Esta pregunta, según lo plantea el ensayista Manuel Espinoza Orellana, rompe con una serenidad en la poesía chilena, marcada por “Residencia en la tierra” de Neruda que se establece como canon durante dos generaciones o más. Su propuesta radica en la exposición del drama entre lo real y lo irreal, muestra un vacío en la objetividad que lo fragmenta y lo reunifica.

En 1979 publica La poesía chilena, libro objeto que contiene una bolsita con tierra del valle central y reproducciones de los máximos exponentes de la lírica nacional (Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Pablo de Rokha y Vicente Huidobro) e intercala los certificados de defunción de cada uno de ellos, además del certificado de su padre biológico. Con esto lo que Martínez pretende es declarar la muerte de la poesía institucional.
Respecto de este libro objeto, el poeta y profesor Andrés Morales escribe en el 2003: “…es uno de los libros que debe ser entendido como una de las elegías más extraordinarias donde la tradición (chilena, española y universal) reafirma la inquietud perturbadora e inquisidora del hombre….”

Juan Luis Martínez, aunque siempre estuvo alejado de los centros de poder y es difícil catalogarlo en algún grupo poético, ejerce una fuerte influencia en escritores como Gonzalo Muñoz, Bruno Vidal y Soledad Fariña. Hoy, a pesar de que su obra es de difícil acceso, se ha transformado en un personaje mítico y sus textos han sido sujetos a estudios críticos y diversas interpretaciones.