Aquel rubio de Albacete
vino, madre, y me miró.
¡No lo puedo mirar yo!
Cuando Juan Ramírez de Lucas murió, en 2010, ya no era únicamente el muchacho al que Federico García Lorca había amado. Era también el hombre que había cargado durante más de siete décadas con una maleta invisible. Dentro de ella viajaban cartas, recuerdos y la sombra de una vida que nunca llegó a comenzar. Al compartir finalmente su historia, no rescató sólo una página desconocida de la biografía de Lorca. Rescató su propio lugar en ella.
Durante décadas, Juan Ramírez de Lucas fue un hombre rodeado de cuadros, libros y silencios. Quienes lo trataron conocían al periodista de ABC, al crítico de arte, al hombre elegante y discreto que transitó por la vida cultural española sin estridencias. Lo que casi nadie sabía era que guardaba una historia de amor detenida en el verano de 1936: una maleta que nunca llegó a cerrarse para un viaje que jamás zarpó y el amor de un poeta cuyo nombre el mundo entero pronunciaría después como leyenda.
Cuando Federico García Lorca fue asesinado hace 90 años, la historia española perdió a uno de sus escritores más universales, pero en ese entonces Juan perdió algo más íntimo y difícil de nombrar: un futuro. Ellos tenían planes, tenían un destino imaginado al otro lado del Atlántico y tenían la confianza, propia de la juventud (aunque para honrar la verdad, había una gran diferencia de edad entre ambos: Lorca tenía 38 y Juan 19) de que aún quedaba tiempo para vivir. Pero la historia suele mostrarse indiferente a los calendarios personales. Antes de que aquel proyecto pudiera concretarse, la guerra y la violencia interrumpieron sus vidas y las alteraron para siempre.
La existencia de Juan Ramírez de Lucas no quedó detenida en aquella ausencia. Durante décadas tuvo en sus manos una historia capaz de abrirle puertas, atraer focos y garantizarle una atención inmediata. Sin embargo, eligió otro camino y construyó su vida como periodista y crítico de arte sin reclamar para sí el brillo prestado de Federico García Lorca. Mientras el poeta se convertía en mito, él prefirió seguir siendo un hombre. Y quizá por eso, cuando muchos años después decidió abrir una parte de aquella historia al conocimiento público, sus palabras adquirieron una fuerza singular porque no hablaba alguien que hubiera pasado la vida esperando ser escuchado, sino alguien que ya había vivido.
Aquel rubio de los trigos
hijo de la verde aurora,
alto, sólo y sin amigos
pisó mi calle a deshora
(fragmento de Romance)
Juan Ramírez nació en Albacete en una España atravesada por tradiciones férreas, jerarquías familiares y certezas que parecían inamovibles. Como tantos jóvenes de su generación, creció en un entorno donde el porvenir parecía ya escrito de antemano. Sin embargo, había en él una sensibilidad distinta, una inclinación hacia la cultura y las artes que terminaría llevándolo hacia otros círculos, otras conversaciones y otras formas de entender la vida.
La capital, Madrid, era un espacio de efervescencia intelectual donde escritores, artistas, actores y periodistas intercambiaban ideas en cafés, tertulias y teatros. Allí convivían las tensiones políticas de una República cada vez más frágil y una extraordinaria vitalidad cultural que parecía anunciar un tiempo nuevo
Lorca era ya una figura admirada por muchos en ese Madrid de preguerra civil, pero no era el poeta universal que es hoy día. Juan apenas comenzaba a descubrir el lugar que deseaba ocupar en el mundo. Pero las relaciones humanas rara vez obedecen a las jerarquías que establece la fama. Antes que al poeta famoso, Juan conoció al hombre, a ese conversador brillante, al observador agudo y al creador que alternaba momentos de entusiasmo contagioso con zonas de vulnerabilidad que pocas personas alcanzaban a ver.
Entre ambos nació un vínculo, una a relación que se desarrolló en una época que obligaba a la discreción. Los sentimientos debían habitar espacios protegidos y los afectos que desafiaban las normas sociales quedaban confinados a la intimidad.

Juan tenía apenas diecinueve años. Y como ocurre a menudo en la juventud, el futuro se presentaba ante él como un territorio abierto. Todo parecía posible. También la idea de emprender una nueva vida lejos de España porque a diferencia de otros amores inmortalizados por la literatura, el de Federico y Juan no quedó fijado en una larga convivencia ni en una historia desarrollada durante décadas. Permaneció en ese instante singular en que dos personas miran hacia adelante y creen que el tiempo les pertenece. Transcurría el año 1936 y soñar todavía era posible.
Federico García Lorca atravesaba ese año uno de los momentos más fecundos de su vida creativa. Había cosechado éxitos, había viajado y había empezado a ser reconocido dentro y fuera de España. Pero junto a los proyectos literarios comenzaba a abrirse otro horizonte, uno menos público y acaso más importante para él: la posibilidad de compartir una vida con Juan Ramírez de Lucas.
Sin embargo, entre ambos y aquel futuro existía un obstáculo porque Juan requería la autorización paterna para viajar fuera de España por ser aún menor de edad. La petición no fue aceptada y Lorca esperó.

Quizás por eso, el matiz más desgarrador de los documentos liberados por Ramírez de Lucas fue el peso de la culpa que lo acompañó a durante toda su vida. Las anotaciones revelan que Lorca permaneció en Granada a la espera de que el joven obtuviera el permiso paterno para huir juntos al exilio en México. La negativa de su padre, un médico de convicciones conservadoras, impidió la salida de Juan, una traba burocrática que terminó sellando el trágico destino del poeta.
Entre líneas tú debes leer todo el cariño que te tengo. Federico García Lorca en carta a Juan Ramírez de Lucas el 18 de julio, un mes antes de su asesinato.
El 18 de julio de 1936 comenzó la sublevación militar.
Semanas después, Federico García Lorca fue detenido en Granada y asesinado. Con él desapareció uno de los grandes poetas del siglo XX, pero también algo menos visible y más difícil de registrar en los libros de historia: la vida que ambos habían comenzado a proyectar.
Mi dolor fue mío, sin posibles consuelos dada la densa maraña de prejuicios que envenenaba la vida española, dejó escrito en sus diarios Juan Ramírez
Mientras España entraba en una guerra devastadora y luego en décadas de dictadura, la figura del escritor comenzó su lento proceso de transformación. El hombre de carne y hueso fue convirtiéndose poco a poco en símbolo. Surgieron estudios, homenajes, interpretaciones y controversias. Con el tiempo, el nombre de Lorca acabaría ocupando un lugar central en la literatura universal. Hoy, a noventa años de su asesinato, se suceden los homenajes.
Pero Juan Ramírez, cargando su dolor silencioso, lejos de instalarse en ese recuerdo, eligió otro camino y se formó como periodista, desarrollando una reconocida labor. Lo hizo sin reclamar atención especial por un episodio íntimo de su juventud y sin exigir para sí un lugar privilegiado en la biografía de Federico.
Tú recibe un abrazo cariñoso de este gordinflón poético que tanto te quiere
El mundo, aunque nos viera, es hermoso. Despedida de Lorca en la última carta escrita a Juan Ramírez de Lucas.

La primera filtración y publicación en prensa de Romance o Al rubio de Albacete se produjo en 2012 cuando el poema vio la luz pública por primera vez a través del diario español El País. Esto ocurrió poco después de la muerte de Juan Ramírez de Lucas quien y lo entregó a su familia antes de fallecer en 2010.
Se asegura que Juan es el destinatario de Los sonetos del amor oscuro, once sonetos que compuso Lorca y que son una pieza imprescindible en la obra poética del poeta, y al mismo tiempo uno de los conjuntos poéticos más bellos de los concebidos en el siglo XX. El amor oscuro, al que alude el título, no es otro que el amor homosexual, pero como ocurre con la gran poesía, la lectura de éstos se puede extrapolar a cualquier amor oculto, dificultoso, doloroso, y por tanto oscuro, lo que le otorga una universalidad indiscutible.
El manuscrito, los cuadernos y las cartas íntegras que guardó Juan (entre ellas el original de Al rubio de Albacete) fueron publicados oficialmente en el libro de memorias Recuerdos. Breve historia de un amor, editado por la editorial Seix Barral bajo la revisión del hispanista Christopher Maurer y el periodista Víctor Fernández.
Aquel joven de la Mancha
vino, madre, y me miró.
¡No lo puedo mirar yo!
(Fragmento de Romance)
Con el paso del tiempo, las cartas, los recuerdos y los testimonios se convirtieron en un valioso legado que ha permitido visualizar al hombre junto al poeta y adquieren un valor que trasciende lo personal.

Basados en estos documentos contenidos en la caja de madera que acompañó a Ramírez por más de siete décadas, se realizó y estrenó el documental La voz quebrada, de Manuel Menchón. Junto a ello este año se estrenó en España la película La bola negra dirigida por Los Javis (Javier Calvo y Javier Ambrossi), que se podrá ver en Chile el próximo año y que cuenta tres historias donde el hilo conductor es Lorca, sin ser protagonista de la película.
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