La 13ª cumbre del G20, celebrada durante la semana pasada en Buenos Aires, resultó ser un respiro, largamente esperado por el atribulado mandatario argentino, Mauricio Macri.
El primer interesado en destacarlo ha sido el propio Macri, valorizando la cita que reunió a los principales líderes mundiales, con extremas medidas de seguridad para aislar las masivas protestas – en el marco de la severa crisis económica que vive el país – que descalificaban el “acompañamiento” y “ayuda” de los países desarrollados, como de los organismos financieros internacionales para amortiguarla.
El primer interesado en destacarlo ha sido el propio Macri, valorizando la cita que reunió a los principales líderes mundiales, con extremas medidas de seguridad para aislar las masivas protestas – en el marco de la severa crisis económica que vive el país – que descalificaban el “acompañamiento” y “ayuda” de los países desarrollados, como de los organismos financieros internacionales para amortiguarla.
El resultado de la concurrida cita de líderes mundiales -no exenta de chascarros, que bien aprovecharon los medios de comunicación a nivel planetario- no afectó el ánimo de Macri: “Nunca hubo tanta atención del mundo para Argentina como ahora”, resaltando mediáticamente la temida cita, que, por primera vez tuvo lugar en el país vecino. “Estas más de 60 reuniones nos sirvieron a todos. No sólo al gobierno. No significa que los problemas hayan desaparecido, arrastramos problemas de hace 70 años. Pero nos sirvió para entender más lo que pasa en el mundo. Y nunca antes tuvimos la relación con el mundo como la que tenemos ahora”, aseveró el reanimado mandatario.
Con todo, bastante más trascendente que las conclusiones de la cumbre (donde se reafirmaron las conocidas diferencias en torno al multilateralismo y el libre comercio), fue lo que ocurrió en paralelo a la cita de las principales potencias mundiales.
Por cuánto tiempo? Una tregua entre EE.UU. y China
Ciertamente el diálogo sostenido en la cena compartida por Donald Trump y Xi Jinping, para establecer, al menos, una tregua en la cruda guerra comercial que enfrenta a las principales potencias mundiales, marcó una señal que rápidamente asimilaron los mercados internacionales. En cualquier caso no ha desaparecido el riesgo de escalar la confrontación, tras el anuncio de Trump de subir nuevamente los aranceles a las importaciones chinas a su país por cerca de 200.000 millones de dólares, amenazando con nuevas alzas si China tomaba represalias.
Evidentemente y por más que los mercados respiren aliviados, por unos días, una tregua no es el fin de la guerra. Podría ser una exigua pausa de 90 días para intentar un acuerdo mayor, difícilmente satisfactorio para ambas partes, en el contexto de la profundidad de sus diferencias.
Evidentemente y por más que los mercados respiren aliviados, por unos días, una tregua no es el fin de la guerra. Podría ser una exigua pausa de 90 días para intentar un acuerdo mayor, difícilmente satisfactorio para ambas partes, en el contexto de la profundidad de sus diferencias.
Donald Trump está obsesionado con la idea de reducir el enorme desbalance de intercambio comercial entre ambos países (China exporta a Estados Unidos poco más de 500.000 millones de dólares, en tanto que las exportaciones de EE.UU a China no superan los 130.000 millones).
Adicionalmente al gobierno norteamericano le preocupa la protección de la propiedad intelectual, la piratería o el robo de tecnología, así como el acceso a los mercados chinos, cuestiones todas que han contribuido a tensionar las relaciones, desatando una guerra comercial que han empezado a impactar a los mercados de las economías desarrolladas y con mayor fuerza a las emergentes, como lo reconociera la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde.
Donald Trump está obsesionado con la idea de reducir el enorme desbalance de intercambio comercial entre ambos países (China exporta a Estados Unidos poco más de 500.000 millones de dólares, en tanto que las exportaciones de EE.UU a China no superan los 130.000 millones).
Con todo, la tregua acordada entre ambos mandatarios representa un transitorio alivio y una posibilidad de alcanzar un acuerdo entre ambas potencias. En lo inmediato, el gobierno Chino se ha comprometido a comprar una “cantidad sustancial” (¿) de productos norteamericanos y atender las “quejas legítimas” de EE.UU. en el plano comercial. No es del todo evidente que estos anuncios y la buena voluntad demostrada por ambos interlocutores constituyan una base suficiente para arribar a un acuerdo que ponga fin a la guerra comercial pero, al menos, ha detenido su escalada.
Donald Trump juega de manera muy ruda en el ámbito internacional para renegociar acuerdos comerciales, que descalifica por los efectos perversos que tendrían para su economía. Y hasta el momento no le ha ido tan mal. Así renegoció el tratado de libre comercio con sus vecinos del norte (NAFTA), que debieron hacer concesiones favorables a su país. Y así intenta renegociar con China y probablemente con sus otros aliados europeos, a quienes les ha insistido en que deben incrementar sus aportes en materia de Defensa.
Tampoco Donald Trump tiene un gran aprecio por el multilateralismo y el rol que cumplen organismos internacionales como la Organización Internacional de Comercio (OMC) o el acuerdo de París sobre protección del Medio Ambiente y la lucha en contra del calentamiento global, del cual se ha desafiliado.
Donald Trump juega de manera muy ruda en el ámbito internacional para renegociar acuerdos comerciales, que descalifica por los efectos perversos que tendrían para su economía.
Su mayor fortaleza en esta compleja negociación que sostiene con China, poniendo en jaque a la economía mundial, es que nadie quiere una guerra comercial que no tiene ganadores evidentes y sí muchos perdedores. Y todos parecen compartir la idea, incluso China, de que es preferible un mal acuerdo a una buena pelea. El problema es determinar sus límites y contendidos.
¿Qué ganó Argentina en la cumbre del G20?
Nada. O muy poco en la cumbre propiamente tal. Algo en imagen para organizar por primera vez en su historia una cumbre que se avizoraba como muy difícil y compleja, dadas las tensas relaciones entre China y Estados Unidos, las serias diferencias en materia de multilateralismo y libre mercado entre Trump y el resto del mundo desarrollado, sumadas las nuevas tensiones entre Rusia y Ucrania, así como las acusaciones al régimen Saudí de haber ordenado el asesinato del periodista Khashoggi en territorio turco.
Con todo, el gobierno de Mauricio Macri puede capitalizar el éxito de los acuerdos en materia comercial y financiera, celebrados con el mandatario chino Xi Jinping, luego de finalizar la cumbre, que refuerzan la creciente presencia e influencia de esa potencia en nuestra región.
La deslavada declaración final de la cumbre, suscrita por los participantes tras una ardua diplomacia desplegada por la cancillería argentina, con la reticencia del gobierno norteamericano, no alcanza para celebrar el éxito del mediático encuentro.
Con todo, el gobierno de Mauricio Macri puede capitalizar el éxito de los acuerdos en materia comercial y financiera, celebrados con el mandatario chino Xi Jinping, luego de finalizar la cumbre, que refuerzan la creciente presencia e influencia de esa potencia en nuestra región.
Una presencia que no deja de incomodar a Estados Unidos, como quedó reflejado en el comunicado de prensa del Departamento de Estado luego de la reunión bilateral que sostuviera con las autoridades argentinas, refiriéndose a la “depredadora” injerencia económica de China en la región. Un calificativo que no pudo menos que incomodar al gobierno trasandino que actualmente tiene a China como uno de sus principales socios comerciales, como sucede con varios países en la región.
Adicionalmente el gobierno argentino suscribió acuerdos comerciales con algunos de los países que asistieron a la cumbre. Entre ellos, Estados Unidos y Rusia para involucrarlos en el proyecto gasífero de Vaca Muerta y la infraestructura que requiere para su puesta en marcha.
Adicionalmente el gobierno argentino suscribió acuerdos comerciales con algunos de los países que asistieron a la cumbre. Entre ellos, Estados Unidos y Rusia, para involucrarlos en el proyecto gasífero de Vaca Muerta y la infraestructura que requiere para su puesta en marcha.
No deja de ser relevante la cita bilateral que Macri sostuviera con la mandataria británica Theresa May, la primera luego de la guerra de las Malvinas, buscando una normalización de las relaciones entre ambos países, sin renunciar a los históricos reclamos sobre las islas que siguen siendo un enclave británico.
Un balance positivo y desafíos urgentes
El balance, tanto de la cumbre, como de las numerosas reuniones bilaterales desarrolladas por las autoridades argentinas (más de 60) es positivo. Sin lugar a duda, todos estos acuerdos y convenios suscritos por el gobierno argentino en el marco de la cumbre ayudan. Pero como bien ha afirmado el mandatario argentino, la presencia de los principales líderes mundial en la reciente cumbre del G20, así como su “comprensión y compañía” con lo que sucede en su país, no eliminan los graves problemas económicos que hoy enfrenta su país.
El gobierno de Mauricio Macri lucha en contra del tiempo. Escaso, antes que empiece la campaña electoral del 2019, en donde las posibilidades de su reelección se juegan en su capacidad de mostrar evidentes y contundentes signos de recuperación económica, control inflacionario y ajuste fiscal. Todo ello en el marco de los compromisos y restricciones que le imponen su acuerdo con el FMI.
Y tiene el fantasma de Cristina Fernández como una amenaza permanente, según el decir de las encuestas. Pese a los múltiples problemas judiciales y de imagen que arrastra su anterior administración, Cristina Fernández mantiene un sólido 28 a 30 % de apoyo en las encuestas(apenas un punto más abajo que el propio Macri), sin que, hasta el momento, el peronismo disidente, representado por Massa, o el propio justicialismo oficial, se posicionen como opciones verdaderamente competitivas a los intentos de Macri de lograr su reelección el año próximo y las aspiraciones del kirchnerismo de retornar al poder.
El gobierno de Mauricio Macri lucha en contra del tiempo. Escaso, antes que empiece la campaña electoral del 2019, en donde las posibilidades de su reelección se juegan en su capacidad de mostrar evidentes y contundentes signos de recuperación económica, control inflacionario y ajuste fiscal. Todo ello en el marco de los compromisos y restricciones que le imponen su acuerdo con el FMI.
En lo inmediato, el gobierno de Mauricio Macri, gracias al controvertido convenio suscrito por el FMI y algunos de los recientes acuerdos suscritos con China o Rusia, en el marco de la comentada cumbre, parece haber resuelto parte de sus angustias, permitiéndole controlar el alza de la divisa norteamericana, que hoy muestra una leve tendencia a la baja.
Sin duda, un logro importante que no necesariamente se acompaña con el control de la inflación y el efecto pernicioso del ajuste económico entre los sectores más vulnerables y las llamadas capas medias emergentes, que se han visto obligadas a implementar precarias medidas de subsistencia -como el trueque y la drástica disminución del consumo- para enfrentar la desbocada inflación.
El problema es que, tal como lo ha reconocido el propio Macri, la economía tardará meses, sino años, en recuperarse. “Vienen meses de trabajo, trabajo que va a llevar la inflación y, lentamente, la economía va a empezar a mejorar”, afirmó el mandatario, apostando a resultados que puedan ser percibidos por los ciudadanos que eligirán al próximo gobierno a fines del año próximo.