Este año se cumplen veinte años de la muerte del escritor chilote, autor de “Cabo de Hornos” y “La gallina de los huevos de luz”, entre otras destacadas obras. “El instante en que se muere es en el que más se vive” fue una de las frases que pude rescatar de su discurso cuando le dieron la medalla rectoral de la Universidad de Chile el 2001, a los 90 años.
—Tienes que cambiar el título que le pusiste a tu nota.
— ¿Por qué?
—Porque me dijiste que había una frase importante que Coloane había dicho. Y esa quiero poner. Tengo el espacio con los golpes reservado.
—Cierto: “El instante en que se muere es en el que más se vive”.
Después de este diálogo con mi editor, fue así como se tituló la nota que escribí sobre Francisco Coloane (1910 -2002) en un conocido diario capitalino en el que tuve la suerte de trabajar. Corría el año 2001 y en la Universidad de Chile premiaban al escritor chileno con la medalla rectoral en el Salón de Honor de la Casa Central. El ambiente era solemne y al autor se le aplaudió de pie después de su discurso que cerró con la frase “El instante en que se muere es en el que más se vive”. Ese fue quizás el ideal de este escritor chilote y autodidacta.

El tipo de vida al que siempre postuló. “Un ser anfibio que pertenece a la tierra y al agua, un eterno adolescente, un niño grande de las letras chilenas”, así lo catalogó y describió esa misma tarde su amigo el escritor Volodia Teitelboim (1916 – 2008).
Desde su Chiloé natal, Coloane partió en su adolescencia a Puerto Montt y a los 17 años se fue a la Patagonia, donde trabajó en lo que fuera, en estancias como capador con los dientes de animales jóvenes, domador de potros, navegante sin rumbo, entre muchos otros oficios, antes de dedicarse al periodismo y a la escritura. “He amado profundamente la vida”, dijo emocionado esa vez a los 90 años, sin pensar que un año más tarde el instante de muerte y de vida al que tanto se aferraba, terminaría llevándoselo de este mundo.

Ganador de diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Literatura en 1964, sus textos han sido llevados al cine, traducidos al francés, inglés, ruso, checo y búlgaro, entre otros idiomas. Por la venta de sus libros y espíritu americanista fue nombrado caballero de la orden de las Artes y Letras de Francia, país donde siempre ha sido considerado un éxito literario.
“La gallina de los huevos de luz”, es para mi gusto uno de sus cuentos más connotados, en él muestra la vida de dos fareros que se desempeñan en el recóndito Evangelistas, uno de los faros más australes del mundo. La falta de comida (cuarenta porotos por ración para cada uno) y la soledad están a punto de lograr que uno de los hombres se vuelva loco. A toda costa quiere matar la gallina de color flor de haba mientras su compañero lo impide porque sin ella se quedan sin huevos, uno de los pocos sustentos diarios que tienen. Coloane en el texto muestra la desesperación de los hombres y su destreza para situar a sus personajes en un creíble lugar inhóspito, prácticamente abandonado. “La gallina no”, le dice uno de los fareros al que se encuentra más angustiado, con ganas de devorarse al animal a toda costa.
Recuerdo que, en la Universidad de Chile, en aquella ocasión en que premiaron a Coloane, el mismo contó que dentro de sus correrías por el sur estuvo a punto de perder la vida varias veces al caer de diferentes embarcaciones. Ahora que vuelvo a leer “La gallina de los huevos de luz”, lo imagino como uno de los fareros, quizás el más desesperado, el que quería a toda costa quitarle la vida al ave milagrosa. Al igual que en sus cuentos, el escritor vive y renace una y otra vez como un náufrago inmortal en las páginas de sus libros. Este año, en agosto, se cumplen veinte años de su partida ¿Habría podido soportar la pandemia que estamos viviendo el autor de “Cabo de Hornos”? No lo creo. Nosotros, los simples mortales estamos apenas resistiendo y un Coloane voluntarioso y extremo no habría aguantado fácilmente el encierro y la falta de libertad.

Volodia lo catalogó de “gigantón”, por su porte de más de un metro noventa, como un hombre enorme que se mantuvo, a pesar del paso de los años, apegado a su condición de narrador. Después de esa especial ocasión vivida en el 2001, con las luces apuntando a la emoción del autor, me imagino que al día siguiente la vida del escritor chilote retornó a la normalidad. Se debe haber despertado satisfecho, con una sensación nada intelectual de un individuo que se hizo por la experiencia, un autodidacta salvaje, con fe en la literatura, construido a la medida de destinos poderosos y paraísos insospechados.