Hay obras de teatro que son parte de la historia de un país. Que son de todos, que se trasmiten de generación en generación. Que cada vez que se estrenan parecen nuevas. La explicación podría encontrarse en su condición humana, en el amor. En el talento de quienes la escribieron, la dirigen y actúan. En ese idioma secreto que aprendemos cuando dejamos de morir y decidimos volver a nacer todas las veces necesarias. Esas obras de teatro traen ese código que desciframos con la experiencia de la vida acumulada y con las claves que nos enseñan nuestros Maestros. Son puestas en escena que siempre parecen nuevas, que nos sorprenden. Y son parte importante de la Historia de Chile.
El reciente estreno de “Lo crudo, lo cocido, lo podrido” de Marco Antonio de la Parra, en el Teatro Imagen, dirigida magistralmente por Elsa Poblete, con el arcano teatral de Gustavo Meza, cumple con el destino de la memoria indeleble.
Su aparición, su revelación, nos pregunta de nuevo en este absolutismo de lo desechable y la pérdida de la memoria. Desde las dictaduras vividas, desde las dictaduras que no se terminan. Las mismas donde se liberan a los pedófilos y donde la cultura se olvida en la miseria del paupérrimo apoyo estatal.
Lo Censurado
Entonces, empecemos por prohibir en 1978. Censurar los garabatos. De eso se trata de los seguidores del dictador. Aprovechemos para censurar esas expresiones políticas que nos dejan desnudos. De acorralar a la libertad de pensamiento y olvidarla como la expresión inteligente de soñar una nueva sociedad. Censuremos y acorralemos al entendimiento. Borremos el verbo interpelar. ¡Para qué nos vamos a incomodar!
Y a pesar de aquello, Gustavo Meza creyó en la obra del joven De la Parra, cruzó la ciudad y encendió las luces de una sala en la Avenida Bulnes. Y abrió el restorán “Los Inmortales”, el más importante en plena dictadura, para servir la cazuela de la verdad desde la ironía, lo absurdo y lo irreverente. Comenzar a degustar la libertad.
Y eso se explica debido a que el dermatólogo Dr. Marco De la Parra Enríquez, padre del autor, inculcó desde pequeños, a sus hijos, el placer de la mesa bien servida; todas sus vidas se fueron de restorán en restorán, paladeando la gastronomía de las mejores picadas del Gran Santiago, desde la Estación Central hasta el restorán de los camioneros que iban al norte, en las cercanías de la calle Vivaceta. En esas mesas enjundiosas, el joven Marco Antonio reconoció los códigos de sus personajes e identificó el filo del ingenio del mozo chileno, aplicado, creativo y perspicaz.
Y la censura fue derrotada. Por obra y gracia del gran Gustavo Meza y el talento del dramaturgo Marco Antonio De la Parra.
Lo Desobedecido

Los protagonistas juegan a ser otros. Lo creen a pies juntillas, aunque dejen de ser ellos. Sus interpretaciones provocan risa y un sabor amargo de lo que representan. Es el teatro bien dicho y hecho. La sátira en su ancha expresión.
Entonces, inauguremos de nuevo este restorán chileno, con pata coja incluida. Y con los típicos chicles en auxilio del desbalance de las mesas. Los protagonistas desobedecen. No hay quién los lleve detenidos. Ya es tarde. Jean Michel Servant y Pablo Teillier nos regalan una actuación llena de humor, vitalidad y talento. Ellos sirven el frío plato de la verdad. Y nos reímos y nos duele. Desobedecen.
Por su parte, Agustín Moya se instala arriba de las tablas con una destacada presencia escénica, que recuerda a los viejos teatristas. Denuncia a dictadores siendo dictador, donde lo delata su bigotito alemán. Desobedece. Con la galanura y prodigio de la actuación que se agradece y se reconoce en el aplauso mayor. Desobedece a quienes no lo ven hace rato en la televisión.
Denise Nazal es la encargada del contrapunto escénico. Es el fantasma que recorre la obediencia y la desobediencia. Es el orden establecido por los papeles legales, las matemáticas de los platos y cubiertos. La invisibilizada que decide desobedecer. Su buena actuación la delata a pesar del empeño por hacerla secundaria.

Cristián García Huidobro irrumpe desde la desobediencia misma. Es su sello que no puede esconder. Su rol quiebra la narrativa teatral en dos con una interpretación sólida y experimentada. Con su impronta de vida actoral: la desobediencia.
Y en la trastienda, los magos y creativos Alexis Saldaña, ayudante de dirección; el talentoso Gustavo Poblete Bustamante, creador del diseño escenográfico y Juan Cristóbal Meza, artífice de la música e intérprete del piano en escena.
Grandes teatristas, grandes desobedientes.
Lo podrido

Sin embargo, algo huele mal en el Barrio Bellavista. Las alcantarillas se desbordan en el recuerdo del calendario dictatorial. El mal aliento de la soledad, de la falta de clientes, nos recuerdan el presente. La tortura es una oscura referencia teatral justificada con la paz conseguida de los cementerios. Los muertos huelen mal. Están y no están. Desaparecidos. Más, en un restorán, donde se instala una sala de interrogación. Nos salva la ironía. Los parroquianos no vienen a celebrar la gastronomía. El Orden y la Seguridad reverberan desde aquel entonces. Los mozos y el maitrê interrogan con lentes oscuros. ¿Estarán vivos los mozos? ¿Detenidos o serán autorizados a salir libres de la cárcel?
Igual, el humor constante nos abre la ventana. El teatro como sol, viento y lluvia. Nos salva la distancia brechtiana para que entendamos, sintamos el teatro –como siempre le gustó a Meza-, con el distanciamiento y la pedagogía, pero juntos con el corazón en la mano.
Meza, De la Parra y Poblete

La tríada mágica del buen teatro de Meza, De la Parra y Poblete es un regalo de gran valía de la escena nacional por estos días. Guardan los secretos de la excelencia, del hacer bien las cosas arriba del escenario.
La dirección actual de Elsa Poblete, una de las mejores actrices de Chile de las últimas décadas, le da el sello de continuidad a la propuesta de Meza. La refresca y guarda el gesto original. Su estatura de directora logra el encantamiento de la verdad teatral. Su agudeza es virtuosa. Afilada.
El día del estreno, se hizo un merecido homenaje a Gustavo Meza y Marco Antonio De la Parra. Un reconocimiento a la grandeza de la obra, que, sin duda, es parte de la Historia del Teatro Chileno.
Su directora, Elsa Poblete, leyó un texto histórico de Gustavo Meza acerca de “Lo crudo…”.
“En el teatro, cuyo objetivo ancestral es hacerse preguntas acerca de eso que mal llamamos realidad, esta obra se convirtió en un caso emblemático. La noche del ensayo general de “Lo crudo, lo cocido, lo podrido” fue presenciada por un joven académico que no consideró la obra lo suficientemente “cocida” como para ser digerida por sus amos y dictaminó “Lo podrido”. O sea, la CENSURA.
Pero los teatristas y teatreros que ya habían contado sus muertos, heridos y exiliados y estaban en pleno renacimiento, se propusieron impedir que un joven autor y sus vivos y novedosos personajes fueran transformados en detenidos-desaparecidos del arte, y fue Teatro Imagen el que dio la batalla que los salvó de la muerte y, de paso, consagró a un autor incluso antes de ser conocida su obra, la que arrasó con todos los premios nacionales y el premio de la TOLA, NY USA”.
Su voz desobediente sigue viva en la sociedad chilena. Es la victoria de la libertad de pensamiento.
El aplauso final, de pie en la sala de teatro, hizo el contento. Por varios minutos. Vivo, el teatro… ¡Viva el Teatro!

(Centro Arte Imagen – Gustavo Meza/Elsa Poblete (Loreto 414, Recoleta) Horario de funciones: jueves, viernes y sábados a las 20:00 hrs., hasta el 14 de noviembre de 2026)
1 comment
Me hiciste recordar en la triada formada por Bélgica Castro, Alejandro Sieveking y Victor Jara, aunque siempre aparecen solo mencionados en las críticas de arte escénico a Alejandro y Victor; no tengo evidencia, pero estoy seguro que Bélgica Castro estuvo presente en el texto y montaje de las obras entre los años 60 y 70. Te cuento todo eso gracias a nuestra querida actriz y profesora de teatro Luz Berríos; ustedes me han ayudado entrar al mundo del arte escénico. Felicitaciones Felipe y perfecto final con: «Su voz desobediente sigue viva en la sociedad chilena. Es la victoria de la libertad de pensamiento».