Poesía: esa hermosa y trágica paradoja

por Dante Cajales Meneses

Escribo estas líneas en un hotel a primera hora de la mañana. En una pequeña mesa junto a la ventana tengo vista al Paseo de la Reforma y al Monumento a la Revolución. Me pregunto qué nos mueve a los poetas viajar tan lejos para leer unos poemas frente a un público que con suerte comprará un libro mío, o recordará el mi rostro o mi nombre. Sigue siendo un desafío para el alma, para el corazón, para la mente, para la inteligencia, y para la sensibilidad de los seres humanos que leen poesía, o asisten a un festival a escuchar poesía en vivo.

La poesía no se vende. Escribo esta nota porque tenemos que ganarnos la vida con otras profesiones. La poesía no se vende, y creo yo, es bueno que no se venda. En estos tiempos, es lo único que el modelo económico centrado en el capital no ha podido transformar en mercancía. Lo que la convierte en una zona de resistencia, muy poderosa. Porque le da un valor de uso, no de cambio. La poesía no se puede transar en el mercado. Se mueve fuera del mercado por definición, convicción y principio. Aun así, está en riesgo de ser desvalijada y plagiada por la IA que pone en peligro la creación, la propiedad intelectual y el pensamiento de lectores y autores.

El territorio y la trinchera que goza la poesía es la libertad. El espacio más libre que tiene una persona es el territorio donde va a escribir un poema, no importa si es a mano, en la computadora, en el celular, en los muros de la ciudad. Es el tipo de texto que no obedece más que a tu libertad, a tu intención. Estoy absolutamente convencido de que la poesía seguirá más allá de las publicaciones; nunca faltarán los lectores de poesía. Con este juicio, los poetas que se venden no son poetas.

Escribir es un oficio peligroso; es saber meter la cabeza en lo oscuro, es saber saltar al vacío.

La ciencia, la economía y la técnica no le pueden quitar la poesía al mundo. Le agregan poesía, porque la poesía surge de lugares oscuros, en busca de zonas luminosas. Detrás de un poema hay una contingencia, un accidente tal vez, que atraviesa a alguien que está ahí, se detiene y observa, percibe, descubre. Eso que sucede o le sucede como un tropiezo al poeta también le sucede al lector de poesía. Creo que la poesía se necesita escribir por la misma razón que se necesita leer. El lector de poesía “que no tiene tiempo para leer”, “que no encuentra el momento”, sencillamente es que está lejos de la necesidad, de esta necesidad que es la misma para leer que para escribir un poema. Porque ser un buen lector es más difícil que ser un mal poeta.

Aunque existen editoriales independientes y grandes editoras que publican poesía como Hiperión o Visor, el género suele tener tirajes limitados y menor rotación en librerías en comparación con la narrativa y el ensayo. La cuestión principal que me motiva a escribir esta nota es saber hasta qué punto es necesario para un poeta escribir un poema y sobrevivir de lo que escribe. Porque de la poesía no se vive, pero se respira. Cuando el lector logra ser tocado por el poema, el poema arrastra al lector hacia su propio territorio. ¡ese es el valor del poema!

Algunos poetas advierten que cuando la poesía renuncia a buscar al lector desconocido y se conforma con ser leída solamente en círculos cerrados, académicos y tertulias poéticas. Cuando nos leemos entre nosotros, el argumento de que “No se vende” suele convertirse en una justificación estéril, y pierde todo sentido la consigna de que la poesía “No se vende”.

Cuando el lector logra ser tocado por el poema, el poema arrastra al lector hacia
su propio territorio ¡ese es el valor del poema!

Escribo estas líneas en un hotel a primera hora de la mañana, con una hermosa vista al paseo de la Reforma, con olor a tortillas de maíz y a café recién molido. La literatura significa todo lo que se ha escrito, y al mismo tiempo es el lugar donde se guarda todo lo que se ha escrito. Aun así, que la parte más importante del trabajo de un poeta necesite unas condiciones esenciales es un aviso de que escribir poesía no es un oficio, o una profesión. Ser poeta es una manera de ser y de estar en el mundo, como diría Heidegger. Me queda la alegría de saber que en alguna parte alguien lee los poemas que uno ha escrito, pero a la vez pienso, por mucho que en ocasiones me venza la lujuria, la vanidad y el ego del autor, que pocas cosas hay más triviales y pasajeras que “la gloria”. La inmortalidad literaria no existe. Los poetas de la generación que me suceden están obsesionados por permanecer en el tiempo. Les digo, es una batalla perdida. La poesía es una hermosa y trágica paradoja, porque escribir es un oficio peligroso; es saber meter la cabeza en lo oscuro, es saber saltar al vacío y aceptar con humildad que seremos olvidados.

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