¿Se imagina morir a manos de un régimen que lo detenga, procese y condene por ver y disfrutar en su televisor de un capítulo de la serie Friends; un recital de un grupo de K-Pop; o de las sagas de El Padrino y La Guerra de las Galaxias? En Corea del Norte hoy es posible…
La República Popular Democrática de Corea es uno de los países más censuradores del mundo. Su internet es muy limitada -Twitter, Facebook y redes sociales occidentales bloqueadas-, y mantiene férreos controles de emails y correspondencia en general. La prensa, la televisión y las radios se reducen a órganos oficiales de propaganda del régimen, cuyas líneas editoriales son definidas por su propio gobernante, Kim Jong-Un.
No satisfecho con todo el entramado de controles a las personas, el líder y partidario de un sistema de pensamiento único -sin libertad de conciencia-, acaba de decretar sentencia de muerte a quienes vean y circulen de manera clandestina series y películas extranjeras, especialmente las ficciones estadounidenses, japonesas o surcoreanas. Con esta nueva disposición, cualquier habitante norcoreano que tenga en su poder grandes cantidades de estos contenidos puede ser acusado de traición, incluyendo el acto de circular en pendrives capítulos de algún programa de TV extranjero, debido al incentivo de modas foráneas, de una sexualidad e identidad de género libre, o cortes de pelo y ropas foráneas, incluyendo los pantalones entallados o skinny, usar piercings o teñirse el pelo.
El totalitarismo como modo de vida
Cuando la filósofa y política alemana de origen judío, Hanna Arendt, reflexionó sobre las bases fundantes de los sistemas totalitarios (tomando prestado el término totalitarismo, acuñado por el político italiano antifascista Giovanni Amendola), describió las lógicas de horror implícitas en estas ideologías, cuya expresión más radical se dio con los modelos de Estado que impulsaron Adolf Hitler, Benito Mussolini y Iósif Stalin en las dos últimas décadas de la primera mitad del siglo XX.

El nazismo alemán, el fascismo italiano y el comunismo soviético, tres regímenes claramente diferenciados en sus credos, pero unidos en sus prácticas de uso del terror, la manipulación de la realidad y de las leyes; de la mano de la ficción como relato de las acciones ideológicas de los opositores para criminalizar, castigar y reprimir a diestra y siniestra a cualquier persona –culpable o inocente- por su origen racial o territorial, su herencia, sus bienes, su forma de pensar o de vivir su sexualidad u homosexualidad, entre otros factores.
En los regímenes totalitarios la ley se transforma en un instrumento o herramienta de manipulación de los Estados para el logro de sus objetivos estratégicos, configurando su propio sistema de derechos y deberes que fijan los límites de la conducta individual y de dominación del poder político (incluyendo el sistema educativo). Se apunta a reforzar el estadio teleológico o futuro de hegemonía de los movimientos totalitarios asentados en la figura del hombre nuevo, que encarna el ideal humano al que se aspira y que la ley ayudaría a reglar mediante la supresión de la libertad, impulsada por la figura de un líder conductor carismático.
¿Creación o dilución de la realidad?
Como si se tratara de una novela evocativa de los horrores totalitarios de la Guerra Fría, Corea del Norte recorre caminos ya transitados con anterioridad en estos regímenes que le dieron forma al mundo en plena modernidad. Pero esta vez se trata de un despliegue bélico sin armas, donde el miedo y la coerción legal sirven de marco para persuadir a los norcoreanos respecto de las bondades del régimen de Kim Jong-Un.
En medio de un creciente aislamiento respecto del resto del mundo, esta nación se ha encerrado en su propio relato cotidiano de un sistema de vida utópico que su gobernante se empeña en defender de lo que llama el “pensamiento reaccionario” (acompañado de sus modas, sus objetos de entretención y sus jergas degradantes).

BBC Mundo publicó esta semana un artículo donde cita una carta del líder norcoreano a la Liga Juvenil del país para que adopte “medidas enérgicas contra el ‘comportamiento desagradable, individualista y antisocialista’ entre los jóvenes”. Esto con el objeto de terminar con modos de habla extranjera, ropas y peinados que considera como «venenos peligrosos».
A esto se agrega que la Agencia Central de Noticias de Corea (KCNA) informó de cientos de menores de edad -en su mayoría huérfanos-, fueron reclutados para realizar trabajos voluntarios en granjas, minas y fábricas para apoyar los tiempos difíciles de la economía del régimen: «…con sabiduría y coraje en la flor de su juventud» han optado por realizar trabajos manuales para el Estado.
En marzo pasado, el relator de la ONU para la situación de los derechos humanos en Corea del Norte, Tomás Ojea Quintana, informó oficialmente de «una grave crisis alimenticia», que estaba teniendo consecuencias rudas en desnutrición y hambruna, agravada por el cierre de fronteras de Kim Jong-Un a la ayuda externa.
En el adn del líder norcoreano se encuentra la herencia de su abuelo, Kim Il Sung, quien gobernó durante casi cinco décadas (hasta su deceso en 1994), con un régimen de culto desmedido a su personalidad y de corte estalinista.

Condenar a Corea del Norte por estas prácticas aberrantes exige también una postura clara respecto de las relaciones con otros Estados de corte totalitario, como es el caso de la República Popular China. Gran mercado para las exportaciones de materias primas y productos chilenos, pero que recientemente también censuró un especial de la sitcom estadounidense ‘Friends’ y borró a Lady Gaga, Justin Bieber y el grupo BTS, incluida la supresión de personajes homosexuales. Si a lo anterior se agrega el absoluto control de la prensa, los medios y del acceso a internet, la revisión de emails y correspondencia, junto con un férreo sistema de partidos limitado, no hay grandes diferencias de fondo entre ambas naciones. Al menos en el modo de supeditar las libertades ciudadanas a los objetivos del Estado (guardando las diferencias en sus políticas de comercio y relaciones exteriores). Aunque para la política exterior chilena no se midan con la misma vara…