Mujeres de fuego, una proeza.

por Jaime Esponda

El concepto de proeza es desarrollado en los textos bíblicos, donde se le vincula principalmente con la perseverancia para superar obstáculos objetivos y limitaciones personales en la prosecución de un cometido relevante. La obra de Alejandra Olea, Mujeres de Fuego, luchadoras sociales en la Región de Valparaíso, en la resistencia contra la dictadura civil militar, no admite otra calificación que la de una proeza. Aunque la autora, con no fingida humildad, agradece a tantas personas que colaboraron en su tarea, es ella quien analizó las fuentes documentales y, grabadora en mano, realizó casi doscientas entrevistas, transcribiéndolas personalmente con escritura rigurosa y refinada. El fruto de este longánimo trabajo ha sido el más completo documento escrito sobre el acervo de la Memoria de la dictadura civil militar, en la Región de Valparaíso.

Aunque el fin y sustancia de la obra es el rol de la mujer porteña en la resistencia a la tiranía, sus páginas permiten vislumbrar el panorama general de la lucha antidictatorial y de las instituciones y agrupaciones sociales que se sumaron a esa epopeya que nos debe enorgullecer como pueblo. En suma, el libro constituye una fuente insustituible para toda investigación histórica sobre el Valparaíso de los años setenta y ochenta del siglo pasado. 

Desde luego, los dos volúmenes, con un total de 1.664 páginas, ninguna sobrante, y casi doscientas mujeres entrevistadas, a las que se suman los testimonios sobre otras 36 que fallecieron, todas determinantes en la defensa de los derechos humanos y la lucha contra la opresión nos hablan de una investigación inédita. No menos importante es la ruta descriptiva del contexto nacional y regional en el cual, desde antes del golpe de estado hasta el inicio de la transición, sucedieron los actos heroicos o solidarios de las mujeres rescatadas por la autora, basada en serias fuentes documentales de organismos de derechos humanos y diversos autores. 

Esa gran cantidad de mujeres protagónicas no interesa solo por lo cuantitativo sino, principalmente, porque rescata a luchadoras anónimas que, sin embargo, ahora brillan como ejemplo de personas imprescindibles. Así, configuran este recorrido las esposas y otras familiares de los marinos hechos prisioneros antes del golpe; ex presas políticas; familiares de víctimas organizadas en agrupaciones; activistas de derechos humanos que integraron organismos como, entre otros, un Comité Pro Paz porteño alejado del obispo y luego la Vicaría de la Solidaridad, el FASIC, la Comisión Chilena de Derechos Humanos y el CODEPU; mujeres que se enfrentaron a la dictadura desde distintos frentes sociales, que la autora denomina “frentes antidictatoriales”; y, por cierto, militantes políticas.  Así, junto a figuras emblemáticas como Laura Soto[1], Myrtha Crocco[2], María Bravo[3] y Juana Cuadrado[4], conocidas en la provincia más allá del mundo de los derechos humanos y la resistencia, el libro destaca a decenas de mujeres menos renombradas, pero cuya abnegación solidaria es ejemplar. Corriendo el riesgo de ser injustos por omisión, a vía de ejemplo podemos fijar la atención en las hermanas Ornella y Marta Paz Muñoz[5], María de la Luz Salas[6], Gioconda Cotroneo[7], Alicia Tapia y Edith Díaz[8], Delia Arteaga[9], Angelina Daza[10] y Gabriela Correa[11].

Hago presente que, aunque las protagonistas de este gran testimonio colectivo son mujeres, hay muchos varones, especialmente víctimas de la represión, que atestiguan sobre la solidaridad recibida de muchas de esas luchadoras y el impacto que significó para sus vidas. 

Impresiona el detalle con que la autora aborda la historia de los organismos de defensa de derechos humanos, que acogieron a víctimas y familiares, unas entidades que fueron la cuna protectora de las agrupaciones y los movimientos sociales de mujeres. Con todo, esta no es una historia de esos organismos sino un relato sobre aquellas mujeres que, en el fondo, practicaban cotidianamente el amor solidario, enfrentando la impune violencia de la dictadura. Leo a una trabajadora de derechos humanos decir que “no estábamos ahí como institución sino como personas”. Solo las personas aman.

El relato trasunta, además, la enorme valentía de estas chilenas, la mayor parte de las cuales no habían sido protagonistas de la política, pero que ante los extremos de la dictadura tienen el atrevimiento de enfrentársele, ya sea desde la militancia política, la defensa de los reprimidos, la búsqueda de sus familiares o la lucha social. No era falta de miedo, sino abundancia de conciencia moral. Como dice una atestiguante, “podíamos sentir miedo, pero sabíamos que había que hacerlo[12]

No son estos testimonios que podamos encontrar en los informes oficiales de la verdad, ni en los expedientes judiciales, ni en las carpetas de los organismos de derechos humanos, porque se trata de revelaciones inéditas de la vivencia personal de quien estuvo presa, indagaba por el paradero de su hijo, alegaba ante los tribunales o protestaba por el exilio enfrentando el guanaco. Emociona constatar en qué grado es posible escribir páginas gloriosas sobre las épocas más oscuras de la historia, si se atiende al corazón de las personas que hacen frente a las tinieblas con su conducta luminosa. Asimismo, la obra encierra una lección para los historiadores, en cuanto la Historia se escribe también a partir de cada una de estas intrahistorias. 

Dice Alejandra que la idea de escribir el libro “surgió de la admiración a muchas mujeres que con valor y convicción defendieron a tantas personas perseguidas, tuvieron consecuencia en el compromiso político y la lucha social en lo que fue la resistencia contra la dictadura”. Este compromiso, lejos de provocar en ellas efectos traumáticos, las hace crecer como receptoras de gratitud  -“la gente, antes de decirnos nada, nos abrazaba como para expresar, por ejemplo, ¡gracias por estar aquí, gracias por existir”[13]–  también, como generadoras de confianza en medio de una sociedad atemorizada  -“cómo, a pesar de los horrores de la dictadura, de la persecución, la violenta represión, las mujeres se integraban al trabajo de la Unión de Mujeres y contaban sus experiencias, sin saber mucho quienes eran las otras[14], o bien, como sujetos de la política, atentas a “la otredad, como una cosa que nos pertenece y de la cual somos responsables[15].

Esta enorme huella del historial vivido por tantas mujeres porteñas nos enseña, también, como el esclarecimiento oficial de la estremecedora verdad histórica que, con rigor, cumplieron las respectivas comisiones no significa, necesaria e inmediatamente, la recuperación de la memoria, de modo que aún nos falta avanzar en este complemento necesario de aquella elucidación: la apropiación indeleble de aquella historia, especialmente por las nuevas generaciones que no vivieron la dictadura. 

Termino con dos llamados. En la forja de su proeza, Alejandra Olea encargó a la imprenta trescientos ejemplares del libro, para ser entregados gratuitamente a las mujeres que son protagonistas del mismo y a quienes colaboraron con la autora. Puesto que el libro no está a la venta en ninguna librería y para leerlo hay que pedirlo a uno de sus destinatarios, debiésemos hacer algo que posibilite su reedición, pública o privada. El segundo llamado es a que, en las demás regiones de nuestro país, surjan iniciativas para emular la aventura de Alejandra Olea, rescatando las experiencias de sus mujeres, mientras aún viven tantas que pueden prestar su testimonio. 

Ficha técnica

Título: MUJERES DE FUEGO. Luchadoras sociales en la Región de Valparaíso, en la resistencia contra la dictadura civil militar.

País: Chile

Autora: Alejandra Olera Moya. 

Género: Testimonial.

Editorial: autoedición. 

Páginas:  1.664


[1] Fue abogada defensora de presos políticos y de otras víctimas, en la Comisión Chilena de Derechos Humanos y la Vicaría de la Solidaridad.

[2] Desde 1982, impulsó el Codepu regional.

[3] Fundadora y dirigenta permanente de la Comisión Chilena de Derechos Humanos de Valparaíso.

[4] Abogada del Codepu.

[5] Ambas fueron procuradoras desde el inicio del Comité Pro Paz.

[6] Abogada del Codepu.

[7] Abogada en el interior de la Región, colaboradora de la Vicaría de la Solidaridad.

[8] De la Agrupación de Detenidos Desaparecidos; la primera, madre de Mario Calderón, y la segunda, esposa de Fernando Navarro.

[9] Asistente social fundadora del Fasic. 

[10] Secretaria del Fasic, desde su nacimiento en Valparaíso.

[11] Fundadora y “apóstol” del Codepu en Valparaíso.

[12] Merari Agurto, de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos.

[13] María Teresa Camu, del Comité Pro Paz.

[14] Ana Velásquez , de la Unión de Mujeres de Valparaíso”. 

[15] Haydee Oberreuter, militante política. 

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