Si ha habido un tema que a lo largo de este año ha ocupado buena parte de mis reflexiones, es el de la verdad. He sostenido que el estatus unívoco de la misma es una idea que ya no se sostiene y que la utopía de poseer una sola teoría que responda a todas nuestras inquietudes es solo eso: una utopía. Por lo mismo, he defendido la idea del respeto irrestricto a la diversidad humana en sus más amplias manifestaciones y, especialmente, en la política. Sin embargo, hay una frontera que en la discusión pública chilena se ha traspasado vergonzosamente. El contexto de la campaña electoral era, probablemente, el escenario perfecto para que las diferencias de apreciación se expresaran. Pero hubo un problema: en vez de miradas diferentes de la realidad, se instalaron mentiras hechas y derechas.
Y no es lo mismo verdades diferenciadas acerca de cómo se interpretan ciertos hechos, a inventar o distorsionar la realidad creando hechos falsos. Como lo dije en su momento, el triunfo de Kast se logró porque la derecha instaló una verdad mentira de la cual responsabilizó al gobierno. Estoy pensando en la famosa idea del “Chile se cae a pedazos”, que fue una versión refrescada de la vieja “quieren transformar Chile en Chilezuela”. El método no fue una originalidad de la derecha chilena, sino de ciertas corrientes mundiales que han hecho de la distorsión malintencionada una metodología para alcanzar el poder y debilitar los sistemas democráticos. Obvio, Trump es el caso por antonomasia.
Sin embargo, el sistema perverso se ha instalado en las redes y es capaz de transformar cualquier evento en algo radicalmente distinto. A propósito del secuestro (¿extracción? ¿Captura? ¿Algún otro sinónimo para ocultar la naturaleza del acto?) de Maduro desde Venezuela, realizado por fuerzas militares que ingresaron en un acto de guerra al país latinoamericano, matando a alrededor de 100 personas, vulnerando como es opinión casi unánime el derecho internacional, recibí en mi teléfono un mensaje del siguiente tenor:
“Si la invasión de Normandía para liberar a Europa de Hitler fuese hoy, los zurdos estarían haciendo marchas denunciando la injusticia de Estados Unidos.
Así de medusas son.”
El texto me llegó desde Argentina y rememora fácilmente el lenguaje del estilo Milei. En la jerga política del país vecino, medusa suele usarse para descalificar a intelectuales, políticos o comunicadores considerados acomodaticios o blandengues, sin principios ni convicciones. En estas pocas palabras aparece nítidamente los mecanismos de la trampa semántica. Es tan fuerte la distorsión, que uno se pregunta si esto se hizo así por ignorancia, estupidez o lisa y llanamente mala fe.

El primer paso consiste en establecer una analogía entre dos situaciones históricas radicalmente distintas: cuando las fuerzas militares de Estados Unidos entraron en la guerra en territorio europeo (Normandía), la conflagración llevaba a lo menos cuatro años ininterrumpidos de combates en tierra, mar y aire, con ciudades devastadas, campos de concentración para millones de personas y, sin riesgo a equivocarse, ya se habían producido fácilmente a lo menos 50 millones de muertos. ¿Ese hecho histórico, la segunda guerra mundial, es comparable con lo que sucedió en Venezuela? Incluso si consideráramos las sistemáticas vulneraciones de los derechos humanos por parte de la dictadura chavista durante sus 25 años de existencia, los efectos sobre la humanidad no admiten comparación alguna. Nadie habría hecho marchas ni protestas contra la “invasión norteamericana” a Europa en 1944. No está de más recordar que no se trataba de invadir Europa sino de liberarla de un régimen que había sembrado la muerte y la destrucción en todo el mundo, que había sido un agresor de otros países, y que había una situación de guerra declarada. El propósito de ese acto de guerra era poner fin a los campos de concentración, los hornos crematorios, los asesinatos en masa, las torturas, los experimentos biológicos con seres humanos y una guerra que sembraba la muerte en todos los territorios.

El propósito de la “invasión” de Estados Unidos a Venezuela tuvo finalidades muy diferentes y mucho menos nobles. De hecho, cada vez cuesta más creer cada una de las distintas razones en que los norteamericanos fundaron o justificaron su intervención. ¿Habrá sido que Maduro y su señora dirigían el cartel de los Soles? ¿Sería que Estados Unidos quería instalar un régimen democrático en el país invadido? ¿A lo mejor se trataba de restituir en el poder a los legítimos ganadores de las últimas y viciadas elecciones que se realizaron en Venezuela? Es cierto que cualesquiera de esos propósitos, o todos juntos, no son comparables con los crímenes del nazismo. Al final, todo parece ser peor porque si uno es fiel a las declaraciones de los propios gestores de la “invasión”, el verdadero propósito es recuperar el petróleo venezolano que “le robaron a Estados Unidos” y, en último término, asegurar que América latina sea un área de influencia para el beneficio del país del norte.
¿Por qué, entonces, comparar dos hechos tan disímiles, tan incomparables? Lo pienso y solo encuentro una razón: señalar que la defensa del derecho internacional y del multilateralismo son temas que solo le competen a los “zurdos medusas” de cualquier parte del mundo. Entonces, con ese argumento se desnaturaliza la crítica al hecho objetivo, a saber, que Estados Unidos, al margen de cualquier legitimidad internacional o jurídica, se arrogó el derecho de ingresar por la fuerza a territorio venezolano, bombardear sus cuarteles militares y secuestrar a su presidente, mandando la señal al mundo de que podría volver a hacerlo en cualquier lugar y en cualquier momento. De esa forma se desliza la idea de que criticar un hecho como este es pertenecer a un grupo de personas que dan esa opinión solo porque el agresor y violador del derecho internacional es Estados Unidos, dejando implícita la sensación de que, si otro país hiciera algo similar, pero fuese “zurdo”, no se haría la crítica. Así, en otros términos, se desacredita una opinión por provenir de una cierta tendencia política y se distorsiona el sentido de un hecho que aconteció realmente y que todos vimos en la televisión.

Quien haya escrito ese texto o quienes lo difundieron por las redes le hacen un flaco favor a la verdad. No todo es política partidista ni guerra cultural ni lucha de clases. Los últimos años de la política chilena no han sido los mejores. La instalación como si fuera una realidad de que los años de gobiernos concertacionistas fueron un verdadero asalto a mano armada a las justas ilusiones y expectativas de los más pobres, fue el resultado de una sistemática política de distorsión de la realidad. Lo mismo podemos decir de todo el período asociado al estallido social y los fracasados proyectos constitucionales. Durante ese tiempo, buena parte de la izquierda llegó a creer que en Chile se violaban sistemáticamente los derechos humanos y acusaron a Piñera de fascista (lo que es falso), generando una distorsión que poco ayudó a la comprensión de los hechos. Por su parte, la derecha, apenas se envalentonó un poco, trató de instalar la idea de que el estallido era el fruto de una gran conspiración de las izquierdas en asociación con los delincuentes. Otra distorsión más.
El sentido de la historia, su significación, su comprensión, implican la construcción de un relato y todos tenemos derecho hacerlo y nada obliga a que esos relatos sean idénticos. Lo que no se puede hacer es distorsionar los hechos que fundan esos relatos. Si esos hechos no se ajustan a lo que quisiéramos hacer creer a los demás, entonces tenemos dos opciones: o alteramos los hechos para que se acomoden a la historia que queremos contar, o revisamos los hechos y construimos un relato que les haga sentido y podamos compartir. Creo que nos falta hacer esto último.