En realidad, no fue solo uno, sino que cada uno que la conoció. Teresa Wilms Montt trastornó a escritores de su época, llevándolos incluso a la muerte; logró obsesionar a generaciones posteriores, y su trágica historia la convirtió en objeto de deseo y al mismo tiempo una imagen platónica.
Teresa Wilms Montt nació en Viña del Mar en 1893 en el seno de una familia acomodada y junto a sus hermanas (Luz Teresa Rosa, María Inés, Carolina Isabel, Carmen Victoria Margarita y Ana Esperanza) llevaron a la locura a la alta sociedad del –entonces incipiente- balneario. Vivían en una casona ubicada entre las calles Viana y Traslaviña, por lo cual eran conocidas como “tras las Wilms”.
Joaquín Edwards Bello lo deja en claro en un manuscrito que titula “Teresa Wilms y Romero de Torres”, en el cual no solo la describe a ella, sino a todo el revuelo que causaba junto a sus hermanas:
“Decir ‘las Wilms’ en Valparaíso hace 50 años, suscitaba la evocación inmediata de sirenas, de Walkirias, de qué se yo qué suerte de bellas divinidades exóticas rubias, de ojos azules, con la piel lechosa y sedosa de las mujeres nórdicas. Vivían en Viña del Mar en cierto chalet sombrío, apropiado para las novelescas personas. En verano las olas de Miramar, en el reservado para damas, completaban el encanto adecuado para las bañistas Wilms. No obstante, los pesados ropones de baño las rompientes de las olas solían adherir los pliegues a las formas, burlando así las precauciones moralistas. (…) Un amigo inolvidable, Julio Serrano Gundlach, nos llevó cierta mañana de enero para revelarnos el inolvidable espectáculo de una loma en la que cuatro individuos (…) parapetados entre árboles, observaban a las sirenas viñamarinas (…). Una de ellas era Teresa Wilms Montt (…)”.
(Texto completo en https://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/colecciones/BND/00/AE/AE0023595.pdf)

Fue Edwards Bello quien sumergió a Wilms Montt en la bohemia literaria madrileña, presentándole a escritores como Ramón Gómez de la Serna y Ramón del Valle Inclán. De este período es la publicación de En la quietud del mármol y Mi destino es errar; además que fue retratada por el simbolista español Julio Romero de Torres.
Tragedia estética

Vicente Huidobro dejó a su esposa (Manuela Portales) en Chile por huir junto a Teresa Wilms Montt a Buenos Aires. En realidad, era ella quien escapaba del convento en el que había sido confinada por su marido, Gustavo Balmaceda, tras descubrir su infidelidad.
Una vez en la capital Argentina Huidobro comenzó a trabajar el Creacionismo y a los pocos meses se embarcó –ya reconciliado con su mujer- a Europa. Fue en Madrid donde se enteró del suicidio de Wilms Montt (diciembre 1921), a quien le dedicó una carta en la cual trasnforma a la autora en un alma superior, en una víctima de la moral burguesa.
Teresa Wilms es la mujer más grande que ha producido la América. Perfecta de cara, perfecta de cuerpo, perfecta de elegancia, perfecta de educación, perfecta de inteligencia, perfecta de fuerza espiritual, perfecta de gracia.
A veces cree uno encontrar otra mujer casi tan hermosa como ella, pero resulta que le falta el alma, el temple de alma de Teresa, que sólo aquellos que la vieron sufrir pueden comprender.
Otras pueden tener el alma magnífica de Teresa, pero les falta su inteligencia, su inteligencia rica y variada. La fantasía creadora de Teresa era algo fantástico.
Fue grande en el amor como en el dolor. Ella no pertenecía a esa casta de mujeres frívolas y de alma baja que reniegan e insultan el nombre de un sueño vivido por miedos o pequeñas debilidades.
(…)
Sus ojos únicos, sus ojos eran dos frascos gemelos que vaciaban su bálsamo verde sobre la vida perfumando todos los rincones del mundo.
¡Cuántos la rodearon y cuán pocos pudieron acercarse a la intimidad de su espíritu!
(…)
La noche de su muerte… ¡Qué vacío de vértigo, qué caos! La memoria quedó llena de heridas… ¡Ah!, sí… Había fiesta en los bulevares de París. Las rondas pasaban cantando. Era el Réveillon, la Noche Buena. ¡Qué ironía! Montmartre estaba luminoso y los molinos de la danza hacían girar la vida en un torbellino de estrellas al viento.
(…)
Se fue, se fue. La amiga de palabra suave y miradas de perdón. Estaba frágil de tanto martilleo y se fue.
¡Qué buena compañera! Con la mano tendida a los naufragios. ¡Qué almohada de dulzuras para las frentes doloridas! ¡Qué sonrisa comprensiva para las incomprensiones!
Se fue… Ahora, ¿veis que hacía falta?
En la noche de Pascua de Jesús del año 1921, cuando el Pére Noel traía a la tierra los más hermosos juguetes del cielo, se llevó al cielo el más hermoso juguete de la tierra.
Fue Vicente Huidobro quien instala a Wilms Montt como mito literario. El texto tras su muerte no es solo un homenaje, sino que la legitima como figura literaria, la separa del escándalo social, la transforma en una tragedia estética y la lleva a trascender más allá de su novelesca vida.
De Chile para el mundo

Ramón Gómez de la Serna percibe a Teresa Wilms como una figura excéntrica a quien integra al imaginario bohemio europeo. La autora deja de ser “caso chileno” y pasa a ser personaje de la modernidad artística europea.
La relación entre Gómez de la Serna y Teresa es sutil —y, en cierto sentido, más reveladora-; ella aparece dispersa en crónicas, memorias y textos autobiográficos, donde es capturada como figura de atmósfera, como presencia que encarna una sensibilidad de época, casi como un ser intangible.
En los textos Automoribundia y “Crónicas y greguerías”, Wilms Montt no aparece como objeto de estudio, sino como figura lateral dentro del ecosistema bohemio. Ramón Gómez de la Serna es el gran cronista de lo excéntrico y convierte la vida en gesto estético y en este marco Teresa es percibida como una presencia escénica.
Gómez de la Serna dice “La vida moderna es un escenario donde cada ser es una sorpresa”, transformando a la autora en un personaje vivo que irrumpe en la normalidad dejando de lado su “chapa” de aristócrata chilena protagonista de escándalos que la llevaron a ser encerrada. Ahora Teresa pasa a ser una figura de tertulias con un rol importante en la bohemia que irrumpe en la literatura europea.
La muerte como castigo

Fue en una de las reuniones literarias a las que la llevó Huidobro en Buenos Aires que Teresa conoció a Horacio Gómez Mejía, joven de 21 años perteneciente a una de las familias más importantes de Argentina; aspirante a escritor; conocedor de arte; y estudiante de derecho.
El joven se iniciaba en las letras y visitaba los cafés de moda como el Tortoni y el Pombo, donde se codeaba con las promesas de la literatura. En este escenario de vivir de noche, dormir de día, escribir en las tardes (como alguna vez dijo la misma Teresa Wilms), el inexperto Horacio se enamora de la escritora chilena, quien lo embrujó con sus hundidos ojos azules siempre enigmáticos y tristes. Si bien ella era apenas cuatro años mayor, un abismo de vida los separaba.
“Soy muy vieja para ti”, le decía ella para disuadirlo de la idea de formalizar sus amores fugaces, pero él respondía con fiereza que “si no puedo vivir contigo, prefiero morir”. Por ello, el 26 de agosto del año 1917, estando en casa de él -en calle Ayacucho-, y cansado de las negativas de Wilms Montt, se cortó las venas para que ella lo viera morir desangrándose de amor en sus femeninos y delgados brazos.
Para Anuarí: que duerme en este féretro del sueño eterno.
Para él … Anuarí mío que nadie puede disputármelo; porque mi amor, mi amor y mi dolor, me dan derecho a poseerlo entero. Cuerpo dormido y alma radiante.
Si, Anuarí, este libro es para ti. ¿No me lo pediste tú una tarde, tus manos en las mías, en tus ojos mis ojos, tu boca en mi boca, en íntima comunión? Y yo, toda alma, te dije:
Si, besándote hondo en medio del corazón. ¿Te acuerdas, Anuarí?
¡Oh! ya no puedo escribir tu nombre sin que un velo de lágrimas oculté mis ojos, y un apretado nudo estrangule mi garganta.
¿Por qué te fuiste, amor? ¿Par qué? Me lo pregunto mil, dos mil veces al día. Y no acierto a hallar respuesta alguna que alivie el feroz dolor de mi alma.
Si; ¿por qué te fuiste, Anuarí, y no me llevaste contigo?
(Lo que no se ha dicho, Teresa Wilms Montt)