Sieveking y Castro. Una vida en escena, una despedida al unisono

por Cristina Wormull Chiorrini

Durante más de seis décadas, Alejandro Sieveking y Bélgica Castro hicieron del teatro su casa y de su amor una escena ininterrumpida. Vivieron entre textos, máscaras y silencios cómplices, hasta que un mismo día —como si obedecieran a un guion secreto— partieron con horas de diferencia. Esta crónica recorre sus trayectorias, su vínculo y ese último gesto que parece escrito con la tinta de lo inevitable. 

El 5 de marzo de 2020, Santiago amaneció con una claridad suspendida, como si la ciudad hubiese detenido el pulso por un instante. En el Teatro Nacional Chileno, el cuerpo de Alejandro Sieveking reposaba entre flores, máscaras y fotografías que parecían observarlo desde un tiempo remoto. Había algo de ceremonia íntima en ese silencio: colegas, amigos y estudiantes entraban despacio, como si temieran interrumpir una escena que aún no terminaba. Afuera, el rumor de la ciudad seguía su curso, ajeno a que uno de los dramaturgos más queridos del país acababa de despedirse.

A pocos kilómetros de allí, en su departamento del barrio Bellas Artes, Bélgica Castro agonizaba en una habitación llena de libros, papeles subrayados y objetos que guardaban décadas de funciones. Era su cumpleaños número 99. No alcanzó a saber que Alejandro había muerto horas antes, o quizá sí, pero desde un lugar donde las noticias llegan sin palabras. Quienes la acompañaban recuerdan una serenidad extraña, como si hubiese entrado en un territorio donde el tiempo ya no se mide en horas. A media tarde, exhaló su último aliento. La noticia llegó al Teatro Nacional como un golpe suave pero definitivo: habían partido juntos.

 Antes de encontrarse para compartir varias décadas, venían de geografías y biografías que parecían no tener nada en común. 

“El actor es como un médico. Tiene que mejorar a la gente. Los artistas mantienen al pueblo, los hacen ser mejor”, Bélgica Castro

Alejandro, nacido en Rengo en 1934, creció entre expulsiones escolares, mudanzas y una sensación persistente de no encajar. Durante un tiempo intentó estudiar arquitectura, como si buscara una estructura que lo contuviera, pero el impulso creativo —esa mezcla de imaginación, humor y melancolía que lo acompañaría toda la vida— lo empujó hacia otro lugar: el teatro. En 1956 ingresó al Instituto del Teatro de la Universidad de Chile, donde coincidió con jóvenes que buscaban un lenguaje propio. Entre ellos estaba Víctor Jara, con quien formaría una amistad profunda y una complicidad artística decisiva.

Bélgica, en cambio, venía de un territorio distinto. Nació en Temuco en 1921, hija de inmigrantes españoles que trajeron consigo disciplina y sensibilidad. Desde muy joven mostró una presencia escénica que deslumbraba: una mezcla de rigor técnico, elegancia natural y una voz capaz de sostener silencios densos. A los veinte años ya era figura del Teatro Experimental, un espacio que transformó la escena nacional y que la convirtió en una actriz de referencia. Su formación fue exigente, casi ascética. No concebía el teatro sin entrega total.

Alejandro y Bélgica avanzaban por caminos paralelos sin saberlo. Él buscaba una voz; ella, una verdad. Él venía del desorden; ella, de la disciplina. Él escribía para entender el mundo; ella actuaba para revelarlo. Y aunque sus trayectorias parecían distantes, había un punto en el que ambos convergían: la convicción de que el teatro no era solo un oficio, sino una forma de vida.

El cruce ocurrió en 1956. Él, alumno de 22 años; ella, actriz consagrada y profesora de 35. Alejandro la vio por primera vez en una sala de clases y quedó desarmado por su claridad, su elegancia, su forma de habitar el teatro. Comenzó a seguirla de función en función, no por insistencia, no por acoso, sino por una necesidad casi física de verla actuar. 

El flechazo se consolidó durante el montaje de Un sombrero de paja de Italia, donde también participaba Víctor Jara. La diferencia de edad, el matrimonio previo de ella, más un hijo, las miradas ajenas: nada impidió que la complicidad creciera. Lo que empezó como una admiración asimétrica se transformó, lentamente, en un vínculo que desafiaba las convenciones. En 1961 se casaron. Desde entonces, nunca más se separaron. No fue fácil… en esos años no había ni una sombra de la apertura que se viviría décadas después y la diferencia de edad (una mujer más de una década mayor que el hombre) acentuaba las críticas en su entorno.

“Somos mutuamente dependientes”- A veces lo decía ella, a veces lo decía él.

Su casa fue siempre un escenario íntimo. Libros subrayados, máscaras, libretos abiertos, objetos que guardaban la memoria de cada función. Alejandro escribía por las mañanas; Bélgica lo escuchaba con un oído infalible. Por las tardes ensayaban en el living, moviendo muebles, repitiendo escenas hasta que la energía se acomodaba. No necesitaban público: bastaba la presencia del otro. Esa complicidad creativa —esa forma de trabajar sin jerarquías, sin vanidades, sin urgencias— fue uno de los pilares de su relación. Cada uno tenía una carrera monumental.

Alejandro, autor de La remoliendaÁnimas de día claroLa mantis religiosa y tantas otras, construyó un teatro popular, tierno y crítico, capaz de mirar al país sin cinismo.

Para mi es muy bueno que él dirija. Le tengo una fe ciega, creo todo lo que me dice.  En un momento que se alejó del Teatro para dedicarse a la novela, pensé:  cómo me va a dejar sola…”  Bélgica Castro, entrevista en La Segunda.

Alejandro obtuvo el premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales de Chile en 2017, entre muchos otros reconocimientos. 

Bélgica, figura esencial del Teatro Experimental y del Teatro Nacional, encarnó a Chejov, Miller, Lorca y Egon Wolff con una precisión que marcó generaciones. Fue maestra, referente, brújula ética. Obtuvo el Premio Nacional de las artes en 1995 y el Premio Altazor de las Artes Nacionales en tres oportunidades (2008, 2009 y 2013).

Lo notable es que nunca compitieron. Él celebraba cada estreno de ella como si fuera propio; ella leía cada obra suya como si fuera un regalo. Se potenciaban sin eclipsarse. La admiración mutua era el centro de su vida. Con los años, la casa se volvió refugio. Allí celebraron premios, atravesaron pérdidas, sostuvieron la fragilidad de la vejez. Siempre juntos, siempre en un equilibrio silencioso.

Claro que tengo miedo de que no me llamen más. Hace tres años me pasó, pero uno tiene que generar proyectos continuos. Si no funcionan, mala suerte, pero hay que estar en la pelea...” entrevista a Alejandro Sieveking, La Tercera, 2018.

Ya en las postrimerías de sus vidas, Alejandro escribió Todo pasajero debe descender, una obra donde una actriz en el crepúsculo de su carrera televisiva. se viste como si fuese parte de la realeza inglesa, porque aún añora que la prensa la fotografíe.  Una obra para que Bélgica la representara.  Una muestra más del amor que los unió por más de sesenta años. Un retazo del regreso desde el exilio.

Murieron el mismo día, con horas de diferencia. Para muchos, no fue casualidad: fue el último acto de una complicidad que duró más de sesenta años

El 5 de marzo de 2020, la sincronía fue absoluta. Alejandro murió por la mañana. Bélgica, por la tarde. La noticia se expandió como un símbolo: dos vidas que habían respirado al unísono decidían—o aceptaban— partir del mismo modo. En el Teatro Nacional, quienes velaban a Alejandro recibieron la noticia de la muerte de Bélgica con una mezcla de asombro y certeza. No era casualidad. Era un cierre. Un telón que caía para dos.

Murieron como vivieron: sin soltarse la mano, incluso cuando ya no podían tocarse. La sincronía no parecía casualidad. Era un cierre. Un telón que caía para dos.

Lo que queda hoy no es solo su obra —que es vasta, luminosa y necesaria—, sino la memoria de una complicidad que desafió el tiempo. Queda la imagen de ellos ensayando en su casa, leyendo en silencio, celebrando estrenos sin estridencias. Queda la certeza de que el amor, cuando es verdadero, puede ser también una forma de dramaturgia: una escritura a cuatro manos donde cada gesto construye una escena que perdura más allá de la vida. Queda también el testimonio de que no hay edad para ser parte activa la de la Sociedad…Pero también nos queda la incertidumbre del destino de la obra de ambos, ya que en Chile no existe un archivo nacional del Teatro… solo depende de la buena voluntad del gremio.

La historia de Alejandro y Bélgica no se apaga. Respira en quienes los vieron actuar, en quienes los leyeron, en quienes los recuerdan. Respira en este día doble que parece escrito por ellos mismos como gran final, sin Volver a escena.

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