Sombras sobre la izquierda

por Rodrigo Atria B.

La izquierda hace frente a un profundo dilema: proponer un proyecto político bajo las sombras proyectadas por el siglo XX o escapar de ellas para hacerse cargo de las realidades locales e internacionales del siglo XXI. ¿Hasta qué punto aquellas sombras la afectan y condicionan?

Responder esa pregunta requiere identificar y caracterizar a lo menos tres sombras fundamentales del siglo XX. La primera es la que aún proyecta la revolución cubana; la segunda es la de la bandera antiimperialista y la tercera es la que emana de la cultura política construida por la izquierda en el siglo pasado.

La sombra de la revolución cubana

La irrupción revolucionaria en Cuba, en 1959, tuvo dos efectos decisivos para la izquierda en Chile (y Latinoamérica).

Por una parte, “demostró” como factible la vía armada y la construcción del socialismo apenas a 90 millas de los Estados Unidos; por otra parte, hizo inviable cualquier alianza política con fuerzas que no fueran de izquierda. La era de los “frentes antifascistas” estaba en el pasado. En su reemplazo se había instalado la era de la alianza entre las izquierdas (como fue el Frente de Acción Popular, 1956); sin embargo, este proyecto político también fue reemplazado: tras la revolución cubana la era vigente pasó a ser la de la unidad “revolucionaria” de las izquierdas. Este era el programa político del momento y, sobre todo, del futuro.

Ambos efectos, por sí solos, hicieron imposible que la izquierda chilena pudiera entrar en una coalición con el centro político, representado por la Democracia Cristiana, para apoyar el programa de transformaciones impulsado por la DC conocido como la “revolución en libertad”: una propuesta que aunaba cambios sociales y políticos con un régimen de libertades y, por lo tanto, con la democracia y el estado de derecho.

El programa democristiano tropezó con otro obstáculo, engañosamente semántico, porque era de naturaleza profundamente política: el contenido de la categoría “revolución” se había refrescado en su sentido leninista y, por lo tanto, ningún programa político que careciera de esta substancia era revolucionario.

Todo lo anterior, pese a que, para el Chile de los años 60 del siglo XX, las transformaciones propiciadas por la “revolución en libertad” eran significativamente profundas y radicales. Véanse algunas de ellas:

  • Reforma agraria que reducía la propiedad de las unidades productivas agrícolas a no más de 80 hectáreas.  
  • Creación de asentamientos campesinos, como comunidades sociales y laborales con derechos de propiedad en tierras expropiadas por el Estado.
  • Sindicalización campesina para equiparar la relación del capital agrícola con la fuerza laboral en aquellas tierras e industrias agrarias no expropiadas.
  • Creación de institucionales estatales de acompañamiento al proceso agrario (CORA, Indap).
  • Reforma educacional que extendía a ocho años obligatorios la educación primaria.
  • Política de “promoción popular” enfocada al desarrollo de organizaciones sociales de base en zonas secundarias.
  • Organización de las mujeres y opciones laborales para ellas: creación de los centros de Madres.
  • Organización de los pobladores para mejorar su acceso a la vivienda.
  • Organización de los barrios urbanos: creación de las Juntas de Vecinos.
  • Ampliación significativa de la participación del Estado en la propiedad de las industrias mineras del cobre, en manos extranjeras (chilenización del cobre)
  • Introducción de medidas de responsabilidad fiscal y control de la endémica inflación.
  • Fortalecimiento de la inserción en instancias internacionales, con particular foco en el desarrollo e integración de los países latinoamericanos.

Hacia fines del gobierno democristiano (1970), el programa había avanzado con dispares resultados.

Para la izquierda, cuyas principales corrientes adscribían al marxismo y a las ideas surgidas de la puesta en práctica de la construcción del socialismo en algunos países, consideraron insuficiente el proyecto democristiano… No sólo por afinidades ideológicas con la experiencia socialista en Cuba, sino, sobre todo, porque las promesas contenidas en la revolución cubana podían superar con creces los cambios y expectativas que propiciaba la “revolución en libertad”.

El triunfo de la “Unidad Popular” (UP) en las elecciones democráticas de septiembre de 1970 condujo al intento de construir el socialismo a partir de transformaciones estimadas más profundas que las que había auspiciado la DC: particularmente, el cambio en la propiedad de los medios de producción. Esta idea proyectó las demás políticas transformadoras de la UP a estadios más radicales que las políticas de cambio de la “revolución en libertad”, siendo que varias de ellas podían haberse entendido como una continuación, acentuada si se quería, de varias de éstas. De hecho, muchos analistas veían como semejantes los programas de gobierno de Tomic (candidato de la DC para las presidenciales de 1970) y de Allende (candidato de la UP). Pero, en consonancia con la tradición revolucionaria del marxismo-leninismo, el propósito de cambiar la propiedad de los medios de producción y los procedimientos sociales y políticos que se desencadenaron para materializarlo, hicieron que esa semejanza no pudiera cuajar en proyectos políticos conjuntos entre la DC y la UP. Al contrario, con el paso del tiempo fue produciéndose un distanciamiento que, a la postre, resultó ser insuperable.

La historia siguiente es la del golpe de estado de septiembre de 1973 y la dictadura militar de Augusto Pinochet que impuso costos humanos, sociales y políticos inmensos a la sociedad chilena.

Sólo veinte años después del triunfo de Allende en las urnas, fue posible restaurar la democracia en el país, de un modo pacífico gracias a la derrota de Pinochet en los propios términos que él estableciera para perpetuarse en el poder. La transición se combinó con un régimen de importantes transformaciones conducido por una coalición de centroizquierda. Estas transformaciones no pretendían ser “revolucionarias” y fueron incluso de menor intensidad que las contenidas en el programa de la “revolución en libertad”. Sin embargo, y, más allá del debate sobre lo bueno o lo insuficiente de tales transformaciones, lo interesante es constatar que si esa coalición de centroizquierda, cuyo eje lo proporcionaba el entendimiento político entre la Democracia Cristiana y el Partido Socialista (de Allende), hubiera sido posible en la década de los años 60 del siglo XX, posiblemente se hubiese, por una parte, evitado el golpe de estado de 1970 y la subsiguiente dictadura militar, y, por otra parte, se hubiese podido avanzar en un estado de bienestar que, a estas alturas del siglo XXI, habría puesto a Chile en otro estadio de su desarrollo económico, político y social.

En la actualidad, la revolución cubana ya no genera la adscripción ideológica y política que generó en los años 60 y 70 del siglo pasado, pero su sombra sigue condicionando las opciones políticas de algunas corrientes de la izquierda chilena: desde luego, al Partido Comunista y, también, sectores del Frente Amplio. ¿Podrá consolidarse en el mundo de izquierda, o en una parte mayoritaria, la pérdida del valor simbólico y político conferido a la experiencia socialista en Cuba durante el siglo XX?

La sombra del antimperialismo

Al igual que la revolución cubana, la bandera antiimperialista fue otro factor componente del ideario político de la izquierda chilena en los años 60 y 70 del siglo XX. Por cierto, fue coincidente en muchas de sus expresiones con la revolución cubana. De hecho, la revolución cubana se erigió en el principal desafío (exitoso después de Bahía Cochinos) a Estados Unidos, la gran potencia imperialista en el continente. Sin duda, razones había de sobra para que la bandera antiimperialista flameara en los programas políticos de las izquierdas latinoamericanas. Pero más que la revolución cubana (que ya había triunfado), la expresión antiimperialista emblemática de los años 60 y 70 del siglo XX fue la guerra de Vietnam y, en menor escala, otras luchas anticolonialistas (sobre todo en África).

La guerra de Vietnam galvanizó los sueños y proyectos de la izquierda frente al imperialismo estadounidense: ya no se trataba de un grupo de revolucionarios enzarzados en una guerrilla insertada en la Sierra Maestra contra un dictador local oprobioso, sino de todo un pueblo (de economía subdesarrollada y eminentemente campesina) que luchaba en el campo de batalla contra la mayor potencia militar que tantas veces interviniera en su “patio trasero” latinoamericano para avanzar sus intereses.

Ningún programa político que careciera del componente antimperialista era viable para concitar una alianza entre el centro político y la izquierda en Chile. Cierto: el programa democristiano de la “revolución en libertad” propiciaba la integración latinoamericana, pero en el contexto anticolonialista y antimperialista de la época eso no solo era insuficiente, sino inconducente. La verdadera integración se daba con otras instancias institucionales y en el espíritu de una nueva emancipación latinoamericana.

El desgaste y la desilusión que ha acompañado a las experiencias “revolucionarias” en América Latina (la inicial y las tardías), el derrumbe soviético, la revalorización del capitalismo en regímenes de gobierno comunista (específicamente en Asia), la pujanza de la economía estadunidense y la restauración del prestigio de su tecnología y, en buena medida, de su cultura política (pese a Trump), son factores que han concurrido para que la idea antimperialista tenga hoy menor aplicación práctica que entonces (aunque Trump haga esfuerzos por lo contrario).

Pero algo de su atractivo simbólico persiste y es la fuente de la sombra que aún proyecta sobre el siglo XXI en esta parte del mundo. Desde luego está presente en el Partido Comunista, pero también está enquistada en el inconsciente (y para algunos derechamente en el consciente: cambio del modelo productivo general y, particularmente, de las explotaciones mineras; reticencia a los tratados de libre comercio, etc.) de algunas corrientes del Frente Amplio.

¿Será posible despejar esta sombra y hacer viable el entendimiento con un Estados Unidos donde, pese a los retrocesos que suponen las presidencias de Trump, existe un considerable sustrato a favor de la agenda medioambiental, la feminista y la de ampliación de derechos civiles y sociales, no ya en su población, sino en sus instituciones? En otras palabras, ¿será posible una relación más compleja, realista y de mutuo provecho con los Estados Unidos de la que permitía el izamiento de la bandera antimperialista, aunque con Trump aparezcan vientos que la hagan flamear nuevamente?

La sombra de la cultura política de izquierda en el siglo XX

Por cultura política de izquierda en el siglo XX se puede entender el conjunto de ideas y tradiciones “revolucionarias” generadas desde la aparición del Manifiesto Comunista (1948) y desde su materialización en un régimen político con el advenimiento de la Revolución Rusa (1917).

Para facilitar el examen de este factor, podrían reunirse tales ideas y tradiciones en cinco grupos:

  1. un humanismo de tipo “espartaquista” tomado no del movimiento de Rosa Luxemburgo, sino de Espartaco: piadoso para los propios, inmisericorde para los enemigos; o el de los Robespierristas, también llamados “terroristes”, durante la Revolución francesa: indulgencia para los revolucionarios irreprochables y violencia contra la oposición política, incluyendo a los revolucionarios moderados; o el de los bolcheviques: aprecio irrestricto a quienes no tenían otra cosa que perder que su prole y extrema represión de contrarrevolucionarios y enemigos del pueblo,
  2. la significación extensiva del Estado como organización política de la sociedad fundada en la dictadura del proletariado, un sistema de partido único, el culto a la personalidad, etc.,
  3. los opuestos estructurales que, sin categorías intermedias, reducen la mirada sobre la realidad a una visión bipolar: burguesía versus proletariado, materialismo versus idealismo, teoría versus práctica, economía planificada versus economía capitalista, etc,
  4. el utopismo del futuro, que justifica duros sacrificios económicos y sociales en el presente por los beneficios de una sociedad sin clases prometidos a plazo indefinido y, en cualquier caso, larguísimo, y
  5. la ideología como la preeminencia de un macrosistema de ideas cerrado que explica toda realidad y que justifica toda decisión superior generada en las estructuras por medio de las cuales tal sistema se mantiene y desarrolla.

El capítulo postrero de la experiencia del socialismo real, escrito por el pueblo de Alemania Oriental en 1989, se tradujo no sólo en la desaparición de la Unión Soviética (y, en muchos casos, la de los partidos comunistas en países del conglomerado soviético y en países occidentales), sino en la insolvencia en que cayó la cultura política de la izquierda y, particularmente, en el desprestigio del programa político del marxismo-leninismo.

¿Significa esa obsolescencia que aquella cultura política va camino de extinguirse del todo o, por el contrario, habiéndose depurado de sus contenidos más ásperos, continuará manifestándose de alguna manera pese a tanto fracaso de la izquierda en el siglo XX?

Por lo que se aprecia en lo que va del siglo XXI, la respuesta es la de una adaptación, aunque no del todo decantada, sino con variada amplitud y diversas tonalidades:

  • el humanismo de tipo espartaquista se expresa hoy en una actitud bien intencionada (algunos la llaman “buenismo”), de morigeración y comedimiento (entre otras cosas, por el impacto de los derechos humanos), pero que, en ciertas versiones, aún exculpa la violencia contingente en causas sociales como respuesta a una “violencia estructural” pertinaz;
  • el Estado se resignifica como mecanismo de regulación y redistribución, aunque en algunas versiones se lo considere como garante de derechos y prestaciones sociales múltiples y universales (sin que sea claro si la musculatura fiscal para sostenerlo podrá ser desarrollada suficientemente); o se lo postule bajo la óptica de la refundación de sus instituciones sin estricta sujeción al canon democrático, porque se las desea ultrademocráticas (renegando de las fuentes de legitimidad y autoridad propias del canon) o instrumentales para moldear la sociedad según parámetros ortodoxos; o se lo conciba como instrumento para plasmar un modelo de desarrollo distinto, bajo una fórmula de escape del capitalismo todavía imprecisa;
  • los opuestos estructurales (sobre todo los sociales y económicos) se han difuminado en una diversidad de polos identitarios intermedios, flexibilizando el reduccionismo estructural original, y modelos económicos de mercado, más o menos híbridos, dado que la economía centralmente concentrada y planificada se desfondó de manera irreversible;
  • el futuro se ha retraído a un horizonte cercano, raspado de utopismo, donde trabajar sobre el presente no implica introducir modificaciones que sacrifiquen satisfactores actuales (por ejemplo, accionar para el cambio energético), sino que apunten a viabilizar un mejor vivir, o incluso una vida sostenible, a la generación que viene;
  • la ideología, en algunas versiones, ha pasado a ser un conjunto reducido (y no hegemónico) de ideas parciales, pero con cierta coherencia entre sí, que se expresan en discursos políticos anclados en aspiraciones de subsectores sociales (que, a veces, pueden colisionar). En otros casos, se trata de conjuntos ideológicos que tienen laxos o discrecionales vínculos (se toma esto, pero no aquello, aunque el criterio de selección sea discutible) con las fuertes tradiciones ideológicas precedentes (el marxismo se asume sólo como método de análisis, aunque exento de un programa político, siendo que para Marx es el programa político lo que permite concretar sus ideas económicas). Y, finalmente, también se dan casos de reafirmación de la tradición ideológica clásica de la izquierda decantada en el siglo XX.

El debate que se vislumbra resolverá si las sombras del siglo XX son resilientes y, entonces, habrá que observar qué versión prevalece y con cuánta fuerza se manifiesta; o si, por el contrario, tales sombras continúan su obsolescencia y se consolida una propuesta progresista que exprese el procesamiento definitivo de los fracasos de la izquierda en el siglo XX y a tono con el siglo que vivimos.

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