Albania es un país pequeño, milenario, intercultural e interreligioso, ubicado frente al mar Adriático, vecino de Kosovo, Montenegro, Macedonia y Grecia. Algo mediterráneo, algo eslavo, algo musulmán, enclavado en los Balcanes y con un generoso litoral. Es un país europeo y, entre 1944 y 1990 se erigió como uno de los estados comunistas más aislado del mundo y uno de los más fieles y extremos seguidores de las prácticas estalinistas. De ese país proviene Lea Ypi, filósofa política y escritora albanesa-británica, que ha publicado una novela notable, Libre. El desafío de crecer en el fin de la historia (Anagrama, 2023). El libro se lee con gusto y, a pesar de que pone en evidencia la triste realidad del comunismo del siglo XX, al hacerlo desde la perspectiva autobiográfica de una preadolescente, le otorga un carácter testimonial y paradójico impresionante.
Hacia los años dos mil, un poco antes o un poco después, cuando mi papá ya casi no tenía amigos y su lealtad a la militancia comunista era más un gesto de amor y fidelidad que una convicción, me confesaba en sordina que había una sola cosa que no podía perdonarles a los viejos dirigentes del partido: su silencio frente a las atrocidades que se cometían en las “dictaduras del proletariado” del mundo. Según él, los camaradas no podían ser ignorantes de la existencia de las policías secretas, de las torturas, de los campos de concentración, de los juicios falseados, etc. Sentía que, si habían visitado o vivido en las grandes ciudades del este (Moscú, Berlín, Sofía, Praga o Budapest, por mencionar algunas), era imposible que no se hubiesen dado cuenta. Más aún, estaba convencido de que sabían, pero no hablaban.

La historia que nos narra el libro de Lea Ypi está construido de tal manera que hace imposible que esa verdad, con todo lo oscura, confusa e improbable que haya sido, no salga a flote. Escrito en clave autobiográfica con un perfecto sentido del relato, la escritora asume la perspectiva de sí misma para contarnos una historia enteramente sostenida en la vivencia cotidiana de una preadolescente que le toca ser testigo y protagonista de un momento excepcional de la historia de Albania: la caída del comunismo en el año 1990. La narradora habla desde su barrio, su casa, su escuela. Por allí transitan los exámenes finales del año escolar, las difíciles decisiones respecto al futuro, los amores adolescentes y las férreas amistades que se entrañan a esa edad. También aparecen sus curiosidades y sus preguntas sin respuesta. ¿Por qué puede ser tan valiosa una lata de Coca-Cola como para poner en riesgo afectos de décadas?

La mirada de la Lea niña que se asoma a la adolescencia no es ingenua pero tampoco es rupturista. Ella habita el paraíso comunista donde las personas son buenas, donde el colectivo tiene una fuerza superior y existe la luz señera del tío Enver Oxha, el equivalente a Stalin de Albania. Y los turistas, por ejemplo, son malos o viven pésimo, en unas pobrezas inimaginables mientras en su pequeño país ellos pueden disfrutar de una experiencia comunitaria capaz de colmar sus sueños y aspiraciones en un país básicamente muy pobre. Claro que todo aquello no se condice con ciertos temores que atisba en sus padres, vecinos o tíos, en ciertas actitudes nerviosas de los adultos frente a la visita de un pariente del cual, al parecer, algo se sospecha, en fin, con ojos atentos formula preguntas que quedan suspendidas en el silencio pero que desde ese mismo lugar hablan. Están las palabras no dichas y las que están obligados a decir. Lea es capaz de relevar las fisuras secretas que cualquiera que haya vivido bajo una dictadura puede reconocer. Eufemismos, historias a medias, y mucho silencio. Por eso, cuando en 1990 se dicta la ley que autoriza la existencia de múltiples partidos, la jovencita se encuentra con una escena nueva: sus padres le revelan la verdad, su verdad: que su país “había sido una cárcel a cielo abierto durante medio siglo”. Y a partir de ese momento comienza a desencadenarse una verdadera avalancha de verdades: la persecución de la cual habían sido objeto sus padres, las discriminaciones que sufrió su familia, los años de cárcel de algunos familiares legendarios. Aparece desenfadado el rostro de la dictadura que se termina e irrumpe una nueva realidad. La reflexión de la narradora es brutal: “Antes de que se desintegrara el estado, se desintegró el propio lenguaje con el que se articulaba esa aspiración. El socialismo, la sociedad en que vivíamos, desapareció. El comunismo, la sociedad que aspirábamos a crear, donde ya no existiría el conflicto de clases y las capacidades naturales del individuo se desarrollarían plenamente, también desapareció. No solo desapareció como ideal y como sistema de gobierno, sino también como una categoría de pensamiento. Sólo quedó una palabra: libertad”.

A medida que se despliega la novela, se va haciendo cada vez más evidente que la novela transita en dos universos paralelos y que esos muchachos y niños formados en el socialismo, encerrados en una sociedad que ha censurado prácticamente todo contacto con otros mundos, han estado expuestos a una experiencia empobrecida y castrada de lo que es la vida plena y el ejercicio de la libertad. Son hijos de una dictadura. Por lo mismo, tienen tan anclados en ellos los mecanismos de la represión que llegan a ser inconscientes de los mismos. No en vano estuvieron sometidos a ese régimen durante casi medio siglo.
¿Les habrá pasado lo mismo a los viejos dirigentes comunistas obreros que viajaban a los países de la Europa del este en los años cuarenta, cincuenta o sesenta, y quedaban obnubilados con la calidad de vida de sus colegas dirigentes comunistas y extrapolaban esa condición a toda la sociedad? ¿En cierto sentido, todos transformados en seres inocentes e infantilizados a los cuales le contaban el cuento del paraíso? Eso es lo que mi papá no creía. Pero después de leer esta novela, me asalta la duda. Los albaneses creían en ese paraíso pobre, silenciado, aislado del mundo, reprimido, porque era el único mundo que conocían. Cuando se abrió la información y toda la complejidad de lo real se hizo presente, el mundo ideal desapareció, como desapareció todo el llamado “campo socialista”. Esta dicotomía entre lo que veo y puedo decir, estuvo posiblemente detrás de la llamada caída del muro y la cascada de cambios, rupturas, transformaciones que azotaron a los países socialista. ¿Este proceso fue pura ganancia para los millones de seres humanos que vivieron bajo regímenes comunistas? Ganaron libertad, es cierto. Pero libertad de decir y no necesariamente de comer, estudiar, tener salud, etc. Ese otro mundo tampoco era un paraíso.
Entonces, ¿dónde está el paraíso? Aquí una última gracia de la novela: no hay respuesta; la pregunta queda abierta para los lectores.