Chile, ese cadáver exquisito…

por Luis Breull

Como quiero atrapar mi nostalgia
para vestir de colores mis carencias…
Para darle aquel deseo que más quiera…
(Buenos Días, Santiago del Nuevo Extremo)

El cadáver exquisito —cadavre exquis— nació en el entorno surrealista parisino hacia 1925, asociado a André Breton, Yves Tanguy, Jacques Prévert, Tristán Tzara y otros miembros o cercanos al grupo. Su regla era simple y radical, en la que varios participantes escribían o dibujaban por turnos en una hoja plegada, viendo solo un fragmento mínimo de lo anterior. El nombre proviene de una de sus primeras frases resultantes: “Le cadavre exquis boira le vin nouveau” (El cadáver exquisito beberá el vino nuevo). El Museum of Modern Art de New York, la Galería Nacional de Arte Moderno y Contemporáneo del Reino Unido, conocida como La Tate, y la Encyclopaedia Britannica coinciden en situarlo como una práctica surrealista de creación colectiva, azarosa y parcialmente ciega… Todas, cualidades aplicables a la forma y fondo del ejercicio de la política en el Chile actual.

Inmersión dadaísta

La importancia de este invento surrealista / dadaísta no está solo en el juego mismo, sino en la demolición de tres pilares modernos fundamentales que refieren a la autoría individual, la coherencia racional y el control consciente de la obra. El surrealismo venía de la herida civilizatoria de la Primera Guerra Mundial y del agotamiento de la razón burguesa como promesa de orden. El poeta y teórico francés André Bretón había publicado el Manifiesto Surrealista en 1924, exaltando automatismo, sueño, inconsciente y ruptura con la lógica instrumental. 

Pero reducir el cadáver exquisito al surrealismo sería un error de lectura. Su genealogía intelectual se conecta de manera directa con el gesto radical del dadaísmo, y en particular con la figura del poeta y ensayista rumano de origen judío, Tristán Tzara. 

En sus célebres instrucciones para escribir un poema dadaísta —cortar palabras de un periódico, agitarlas en una bolsa y extraerlas al azar—, Tzara ya había instaurado la lógica de descomposición del sentido como método (particularmente como crítica al arte y al discurso de la creación artística). El cadáver exquisito no hace más que sofisticar ese gesto para pasar del azar puro a un azar encadenado, donde cada fragmento depende de otro que no se ve completamente. No es solo ruptura, sino interdependencia ciega.

En ese tránsito entre dadaísmo y surrealismo se juega algo más profundo que una técnica artística. Se inaugura una crítica radical al lenguaje como instrumento transparente de la realidad; deja de ser vehículo y pasa a ser materia. Y al volverse materia, se fragmenta, se superpone, se contradice. Lo que emerge ya no es representación de la realidad, sino un montaje que remite a ella.

Como mecanismo estético, el cadáver exquisito produce su propio sentido por yuxtaposición, no por continuidad. Como mecanismo narrativo, reemplaza la trama por ensamblaje. Como dispositivo político, impugna la autoridad del sujeto soberano y ya nadie domina el resultado, nadie posee la totalidad, nadie puede decir “esto es mío” sin mentir. Como artefacto societal, anticipa una forma muy contemporánea de producción simbólica de fragmentos, voces, restos, interrupciones, signos superpuestos, autoría distribuida y pérdida del centro.

Su vigencia es evidente. El Museum of Modern Art ha destacado que la práctica ha seguido viva por más de un siglo; el Metropolitan Museum of Art la vincula a formas de producción colectiva y comunidades diaspóricas; y lecturas recientes la conectan con prácticas digitales colaborativas, desde remix hasta hilos, duetos, memes y escritura coral en plataformas. 

En rigor, el cadáver exquisito no ha desaparecido; solo se ha vuelto invisible porque se ha transformado en norma táctita. Y aquí aparece una primera intuición incómoda, porque lo que en los años veinte del siglo anterior era un gesto estético de vanguardia hoy es una condición estructural de la comunicación contemporánea.

Aculturación práctica y/o colonización pragmática

Chile, en su narrativa política actual, funciona como un cadáver exquisito involuntario; no porque haya imaginación colectiva, sino porque hay acumulación fragmentaria de frases sin integración cognitiva. El debate público se compone como una hoja plegada en la que cada actor escribe su parte sin mirar realmente el segmento anterior, apenas reaccionando al borde visible de la polémica. El resultado no es deliberación, sino montaje; no es conversación, sino superposición de monólogos; no es diagnóstico común, sino una sintaxis rota donde seguridad, migración, crimen organizado, derechos sociales, economía, Estado, mercado y democracia aparecen pegados como miembros de cuerpos distintos.

El sustrato fáctico existe, pero queda cubierto por la fraseología. Por ejemplo, un informe del ministerio Público establece que Chile bajó su tasa de homicidios consumados de 6,1 a 5,4 por cada 100 mil habitantes en 2025 comparado con el año anterior; pero al mismo tiempo los secuestros llegaron en 2024 a 868 casos, la cifra más alta en una década, con una proporción significativa asociada a crimen organizado. Es decir, no hay una realidad simple, porque hay descenso de homicidios y al mismo tiempo mutación cualitativa del delito. La realidad es compleja, pero la conversación pública la simplifica hasta volverla irreconocible.

Ahí aparece el cadáver exquisito político. Unos dicen “mano dura”, otros “derechos humanos”; unos abogan por “fronteras seguras”, otros por “integración regional”; unos denuncian un “Estado sobrepasado”, otros piden “no estigmatizar”; unos propugnan “orden”, otros “cohesión social”; unos exigen “pleno empleo”, otros “protección social”. Cada frase tiene un fragmento de verdad, pero ninguna de ellas organiza el cuerpo completo.

Michelle Bachelet en su segundo mandato instaló una fraseología de seguridad progresista basada en derechos, cooperación y escala regional con énfasis en su arista como derecho humano, y en la necesidad de fortalecer policías e inteligencia sin vulnerar el debido proceso. Luego, Sebastián Piñera regresó a la gestión pública como administrador de recursos escasos en medio de una aguda crisis y estallido social que atribuyó como fruto de la intervención extranjera chavista para desestabilizar la democracia desde grupos anarcos, cuya salida a la crisis fue proponer un proceso para generar una nueva Constitución Política. 

Gabriel Boric, desde el gobierno anterior y los dos fracasos constituyentes, intentó desplazarse hacia una gramática de ambigua firmeza institucional de fronteras seguras y de combate al crimen organizado con la activación conjunta del Estado y la sociedad. José Antonio Kast, ya como Presidente, llegó con una narrativa de orden, crisis económica, control migratorio y reconstrucción nacional frente a la inseguridad, defendiendo lo que llama buenas acciones o buen trabajo.

El problema no es que esas frases sean falsas en sí mismas (incluyendo el coro de colgados y convidados de piedra a un debate polémico de escasa profundidad y trascendencia desde el resto del campo político). El drama es que se consolida una dinámica estructural discursiva que opera con piezas separadas de un cuerpo que nadie recompone. La izquierda habla de garantías cuando la calle exige protección inmediata. La derecha declama orden cuando el Estado real muestra límites administrativos, fiscales, policiales y judiciales. El progresismo exalta la integración cuando parte de la ciudadanía siente abandono territorial. El gobierno aboga boga por la reconstrucción cuando todavía debe demostrar eficacia concreta. La oposición defiende   derechos cuando muchas víctimas solo escuchan demoras como respuestas.

En ese punto, el cadáver exquisito deja de ser metáfora y se vuelve experiencia cotidiana. Cada matinal, cada punto de prensa, cada intervención parlamentaria, cada acción del “segundo piso” de La Moneda es una nueva línea añadida al pliego. Pero el problema radica en que este nunca termina de desplegarse del todo.

Y aquí la cultura vuelve a ofrecer una clave interpretativa inesperada. En 1988, el entonces nuevo trovador cubano Carlos Varela -de aguda crítica interna al sistema castrista- lanzó la canción Jaque Mate 1916(*), donde la historia aparece como narración genial de una partida de ajedrez interminable, en que las palabras entendidas como piezas van intercambiando sus acciones en cada estrofa, con movimientos que forman parte de un juego mayor que nadie controla completamente. La canción no describe un orden, sino la aparente alteración por azar de una tensión permanente entre estas piezas que se mueven sin comprender del todo el tablero y que describen magistralmente un contexto de ocaso de la URSS y del viejo orden mundial bipolar, con Cuba como un emblema -victimario y víctima silente- del mismo proceso.

Esa lógica es profundamente afín al cadáver exquisito, pero en el caso de Chile, sin la magistralidad descriptiva de Varela para narrar una historia de fondo. Cada actor político cree estar haciendo una jugada estratégica visiblemente necesaria, pero muchas veces no hace más que agregar un fragmento a un tablero narrativo que ya no obedece a una lógica común, en donde se habla, se responde, se reacciona, pero no se construye país ni sociedad democrática.

¿Tesis sin síntesis?

Chile vive una fase de cadáver exquisito político polarizado, porque su debate público ya no produce una narración común de realidad, sino una suma de fragmentos morales, securitarios, identitarios, económicos y mediáticos que se ensamblan sin calzar desde los medios de comunicación, sin jerarquía factual suficiente. Cada actor agrega una frase al pliego nacional, pero nadie expande o extiende la hoja completa. Y hay algo aún más inquietante. En el cadáver exquisito original, el resultado podía ser sorprendente, incluso bello, pero aquí no hay belleza; no cabe la belleza. Solo hay dislocación. No hay hallazgo poético sino fatiga cognitiva. No hay creatividad colectiva sino saturación discursiva de impacto inmediato y del todo irrelevante, efímera.

Ese cadáver exquisito no es un accidente. Es la consecuencia de una praxis de poder degradante y de una ecología mediática que privilegia la reacción sobre la comprensión, la consigna sobre el análisis, la identidad sobre la evidencia. Es también el resultado de una política que ha ido perdiendo su capacidad de síntesis, de articulación y de construcción de sentido común; que se reduce a agencia de empleos disfrazados de (auto)servicio público que hay que saber defender.

La pregunta final es quién puede volver a desplegar la hoja o el tablero para construir un mosaico que construya sentido colectivo y no quién tiene la frase más eficaz. Y así, quizás -en un giro irónico que Tzara habría celebrado-, la salida entonces no esté en agregar un nuevo cúmulo de palabras, sino solo en dejar que ceder la palabra al silencio y detener por completo el juego.

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(*) Canción Jaque Mate 1916 (Carlos Varela)

Un perro golpea la puerta del patio,

arriba el vecino le pega a su mujer.

La línea amarilla divide el asfalto

y afuera la gente no sabe qué hacer.

Veo gasolina flotando en un charco

haciendo arcoiris debajo del pie.

Un viejo se encuentra a su doble en un banco 

y leen la prensa jugando ajedrez.

Tristán Tzara jugaba ajedrez con Lenin

en la misma calle que nació Dada.

A veces presiento que fui una pieza,

que aquel tablero era mi ciudad.

Tristan Tzara jugaba ajedrez con Lenin

en la misma calle que nació Dada.

Un año más tarde salió el fantasma
recorriendo el mundo hasta mi ciudad.

Un perro se bebe a su doble en un charco,

se traga el arcoiris y se echa a correr.

La mujer del vecino golpea el asfalto

y la puerta de arriba no sabe qué hacer.

El vecino golpea al perro en un banco,

combina colores sobre su piel.

La prensa se pone amarilla en el charco

y afuera los pobres no saben qué hacer.

Tristán Tzara jugaba ajedrez con Lenin…

Los viejos dividen la puerta y el banco afuera los perros no saben qué hacer.

Yo leo la prensa y salto los charcos

y encuentro a mi doble en una mujer.

Un perro, la puerta, el fantasma y el banco,

la prensa, los pobres, el pie y la mujer,

la línea amarilla, los viejos y el charco

son piezas que flotan en un ajedrez

sin saber qué hacer…

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