Diversos homos
La filosofía, desde siempre, ha calificado al ser humano de distintas maneras, muchas veces estas clasificaciones vienen precedidas del sustantivo “homo” (hombre). Es gracias a esta nominación, que hemos conocido, entre otros, al “homo sapiens”, que es el hombre sabio, al “homo ludens” aquel que juega, al «homo economicus” que es quien realiza todas sus acciones para maximizar beneficios y el “homo faber» que modifica su entorno e inventa herramientas para su subsistencia. Sobre este último escribió Hannah Arendt en su libro: “La condición humana”, donde distingue tres tipos de actividades humanas: la labor, que es aquella que se realiza para sobrevivir, el trabajo que le permite la creación de objetos duraderos (aquí nace el homo faber) y la acción que le posibilita su relación con la comunidad.
Quienes vivimos los fines del siglo XX y comienzos del XXI, cabemos en diversas calificaciones. Por cierto en la del “homo faber”, pero también en la del homo symbolicus y, cada vez más intensamente, el “homo consumens”, que fue definido por Erich Fromm y Zygmunt Bauman como aquel ser humano determinado por el consumo.
A pesar de lo anterior, será bueno ahondar en un homo con el que topamos a diario desde que nos miramos al espejo en la mañana: el “homo digitalis*
La sociedad del cansancio

El término “Homo digitalis» fue conceptualizado por el filósofo coreano Byung-Chul Hal (1957) que lo define como aquellas personas que se caracterizan por pensar, comunicarse y relacionarse por intermedio de las redes digitales. Según este filósofo la cantidad de amigos que tenemos en nuestras redes sólo sirve para aumentar nuestro narcisismo.
Las ventajas del “homo digitalis” son que tiene mayor acceso al conocimiento, un rápido ingreso a fuentes de trabajo y estudio, aprendizaje continuo y facilidad de comunicación; sin embargo, presenta graves problemas como la autoexplotación voluntaria, la tiranía de la positividad y el aislamiento.
Vivimos en la sociedad del cansancio.
El filósofo español José Antonio Marina (1939) agrega que la extrema digitalización pone más flojo a nuestro cerebro, castra el proceso de reflexión e investigación y mutila nuestra curiosidad.
Respecto de lo que representa la híper tecnologización – la que se ve potenciada con la Inteligencia artificial – diversas personalidades se han pronunciado, aclarando que no se trata de negar la tecnología, pues es evidente que es más cómodo el lápiz que la pluma y el computador que la máquina de escribir, sino que lo importante es cuidarse de su componente político y su relación intrínseca con el poder.

Dentro de los personajes que han escrito sobre este tema está el Papá León XIV quien, en su encíclica “Magnífica Humanitas”, destaca que el progreso tecnológico puede traer grandes beneficios, pero también grandes problemas al desarrollo humano. El pontífice hizo hincapié en el problema ideológico, es decir, se refiere a la necesidad de que este desarrollo sea guiado por un humano. Insiste en que ninguna máquina puede olvidar que el hombre es un ser único en dignidad y libertad y plantea su preocupación por el poder que tienen gobiernos y empresas que manejan los datos de las personas.
El estado del arte
En los tiempos del “Homo digitalis» la tecnología y el arte están estrechamente ligados, como lo demuestran los vídeo arte y la música electrónica, entre otras. La inteligencia artificial puede escribir novelas, poemas, dirigir ballet y producir películas, sin embargo, para hacer todo ello, necesita que se le introduzcan una serie de datos.
Desde tiempos del paleolítico, hace más de dos millones seiscientos mil años, el ser humano ha requerido diversos utensilios para trabajar, vivir y expresarse. En la actualidad, estas herramientas se sustentan, mayoritariamente, en la tecnología. Videos, Internet, Inteligencia artificial, entre otras. Lo que caracteriza a todas ellas es que no pueden actuar solas, requieren de un ser humano que las maneje.
Un ser pensante.
El exceso de tecnología ha producido un alto grado de robotización del ser humano, es cosa de subirse al Metro y ver a todos los pasajeros conectados, solamente, a su teléfono celular. Lo mismo ocurre en la calle y los lugares de estudio. Hace unos años, en la Escuela de Ingeniería de la Universidad Católica, lugar donde estudia la élite, debieron expulsar a un grupo de estudiantes que estaban copiando un examen por Whatsapp.
Parece evidente que, en la época de la digitalización, entre más conectados, estamos más solos.
2 comments
Un apunte muy importante es el que haces, querido Pancho. Los vagones del Metro, en hora punta, los homo-metrus, no hablan -omnibulados- fijan sus miradas rendidas a los celulares. Como autómatas, ausentes. Solo, de repente, una mujer lee un libro. Ilumina la oscuridad de la multitud dominada por aparatito. Homo-rendidus. Esa mujer va a parir una estrella.
Gracias Felipe… Muy buen concepto el de homo metrus.