El extraño prestigio de la fealdad

por Luis Breull

La historia del arte nunca consistió en destruir las formas, sino en ampliar sus márgenes. La verdadera ruptura no niega la forma; la lleva hasta un lugar donde antes no podía llegar. Cuando una cultura deja de ampliar las formas y comienza simplemente a abandonarlas solo está administrando la decadencia, pese a que se insista hoy en creer desde algunos espacios de activismo digital tendiente a la marginalidad que se está produciendo una vanguardia. Algo tan real, expandido y cercano que incluso se transformó en instrumento de acción política.

Licencia para derruir

Así como hubo épocas que construyeron catedrales trascendentes en su inmensidad física, arquitectónica y en su complejidad estructural; otras como la actual dedican congresos a explicar que las catedrales son un problema (no solo de fe). Después de siglos intentando comprender por qué ciertas formas conmueven al ser humano con independencia de su idioma o de su geografía, hoy asistimos a una solución mucho más económica. Si la belleza produce diferencias desde el momento en que exige conocimiento y preparación de un discurso articulado en destreza artística, eliminemos la belleza. Si la armonía exige aprendizaje, eliminemos la armonía. Si la excelencia resulta incómoda, rebajemos el significado de la palabra hasta que nadie pueda distinguirla de cualquier otra cosa.

Porque con internet, un móvil, redes y redes sociales basta. Así, es difícil imaginar una revolución social y cultural más barata.

Durante siglos, el arte discutió apasionadamente con sus propias formas. El gótico verticalizó la piedra hasta hacerla olvidar su peso. El Renacimiento volvió a medir el cuerpo humano convencido que comprender la proporción era otra manera de entender el mundo. El barroco tensó la luz hasta convertirla en drama. Después llegaron el impresionismo, el cubismo, el expresionismo y las vanguardias históricas, todos empeñados en discutir la tradición sin romper la conversación con ella.

Ninguno confundió la libertad con la desaparición de las formas, porque la historia del arte nunca fue la historia de la absoluta demolición, sino de una negociación permanente entre permanencia y ruptura de las formas desarrolladas, aprendidas y dominadas.

Quizá por eso resulta tan llamativo el banal entusiasmo contemporáneo por declarar que todo es arte (o que incluso en otro ámbito buscar argumentos para sostener que hasta la tierra es plana). La frase posee la eficacia de los buenos eslóganes y la profundidad de una piscina infantil. Parece democrática porque elimina jerarquías, aunque en realidad elimina aquello que hacía posible hablar de arte. Si todo lo es, la palabra deja de nombrar una búsqueda y se reduce a la transformación en un mero permiso administrativo. Basta con proclamar una intención y el problema parece resuelto si se consigue un cúmulo de clics y vítores de seguidores y fanaticadas que están en el mismo limbo.

Así, las formas, naturalmente, sobran. La composición también. La elaboración empieza a parecer una extravagancia casi aristocrática o un modismo arcaico que en su esencia discrimina al que no lo aprecia.

Algo profundamente irónico se incuba en esta celebración del desorden. La época que proclama la diversidad estética produce una uniformidad sorprendente y naif. El mismo gusto por el impacto inmediato. La misma fascinación por la interrupción, por el grito sin fondo y la obnubilación porque se descubrió la capacidad de usar dos acordes en un ukelele. La misma obligación de desconfiar de cualquier signo de armonía compleja o la igual convicción que provocar constituye un mérito suficiente.

En la era de la saturación globalizante de contenidos, de redes y de digitalización al extremo, la creencia del acto pseudorebelde terminó vistiendo el uniforme de lo homologable, lo intrascendente, lo ruidoso y lo que se cree abre tendencias que chocan con la nada y la incapacidad de construir historia.

Las grandes obras nunca necesitaron esa ansiedad. La Capilla Sixtina sigue inquietando cinco siglos después porque su arquitectura visual continúa organizando el vértigo humano. Las Meninas todavía modifican nuestra manera de mirar antes de que podamos explicar por qué. El Réquiem no necesita campañas de difusión identitaria para seguir interrogando el silencio. Incluso Guernica, probablemente una de las obras más desgarradoras del siglo XX, no renunció jamás a la composición, porque su violencia nace precisamente de la precisión con que administra el caos y la brutalidad humana.

La historia del arte contiene innumerables ejemplos de fealdad y nunca hasta hace pocos años necesitó convertirla en programa político. Ahí comienza la diferencia decisiva. Lo grotesco medieval, los demonios románicos, los desastres de las guerras, el expresionismo alemán o el teatro del absurdo comprendían que la deformación solo adquiere fuerza cuando dialoga con una idea de discurso lógicamente ordenado y consistente. Esa ruptura existe porque todavía permanece la memoria de aquello que ha sido roto. Sin esa memoria, la deformación pierde espesor y se convierte únicamente en ruido.

Nuestra época -especialmente en este territorio- parece haber olvidado esa conversación y ha decidido que la forma constituye una sospecha o que el desorden representa una liberación. Un razonamiento que resulta seductor por su simplicidad. Si determinados cánones fueron utilizados para excluir, entonces los cánones son culpables. La conclusión recuerda a quien decide incendiar una biblioteca porque algunos libros contenían malas ideas o quemar un museo porque colindaba con una zona en disputa por la revuelta. El problema nunca fueron los libros ni Violeta Parra. Tampoco el arte.

Las formas artísticas constituyen una de las tecnologías culturales más sofisticadas que ha producido la humanidad. No porque impongan una manera de mirar, sino porque permiten compartirla. La serie armónica no pertenece a una ideología. La geometría no milita en ningún partido. Las relaciones cromáticas no necesitan manifiestos para producir determinados efectos sobre la percepción. Durante milenios distintas civilizaciones descubrieron esas regularidades y construyeron con ellas música, ciudades, jardines, poemas y esculturas.

Era inteligencia acumulada y no mera obediencia escolástica. Sin embargo, la conversación contemporánea parece haber decidido que todo aquello constituye una carga innecesaria. Se prefiere la espontaneidad porque exige menos trabajo, la autenticidad porque evita el aprendizaje, la expresión porque libera de la composición. Y así nunca fue tan sencillo producir algo y nunca fue tan difícil producir una obra que trascienda en el tiempo por la consistencia de su sentido.

La reivindicación política de la fealdad participa de esa misma lógica. No porque la fealdad carezca de lugar dentro del arte. Lo tuvo siempre y probablemente seguirá teniéndolo. El problema comienza cuando deja de ser un recurso expresivo para transformarse en horizonte cultural. Cuando la deformación ya no expande el lenguaje, sino que pretende sustituirlo. Cuando la renuncia a la forma empieza a presentarse como una conquista moral. En ese punto el arte deja de discutir con la belleza y empieza simplemente a desertar de ella.

Resulta curioso observar entonces cómo una época cargada de disidencias que denuncian obsesivamente la mercantilización termina entregándole al mercado exactamente aquello que mejor sabe vender. La provocación que nace así dura pocos segundos, en tanto la belleza exige permanecer. El algoritmo recompensa la interrupción y, en cambio, la contemplación que demanda silencio e introspección produce muy pocas métricas. La economía de la atención encontró finalmente su estética, y no fue la belleza, sino el sobresalto histérico de la pulsión por ser visible.

Quizá la mayor ironía consista en que esta supuesta liberación de la era digital en Chile contemporáneo concluya produciendo una pobreza visual extraordinariamente homogénea. La cultura que prometía infinitas diferencias fabrica obras intercambiables. Cambian los manifiestos, cambian las consignas, cambian los símbolos escogidos para el escándalo ególatra. La estructura permanece idéntica con el mismo gesto, la misma estrategia, la misma búsqueda desesperada de atención vociferante.

Las vanguardias históricas escandalizaban para ampliar la experiencia, pero hoy nosotros parecemos hacerlo únicamente para confirmar que todavía somos capaces de generar sucesivos escándalos efímeros.

A lo largo de la historia, toda civilización ha terminado revelándose en aquello que decide cuidar y que le representa en su esencia (con o sin provocación mediante). Durante siglos se cuidaron bibliotecas, partituras, plazas, jardines, templos y museos porque se intuía que las formas conservaban una inteligencia demasiado lenta para ser reemplazada por el entusiasmo de una generación.

Tal vez esa intuición no era tan ingenua; quizá la belleza nunca consistió en fabricar objetos agradables. Quizá siempre fue el modo más sofisticado que encontró una cultura para impedir que el ruido terminara pareciéndose demasiado a una conversación. Y esa sigue siendo una tarea pendiente.

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