Las voces del terror no han dejado de escucharse este año. Las amenazas de Trump no tienen más límite que el de la inconsistencia y la incredulidad. El tono de los discursos se mueve entre el alarido del matón del barrio y la hipérbole increíble, que aseguraría que nunca antes fue escuchada y que es maravillosa. A propósito de la guerra en que se embarcó ahora, ha dicho cosas como “haremos retroceder a Irán a la Edad de Piedra” o “desataremos el infierno”, para concluir que “toda una civilización morirá”. Todo esto porque tiene el ejército más poderoso nunca antes visto. Y Netanyahu no se achica y, tal vez en un formato más serio, menos payasesco, asegura que matará a los dirigentes iraníes donde sea que los encuentre, y hará desaparecer el sur de El Líbano, ingresando con sus tanques y bombarderos, reproduciendo lo realizado en los años recientes en Gaza. No olvidar: 72.000 asesinados y todas las ciudades devastadas. Trump y Netanyahu, las voces del terror.
Nosotros miramos desde lejos, aunque la guerra toma forma de alza de la bencina. Pero no es lo mismo que viven los millones de iraníes, palestinos, libaneses. Los Estados Unidos se jactan de haber realizado más de 10.000 ataques con bombarderos en territorio de Irán e Israel se vanagloria de haber asesinado varias líneas del mando político, militar y religioso. En la televisión aparecen exultantes, excitados, como si estuvieran bajo los efectos de algún químico al borde de la sobredosis. Cuando los miro me parece que les veo la saliva sanguinolenta asomando por los costados de sus labios. ¿De verdad estarán gozando con sus discursos? ¿Mientras los revisan en sus circuitos privados de televisión para constatar que las imágenes quedaron bien grabadas para provocar en sus “enemigos” un terror paralizante, se sentirán profundamente gratificados, contentos de lo que hacen, cebados en su sinfonía de muerte y destrucción? Es impactante el desparpajo. Ya no se ve esa retórica condescendiente que se excusa de su propia barbarie diciendo que lo lamentan, que no es lo que les hubiera gustado, pero su responsabilidad patriótica los obliga a la carnicería. De ganar la guerra, serán generales de tierras arrasadas. Sin duda un resultado favorable de la guerra solo retardaría su nuevo comienzo.

Escucho y leo a los analistas que definen este conflicto como una guerra “asimétrica”, donde el más poderoso pierde cuando no puede derrotar al más débil. Por eso los iraníes resisten. Su persistencia es la gran derrota de Estados Unidos. Por eso también, aunque la capacidad militar y económica de Estados Unidos e Israel debiera haberles asegurado un triunfo rápido y eficiente, todavía no hay nada resuelto. Me queda la impresión de que en este conflicto hay variables que nunca fueron consideradas. En el mundo de las empresas, probablemente, las llamaríamos las habilidades blandas. Me refiero a esas características de los países en conflicto, donde se expresan sus “idiosincrasias”, sus maneras de ser y sentir, la densidad cultural que poseen culturas milenarias. Los persas llevan miles de años como identidad cultural y territorial, aunque hayan sido sometidos a diversas ocupaciones. Por esas tierras habrán pasado los macedonios, los griegos, los romanos, los árabes, los turcos, los mongoles, los ingleses y los rusos. Sus ciudades fueron destruidas, hubo miles de muertos, se saquearon sus riquezas y, cual mono porfiado, los persas ahora bajo la forma de los iraníes, vuelven a resurgir. En general –esto lo debiera saber alguien en Washington- las culturas no se arrasan y, ni mucho menos las civilizaciones. Eso ocurre con los cataclismos, los desastres, las plagas. ¿Estará Trump autodefiniéndose como la peste que arrasó con Irán o se transformará en uno más de los “dominadores” que tuvieron un paso efímero por esa zona?
Con Israel sucede algo similar. Hace 3.200 años esas tierras pertenecían a los cananeos. Durante los cinco siglos siguientes, se forman los reinos de Israel y Judá. Más adelante pasarán por esos territorios los imperios mesopotámicos, el persa, el griego, el romano, el bizantino, los cruzados europeos, los imperios islámicos y los otomanos. Y habrá largos siglos donde diversos pueblos construirán sus culturas y las irán mezclando.

Ahora todo eso pareciera estar bajo el dominio del Israel moderno, que se arroga la autoridad que confiere el poder de su ejército apoyado por Estados Unidos y con la complicidad silenciosa de los europeos, para invadir, matar, destruir, exiliar, redefinir fronteras. Lo que hicieron en Gaza es impresionante. Lo que pretenden hacer ahora, es aterrador. En Chile tenemos una expresión graciosa y algo procaz para describir lo que les sucede a esas personas que comienzan a beber y no pueden detenerse hasta quedar completamente borrachos. Cuando eso ocurre, decimos que se le calentó el hocico. A mí me da la sensación de que a la actual cúpula dirigente de Israel les está pasando lo mismo: probaron el sabor de la sangre y ya no terminarán hasta que queden borrachos. Da la sensación que han instalado una orgía de muerte y barbarie y sólo quisieran matar, destruir, ver la sangre correr y el miedo en los rostros de los más débiles. ¿Cómo poner fin a su descontrol? No me refiero a un descontrol operacional, organizativo, de acción. No, me refiero a alguna suerte de descontrol mental. En alguna parte, como los animales salvajes, se cebaron con la muerte de otros seres humanos.

En Chile vivimos un momento peligroso. El nuevo gobierno está muy seriamente alineado con las políticas de estos dos países. ¿Queremos estar en ese lado de la moneda? ¿Ser cómplices de matanzas y lenguajes de guerra? A mí no me gusta. Si hubo algo que me alejó de la izquierda más tradicional fue su lenguaje –y acciones- guerreras. No podemos resignarnos a que frente a nuestros ojos se despliegue un festival descarado e impune de muerte y violencia y quedar impávidos. Sé que no es mucho lo que desde este lugar se puede hacer, más allá de escandalizarse, pero me parece fundamental reivindicar la vía diplomática y multilateral como el único camino que nos hará más humanos. Hablando con respeto por el otro, sin epítetos ni calificativos que busquen deshumanizar al enemigo, buscando ese espacio común donde podamos ejercer nuestras libertades sin miedo.