Escribo desde Perú, y para ser más preciso, desde la selva peruana, ya que como se sabe este país andino se compone de tres realidades geográficas, históricas y culturales: La Costa, la Sierra y la Selva. Además -cabe aclararlo- yo vivo aquí donde se encuentran mis nuevos afectos, paisajes y desafíos intelectuales y profesionales. Quiero decir con esto que lo que ocurre aquí, no me resulta indiferente para nada.
Y, sin embargo, después de haber pasado tres tercios de mi vida en mi patria, Chile, y casi un tercio en España, debo confesar que la realidad política de los peruanos me sorprende fuertemente. Y, sin duda, nacido y criado en una familia tan republicana (en el buen sentido de la palabra) como la mía, y con altos estándares de participación democrática, incluidos el considerar la obligación de sufragar como un deber casi sagrado, y el debate político como una práctica deseada y divertida, lo que observo aquí, todavía me resulta casi incomprensible. Y, por eso, no dejo de indagar con los taxistas en mi paso por Lima o aquí, a mi llegada, cuánto conocen de las candidaturas que se presentan en las próximas elecciones, a partir de estas ingenuas y básicas preguntas: ¿Sabe quiénes se presentan a las próximas elecciones?, ¿Por quién piensa votar? Y las respuestas son casi siempre iguales: conocen a Keiko, López Aliaga y Acuña, y casi todos consideran a los anteriores, parte de una mafia política, oscura, corrupta e indecente.
Los peruanos muestran sobre todo un sensible desafecto de la política. No tienen, en general, el menor interés, y por ello, compromiso con sus actores y aún más, les cuesta vislumbrar o acaso juntar sus propios anhelos e intereses, con las autoridades llamadas a representarlos. Porque aun siendo conscientes que dependen brutalmente de todas las formas de expresión política, no ven que su participación en ella sirva para algo. Y esto da para mucho. Por eso intentaré aquí, describir, en parte, el contexto histórico, social y político que explica a mi juicio este desapego fatal y persistente.
Las estadísticas más generales explican en parte el problema: Los 27 millones de votantes llamados a concurrir a las urnas el próximo 12 de abril, lo hacen en un país que ha tenido 8 presidentes en 9 años. ¿qué significa esto exactamente? Que el voto de 17 millones de personas vale menos que el de 101 parlamentarios. Parece absurdo, pero es verdad. Los peruanos se acostumbraron a votar por presidentes que son vacados (destituidos) por mayorías parlamentarias adversas al presidente elegido. En algunos casos, como el del presidente Castillo, que no tenía partido y por consiguiente fuerza parlamentaria, no pasó de ser un presidente apoyado por peruanos y peruanas pobres sin acceso a los medios, sin posibilidad de realizar acuerdos parlamentarios, de legislar y, por ende, de gobernar efectivamente. Los resultados están a la vista: el último presidente peruano duró menos de un año y medio y en su accidentado gobierno tuvo que asistir a la impugnación en solo su primer año, de 138 designaciones resultando en la remoción de 97 funcionarios.
Finalmente, y luego de un desgraciado discurso político que fue considerado un acto golpista fue vacado, y puesto en prisión el mismo día. Esa prisión preventiva que continúa hasta ahora, cuando se agota el período que debió durar su mandato presidencial.

De los últimos presidentes peruanos cuatro de ellos: Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Martín Vizcarra y Pedro Castillo se encuentran presos. Algunos enfrentan procesos (rebelión) Castillo; y otros, condenas, como Toledo y Humala.
No es algo que estimule el deseo de participar, especialmente.
Perú, país rico entre los ricos, si lo medimos por sus abundantes recursos naturales y su minería de clase mundial pródigo en producción de cobre, zinc, plata, oro y molibdeno y un crecimiento impresionante del sector agropecuario que ha generado millones de empleos y cuyos 36 ecosistemas continentales y 75.5 millones de hectáreas de bosques está especialmente favorecido para desarrollar el turismo y los bio negocios. Ostenta actualmente un PIB per cápita que se encuentra entre los más altos de AL (sexto lugar detrás de Argentina, Chile, Brasil, México y Colombia) y un crecimiento que supera el 3%; y, su inflación estructural controlada, además de tener una moneda estable y altas tasas de inversión, se desangra, no obstante, por su costado político.
Es cierto que la corrupción es un mal extendido en América Latina y el mundo, pero no es menos cierto que en Perú es una enfermedad extendida que permea todo el cuerpo social, porque además de los célebres y conocidos: Caso Odebrecht/Lava Jato (2016-presente): Red de Corrupción Fujimori-Montesinos (Años 90) Los Cuellos Blancos del Puerto (2018): Vacunagate (2021): Caso Mochasueldos (Actualidad): Club de la Construcción es típico y naturalizado, como lo muestra, por ejemplo, el que los gobernadores y otras autoridades peruanas cuando son elegidos por el gobierno central, procedan a mochar los sueldos de autoridades de su confianza mediante la exacción de parte de sus remuneraciones.

No obstante, lo anterior, la preocupación principal de los peruanos sigue siendo la Seguridad. Y aquí los datos son escalofriantes: Solo en la ciudad de Lima se reportaron el pasado año 10.562 denuncias de extorsión y al menos 69 conductores y 5 cobradores fueron asesinados por ese motivo. Se calcula que el sector transporte paga en promedio más de 30.000 soles mensuales (casi ocho millones de pesos) a esas organizaciones criminales. Los sicarios asesinan a cientos de personas cada día. La Asociación de Mujeres Bodegueras del Perú señalaron que en Lima más de 2.000 bodegas habían cerrado por miedo a la violencia de grupos criminales el pasado año. Si a esto se suma el que el 98% de las denuncias terminen con la impunidad de los autores, tenemos la tormenta perfecta en un país agotado por la incapacidad de sus autoridades de ejercer el control del delito y garantizar la Seguridad de su población.
En este contexto, subliminalmente que sea, a los ciudadanos más conscientes de este país andino, se les aparece la célebre pregunta de la novela Conversaciones en la Catedral del escritor peruano premio nobel de literatura Mario Vargas Llosa: ¿Cuándo se jodió el Perú? Y la respuesta, esta vez, parece más traslúcida que antaño: porque todo, o casi todo lo relacionado con el sistema político peruano actual, fue dinamitado por la dictadura de Alberto Fujimori. Como se sabe, el político peruano que había dado un autogolpe en el año 1992, y que tuvo la desvergüenza, cuando todavía era presidente, de abandonar la patria que representaba, en el avión presidencial, poniendo rumbo a Japón reclamándose de esa nacionalidad, y renunciando a su alta investidura, por medio de una carta enviada por un edecán, dejó una herencia mucho peor que los numerosos crímenes perpetrados durante su gobierno que, el gran intelectual y periodista peruano César Hildebrandt la resumió de este modo: En todo caso, las raterías del fujimorismo son el mal menor, el mal mayor fue la devastación moral que el fujimorismo produjo en la sociedad. La monarquía que impuso. El colapso institucional que propició concentrado todo el poder y convirtiendo la voluntad del dictador en ley.
Pero, aunque parezca mentira, peor que el brutal, oscuro y deplorable legado del dictador de ascendencia nipona fue dejar a su hija Keiko como la líder principal de las peores conspiraciones contra el Estado, que Hildebrandt espetó así: Veintinueve años después, padre e hija vuelven a juntar sus historias, sus afanes y sus lodos. La comparación, sin embargo, favorece al ‘patriarca’. Su arremetida contra la constitución tuvo respaldo popular y se nutrió de la situación económica y política causada por la crisis del alanismo y la locura homicida de Sendero… advirtiéndole que Usted va a perder por cuarta vez. Y no porque haya gente que la odie, sino porque hay gente que le teme. Teme que usted sea el vivo, inexorable y exacto retrato de su padre. El fujimorismo no será jamás el orden, porque la inmoralidad no trae orden, el cinismo no trae orden, la amnesia premeditada no trae orden. El Perú no quiere el orden que impone una pandilla obstinada en limpiar un apellido que el patriarca ensució con sus crímenes.

Aclaremos que la Keiko, cuando perdió las elecciones con Castillo declaró que gobernaría desde el parlamento; amenaza que en gran medida se cumplió. Se cumplió fatalmente consiguiendo la persecución de jueces, fiscales, y jefes policiales para impedir la persecución legal de sus fechorías. Desmanteló el Tribunal Constitucional para convertirlo en un león sin garras ni dientes. Pero, sobre todo, convirtió el congreso de los diputados en el congreso de los delincuentes, adjetivación que los periodistas más prestigiados utilizan tan frecuentemente que se ha transformado ya, en un modo habitual de referirse a éste, sin consecuencias para nadie. Lo consiguió mediante parlamentarios corruptos y serviles y el apoyo de los medios de derecha tan execrables como los anteriores. Y este es el resultado: el sistema político democrático peruano está tan degenerado que ya no resiste clasificaciones formales: es presidencialista en la forma, pero mediante el instrumento de la vacancia es el parlamento quien tiene el poder real. Pero como tampoco la forma de gobierno es parlamentaria porque el ejecutivo no surge indirectamente del voto de los ciudadanos que eligen una mayoría de escaños, acabó, finalmente, por constituirse en un sistema político fallido y errático. Todo ello gentileza de la candidata que con su sonrisa cínica ha impuesto su voluntad por debajo de la mesa durante una década.
Y la expresión electoral actual de todo este plan siniestro de desmantelamiento político institucional del Perú tienes tres expresiones que son tres rostros conocidos: de la primera, o sea de Keiko Fujimuri y su siniestro legado ya hemos hablado. Le sigue López Aliaga, -Porki-, según propia denominación de campaña. El candidato lo hace desde su investidura de alcalde de Lima. Para muchos no solo de los peores ediles de la capital peruana -que concentra casi la mitad de la población- sino el responsable de su monumental endeudamiento. Además, concentra también allí la mayor cantidad de delitos cometidos por el crimen organizado. En los debates, políticos y periodistas le han sacado todo y el edil limeño vaya que tiene muchos cadáveres en el closet: desde sus relaciones incestuosas con Montesinos líder y mano derecha del dictador Fujimori, autor intelectual de las violaciones a los Derechos Humanos durante esa década infame, además de protagonista de procesos de corrupción que continúan hasta ahora. En los últimos tiempos se le acusa de realizar licitaciones directas con un estudio jurídico norteamericano, perteneciente a un amigo suyo por más de 97.000.000 de soles (casi veintiséis mil millones de pesos chilenos).
Y para los que insisten en que la lucha cultural no es relevante para entender los tiempos actuales y la hegemonía de la ultraderecha aquí va un dato: en las elecciones del 12 de abril hay 35 candidatos y solo 3 de izquierda. Como dijo la gran periodista peruana Rosa María Palacios: ¿Sirvió, finalmente, tanto terruqueo, no es así? Claro que sí. Desde que el fujimorismo se instaló en el poder y no solo en el gobierno, la sociedad se inundó de mensajes que lograron que terrorista (terruco) e izquierdista constituyeran sinónimos. Inventaron otras palabras como caviares, expresión que empezó queriendo estigmatizar a los intelectuales de izquierda y se extendió hacia todo aquel que ponga en duda las interpretaciones oficiales del sistema.
Pero a pesar de todo, y con todas las dificultades que se han descrito, queda una esperanza, porque hay alternativas no comprometidas con el contubernio del parlamento de los delincuentes que parece querer colarse por los palos. Hay cuatro nombres que empiezan a gravitar y a poner nerviosos a la mafiafujimorista, porkista y acuñista: Sánchez, Álvarez, Nieto y López Chau. Todos ellos tienen en común su desprecio por el parlamento de los delincuentes y ninguno hasta ahora se distingue suficientemente por sus medidas programáticas y su capacidad de movilizar al pueblo como lo hizo, en su momento, y para sorpresa de muchos, Pedro Castillo.

Tampoco son iguales: Mientras Carlos Álvarez, con buen desempeño en los debates, logró visibilidad siendo capaz de plantear con éxito que la principal preocupación del pueblo peruano es la seguridad y, aunque las soluciones no son muy novedosas ha podido enganchar con un electorado que busca alternativas políticas al régimen actual. De profesión comediante (al igual que Zelensky) y con una opción sexual metida en el closet, ello no parece ser un obstáculo para su candidatura. Conocido como pocos por los innumerables programas de TV en los que ha participado, habla desde el sentido común con frases un poco simples pero pegonas, que un electorado desinformado y políticamente ignorante es capaz de asimilar. Con una biografía un tanto errática no ha podido desprenderse del todo de las molestas hemerotecas que lo ligan en el pasado a coqueteos con Fujimori. Esa será siempre la espina que lo atormente. De ideología indefinida, aunque de un anticomunismo inocultable, la frase del español futbolero: No soy de izquierda ni de derecha sino todo lo contrario, le cae como anillo al dedo.
Las encuestas lo ponen como favorito, después de la señora K.

Roberto Sánchez, en cambio, sí es de izquierda. Titulado en Psicología por la Universidad Mayor de San Marcos ha ocupado cargos de gobierno y es parlamentario. Pertenece a la agrupación política Juntos por el Perú, heredera del Partido Humanista peruano. De carácter socialdemócrata es un partido que se declara progresista, feminista e indigenista. Pero es, sobre todo, profundamente antifujimorista. Han evolucionado hacia la socialdemocracia desde posiciones antaño izquierdistas y eso lo hace ser depositario de los votos de varias organizaciones y exmilitantes de esa vereda política.
Las encuestas lo sitúan creciendo sensiblemente en las últimas semanas que ya se posiciona en un 7 por ciento. Tiene hartas posibilidades de pasar a segunda vuelta, cuando a Carlos Alvarez se le empiecen a notar las costuras de su precariedad de ideas.
Quedan aun dos posibilidades: Jorge Nieto y López Chau.

El segundo, Alfonso López Chau es un economista y académico de dilatada trayectoria política y parlamentaria. Tiene 74 años. Autor de numerosas publicaciones y artículos de opinión, fue rector de la Universidad Nacional de Ingeniería, y es el que muestra una formación profesional más sólida de todos los candidatos que desafían a las mafias políticas. Fue también presidente del Banco Central de la Reserva del Perú. Pertenece al Partido Ahora Nación. En su juventud se destacan sus tendencias apristas, y amistades con grupos de la izquierda revolucionaria, aunque posteriormente criticó a los grupos insurgentes. En la actualidad se presenta como un socialista liberal. Un político de centro izquierda que promueve la creación de Fondos de Inversión Soberanos y hacer del Perú una nación líder en producción de Hidrógeno Verde. Aparece como el candidato que tiene mayor consistencia en sus políticas públicas y si pasa a segunda vuelta con Keiko sus posibilidades de convertirse en presidente son altas.

Por último, Jorge Nieto es un político y sociólogo peruano de vasta trayectoria. En su juventud fue actor destacado de los movimientos estudiantiles universitarios lo que le valió varias detenciones. Tiene gran experiencia en los asuntos de estado donde ha ocupado cargos de ministro de Cultura y Defensa. Tiene prestigio como intelectual y analista político. Fundador del Partido del Buen Gobierno que se define ideológicamente como una agrupación que se orienta hacia la creación de un Estado de los Ciudadanos con fuerte acento en la democracia participativa. Es un político progresista que rechaza los encuadramientos del eje izquierda-derecha, pero tienen sólidas propuestas en salud y educación.
Nieto se ha mostrado como un gran orador y sobre todo polemista y aunque tuvo algunos tropiezos en el último debate, ha logrado destacarse en el plano de las ideas junto a Sánchez y López Chau.
Lo cierto es que con probable segunda vuelta esta batalla está comenzando y se irá poniendo cruenta hasta su culminación el 7 de junio. Entonces las mafias parlamentarias sacarán a relucir todo su poder mediático y económico, y las fuerzas progresistas peruanas tendrán que desplegar su arsenal programático y, sobre todo, movilizar al Perú profundo, como hace solo cuatro años y para sorpresa de todos, lo hizo el presidente Castillo, con éxito tan rotundo como insospechado.
Esa es la esperanza.