Una mujer a la que el narrador persigue constantemente, no le quita la vista, observa minucioso cada uno de sus movimientos, aún los más mínimos.
Una mujer desmenuzada en cada uno de sus momentos, de su vida.
Una mujer casi acosada por el narrador que la mira constantemente y la sigue a sol y a sombra.
Ema sale. Así comienza la novela. Ema cierra la puerta por fuera y sale de su propia vida para siempre. Ese acto libertario de cerrar la puerta de su casa y echar a andar sin destino es lo que vibra obsesivo y feroz durante todo el tiempo de la narración, durante toda la novela. Ema huye y también hace al lector huir, huir huir, durante todo el transcurso del libro.
Una mujer acosada ha logrado salirse de las manos del acosador y de una situación sin salida.
Finalmente, después de un tiempo de tortura, Ema ha encontrado la salida. Ha podido cerrar la puerta de su casa por fuera y echar a andar.
Este acto debería estar pleno de potencia, pleno de gozosa libertad. Es una mujer que se ha atrevido a romper el nudo gordiano que la tiene atrapada, encorvada, sufriente, disminuida. Achunchada. Sin esperanzas.
Pero ¿qué pasa?
Pasa que Ema lleva demasiado equipaje en esta su huida. Lleva un saco de culpas que no la dejan en paz. Lleva la palabra culpable tatuada en la frente, en el alma.
A pesar de todo se aleja. “El crimen de Ema” es una novela de moverse continuamente. La protagonista viaja, viaja sin cesar y no logra llegar verdaderamente a ningún lugar. La culpa la persigue constantemente como el mejor detective del mundo.
Ema nos echa en cara su crimen desde la primera página. Casi quiere que – como severos jueces – la condenemos con un veredicto sin salida. El narrador no dice nada. Solo mirará huir permanente a Ema y asistirá a esos instantes en que todo su mundo parece haberse destruido.
¿Y de qué huye Ema?
Sobre todo, de sí misma. Cada uno de sus pasos es un loco afán por dejar atrás a la figura que ha torcido su vida hasta el extremo de transformar la cotidianeidad de una pareja en una tortura tortuosa, perversa, violenta, constante. Ema huye de una esclavitud, de un machismo con maltrato, de un esposo paradigma del marido violador, del macho dominador, huye de una rutina de golpes y violaciones, huye de un estrato, de una vida, de una pareja, elementos frente a los cuales caben dos posibilidades: morir o matarlos.
Pero en realidad, sobre todo, huye de la mujer que era y corre con fuerza hacia la mujer que quiere ser.
Pero Ema no huye al desierto, no huye hacia la soledad. Tampoco huye hacia el país del odio ni de la venganza. Solo quiere huir de la agresión física y más aún de la constante agresión psicológica, una cárcel en la que la se ha visto encerrada desde demasiado joven.
Y en su marcha, además de la bolsa de la culpa, Ema lleva la palma de la memoria. Su ser atesora momentos del pasado con una minuciosidad sorprendente. Así vamos identificándonos con el personaje de tal modo que terminamos huyendo como ella recordando nuestros pasados como ella.
Mientras se mueve sin cesar, Ema trae al presente momentos y figuras de su vida: la triste figura de su madre que se relaciona con ella con una lejanía que da paso a la gran presencia de su abuela-madre, que marcó su infancia; vuelve a vivir su adolescencia y juventud universitaria donde fue rebelde y conoció a sus amores.
Paralelo a esto, y siempre sin dejar de trasladarse de lugar en lugar, de pueblo en pueblo, Ema se esconde. No debe ser reconocida. La están buscando. Se deshace de sus datos, de su Rut, casi se deshace de ella misma de su propia apariencia.
¿Y por qué? Aquí el narrador es perverso. Nos muestra a Ema rememorando continuamente una culpa que no da a conocer. Entonces, el lector sigue galopando por las páginas a ver qué cosa ha hecho Ema que la obliga a ocultarse y a marchar permanentemente, como el judío errante, sin perdón, sin destino.
Aquí surge un elemento muy interesante y rector de la novela que es la ira. Ema no es una mujer iracunda, pero ha sido acometida por la rabia en ese momento en que una víctima permanente después de vivir una vida de abusos y violentos maltratos se rebela con una violencia mayor a todo lo que ella imagina.
Y aún más interesante es esta huida al revés: Ema huye físicamente hacia su pasado y deja atrás su terrible presente.
La culpa no la deja en paz. Llega a su lugar de origen donde empieza a tratar de sobrevivir como una desconocida con un pasado invisible.
Pero las dificultades le salen al encuentro. Se encuentra con personajes que han estado presentes en su niñez y adolescencia y que la tienen catalogada como “joven de una clase superior”, la de los terratenientes. Por esto, la respetan tanto como se alejan de ella.
Pero Ema se introduce en esta sociedad de pueblo, porque necesita estar cerca de su vida feliz, de su existencia de jovencita mimada por su abuela.
Y por supuesto, le salen al paso elementos del presente que ha dejado atrás, porque la naturaleza humana es atrozmente parecida en todas partes: un jefe acosador, una vecina generosa, un panadero querendón y un amor verdadero que le han hecho olvidar por eso de “cada oveja con su pareja”. Entonces, su refugio de huida se transforma no en un reducto de paz ni alegría al verse lejos de su torturador, sino en un revivir lo que ha dejado atrás. A esto se suma una misteriosa figura que la sigue sin dar la cara, haciéndonos como lectores, pensar por momentos, que Ema es psicótica y que está imaginando todo lo que se cuenta en la narración.
Felizmente hay una figura entrañable que vuelve al lector a la realidad del personaje y le permite creer en lo que la narración cuenta: Perro.
Perro – un animalito que adopta a la protagonista y no al revés- es una figura poderosa, súbita, que liga a Ema con la vida, que la aleja de la desesperación, que la hace establecer una rutina de cuidados para con ella y para con Perro, y que la sitúa permanentemente en la realidad. Es por Perro que Ema no se deja llevar por el horror de lo vivido y comienza a hacer los movimientos de todo ser vivo: protegerse, comer, buscar trabajo para subsistir, relacionarse con personajes que la aprecian, mantener la rutina de pasear y alimentar a Perro – que libra muchas veces a Ema de la angustia.
La huida de Ema se va estrechando más y más. El cerco persecutor – imaginado o no – va acercándose cada vez más haciendo recordar las escenas de caza inglesas, en las que el pequeño zorro corre locamente perseguido por jaurías que cada vez lo cercan más y más.

Y en esta sucesión de momentos- límite, una tensión que Lorenzini sabe manejar con experticia, se produce un giro que dejará “peinados para atrás” a los lectores de “El crimen de Ema”. Nada de lo que se espera sigue siendo, nada de lo que se deja atrás se borra, nada de lo que se teme desaparece. La novela toma preso al lector, con un narrador en continuo presente que maneja a su gusto a los lectores, haciéndolos – casi al final de cada capítulo- quedar sin respiración y precipitarse sobre el capítulo siguiente.