La nostalgia inútil y el pragmatismo del miedo

por Luis Breull

Chile comienza la travesía por la segunda mitad de la década cargado de palabras que se gastan antes que las políticas que sustituyen y donde la memoria del consenso se desvanece ante la ansiedad del orden. Las derechas no prometen redención, solo funcionamiento vertical, eficiencia y eficacia; y esa sola promesa parece bastar a las mayorías desconfiadas y temerosas para reordenar una sociedad, un territorio y un país que envejece mientras la historia se acelera en un constante y aparente sinsentido social.

Esa rápida y sorpresiva obsolescencia

Entre 2025 y 2035 Chile recorrerá la curva más pronunciada de su madurez demográfica y su inmadurez política. La población envejece, la productividad se estanca, la clase media teme caer con profesiones precarizadas y vacancias sin llenar, los jóvenes no confían y las instituciones funcionan como viejas máquinas que ya no encajan con la velocidad del presente, sino que sirven a sus propios intereses de cajas pagadoras de sueldos protegidos. El país que alguna vez fue ejemplo de estabilidad latinoamericana comienza a parecer un archivo que se actualiza a medias y cuya memoria Ram se satura con facilidad, trabando su avance.

Las viejas palabras de la transición -consensos y acuerdos con la anuencia mediática-, esas que sirvieron para negociar la paz civil y sostener tres décadas de crecimiento, suenan hoy como frases de una misa sin feligreses. El consenso se volvió un eco nostálgico y la promesa del diálogo se redujo a un ritual de cortesía entre sectores que ya no se escuchan. Mientras tanto, el crimen organizado impuso rápidamente su gramática de control territorial como un paraestado y las redes sociales amplificaron un ruido que no produce sentido, sino solo ansiedad.

El país envejece mientras la política se infantiliza. Es la paradoja más visible de la época. La adultez demográfica no vino acompañada de una adultez cívica sino de un retorno a la tribu y la barbarie. Cada grupo defiende su relato identitario como una bandera de supervivencia. El resultado es una democracia que sigue existiendo por costumbre, no por convicción ni eficacia.

La transición como mito de orden

Durante treinta años Chile vivió enamorado de su propia estabilidad. La transición fue más que un proceso político, fue una religión secular. Su credo se fundaba en la idea de que el conflicto debía administrarse con mesura y los movimientos sociales reivindicatorios debían desarticularse, como si la moderación fuera una virtud moral y no una estrategia de contención fría y pragmática.

Hoy ese modelo revela su obsolescencia. La política de los acuerdos, que alguna vez fue motor de confianza, se transformó en un peso muerto. El centro político se convirtió en un punto ciego. Los antiguos partidos de gobierno ahora administran la nostalgia del consenso como si fuera una herencia que da derecho a seguir hablando, aunque nadie los escuche o a casi nadie le importe. Y mientras ellos recitan su letanía del bien común, la ciudadanía se aleja hacia el terreno del neopragmatismo puro, donde el orden y la eficacia valen más que cualquier discurso sobre la convivencia con otros, que incuban más amenazas que oportunidades.

Este mito transicional fue útil en una época de heridas recientes, pero el país que lo veneró ya no existe. Los nacidos después del plebiscito crecieron sin miedo a los tanques y con miedo a los portonazos. La seguridad reemplazó a la democracia como valor cívico principal. En ese cambio silencioso se gesta la nueva hegemonía de las derechas sin apellido.

De la revolución y las estrellas al horóscopo y las cartas astrales

La vieja izquierda chilena, formada en el rigor ideológico y la lectura de Marx, se desintegró junto con el muro de Berlín. Lo que quedó de su espíritu crítico se disolvió implacable -década tras década- en un progresismo emocional que encontró en las causas individuales una nueva forma de redención. Donde antes había cuadros políticos, hoy hay chamanes, terapeutas del lenguaje, influencers disidentes y gestores de identidad.

El marxismo fue reemplazado por el tarot, las runas y las redes sociales. La historia por la energía evanescente del entorno digital. La clase trabajadora por la sensibilidad ambiental o de género. Esa mutación espiritual convirtió la lucha colectiva en una suma de micro causas que se comunican mejor en Instagram y Tik-Tok que en sindicatos. La izquierda perdió poder material y ganó visibilidad simbólica con la misma velocidad que se descalzó del sentido común de los grandes sectores que enfrentan la precarización e incertidumbre laboral, en conjunto con hacer de la moral su última trinchera.

El resultado es una nueva elite progresista que vive de administrar fondos públicos, programas sociales y consultorías morales. Son los herederos del Estado de bienestar, no en lo económico social sino en su variante emocional. Profesionales de la empatía con cargo fiscal. Su discurso parece revolucionario, pero su modo de vida es estrictamente burocrático. Han aprendido a subsistir con mejor status dentro del aparato que dicen combatir.

Mientras China, India y otros países autoritarios construyen hegemonías económicas sin consultar a nadie, el progresismo chileno debate pronombres y organiza seminarios de coexistencia, o pasantías a costa de organismos internacionales. Su derrota no es solo ideológica, es productiva y relacional. Perdió la capacidad de generar valor, de incidir en la economía real, de habitar la calle y de ofrecer una narrativa que entusiasme a una población exhausta.

El gobierno como puzzle y acertijo

El gobierno actual nació de la épica de la revuelta y envejeció en la administración. Intentó gobernar con el léxico del cambio mientras solo tenía poder para gestionar la rutina. Lo que comenzó como promesa generacional se volvió un gabinete fatigado, lleno de tecnócratas melancólicos, que defienden su lugar ganando experiencia a costa de errores infantiles más que sus ideas.

El discurso juvenil que alguna vez en la modernidad del siglo XX encendió las plazas, se transformó en un manual de buenas prácticas públicas. En lugar de liderazgo, la administración ofreció protocolos, pautas y cartillas de lenguaje. En lugar de visión, manuales de crisis. La épica de la dignidad terminó convertida en planillas Excel.

El país percibe esa distancia entre verbo y hecho. El progresismo en el poder se volvió una pedagogía del desencanto. No gobierna, solo administra decepciones. Y lo hace con un tono de superioridad moral que irrita incluso a sus antiguos simpatizantes. Su problema no es la corrupción ni la traición a los ideales, sino la pérdida del alma. Ya no sabe para qué gobierna. Solo sabe cómo justificarse.

En esa vacancia de sentido prosperó el nuevo pragmatismo conservador, que no pretende emocionar, sino volver a hacer funcionar el país.

El bien común como lenguaje fósil

En Chile cada cierto tiempo se intenta reavivar el viejo fuego del consenso. Aparecen textos nostálgicos y moralizantes que hablan de la convivencia, del respeto y del bien común, como si el país solo necesitara un poco más de educación cívica y cortesía para volver a su eje natural. Son discursos bien intencionados, redactados con tono paternal y mesiánica fe en la bondad esencial del ciudadano. Pero suenan como mensajes enviados desde una época donde la política aún creía en la civilización del diálogo y existían lastarjetas Village.

En la práctica, ese lenguaje es un fósil. Describe un país imaginario, de ciudadanos razonables y políticos con vocación de servicio. Un país donde las diferencias se resolvieron con argumentos y los insultos fueron la excepción. Ese país ya no existe si alguna vez existió realmente y no se trató solo de un simulacro de contención utilitaria.

La democracia chilena de 2025 vive en la intersección del miedo y la fatiga. El bien común se convirtió en un lujo retórico. Lo que domina es la búsqueda de resguardo. Los ciudadanos ya no piden justicia, piden protección. Y las derechas aprendieron a traducir esa ansiedad en oferta política concreta.

El realismo del miedo y el sentido común girando a la derecha

El crimen organizado, la inseguridad cotidiana y la violencia en línea o hipervisibilizada en los matinales de TV han modelado una nueva sensibilidad. La gente vive en modo precaución permanente. Las casas se fortifican, las conversaciones se autocensuran y la confianza se vuelve un bien escaso. En este entorno, el miedo se convierte en motor político.

Las derechas lo comprendieron antes. Entendieron que el miedo no se combate con discursos morales, sino con procedimientos. Bukele lo encarnó en su país con brutal eficacia. Río de Janeiro ensayó su propia versión con un operativo que abatió a cerca de ciento cincuenta delincuentes en un día. La opinión pública observó el hecho con una aparente mezcla de horror y alivio al mismo tiempo. En esa ambigüedad se construye el nuevo consenso del orden.

En Chile, la idea de autoridad y de autoritarismo recupera prestigio o aceptación. La mano firme vuelve a sonarle razonable a casi dos tercios del electorado. El ciudadano medio, que alguna vez rechazó la violencia del Estado, hoy la exige como defensa de su propia vida. Es la vigencia pragmática del miedo y la resurrección del “Padre Severo” del que tanto se jactaba Jaime Guzmán Errázuriz para promover una “democracia protegida”, que era el rótulo con el que solía conceptualizar y justificar la dictadura post golpe de 1973.

Mientras las izquierdas siguen debatiendo relatos, las derechas ocupan el terreno del sentido común y la memoria histórica se diluye. No lo hacen con teorías, sino con prácticas. Ofrecen resultados medibles, indicadores visibles, una sensación de control. En un mundo saturado de información y carente de certezas, esa oferta se vuelve irresistible.

El nuevo sentido común se construye sobre una ecuación simple. Menos discurso, más funcionamiento; menos ideales, más eficacia. La democracia deja de ser un proyecto de emancipación y se convierte en una ingeniería del riesgo en cohabitación con la crisis.

En este escenario, la nostalgia progresista aparece como un lujo inútil. Las sociedades envejecidas, las economías dependientes y las democracias fatigadas no buscan redención, buscan mantenimiento. La política se asemeja cada vez más a una empresa de servicios públicos deficitaria, tan solemne como un ánfora, pronto a su sepultación.

El nuevo ChileLab…

El país se prepara para un ciclo prolongado de derechas que no necesitarán reivindicar el pasado autoritario ni pedir perdón por existir. Su legitimidad nacerá de la eficacia, no de la épica. Gobernarán desde la promesa que el Estado vuelva a funcionar, que las calles sean transitables y que la escuela no se derrumbe con la anárquica colaboración de overoles blancos mediante. No prometen libertad, prometen contención y previsibilidad.

Chile será laboratorio del nuevo conservadurismo pragmático que no se rige por ideología, sino por agotamiento de los grupos que van de salida. Las derechas que vienen no discutirán moral ni historia. Gestionarán la ansiedad colectiva con la precisión de un algoritmo. El discurso será laico, profesional y administrativamente brutal. Y en esa frialdad encontrarán su atractivo; pero no necesariamente el cabal cumplimiento de sus ofertas.

Mientras tanto, el progresismo enfrentará su hora más difícil. Tendrá que reencontrar un sentido que no se limite a cuidar minorías desestructuradas o a educar conciencias digitales globalizadas, o desde el esoterismo. Necesitará volver a pensar la economía, el trabajo, la producción y el poder. Sin esos elementos no hay izquierda, solo sentimentalismo bien intencionado de influencers digitales ansiosos.

Un nuevo pacto social bajo el signo de la eficiencia y el descalce de las izquierdas desafiadas

El nuevo pacto social de mediano plazo se asentará sobre una idea sencilla. La autoridad vale más que la representación, la eficacia más que la deliberación, la estabilidad más que la esperanza. No será una ruptura, sino un ajuste silencioso. La gente aceptará menos derechos a cambio de más control, menos promesas a cambio de resultados.

La política se convertirá en administración de riesgos y el Estado en empresa de contención. La sociedad tendrá que aprender a convivir con el conflicto como parte de la normalidad. El miedo dejará de ser una patología y pasará a ser el cemento emocional del orden.

Las izquierdas que sobrevivan a este ciclo deberán enfrentar una tarea enorme. Deberán reconstruir su vínculo con las clases explotadas del futuro, aquellas que ya no serán obreros industriales sino trabajadores de plataformas, migrantes sin derechos, técnicos precarizados y adultos mayores expulsados del mercado laboral.

Ese nuevo proletariado digital y disperso no se reconocerá en los discursos identitarios ni en las ceremonias de la corrección moral. Exigirá algo más tangible que la virtud. Querrá poder vivir, pagar cuentas, sentirse protegido. La izquierda que no comprenda eso será ornamental.

Recuperar el sentido ideológico y estructural implicará volver a discutir la génesis y reproducción de la riqueza, la utilización de la tecnología al servicio de la propiedad y la dialéctica social emergente. Implicará salir del aula universitaria, del mercado de los papers indexados y del ministerio para ensuciarse otra vez en la economía real. El progresismo que no se reconcilie con la producción quedará atrapado en la nostalgia elitista.

¿Otro final para la historia?

Si el país siguiera el rumbo que ya parece trazado, los que pagarán la cuenta serán siempre los mismos. Los empleados públicos de rango menor que aún creen servir a una idea de bien común, los profesores que resisten con sueldos devaluados, los jubilados que financian la paz social con su resignación y los trabajadores que sostienen la economía informal mientras el mercado formal los observa desde los gráficos. Serán ellos quienes absorberán el costo del nuevo pacto civil pragmático, porque los sectores que lo diseñan siempre logran quedar a salvo. 

Esta vez las derechas ofrecerán eficacia, pero ella tendrá su precio. La eficiencia se pagará con derechos, la estabilidad con silencio, la seguridad con obediencia. El progresismo seguirá de espectador, atrapado en su propia retórica de derechos de papel, incapaz de articular una alternativa real que haga sentido común. 

La factura final la pagará una sociedad desconfiada y agotada que confundió orden con bienestar y administración con justicia. En esa nueva normalidad cotidiana, Chile dejará de discutir su destino y se contentará con seguir endeudándose para pagarlo en cuotas.

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