Hay artistas que son poco comprendidos en su tiempo, sobre los cuales el destino parece ensañarse y sus vidas son un cúmulo de vicisitudes, que nacieron a destiempo, sin prever las circunstancias de su época, vanguardistas condenados a ser reconocidos tras sus muertes. Klaus Nomi es uno de ellos.
Nacido como Klaus Sperber en Immenstadt, 1944, este joven alemán creció entre desplazamientos de posguerra y una madre que huía de los bombardeos. En esa precariedad, la radio fue su refugio y siendo muy niño se enamoró de Maria Callas, de su voz y algo se abrió como una grieta luminosa en este contratenor extraordinario y hábil en el falsete.
Durante su infancia ahorraba monedas de vueltos y pequeños trabajos para comprar discos de ópera; más tarde, ya adolescente, cantaba arias en la Ópera Alemana de Berlín cuando el público ya se había ido. Era un joven que buscaba una forma de existir a través de la voz. En los años sesenta, mientras trabajaba como acomodador, cantaba para los técnicos detrás del telón. Empezó a actuar en el club gay Kleist-Kasino de Berlín adoptando el nombre de Renata Castrata, un gesto de humor y desafío.
Pero Berlín no lo aceptó como contratenor. La escena era rígida, y él demasiado extraño. Se formó como pastelero, y llegó a ser un maestro de la pastelería. Este oficio le permitiría ganarse el pan y lo acompañaría toda su vida, incluso cuando ya era una figura del underground neoyorquino. Hay quienes aseguran que Nomi olía un poco a harina, horno y azúcar y que era dulce y callado.
En 1972 emigró a Nueva York en busca de un mejor destino. Allí, en el East Village, encontró un ecosistema donde la rareza era una forma de pertenencia, pero el éxito y el reconocimiento fue mezquino con él.

A Klaus Sperber le gustaba leer la revista OMNI, dedicada al avistamientos de ovnis, contactos extraterrestres, abducciones y todos esos temas que suelen fascinar a ciertos jóvenes y algunos adultos raros negados a crecer. Jugando con las letras de «omni» se formó un nuevo apellido que junto a un puntiagudo corte de cabello y unas anchísimas hombreras, lo converntían en algo así como un superhéroe, o un antihéroe, una especie de batiseñal pero de otro planeta.
En 1978, su aparición en una producción satírica de Das Rheingold llamó la atención de la escena artística. Su voz —un contratenor que podía ascender como un cristal roto— y su estética futurista lo convirtieron en una atracción subterránea del New York setentero.
El futuro es ahora. La gente siempre está esperando que llegue el futuro. Creo que empezamos ahora mismo, en este momento. Aquí es donde está el futuro. El futuro ha comenzado. Klaus Nomi, entrevista televisiva, 1981.

David Bowie lo vio por entonces en un club nocturno e impactado con su presentación lo invitó a cantar junto a él The man who sold de world en Saturday Night Live en 1979. Allí, ante millones de espectadores, Nomi apareció con su traje geométrico, su peculiar peinado y esa voz que parecía desafiar la gravedad. Fue una presentación inolvidable que sigue provocando en las grabaciones subidas a You tube. Pero aunque Nomi pensó que había triunfado, Bowie nunca lo volvió a llamar y él siguió siendo una figura del underground neoyorkino, aunque con discretos éxitos.
De esa manera, Nomi consiguió un contrato disquero en París y comenzó una etapa mejor producida en cuanto a lo musical y también en su imagen. Pero, asimismo, esa producción más profesional lo alejó del concepto original que caracterizaba y servía de aura a todo lo que había propuesto. Nomi hasta entonces era una versión más humana, más aterrizada, más en sintonía con las reglas de juego de la industria de ese mundo. Pero con la gira europea, vinieron los shows abarrotados en París y las cenas con celebridades y los paparazzis, también los videoclips, las presentaciones y entrevistas en programas de la televisión internacional. Logró editar y grabar su primer disco y, en menos de un año, ya tenía dos. Los únicos dos que editaría en vida.

Fue su consagración: el pastelero alemán que cantaba arias en clubes gays se transformó en un ícono pop-art. Su figura era un manifiesto sobre la diferencia, la androginia, la vulnerabilidad.
Pero en el ámbito amoroso, nunca logró sus sueños. Los amores de Nomi fueron siempre hombres fascinados por su rareza, por la voz que parecía venir de otra dimensión, por el maquillaje que convertía su rostro en una máscara. Pero esa fascinación inicial se quebraba cuando descubrían que Klaus era, en lo íntimo, un hombre tímido, necesitado de ternura, más frágil que su propia estética.
Hay un curioso paralelo entre los amores de Klaus Nomi en Nueva York y los de Pedro Lemebel en Chile.
¿Cómo se mira algo que nunca más se va a ver? ¿Cómo se puede olvidar aquello que nunca se ha tenido? Pedro Lemebel en Tengo miedo torero.
Los vínculos de Nomi fueron breves, intensos, y casi siempre terminaron en abandono. En cambio, los amores de Pedro Lemebel —esos que él convirtió en crónica, en herida pública, en gesto político— tenían otra textura. Lemebel amó desde la calle, desde la pobreza, desde la rabia y la belleza de los cuerpos que no encajaban en ninguna norma. Sus amores fueron desdichados, sí, pero también fueron amores que él transformó en palabra, en memoria, en resistencia.
Si Nomi buscaba un refugio íntimo, Lemebel hacía del amor un territorio de combate y de poesía.
Los grandes discuten sobre lo que tienen
Hacer el planeta tan caliente,
caliente como un holocausto
Volar, todo va a subir
Incluso si no apareces en tu Chemise Lacoste
Eclipse total, es un eclipse total
(fragmento de Total eclipse, Klaus Nomi)
Y sin embargo, en el escenario, Nomi convertía esa desdicha en una estética: la voz que ascendía como un cristal, el gesto contenido, la teatralidad que exageraba su vulnerabilidad. Sus amores fallidos no lo destruyeron; lo volvieron más consciente de su propia belleza trágica.

Si Nomi amó en silencio, Lemebel amó a gritos. Si Nomi se deshizo cuando lo dejaron; Lemebel escribió para no deshacerse. Nomi convirtió su dolor en una estética spectral, en cambio Lemebel lo convirtió en una ética del cuerpo y de la calle.
Y sin embargo, ambos compartieron algo esencial: la vulnerabilidad como forma de belleza.
Los dos amaron desde la intemperie, desde la diferencia, desde un lugar donde el afecto era siempre una apuesta contra el mundo.

Quizás por eso Cold Song y Tengo miedo torero dialogan en un punto secreto:
uno canta el frío que avanza, el otro escribe el temblor del deseo.
Cómo es la vida… Yo arrancando del sida y me agarra el cancer, Pedro Lemebel.
En 1979, junto a Joey Arias, se convirtieron en las caras visibles de Fiorucci, la tienda más vanguardista de su época. Durante este año, Klaus le da los toques, comienza finales a la vestimenta del personaje Nomi, gracias al reconocido diseñador Thierry Mugler, quien vistió a Bowie, Arias y a él.
En 1980 se casó por conveniencia con Melissa Moon, pero fue un acuerdo legal para obtener la residencia permanente (green card) en Estados Unidos y poder vivir allí.
En sus últimas presentaciones en Europa, cantó The Cold Song como si estuviera anunciando su despedida: “Let me freeze again to death.” La frase, en su voz, se volvió profecía.
Tristemente, en enero de 1983, Nomi fue superado por la enfermedad que ni todos los medicamentos que ingería pudieron contener. Los médicos descubrieron que el sistema inmunológico de Klaus había colapsado, la enfermedad que padecía, todavía no era llamada SIDA, pero fue una de las primeras figuras públicas en morir de esa nueva y fatídica enfermedad, cuando el VIH aún era un misterio y un estigma.
El periódico Village Voice publicó en primera página, en letras azules, la muerte de Nomi por AIDS.
Su vida y Carrera fueron breves, tenía 39 años al morir, pero dejó una huella imborrable en la cultura queer, en la performance, en la música experimental. Su figura es citada por artistas como George Heyworth o Lady Gaga que ven en él un precursor de la hibridez estética, del cuerpo como manifiesto, del canto como resistencia. Klaus Nomi solo publicó dos álbumes de estudio en vida que mezclaban ópera con new wave y pop: su debut homónimo Klaus Nomi (1981) y Simple Man (1982). Tras su fallecimiento, se editaron recopilatorios póstumos y material inédito como Za Bakdaz.
Lady Gaga, que nació casi tres años después de la muerte de Nomi, ha declarado que, durante su juventud, estaba «fascinada» con Nomi y con otro artista de performance, el extravagante australiano Leigh Bowery. «Crecí con ellos y, de forma natural, me convertí en la artista que soy hoy», declaró a The Guardian en 2011.

Nomi murió solo y aislado como consta en el documental The Nomi Song. Y aunque en la película muchos se muestran avergonzados por su conducta, solo Joey Arias siguió siendo su amigo hasta el final, hasta cuando ya no lo dejaron entrar para verlo en el Memorial Sloan Kettering.