Si tuviera que encontrar una imagen para describir la impresión que me produjo la publicación el domingo de la declaración de los alcaldes Vodanovic y Bellollio, seguramente me llenaría de lugares comunes: “un oasis en medio del desierto”, “una luz al final del túnel”, “un faro iluminado en medio de la borrasca” y así podría seguir inventando. Pero lo concreto es que fue una noticia que definiría como inaudita, en el sentido en que lo hace la Real Academia de la Lengua: “Sorprendente por insólita, escandalosa o vituperable”. Me parece que cada una de las palabras algo habla del gesto de estos dirigentes políticos. Sorprendente, porque gestos de diálogo ya no se estilan; escandalosa porque ver a un militante de la UDI y otro del FA haciendo una propuesta conjunta es como si dos adúlteros salieran desnudos a la calle; y vituperable, porque el mundo de los biliosos no lo van a dejar pasar sin activar sus andanadas de rabia y odio. Por momentos, creo que a más de alguien podría parecer que la decisión de los alcaldes es un poco ingenua. Yo no me excluyo de esta sensación. Aunque la iniciativa me alegra y me produce un dejo de esperanza, por debajo se desliza la corazonada de que podría ser un salto al vacío que muy posiblemente aterrice en medio de la ceguera del sistema político nuestro.
La propuesta de los alcaldes consiste en una invitación a que las fuerzas políticas y sociales chilenas se pongan de acuerdo en hacer lo necesario para enfrentar siete prioridades que, a primera vista, parecen indiscutibles: “1. Una reforma al sistema político que devuelva gobernabilidad y estabilidad institucional; 2. Una reforma al empleo público y un plan de modernización de las capacidades del Estado; 3. Un acuerdo nacional por la primera infancia y la vejez; 4. Un plan nacional de infraestructura, desarrollo territorial y adaptación climática; 5. Una estrategia de crecimiento, productividad y empleo que genere un desarrollo sostenible y reduzca desigualdades; 6. Una política nacional de seguridad y combate al crimen organizado; y 7. Un acuerdo sobre tecnología, inteligencia artificial y democracia.” Algunos han sugerido otras urgencias y es posible que tengan razón (educación, equidad). Pero no es fácil discutir la pertinencia y urgencia de enfrentar estos temas con una mirada de largo plazo. Los alcaldes señalan que “hay un puñado de tareas que ninguno de nuestros sectores puede resolver por sí solo, y que llevamos demasiado tiempo postergando mientras discutimos la coyuntura de la semana”. Por momentos los argumentos parecen triviales, obvios: por supuesto, si nos ponemos de acuerdo ¿cómo no vamos a ser capaces de resolver los problemas más urgentes y proyectarlos a un tipo de sociedad que a todos nos haga sentido? La premisa asoma como indiscutible. Creo que se ancla, además, en la convicción de que la política gestionada como una guerra de suma cero, donde destruyó a mi adversario porque en eso se me va la vida (America Great Again, Patria o muerte, defensa existencial del territorio, etc.), nos lleva de cabeza a escenarios donde nadie gana y todos pierden y, en primerísimo lugar, aquellos a quienes la política desea erigir como los sujetos privilegiados de su hacer. Imagino frases como “hago la guerra para liberar a los pueblos y los transformo en víctimas de terribles dictaduras”, o “hago la guerra para alcanzar la prosperidad y la igualdad y mis esfuerzos desembocan en destrucciones masivas, la expoliación de los recursos de los hipotéticos beneficiarios de la guerra que, perfectamente, podrían transformarse en súbditos de burocracias que trabajan para sí mismas, para perpetuarse en el tiempo y vivir de sus privilegios”. Son frases que podrían resumir lo que han sido muchas de las guerras movidas por intereses políticos, económicos o religiosos a lo largo de nuestra historia reciente.
Proponer un cambio de la lógica con que los actores políticos deben relacionarse y el modo en que fijan sus prioridades es de una osadía enorme. Para quienes militan o han militado en partidos políticos que viven desplegados en una lógica adversarial, sino, como en los últimos años, definitivamente confrontacional, sorda y ciega es un paso muy fuerte. Entre medio se tejen lealtades, traiciones, historias, sueños comunes. Por lo mismo, el gesto de los alcaldes es admirable. Ser exitoso en una tarea como la que se han propuesto es muy poco probable. Ellos lo saben e intentan no caer en la ingenuidad: “Dialogar con verdadera voluntad de llegar a acuerdos exige valentía: salir de la trinchera, renunciar al aplauso fácil que se consigue denostando al adversario y estar dispuestos, en cambio, a buscar su mejor versión. Se trata de no acentuar las diferencias por conveniencia y hacer el esfuerzo por encontrar espacios de encuentro”. Hace ya varios años, escribí a propósito del proyecto constitucional que me parecía que el desafío para llegar a acuerdos que pusieran en el centro el bienestar de la gente pasaba por alcanzar los mínimos comunes y no buscar desesperadamente los máximos. Entiendo la propuesta de los alcaldes como una invitación a relacionarnos desde la diferencia, respetándola y abriéndose a aceptar que el adversario puede tener razón en más de algo, del mismo modo en que puede estar equivocado. Para que esta ruta sea conversable, me parece, requiere algunas condiciones mínimas, más allá de la buena voluntad. En primer lugar, respetar y valorar al otro como un igual que legítimamente tiene una mirada que ofrecer. No es posible partir las conversaciones desacreditando a los interlocutores. Hace unos días escuché a un diputado republicano que afirmaba sin siquiera ponerse colorado, que no le daba ningún valor a las opiniones que emitiera Boric en materia de seguridad por lo que había sido su gobierno. O sea, nada qué hacer, no se puede hablar así. Tampoco es favorable al diálogo hablar desde la mentira. Si no es factible llegar a mínimos acuerdos acerca de la realidad, se hace prácticamente imposible imaginar el futuro. Y, por supuesto, no hay que querer llevarse la pelota para la casa para que siga la pichanga del barrio.
Para mí, que llegué a la política desde la utopía (aquella idea por definición imposible), me cuesta mucho volver a mirar la realidad con la inocencia de los cuentos de hadas. Sin embargo, como si a uno se le hubiese instalado una especie de memoria automática, cuando hay algún signo alentador, rápidamente se me activa el optimismo. Y algunas de las respuestas a la carta de los alcaldes son alentadoras.

Se pronunciaron positivamente diversos actores de la escena política nacional. El expresidente Boric, Carolina Toha y Gael Yomans, valoraron la propuesta, al igual que Ignacio Briones, Sebastián Sichel y Agustín Iglesias. Dicen que Evelyn Matthei compartió la declaración en sus redes. Claro que no todo fue miel sobre hojuela. A Consuelo Veloso, del FA, le pareció que habría una concesión disfrazada de diálogo mientras que Jadue advierte de un pacto entre élites. Y a los libertarios y republicanos tampoco les gusta la idea. El interés por el diálogo y por los acuerdos no es algo que a todos motive. Ahora falta esperar la reacción del espectro político más formal. Para mí sería muy desilusionante que desde el socialismo democrático no hubiese un respaldo categórico, entusiasta y activo para que la declaración pase de deseo a proyecto político.
En los procesos dirigidos a lograr acuerdos muy amplios siempre hay conciliación. Si todos los actores políticos creyeran que solo debe hacerse lo que pertenece al mundo de sus convicciones, solo tendríamos dictaduras o democracias autoritarias. El primer cuarto del siglo XXI está demostrando que la lógica de la fuerza no hace mejor el mundo. Ni antes, ni durante, ni después de la guerra. Chile tampoco será mejor si nos sacamos los ojos entre todos. Ojalá el gesto de los alcaldes no sea un salto al vacío sino un gesto de esperanza.