Hannah Arendt y “La banalidad del mal”

por Patricio Escobar

Por Patricio Escobar

Desde el momento mismo de la ocupación colonial de Palestina por parte de Inglaterra en 1920, después de la derrota de los turcos en la Primera Guerra Mundial, y luego, cuando fue seguida por la partición de su territorio realizada con la complicidad de la ONU para crear el Estado de Israel en 1949, el pueblo palestino ha estado sometido a una política sistemática de exterminio. Asediado permanentemente por Israel, ha debido enfrentar el robo y la ocupación de sus tierras, a su población recluida en campos de refugiados y en reductos territoriales en medio de lo que ayer fueran sus campos de labranza o sus ciudades. La tragedia actual no comenzó con el ataque de Hamas el 7 de octubre de 2023; antes de ese día, solo en Cisjordania habían sido asesinados casi 400 palestinos por parte del ejército israelí ese año.[1] El objetivo declarado de Israel es arrebatar lo que queda del territorio palestino, y para muchos acabar con su población. Se trata de una política de exterminio equivalente a la vivida en Ruanda a finales del siglo pasado y, con más precisión, a la desatada contra los propios judíos de Europa por parte del régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Pero, ¿quién finalmente es el responsable de este crimen? ¿Puede hacerlo un gobierno a espaldas de su población?

Masacres y genocidios

El fin de la última Guerra Mundial puso nuevamente al mundo frente a la evidencia de un genocidio, esta vez llevado a cabo por la Alemania nazi en Europa. La tipificación de este delito describe la voluntad deliberada de exterminar un grupo social determinado por el hecho de serlo. La historia humana está plena de masacres estremecedoras; de hecho, en ese mismo momento, Japón las cometía impunemente en los distintos países que ocupó durante la guerra. Sin embargo, en no todos los casos se trata propiamente de un genocidio. En ese contexto, la importancia de identificar con claridad cada caso se relaciona con el efecto temporal resultante del crimen. Una masacre siempre tiene múltiples víctimas que comparten una circunstancia relacionada con el crimen. Los ejemplos son innumerables y entre ellos hay casos emblemáticos relacionados con la represión de la clase obrera y, en general, de los oprimidos en las más diversas latitudes, sin que haya un objetivo preciso relacionado con el exterminio de los trabajadores, los campesinos o los pobres en general. Constituyen grandes crímenes, pero no llegan a ser un caso de genocidio. Ejemplos de esto último no son difíciles de encontrar en la historia de los últimos siglos y el exterminio de diversos pueblos originarios es un ejemplo palmario. Es el caso de los nativos norteamericanos durante la llamada “conquista del oeste”, el de los mapuches en la “guerra del desierto” en Argentina, y la “pacificación de la Araucanía” en Chile, o más recientemente ciertas tribus y comunidades del Amazonas por parte de empresas forestales en Brasil que ven con su presencia, dificultada su actividad productiva. La lista es larga en la historia y a los señalados se unen en tiempos más recientes kurdos, armenios, rohingyas, etc. No obstante, el ejemplo más recurrente de un afán de este tipo fue la persecución de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial por parte de la Alemania nazi.

En la ciudad de Núremberg, en 1945, por vez primera se llevó a cabo un intento de hacer justicia por los crímenes cometidos en la Segunda Guerra Mundial, que suponían una grave transgresión tanto de las normas de la guerra convencionalmente aceptadas, como es el caso del Convenio de Ginebra, como a los derechos humanos, violados sistemáticamente en perjuicio de la población civil en Europa, lo que posteriormente se reeditaría a propósito de la ocupación de países de Asia por las fuerzas japonesas. Fruto de ese tipo de iniciativas se buscó castigar a grandes criminales de guerra, o al menos eso hemos querido creer.

En Nuremberg fueron juzgados 22 acusados en 1945 en un proceso que duró casi un año. Hubo doce condenas a muerte y tres a cadena perpetua. Además, cuatro condenas de entre diez y veinte años de cárcel y los tres restantes fueron absueltos.[2] Sin embargo, a excepción de Rudolf Hess, para 1957 ya no quedaban jerarcas nazis en la cárcel, pues habían sido conmutadas sus penas por los aliados occidentales.[3] También se celebraron juicios en Dachau, Mauthausen y Buchenwald en contra de oficiales de los campos, guardianes y médicos pertenecientes a las Schutzstaffel (“Escuadrón de Protección”, conocido como SS). De un total de 138 acusados, 118 fueron condenados a muerte y sus sentencias ejecutadas; los restantes recibieron diversas condenas.[4] Sin embargo, prácticamente todas las penas de prisión fueron rebajadas o conmutadas por las autoridades militares norteamericanas. Para finales de la década ya no solo no quedaban criminales nazis en ninguna cárcel, sino que muchos de ellos se habían integrado a la vida social en su país e incluso realizaban actividades políticas, como Hans Globke,que fue secretario de Estado en Alemania Federal. A estos casos se suman todos aquellos que, con ayuda de los gobiernos occidentales y el Vaticano, lograron eludir por completo la justicia. El ejército británico trasladó a Inglaterra a una división prácticamente entera de las SS integrada por ucranianos y alemanes, algunos de los cuales acabaron combatiendo en Vietnam junto a la Legión Extranjera francesa. Otros pudieron gozar de una cuidadosa limpieza de sus antecedentes cuando comenzaron a colaborar con los vencedores, como fue el caso de Reinhard Gehlen, jefe del espionaje nazi, o Wernher von Braun, científico nacionalizado norteamericano que llegó a ser director de la NASA.[5]

Para la posteridad, y a modo de explicación histórica de la tragedia, se construiría el relato de una secta de líderes monstruosos, culpables de crímenes que solo mentes enajenadas son capaces de concebir y ejecutar. Pero, ¿qué fue de los alemanes de a pie que actuaron como brazo ejecutor de cientos de miles y quizás millones de personas? O del propio ejército alemán, que trató de eximirse de culpa, transmitiendo las responsabilidades a las SS como una organización autónoma de fanáticos que le era ajena, omitiendo convenientemente que los mandos de la Wehrmacht coincidían con los postulados de su Führer y colaboraron activamente en la política de exterminio.

Una sociedad cómplice

El último jerarca nazi que enfrentó la justicia, Adolf Heichmann, lo hizo en la ciudad de Jerusalén, luego que la inteligencia israelí lo secuestrara en Buenos Aires en 1960. En el informe que redactó de la filósofa germano-judía Hannah Arendt sobre el juicio, se acuñó un concepto que hasta el presente representa una interpelación profunda al pensamiento social; se trata de “la banalidad del mal”. 

Esa idea nos habla de la condición humana que permite y facilita la ejecución de los actos más viles, llevados a cabo no por personalidades patológicamente alteradas, como pudiera ser un sicópata, o portadores de un trastorno sociopático que los inclina a una maldad abyecta para con sus semejantes, sino por parte de individuos comunes, personas ordinarias, pero incapaces de reflexionar críticamente respecto a sus actos, o como diría la propia Hannah Arendt, “la triste verdad es que la mayor parte del mal lo hacen personas que nunca deciden ser buenas o malas”.[6]

Muchos acusados de pertenencia a las filas del nacionalsocialismo enfrentaron una comisión investigadora en Alemania y consiguieron su exoneración mediante la respuesta escrita a un cuestionario y certificados de buena conducta que firmaba su entorno inmediato.[7] Esto, considerando que más del 12% de la población alemana eran militantes inscritos en el Partido Nacionalsocialista; 8,5 millones de alemanes pasaron por sus filas entre 1933 y 1945. Los que no apoyaron, toleraron, incluso cerrando los ojos frente a la barbarie. Reflejo de ello es un relato de las tropas norteamericanas que participaron de la liberación de Dachau y que reproduce Josep Fontana: [8]

Una vez concluida la contienda hubo un acto colectivo de elusión de responsabilidades. Durante la guerra, los alemanes sabían lo que ocurría; no es que fueran incapaces de resistir al nazismo, sino que tuvieron la disposición de servirlo. Colectivamente fingieron no saber nada y callaron lo que conocían de sus vecinos, lo cual contrasta con la diligente disposición a la delación activa que hacían frente a la Gestapo de sus vecinos que eran judíos o disidentes. En conjunto, esa actitud estuvo en la base de una construcción ideológica que los mostraba, en el peor de los casos, como individuos seducidos políticamente, y en general como otra clase de víctimas del régimen nazi.

El holocausto palestino

La ocupación de Gaza no solo ha puesto frente a nuestros ojos una estela de muerte; nos ha mostrado, además, cómo miles de civiles inocentes se convertían en blanco de las armas y no solo de aquellas que no distinguen entre personas, como un obús de artillería, una mina o un misil, sino armas de asalto que son operadas por un individuo que decide apuntarla y abrir fuego. Sin embargo, todo ello con la tragedia que depara, no es algo muy singular. Solo en el presente siglo hemos visto innumerables episodios en que civiles inocentes han resultado masacrados en medio de un conflicto; incluso el gobierno norteamericano les inventó una perífrasis para eludir la mención directa de esa clase de víctimas: “bajas colaterales”.

Lo que resulta singular en Gaza es la clara presencia de una realidad que se ajusta al concepto de Hannah Arendt antes señalado, y que paradojalmente venía a describir una dimensión del horror del genocidio nazi contra los judíos y que hoy hace de aquellas víctimas, los nuevos victimarios, la “banalidad del mal”. Ese comportamiento vil, incluso con notorias dosis de sadismo que cometen individuos corrientes que, en su vida cotidiana, despojados de un arma, se comportan como parejas amantes, protectores de sus mayores y, por cierto, de sus hijos. Han circulado hasta el hartazgo imágenes de soldados israelíes celebrando la destrucción de viviendas que hasta hace poco eran el hogar de familias palestinas, posando junto a cadáveres de civiles asesinados, actuando como francotiradores cuyo disparo hace impacto en una madre o un niño, o ejecutando acciones de escarnio sobre los vencidos. 

Tras dos años de guerra y la frágil tregua alcanzada, las milicias palestinas han pagado un alto precio, al punto de estar en muchos sectores de Gaza al borde del colapso o directamente haber sido liquidadas. Lo propio ha ocurrido con las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), donde la prolongación del conflicto ha llevado al aumento de los desertores o aquellos reservistas que ya participaron de las operaciones y que ahora rechazan nuevos llamados a reintegrarse a las filas para una nueva fase de la guerra. 

Ciertamente existen aquellos que habiendo participado de los crímenes cometidos contra la población civil hoy los denuncian y se niegan a seguir cumpliendo esas órdenes[9], como también los que entienden la agonía de los palestinos asociada a la ocupación.[10] Pero además existen otros dos grupos que son mayoritarios:

Uno que se niega a reintegrarse a las tropas debido a la pérdida de ingresos que les ha supuesto el llamado a filas. Una encuesta citada por France24.com señala que el 48% de los reservistas ha sufrido una importante pérdida de ingresos desde el comienzo de la guerra, y el 41% afirma haber sido despedido u obligado a dejar su trabajo debido a su permanencia en el ejército.[11] Entre las preocupaciones de este grupo no está la suerte de los palestinos, sino el efecto de la guerra en su bienestar personal, y probablemente si contaran con algún tipo de solución a su problema individual, podrían continuar participando del genocidio.

El segundo grupo corresponde a miembros de las FDI que experimentan los efectos psicológicos de su paso por el frente de combate. Catalogados como afectados por trastorno de estrés postraumático (TEPT), cuyas declaraciones giran en torno al hecho de que el haber perpetrado los crímenes conocidos les ha supuesto un daño psicológico para muchos de ellos permanente, que los lleva a travestirse de victimarios en víctimas.[12] Pero no existe un relato que acompañe autocríticamente la experiencia vivida. Si los rostros de las víctimas no se volvieran recurrentes en sus sueños, su experiencia en Gaza no sería vivida como un estigma.

La evolución política de la sociedad

La nazificación de Alemania hunde sus raíces en un desarrollo capitalista que vio postergado su acceso a los recursos coloniales de los que el resto de los países de Europa gozaba. Ello les condujo a la Primera Guerra Mundial, a su posterior derrota y a sufrir el revanchismo de los triunfadores. Todo ello fue capitalizado por el nacionalsocialismo, que fue capaz de identificar y tocar las teclas adecuadas para devolver el orgullo nacional a una sociedad empobrecida y humillada. Una vez que se sintió victimizada e identificó un responsable, la xenofobia que todos portamos hizo el resto.

El caso de Israel se caracteriza por la progresiva radicalización de una deriva religiosa integrista. Quienes practican el judaísmo, lejos de ser una entidad homogénea, poseen una gran diversidad. Una primera división de la sociedad israelí es entre las colectividades judías y las no judías. Actualmente una de cada cuatro personas que viven en Israel son árabes palestinos o drusos. Dentro de la población de origen judío (los tres restantes) está el sector laico y los judíos practicantes. En ambos sectores se observa la importante penetración del sionismo, corriente política nacida en el siglo XIX que persigue la creación de una patria judía para hacer frente a la persecución secular de esa nación, particularmente en Europa. En el caso del mundo laico se cobijaban corrientes progresistas, llegando a formarse, a la creación del Estado de Israel, un partido del sionismo socialdemócrata. El primero en ocupar el puesto de primer ministro fue un judío ruso, David Ben Gurión, sindicalista que fue apoyado por las corrientes de izquierda y del sionismo laico. 

Dentro de este mismo sector laico están los diferentes partidos de derecha. Finalmente, dentro de la población judía practicante se encuentran los partidos de confesión ultraortodoxa, que a su vez se dividen en sionistas y no sionistas, como son los Naturei Karta. Estos últimos afirman que los judíos no tienen derecho a tener su propio Estado, hasta la venida del Mesías. En la ciudad de New York poseen una comunidad importante y actúan frecuentemente en manifestaciones pro palestinas.

La progresión ideológica de la sociedad israelí se puede observar en los resultados de las elecciones al Parlamento (Knéset) desde la fundación del Estado. Su composición refleja la progresiva derechización del espectro político, en tanto diversas corrientes que, en general se reconocen de centro, se muestran disponibles a participar en coaliciones de gobierno, con los ultraortodoxos y la extrema derecha, bajo programas de gobierno que persiguen la desaparición de los palestinos de los antiguos territorios de Judea y Samaria, e incluso en el restablecimiento del llamado “Gran Israel”.

Factores de la radicalización

En 1949 las corrientes conservadoras y ultraortodoxas reflejaban aproximadamente el 36% del electorado israelí, proporción que en la actualidad se empina por sobre el 73% con la suma del partido de centro, Kulanu, cuyo programa no se diferencia de las demandas de la ultraderecha respecto a los palestinos, como es la construcción de nuevos asentamientos en tierras palestinas, la obligación para los palestinos de reconocer al Estado de Israel y su capital “eterna e indivisible”, Jerusalén, abandonar el derecho al retorno de los refugiados palestinos como también la vuelta a las fronteras de 1967.

Haber arribado a este panorama político es resultado de procesos ideológicos, pero también sociodemográficos y en ese contexto hay al menos dos explicaciones posibles. La primera es el perfil de la migración hacia el Estado de Israel. A los judíos que habitaban en Palestina antes de 1948, cerca de 500 mil, se fueron sumando a lo largo de los años aproximadamente 3,5 millones provenientes de diversas regiones entre las que destaca la antigua Unión Soviética, de donde proviene cerca del 39% del total y que se aceleró a partir de 1989.[13] El perfil general de esta población era conservador, anticomunista y anhelaba un espacio para practicar con total libertad su religión. En un ambiente sociopolítico distinto al de la URSS profundizaron su radicalización.

Un segundo factor es el peso demográfico ganado por las corrientes ultraortodoxas. En 1948 correspondían aproximadamente al 5% del total, y hoy se empinan hasta el 13,5%. Se trata de una población que desde la fundación del Estado de Israel ha gozado de privilegios con respecto al resto, como es el estar excluidos de prestar servicio militar en las FDI, dado que se dedican al estudio de la Torá a tiempo completo. Para ese fin reciben diversos subsidios públicos que les permiten no tener que trabajar. Siguiendo sus preceptos religiosos, poseen una alta tasa global de fecundidad: 6,5 hijos por mujer en comparación a la media general de 1,8 del total de la población.[14]

Otra sociedad cómplice

Tres de cada cuatro israelíes han respaldado en las urnas una política ultraderechista y que promueve una limpieza étnica de la población palestina. Es claro que en los últimos dos años parte de esa adhesión se ha erosionado, pero el rechazo se funda principalmente en factores que no están relacionados con la orientación del gobierno o que se esté ejecutando un genocidio. Ciudadanos del Estado de Israel se movilizan por miles, pero rechazando la imagen del primer ministro Netanyahu, cercado por casos de corrupción que, salvando la inmunidad de su cargo, podrían conducirlo a la cárcel; también en contra de la conducción de la guerra en Gaza, que no ha tenido como principal objetivo la liberación de los rehenes secuestrados por Hamas el 7 de octubre de 2023. Las calles de Tel Aviv o de Jerusalén no están plenas de manifestantes denunciando el asesinato de mujeres y niños por sus soldados y su gobierno, ya sea mediante bombardeos indiscriminados o por hambre, sino por el rechazo a la gestión de una política por la que ellos mismos votaron mayoritariamente.

Una comunidad civilizada debiera evidenciar materialmente una repulsa frontal y absoluta ante cualquier agente capaz de manifestar que un colectivo cualquiera, por mandato divino, tiene el derecho de esclavizar a todos aquellos que le resultan ajenos y más aún, si cabe, a alguien que trate de justificar el asesinato de niños o incluso de lactantes, señalando que previene la proliferación de nuevos terroristas.

Israel ha evidenciado en la práctica que su objetivo es llevar a cabo una limpieza étnica en Palestina, y para ello está practicando un genocidio que cuenta con el tácito apoyo de los ciudadanos del país o, al menos, de un silencio muy parecido a la complicidad. 

La humanidad no debiera olvidar los luctuosos días que vivimos, particularmente cuando los que hoy callan, mañana aleguen, con toda seguridad, desconocer lo que estaba pasando. 


[1]https://11.be/es/cuentos/el-contexto-de-d%C3%A9cadas-de-violencia-contra-los-palestinos

[2] https://historia.nationalgeographic.com.es/a/final-juicios-nuremberg-contra-dirigentes-nazis_14755

[3] https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/the-nuremberg-trials

[4] https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/international-military-tribunal-the-defendants

[5] Fontana, Josep (2021) “Por el bien del imperio”. Ed. Cuadernos Pasado & Presente. Barcelona. Págs 25 y ss.

[6] Sánchez M., Nuria (2021) “Hannah Arendt: La filosofía frente al mal”. Alianza Editorial. Madrid, España. Págs 261 ss.

[7] Droit, Emmanuel (2024) “La dénazification. Poshistoria du III Reich” Ed. PUF. Ed. Pressesm Universitaires de France / Humensis 2024. Paris, France. Pags. 21 y ss.

[8] Fontana, Josep (2021) Op. Cit. Pág. 29.

[9] https://www.972mag.com/israeli-army-refusers-gaza-genocide/

[10]https://www.lavanguardia.com/internacional/20191115/471624754479/exsoldados-israelies-revelan-su-arrepentimiento-en-exposicion-en-tel-aviv.html

[11]https://www.france24.com/es/medio-oriente/20250417-el-descontento-crece-en-el-ej%C3%A9rcito-israel%C3%AD-nunca-volver%C3%A9-a-servir-bajo-este-gobierno

[12]https://www.swissinfo.ch/spa/el-trauma-de-la-guerra-persigue-a-los-soldados-israel%C3%ADes-heridos-en-gaza/85031119

[13] https://en-wikipedi org.translate.goog/wiki/Aliyah?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=rq#:~:text=Since%20the%20Israeli%20Declaration%20of,million%20Jews%20have%20made%20aliyah.

[14] https://en-wikipedia-org.translate.goog/wiki/Demographics_of_Israel?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=rq

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