La barrera sicológica de la tolerancia

por Antonio Ostornol

Estamos viviendo en un cierto estado de irritabilidad con el gobierno. Cada vez con más frecuencia me cruzo con amigos, en general muy ponderados, que no hacen más que expresar la ira que sienten frente a cada acto, cada aparición pública, cada proyecto de las nuevas autoridades.  Expresiones tales como: “siguen mintiendo”, “jódanse ahora los que lo votaron”, “es indecente cómo todo es para los ricos”, son cada vez más frecuentes. Hay un clima de pulsiones contenidas y reprimidas como si quisiéramos borrarlos del mapa. No acuso a nadie. Soy el primero en encabezar la marcha de los agraviados.

Ha sido tradición de muchos ver y escuchar la cuenta presidencial. Se crea toda una expectativa: ¿qué irá anunciar? ¿será el tono adecuado? ¿se hará cargo de tal y cual tema? En fin, todo tipo de elucubraciones y teorías sobre lo que ciertamente, o no tanto, va a ocurrir. Y resulta que, terminada la famosa cuenta pública, enfrentamos un libreto súper conocido: los unos creen que el discurso fue certero, claro, sólido, profundo, convocador, etc. Los otros, por el contrario, creen que fue una alocución pobre, mentirosa, insustancial, pedestre, y cualquier adjetivo descalificativo que encuentren. Un interesante ejercicio de investigación –aunque solo sea para escribir un libro y divertirnos un poco, y no se genere empleo- sería registrar las declaraciones de los principales voceros de gobierno y oposición, después de las sucesivas cuentas públicas presidenciales, y en una especie de test ciego preguntar quién dijo qué, y en qué momento. En esta ficticia y absurda investigación, mi hipótesis sería que se formarían dos grupos: los aduladores y los detractores de la cuenta pública, y se alinearían independiente de la posición política de cada quién. Tendría su gracia el ejercicio, pero, para disfrutarlo, creo que necesitaríamos vencer la barrera sicológica de la intolerancia.

El domingo recién pasado yo no fui capaz. Una, dos o más horas escuchando al presidente fueron superiores a mí. ¿Qué me pasó? Me interesa la política y mucho. Quería conocer cómo se iba a perfilar el nuevo mandatorio frente a los cuatro años que se le vienen. Me preguntaba si seguiría en campaña, echándole la culpa al empedrado y torciendo el lenguaje a lo “Valenzuela” (recuerdan: los parásitos, el país que se cae a pedazos, el país en quiebra, etc.) para después de medias o cuartas verdades, enunciar una gran mentira; o se pondría el traje de mandatario y propondría algo más republicano (en el buen sentido de la palabra, y no en el partidista), menos ideológico, más conciliador. Pero no fui capaz. La anticipación de tener al frente durante dos horas el rostro blanquecino (quienes me conocen saben que no tengo nada contra los blancos) y el pelito rubio de cuico irredento y más encima del campo, literalmente se me atragantaba. En alguna parte de mi conciencia, se me instalaba la idea de que la presencia pública de esta nueva derecha era casi una afrenta personal, que no tenían derecho a imponerme sus rostros, sus actitudes, sus juicios y prejuicios. Es como si, de pronto, me hubiesen cambiado el paisaje. Y de un día para otro volvían a llenarse las pantallas de todos los tamaños con sus frases soberbias, suficientonas, despreciativas, emitiendo afirmaciones completamente delirantes respecto a la realidad. 

Pero se me olvidaba un detalle: habían ganado y no por poco. La consecuencia lógica de esa evidencia es que tienen derecho a copar las pantallas. Me guste o no, así ocurre en una democracia. Y no debiera presumir que necesariamente tendrán conductas antidemocráticas y que, al cabo de cuatro años, no vayan a querer dejar el gobierno. O sea, obvio, no lo van a querer dejar, pero creer que lo harán burlando la democracia es un prejuicio, aunque tengan antecedentes suficientes para estar atentos. No en vano grupos muy importantes de esta nueva derecha dominante fueron acólitos –en tiempo pasado o presente- de la dictadura. Lo concreto es que sacaron millones de votos y eso les da derecho a gobernar y a aparecer en la tele, las redes, los diarios y hasta en la feria. Y mi estómago apretado era una alerta de intolerancia, una incapacidad de reconocer en el otro que es muy distinto a mí su legítimo derecho a existir. Nuestro problema no es que esta derecha sea como es, nuestro problema es que lograron que muchos creyeran sus medias verdades o medias mentiras.

Esto que me pasó a mí le debe haber sucedido a muchos más. Es posible que este modo de sentirnos agraviados porque se nos hace intragable el espacio público privilegiado que una derecha radical ejerce, se transforme en definitiva en un límite a nuestra capacidad de reformular nuestro proyecto político. ¿Qué credibilidad democrática podríamos blandir ante la ciudadanía si no podemos superar nuestra propia intolerancia? El tema es complicado porque la aceptación plena, verdadera y profunda, del derecho de los otros, nuestros adversarios, de los defensores de los ricos, de los que caminan mirando para atrás a Pinochet y sus recetas de gobierno, es muy difícil. Es como si la historia nos pusiera una y otra vez ante el desafío de aceptar sinceramente el valor de la democracia. Antes teníamos una mirada algo relativizada de su relevancia. La entendíamos como algo instrumental, un paso necesario, pero no definitivo. Diecisiete años de dictadura nos hicieron añorarla. Más adelante, a algunos con memoria corta e ideas peores, se les ocurrió que Piñera era fascista y no tenía derecho a ser parte del juego democrático (por cierto, esos no sabían lo que era el fascismo ni tampoco la democracia). Pero volvimos a ganar, una y otra vez, y volvimos a perder. Y ahí estamos. Por lo menos yo, tratando de que estos años avancemos –sin la premura del día a día que se consume las energías de los gobiernos-, pero con la lucidez suficiente para dar un paso adelante en nuestra tolerancia democrática, y jugar las cartas en buena ley para desenmascarar las mentiras, cuestionar y ojalá impedir que las ideas regresivas del gobierno se hagan realidad, y prepararnos para recuperar una agenda progresista y moderna, para un escenario que está desafiado por todas partes.

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