El orden tecnológico

por Mario Valdivia

(Publicado por solicitud del grupo de progresistas retirado Mayulermu, como parte del proyecto “Qué Hacer Con La Izquierda, presumiblemente desde la izquierda”)

El capitalismo es heredero de una larga historia que toma posesión de las cosas del mundo como regalos divinos para usarlas a su arbitrio, y de otra extendida tradición que estabiliza como formas fijas su constante devenir, para ser producidas técnicamente. Crean un orden [(reinos, familias, órdenes, especies), (etnias, clases, segmentos, percentiles), (temperamentos clásicos, tipos psicológicos actuales)], una estabilidad que puede ser controlada – adueñarse de las cosas y producirlas – haciendo invisible la deriva temporal que las transforma constantemente y hace de ellas un mero fluir. Las cosas son aisladas del pasado del que vienen y del futuro al que van, suprimiendo la historicidad del mundo para convertirlo en un orden estable. Cualquier inestabilidad es tratada como un devenir de los atributos secundarios de las cosas, no de aquello que ellas son en el fondo. El capitalismo extrema este ordenamiento que convierte el devenir dinámico y abierto del mundo en un orden cerrado que elimina la multiplicidad de posibilidades que laten en las cosas, la amplitud de sus potenciales diferencias, congelándolas como algo que está ahí constantemente presente, sin cambiar.   

Es una red extendida y delgada que congela el devenir de las cosas, su constante transformarse y convertirse en otras cosas, a veces con lentitud, a veces velozmente, a veces en forma fugaz, a veces con pesadez, y las atrapa para ser utilizadas en forma controlada en circuitos de operaciones de producción de ganancias y acumulación. Fijadas, eliminada la multiplicidad de posibilidades que laten en ellas, las cosas quedan reducidas a recursos disponibles para aquellas. Incluso procesos dinámicos naturales son atrapados como ecuaciones disponibles; hasta se ha pretendido fijar como leyes estables procesos de cambio históricos. La fuerza y extensión de la acumulación, su rol articulador de lo social convierte el mundo entero en un gran orden dispuesto para acumular y las lógicas resonantes articuladas con esta, como el afán por la eficiencia, el crecimiento económico, el desarrollo, el progreso… La acumulación de capital le da a este proceso de tecnologización un dinamismo incesante e ilimitado. A medida que avanza abarca más rincones del mundo y penetra de manera más honda la interioridad de las cosas, incluido el yo, creando nuevas posibilidades de hacer disponibles como recursos potencialidades ocultas en ellos.

El orden tecnológico se extiende a costa de la extinción de todo lo que no posee utilidad instrumental para alguna operación de producción de ganancias y su coro de lógicas resonantes. El capitalismo crea una nueva realidad histórica, un orden que expropia el mundo y el ser humano de toda potencialidad ajena a ser un recurso. Es una clase de devastación – puede considerarse monomaníaca – que es   anterior, más primordial, que cualquier estrago ecológico.

Como lo hace cualquier orden, entrampa. En su caso con normas tácitas que obligan más que si fueran leyes obligatorias. El celular es obligatorio, los anticonceptivos lo son, la TV es inevitable, la educación escolar, el equilibrio fiscal, los antibióticos. Recientemente la IA se ha hecho obligatoria, disponiendo como recursos para producir ganancias lo que hasta hace poco era impensable, nuestros hábitos de consumir y gastar, de comunicarnos y conversar, escribir y producir imágenes y video, de presentar nuestro yo en público, de explorar nuestra intimidad subjetiva. Sin embargo, el entrampamiento del orden tecnológico no consiste en barrotes materiales impasables. Es más bien un caer en trance, un dejarse encandilar, seducir, por la trampa monomaníaca, por la satisfacción, quizás la seguridad, que produce ser un recurso disponible, y la expansión de la capacidad de jugar juegos articulados y resonantes con la acumulación de capital.  Claramente los barrotes no se imponen por convencimiento racional o discursivo – la vieja lucha ideológica – sino   principalmente por simple acostumbramiento colectivo, por participar en el entramado de prácticas establecidas que todos adoptan.

Es una capacidad poderosa, pero no es ilimitada. Siempre hay espacios de libertad para inventar lógicas diferentes a la acumulación capitalista. Hacerlo en forma estrictamente individual no es posible, pero la izquierda puede tomar en sus manos la responsabilidad de hacerlo colectivamente real. No se trata de abstenerse de la tecnología, de rechazarla a priori, por el contrario, se trata de participar en el bullente mundo de la innovación tecnológica para darle una lógica diferente, libre del afán acumulador del capitalismo. Abrir paso a múltiples formas de tratar las cosas y las personas, el mundo en su conjunto, diferentes de la monomanía capitalista es una relevante posibilidad histórica abierta solamente para la izquierda. No se trata de oponer una monomanía contraria, se trata de permitir el surgimiento de múltiples lógicas diferentes, morales, éticas, étnicas, ambientales, nacionales, locales, comunitarias, familiares etc. Vale decir, crear un mundo múltiple diferente del orden tecnológico monomaníaco de recursos disponibles para producir ganancias y acumular; des empobrecer la realidad, des devastar el trasfondo que es de todos. Solo la izquierda puede proponerse recuperar y cultivar para la humanidad la multiplicidad de lo real, la multiplicación de lo diferente.

Por lo mismo, más le vale no dejarse llevar por el reflejo monomaníaco de la contradicción estatal al capitalismo, una lógica prácticamente fallida en forma universal. El estado obviamente tiene un rol que jugar, pero más le vale a la izquierda no confiar demasiado ni apoyarse en él en forma total. Es un instrumento tosco y lento a contrapelo de la constante y veloz tecnologización del mundo social contemporáneo. La izquierda no tiene por qué resignarse a no participar sin mediaciones político – legales en la creación de ordenes sociales diferentes a la monomanía capitalista imperante.                     

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