Moros en la costa. España y la última crisis migratoria

por Juan. G. Solís de Ovando

A medianoche del día 30 de julio se repitió la tragedia. La tragedia de siempre para regocijo de los mismos de siempre: los ultras españoles y europeos que disfrutan como locos con la imagen de grupos de inmigrantes desesperados que huyen transgrediendo puestos fronterizos. Los muchachos ahogados, aplastados por el gentío, solos, indocumentados, vagando errantes por las calles de una ciudad que cerraban puertas y visillos, es para ellos, irrelevante. Como es, igualmente irrelevante para la patria de los emigrantes, la monarquía del reino alahuita de Mohamed VI el verdadero autor del descalabro, que entretanto se encontraba de vacaciones y celebrando el 25 aniversario de su entronización en el trono, en el palacio El Rincón a solo 25 kilómetros de Ceuta.

La operación del rey africano fue tan burda como su administración: abrir la puerta (reja) de salida de su territorio para facilitar una estampida. Una alternativa tan inmoral como peligrosa y que, si la utilizaran, por ejemplo, los mexicanos en su frontera con EEUU, provocaría inmediatamente una oleada de millones de inmigrantes entrando por cualquier parte de la extensa frontera sur de Norteamérica.

Los sucesos, sin embargo, se sucedieron con una velocidad y rapidez asombrosa: por la noche del 30, miles de inmigrantes se desplazaron a pie hasta el espigón que separa ambos países y luego a nado hasta la playa española en una jornada marcada por la sorpresa, el descontrol, y el miedo. Al poco andar ya se sabía de decenas de fallecidos -jóvenes en su mayoría- ahogados en el mar. Esta cifra fue aumentando en el curso de las horas. De madrugada, miles de personas seguían entrando por la playa sin que la policía o ejército de Marruecos los detuviera. España reaccionó cerrando el paso fronterizo de Beni Azar en Melilla en parte por la amenaza de nuevas entradas masivas de poblaciones africanas y en parte para dar un toque de atención a las autoridades marroquíes con medidas sensiblemente perjudiciales para el comercio del país magrebí.

Al día siguiente la crisis parecía imparable: la ciudad patas arriba, una marcha falsamente esperanzada de desesperados inmigrantes transitaba por Ceuta ante los atónitos habitantes y una Guardia Civil completamente desbordada en los controles fronterizos, mientras sus furiosos habitantes gritaban consignas agresivas contra Pedro Sánchez y el gobierno. Se empezaba a hablar de la ruptura de los acuerdos del 2021, en una crisis muy parecida.

El líder español, como en otras ocasiones se destacó desde el primer momento en la ciudad en crisis tomando medidas pragmáticas, realizando el control de daños, y reuniéndose inmediatamente con el prestigiado presidente y líder de esa ciudad autónoma Juan Jesús Vivas.

Al parecer estas medidas inmediatas empezaron a tener éxito, pues durante la jornada del segundo día esto es el 31 de Julio, las autoridades marroquíes empezaron a actuar desplegando un numeroso contingente de policías y soldados para cerrar la frontera y, allí, actuaron reprimiendo la multitud con gases lacrimógenos y cañones de agua.

En los días siguientes con el concurso de las negociaciones del presidente Sánchez, su ministro del interior Fernando Grande-Marlaska y de exteriores José Manuel Albares Bueno, con el gobierno de Marruecos, el proceso empezó a revertirse y se empezaron a ver columnas de inmigrantes caminando, agotados, y derrotados de regreso a Marruecos.

Esta repetida estrategia de abrir la frontera para que cualquier persona se traslade del país vecino es vieja pero eficiente. De hecho, provoca al mismo tiempo varios problemas mayores al presidente español Pedro Sánchez; al interior porque la cuestión de los inmigrantes no solo es un tema sensible en la política española -con Vox y el PP ansiosos en su campaña de acoso y derribo del gobierno encontrándose con un nuevo pretexto para provocar su aislamiento político-, sino porque provocaba, igualmente, un grave problema con Europa, particularmente sensible a la cuestión de los inmigrantes.

Las últimas razones que tubo Rabat para montar este nuevo conflicto fronterizo sigue siendo un misterio. En los días del conflicto se afirmaba por las redes que la causa eficiente era una reciente sentencia del Tribunal Supremo que declaró que a las personas rescatadas en el mar no se le puede aplicar medidas de expulsión en caliente, razón inverosímil pues es imposible que la masividad de la ola inmigratoria prospere si no cuentan con el apoyo o permisividad de las autoridades marroquíes. Las agencias de la inteligencia españolas se inclinan por creer que esto es otra reacción tortuosa del reino alauita a la visita con bombo y platillo que Pedro Sánchez realizara en abril a la República Argelina Democrática y Popular, encuentro que las partes calificaron de histórico porque marcó una suerte de reconciliación con Argelia, por los desencuentros provocados por la posición de España con relación al conflicto del Sahara occidental y el derecho que otorgará España de adquirir la nacionalidad de ésta a los saharauis nacidos bajo administración española.

Para entender la cuestión de fondo hay que hacer algunas consideraciones históricas sobre la relación entre los reinos de España y Marruecos.

Y esto último importa, además, recordar algunos antecedentes básicos sobre Marruecos y especialmente Ceuta y Melilla porque se conoce muy poco, al menos, en esta parte del mundo.

Porque si bien las ciudades de Ceuta y Melilla se encuentran en el continente africano, no es exacto afirmar que estas ciudades constituyen posesiones coloniales de España en ese continente y no solo porque estas ciudades tienen un estatus político idéntico al de cualquier otra región española.

Ceuta y Melilla forman parte del territorio español desde sus inicios. Recordemos que la ciudad de Ceuta se incorpora a la Corona española en el temprano 1580, reafirmado en 1640 con la separación de Portugal, mientras que la ciudad de Melilla fue integrada a la Corona de Castilla en 1947. Y, ambas ciudades, incluso, forman parte del territorio español siglos antes al nacimiento del reino de Marruecos, en 1956.

Si bien esto es cierto, no es menos cierto que la relación diplomática, política y comercial entre España y los países del Magreb ha sido tradicionalmente tortuosa, compleja, especialmente con Marruecos. Esto nos lleva a observar un punto sensible. España por su particular geografía tiene una relación especial y privilegiada con los países denominados del Magreb y por su cercanía e intercambio histórico y cultural especialmente con Argelia, Marruecos y Mauritania naciones que tienen dominios en la costa mediterránea africana frente a las costas de Europa.

Esto último hace que España en sus relaciones económicas y políticas con Argelia y Marruecos debe atender a un delicado equilibrio para no hacer saltar relaciones entre economías rivales, y relaciones políticas enfrentadas.

España debe cuidarse, y mucho, de que las buenas relaciones con uno   comprometan las buenas relaciones con el otro. Por ejemplo, debe tener especialmente en cuenta, las buenas relaciones con Argelia porque, entre otras cosas, este país le provee de gas, que le permite disponer de energía en condiciones muy ventajosas a la Europa del Norte.

Tiene, a su vez, un extenso comercio con Marruecos que en el año 2025 ascendió a la cifra impresionante de 22.000 millones de euros. O sea, España necesita de Marruecos en la frontera y este último de España para el comercio. Esto provoca unas relaciones atravesadas por un mutuo chantaje. Por eso las estrategias antiespañolas perversas del reino alauita son siempre de corta duración. Así lo demostró la del 2021, cuando los marroquíes también permitieron un ingreso masivo de población africana en Ceuta, como respuesta al ingreso en una clínica española del líder del Frente Polisario Brahim Gali (considerado un grupo terrorista y enemigo por Marruecos) afectado de cáncer y COVID, acto que se consideró una provocación por el gobierno de Marruecos. También en esa ocasión la jornada se cerró con un balance sangriento si bien los muertos fueron provocados por la avalancha de personas que se aplastaron unos a otros, además de la brutalidad de la policía marroquí.

La crisis en la frontera africana provocó, también, una crisis con Europa, que una alicaída Meloni por sus problemas internos, aprovechó inmediatamente para dar su zarpazo: haciendo de la teatralidad su recurso más conocido decidió molestar a los ciudadanos españoles pidiendo inútilmente documentación en los aeropuertos y amenazando con suspender los beneficios del espacio SchengenEspaña, como era de esperar, reaccionó con operaciones recíprocas al paso que le recordó a la histriónica ministra italiana algunas cifras molestas: entre el 2021 al 2026, han entrado a Italia 478.000 personas irregulares en tanto que en ese mismo período los que ingresaron a España en esa condición no superaron las 234.000 personas. Pudo recordarle, además, que ella ha congelado recientemente los procesos de cancelación de regularizaciones, pero no lo hizo. Primó en el líder español, su sentido de estadista europeo. (Y a ver si aprendemos).

Europa se mostró, como lo viene haciendo en los últimos tiempos con reacciones contradictorias: Ursula Von der Leyen actuó críticamente con España en tanto que el presidente del Consejo Europeo, Antonio Acosta, solidarizó con los españoles. Lo mismo hizo Macron, en tanto que los alemanes se mostraron en una posición equidistante.  Donald Trump, cómo no, junto con criticar a Sánchez, advirtió a los norteamericanos que eso mismo ocurriría si ganaban los demócratas en las próximas elecciones. Como es obvio, Israel estuvo en la misma posición de Trump.

Unos y otros subrayan el descontrol migratorio de España en la imagen contenida en la metáfora del pasadizo que se habrían convertido las fronteras africanas de esa parte de la península ibérica.

Las cifras, empero, no apoyan esas afirmaciones de la derecha y ultras españoles y europeos: casi todos los inmigrantes han regresado. Quedan muy pocos que esperan, inútilmente algún espacio en los alojamientos institucionalmente organizados.

Pedro Sánchez, por su parte, vuelve a demostrar que su capacidad para gestionar conflictos al límite es virtuosa. Esa capacidad que ya ha sido evidenciada con la pandemia, el desastre de la erupción de un volcán en las islas Canarias, los desastres de la Danas en Valencia, la guerra de Ucrania, las políticas de exterminio Israelí en Gaza, la invasión por este mismo país en el Líbano, la guerra de Irán -todas guerras en que España ha mostrado liderazgo e independencia-, tragedias ferroviarias, apagones generalizado de electricidad, el mayor incendio forestal de la historia de la península, y ahora la irrupción de más de 70.000 personas en un día y medio a la pequeña ciudad fronteriza de Ceuta. En lo que toca a su liderazgo, el presidente español vuelve a mostrar templanza y precisión, le guste o no, a sus detractores. Probablemente esto refuerce la idea de seguir con la guerra sucia (Lawfare, fake news, la industria de la mentira, etc.) que parece conseguir algo más con menos esfuerzo.

Porque al final todo parece quedar en nada o en muy poco. Ceuta sigue y seguirá siendo española, eso nadie lo pone en duda, pero los ciudadanos quieren medidas concretas y pronto. También las mismas de siempre: reforzar las fronteras con el ejército, poner una legislación que permita la expulsión inmediata, restringir los beneficios sociales a los inmigrantes, etc.

Pero también y como suele ocurrir con los problemas que tienen causas estructurales, el peso de la historia termina por imponerse: demasiado cerca de la pobreza para unos, demasiado cerca de la prosperidad para otros. Y esta es una cuestión que afecta no solo a España sino históricamente a Europa. La Europa que inútilmente mira hacia otro lado, olvidando que en la pobreza de sus vecinos mediterráneos está inscrita también su prosperidad cultivada con sangre y sudor ajenos como si desconocieran la sentencia de Voltaire: El que tiene miedo a la pobreza no es digno de ser rico.

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