El presidente Donald Trump ha elegido hacer de las elecciones legislativas un plebiscito acerca de Donald Trump. Para los republicanos la apuesta es una pesadilla y para los demócratas una tentación equívoca.
La compra de votos
A comienzos de septiembre el Partido Republicano tuvo en Dallas (Texas) una convención nacional sin precedentes, convocada por el caudillo Donald Trump y que reflejó el dilema que para los candidatos republicanos representa un presidente con aprobación sumergida.
Las convenciones nacionales de los partidos, que datan de 1831, tradicionalmente ocurren cada cuatro años y han sido la ocasión para la batalla por y consagración de la candidatura presidencial.
Este año, y convencido de que su carisma alentará a los votantes trumpistas e intimidará a los independientes y demócratas, Trump impulsó una convención nacional dos meses antes de los comicios en los cuales estará en juego la estrecha mayoría republicana entre los 435 miembros de la Cámara de Representantes y un tercio de los curules en el Senado.
Normalmente en estas pujas el ímpetu de los políticos y el interés que los votantes den a la política se enfocan en asuntos que conciernen a cada estado y a la representación que cada uno de los cincuenta tiene en el Congreso federal.
Pero nada es normal en la Era Trump y el presidente optó por acelerar la tendencia de décadas recientes por la cual las elecciones de medio término son, en cierta medida, una consulta a los votantes sobre el gobierno federal.
“Voten como si yo fuera candidato”, dijo Trump, de 80 años de edad, a los miles de asistentes a la convención en Dallas y espanto de candidatos republicanos que prefieren la distancia.

Como ejemplo de su concepto de la política, el presidente prometió que si los votantes mantienen la mayoría republica en el Congreso, él distribuirá 5.000 dólares a cada ciudadano estadounidense adulto.
La Oficina del Censo calcula que los beneficiarios potenciales de tal gesto magnánimo suman entre 245,2 millones y 268,7 de hombres y mujeres por lo cual el costo del regalito estaría entre los 1,2 billones y 1,3 billones de dólares.
La Oficina de Presupuesto del Congreso calculó que esa generosidad supera los 961.000 millones de dólares solicitados para el Ministerio de Guerra en el presupuesto del período fiscal 2026.
Doloresz Katanich, en un artículo para EuroNews y con cifras del Departamento de Trabajo, calculó que el hogar promedio estadounidense tuvo en 2024 un gasto de 6.545 dólares mensuales.
“Si dos adultos que comparten un hogar recibieran los 5.000 dólares, su pago combinado cubriría unos 11 meses del gasto promedio de cada hogar en comida”, añadió Katanich.
El costo de la dádiva supera con creces los 194.900 millones de dólares recolectados por el gobierno de EE.UU. en el período fiscal a cuenta de las tarifas comerciales impuestas por Trump, y los 167.000 millones de dólares recaudados por el mismo mecanismo en los primeros once meses del período fiscal 2026.
El Artículo I, Sección 9, Cláusula 7 de la Constitución de Estados Unidos estipula que el gobierno no usará dinero del Tesoro a menos que tenga la aprobación del Congreso.
Los republicanos en el Congreso ya se enzarzaron en una discusión acerca de la aprobarían tal emolumento, esfuerzo que ocurrirá solamente si fuesen capaces de mantener su mayoría legislativa.
Algunos criticones, que siempre los hay, señalan que la propuesta no es más que una compra de votos, algo ilegal en Estados Unidos.
A Trump poco le interesan los vericuetos de las leyes y la Constitución y el jueves pasado, durante un acto electoral en Oklahoma, el presidente reiteró su prometido “Dividendo Trump”, admitió que el costo rondará el billón de dólares, pero afirmó que él, y sólo él por supuesto, ha asegurado inversiones por 21 billones de dólares. El portal de la Casa Blanca indica que las inversiones totales de compañías y gobiernos extranjeros en EE.UU. suman 11,2 billones de dólares.
Días más tarde, Trump anunció que su gobierno despachará cheques de 90 dólares a unos 20 millones de beneficiarios del programa gubernamental de asistencia de la salud conocido como Medicare.
Está por verse
Al sentarse imperiosamente en medio del escenario electoral que pertenece a cientos de candidatos republicanos en todo el país, Trump los acollaró a su propio desempeño presidencial.
Los votantes tienen ante sí la opción, dos años antes de la elección presidencial, de expresar su aprobación, repudio o displicencia para Trump y para los políticos que le han dado cobertura durante los dos años pasados-
El promedio de encuestas de RealClearPolitica registró a fin de septiembre un índice de desaprobación del 58,9 % para le gestión de Trump y uno del 38,2 % de repudio.
Una encuesta de IPSOS para la agencia Reuters encontró que el índice de aprobación para Trump ha caído al 32 %, el más bajo de su carrera política.
La distancia entre la aprobación y la desaprobación llega a 38 puntos porcentuales en la encuesta de AP/NORC, 22 puntos porcentuales en la de CBS News, 25 en la de The Economist/Gov, y 28 puntos en la de Echelon Insights.

Numerosos fueron los candidatos republicanos que encontraron en sus agendas compromisos suficientes como para esquivar la Convención Nacional en Dallas y menos numerosos, pero elocuentes, han sido lo que, a cuenta de su propia supervivencia política y el sentir de sus votantes, han empezado a desafiar a Trump.
La encuesta de IPSOS halló entre los votantes republicanos un índice de insatisfacción del 51 % acerca de la política económica de Trump, y uno de apenas el 34 % de aprobación para la guerra iniciada por EE.UU. e Israel contra Irán.
El 79 % de los republicanos apoya la política de Trump contra los inmigrantes, en contraste con un respaldo de sólo el 36 % y un repudio del 55 % entre todos los votantes.
El decaimiento entre los votantes republicanos, y aún entre muchos de los más impetuosos de la corriente MAGA (Make America Great Again) es notable: el presidente que prometió que no involucraría al país en guerras sin fin inició una, y el candidato que prometió que pondría fin a las guerras de Gaza y Ucrania en el primer día de su mandato ha puesto fin a ninguna.
El Trump que prometió que bajaría los precios también desde su retorno a la Casa Blanca, sigue presidiendo un país con inflación acelerada, y el candidato que engatusó a los conservadores con retórica incendiaria sobre la intromisión del gobierno en la economía ha decretado tarifas comerciales y ha despachado unidades de la Guardia Nacional para contener protestas callejeras.
Los que pagarán el precio electoral el 3 de noviembre no son quienes han promovido las políticas de Trump sino, más bien, quienes las han amparado.
El espejismo

La expectativa de una derrota abrumadora de los republicanos y un revolcón electoral para Trump ha ido entusiasmando, lenta pero segura, a los votantes demócratas.
Mientras que la encuesta de IPSOS registró que un 59 % de todos los votantes y un 58 % de los republicanos expresan que votarán en estas elecciones, la promesa de participación llega al 66 % entre los demócratas.
Entre todos los votantes registrados el 42 % opina que estos comicios son mucho más importantes que previas elecciones legislativa, una opinión que muestran el 32 % de los republicanos y un 54 % de los demócratas.
Los datos sugieren que los votantes republicanos o que se inclinan por candidatos republicanos son más propensos a quedarse en casa sin votar, en tanto que los demócratas y sus simpatizantes están resueltos a emitir su sufragio.
En la Era Trump todo puede suceder y todo puede cambiar de manera imprevista. Una catástrofe, otra guerra, estallidos de violencia y crisis no imaginadas pueden llevar a que el presidente, adicto a las declaraciones de “emergencia nacional” decrete medidas excepcionales.
Si el proceso transcurre tal como lo mandan las leyes y las tradiciones, los demócratas, cuyo rumbo es incierto, se encaminan a creer que el resultado de lo que ha venido a ser un plebiscito acerca de Trump sea un voto a favor del mentado “socialismo democrático”.
(*) foto de entrada AP