Elecciones generales en España: la última batalla del Conde Belisario

por Juan. G. Solís de Ovando

Todo indica que esta es la última batalla del Conde Belisario, como le llamé hace tiempo usando el personaje ficticio de Robert Graves, que en la época del emperador Justiniano y -ya caído el imperio de occidente- tiene como su lugarteniente al más destacado militar de esos tiempos imperiales. Belisario, era capaz según la novela, de dar las batallas más desiguales a condición de determinar el momento y lugar para enfrentarlas.

La última batalla del Conde Belisario -en la España de mi corazón-, vive un drama histórico singular: Como nunca antes, al menos después de la guerra civil, a españoles y españolas le toca luchar contra sí mismos. Contra su historia presente y pasada, enfrentados a sus mitos, fantasmas, y delirios de siempre. La España de antaño, secundaria, marginada y dependiente ya no existe. Para lo bueno y para lo malo su economía afecta su crecimiento y solidez a toda la economía de Europa (y esto es reconocido por todos los organismos internacionales del ramo sin excepción) pero también forma parte sensible y compleja de uno de los grandes problemas del viejo continente como las olas migratorias, sus retrasos en la carrera tecnológica, la pérdida de productividad comparativa de sus empresas, la incapacidad de sostener los beneficios del estado bienestar, etc. Todos males europeos y por ende también de España. No en vano, en momentos en que escribo esta crónica mi pluma se estremece observando una Europa que se agita violentamente para intentar sacudirse de sus frustraciones a causa del continuo chocar contra un muro de expectativas traicionadas. Los pueblos de Europa no alcanzan a comprender -siguiendo la pregunta esquizofrénica de varguita en la novela Conversaciones en la Catedral– que, puesta al caso sería: ¿Cuándo se jodió Europa?

España es ahora mucho más próspera que hace apenas unas dos décadas, pero también mucho más contradictoria. Porque hablando de inmigrantes, por ejemplo, estos no solo han ocupado los puestos de trabajo, tareas, y quehaceres que ya los españoles no desean realizar, sino que a diferencia de los otros países europeos dependen de ellos -los inmigrantes-, no solo para sostener su crecimiento económico sino también la sostenibilidad del sistema de pensiones; ni más ni menos. De allí la iniciativa legal de Pedro Sánchez de regularizar a medio millón de extranjeros porque (atención chilenos) con una sostenida baja de natalidad de la población nacional, los inmigrantes acaban por constituir la última reserva de la estructura económica del país.

La España contradictoria y disímil de hoy se debate en dilema hamletiano ser o no ser para enfado de los nostálgicos que persisten en su visión de España como una suerte de película en sepia en vez de hacerse cargo de lo que hoy efectivamente es con todas sus limitaciones, pero también sus posibilidades. Y nuestro Conde Belisario, Pedro Sánchez parece ser el único que lo sabe. De allí su ventaja en el drama. La España actual que ha sido capaz de golpear la mesa del viejo continente diciendo no a la imposición de Trump para incrementar irresponsablemente los presupuestos militares de sus países con economías en crisis y apoya abierta y resueltamente a los palestinos contra el holocausto de Israel, ha conseguido por primera vez en su historia pesar, trascender y, finalmente, SER en el sentido más ontológico del término. Situación inimaginable hace unos años atrás.

Sin embargo, el pueblo español vive un drama nuevo: Los problemas que lo lastiman emanan de las contradicciones de su propio modelo de desarrollo y de las bases en que se funda su prosperidad, pero en ello insistiremos más adelante.

En el espacio político español actual, el drama ha constituido una oportunidad para que se destaquen las mejores actuaciones. En este caso, sin duda, Pedro Sánchez destaca singularmente, pero también Gabriel Rufián. Este último se muestra imbatible en este último drama. Rufián que lleva sin problema un apellido pesado, ha sido el gran tribuno de estos tiempos convulsos. Su hablar pausado, dejando transcurrir las palabras en ideas sencillas pero claras, articulando una retórica que me recuerda a veces las enseñanzas del Ars Retórica de Cicerón cuando afirma que todo discurso debe contener tres ingredientes esenciales: emocionar, entretener, y probar. ¿Que por qué tiene importancia en los debates parlamentarios actuales? La respuesta es clara: Porque menesterosos de ideas y argumentaciones se echa de menos alguien a quien da gusto escuchar. Pero no solo por eso. También por algo más presente y significativo. Rufián ha mostrado un modo efectivo de combatir el discurso ultraderechista bronco, injurioso, mentiroso de un modo racional, respetuoso y sobre todo elegante. Y, claro, eso gusta mucho en tiempos de trifulcas que asemejan más a las discusiones de un grupo de borrachos en un bar que las que se esperan en un hemiciclo parlamentario. Del impacto de este discurso no debe colegirse, sin embargo, que ello mueva necesariamente el voto hacia una izquierda más o menos radical. Probablemente lo mueva dentro de su círculo y ellos explica que Gabriel Rufián haya optado, finalmente, por concursar por su partido Ezquerra Republicana y no por el conjunto de la izquierda como se esperaba, aunque incluso allí su impacto electoral puede ser importante: primero porque al denunciar valientemente el oportunismo derechista del derechista partido también independentista Juns per Cataluña -a propósito de la votación negativa de éste partido al proyecto legislativo del Gobierno para intervenir el mercado de la vivienda- puede rascar una parte de los votos catalanistas a su derecha. Y, en segundo término, porque pone un pedestal demasiado alto para que su competencia interna (Junquera) le dispute su liderazgo entre catalanes.

Hay que tener presente que en el complejo sistema electoral español las elecciones generales del 29 de noviembre son, en verdad, 52 elecciones. En este sistema electoral -regla Dhont mediante- las elecciones de diputados -que son los que conforman las mayorías que compondrán el próximo gobierno, a diferencia de lo que ocurre en los sistemas presidencialistas se realizan en circunscripciones electorales (provincias) que eligen diputados desigualmente. El efecto de la proporcionalidad allí donde las poblaciones son pequeñas y eligen pocos parlamentarios hace que la posibilidad que se elijan candidatos de partidos chicos sea bastante menor pues la cifra repartidora no alcanza para todos los partidos. En consecuencia, se puede votar por el partido más de izquierda y terminar favoreciendo al partido de extrema derecha.

Por otro lado, conviene resaltar que en España la pluralidad más que un factor es su principio rector. Esto hace que en el espacio de las disputas por el poder la contienda se dirima en una compleja maraña de muchas Españas, muchas izquierdas, muchas derechas, muchas nacionalidades, muchas regiones. España sigue siendo lo que el historiador hispanista Pierre Vilar denominaba la unidad en la diversidad. Solo que ahora esa multiplicidad de realidades convive con una multiplicidad de contradicciones. Pedro Sánchez lo sabe y por eso lo maneja mejor que sus adversarios.

Eligió convocar a elecciones inmediatamente después de que la derecha se pusiera en contra de lo que la movilización extensa y dramática -después de la muerte de una arrendataria lanzada a la calle por no poder pagar la ya impagable deuda desató una ola de solidaridad que no alcanzó a impedir su desalojo y a la postre su muerte-. La presión de la calle llevó al gobierno a legislar a través de proyectos de ley que si bien no impide el funcionamiento del mercado de arriendos urbanos lo intervendría para impedir sus excesos.

El Parlamento rechazó las iniciativas del ejecutivo con el apoyo no solo de los populares y la ultraderecha de Vox sino también de la derecha catalana de Juns, como se ha dicho.

El presidente español sabe que las movilizaciones en la calle, con acampadas en la Puerta del Sol, cambiaría abruptamente la conversación pública: Ni Sánchez en su mismidad, ni las expresiones de corrupción verdaderas y también falsas, ni las broncas engendradas por una eficiente estrategia de lawfer contra su entorno -incluyendo a su esposa-, pueden prevalecer por sobre el debate sobre una contradicción de fondo: la España favorecida por los más de 130.000 mil millones de euros que recibe anualmente por el turismo, sufre los efectos desastrosos que esos modelos de negocio globales junto a sus aplicaciones globales como como Airbnb, Booking y otros provocan en la fisonomía de sus barrios, posibilidades de adquirir o alquilar viviendas a precios razonables, vivir en pareja con independencia de sus padres, pensar en tener hijos, etc.

La conversación de estos temas, supera las posibilidades de personalizar el conflicto político como la derecha necesita, con Pedro Sánchez víctima de epítetos tales como perro Sánchez, hijo de p…y otros insultos. La conversación barriobajera es superada -le guste o no a los ultraderechistas – porque la naturaleza de las movilizaciones por una vivienda como derecho lleva el debate político a enfrentar definiciones que hacen al tipo de sociedad, de país, y de interpretación del desarrollo y la prosperidad.

Por eso también en estas elecciones generales las derechas se niegan a conversar, a debatir sobre pensiones pues no les conviene decir que su programa importa la privatización del sistema para que sean los privados en la relación desigual con sus nuevos clientes -los trabajadores- los que más temprano que tarde tengan que decirle al pueblo español: muchachos es lo que hay y como no hay pues eso.

Por otra parte, y aunque parece mentira que allí donde la economía va bien en términos comparativos con Europa: el empleo que se encuentra en sus máximos históricos superando los 22,4 millones de cotizantes y 22,5 millones de empleados; el salario que ha incrementado en un 26% en cinco años; la inflación se sitúa algunas décimas por encima del promedio y España muestra un crecimiento del PIB mayor del de Alemania, Francia, Italia y demás principales economía europeas, el gobierno pueda perder las elecciones -poniendo en riesgo sus interese más directos y gravosos- porque prime la pulsión democrática de los ciudadano que prefieren permitir la alternancia en el poder.

Además y aunque es cierto que ocho años de gobierno socialista -con sus inevitables derrames de corrupción y abuso y el estilo personalista -casi inevitable en los liderazgos políticos- aburren a cualquiera, no es menos cierto que sus opositores en su ansiedad por arribar al poder y su fastidio por no conseguirlo, han cruzado varias líneas rojas de la convivencia democrática -entre ellas la más importante aquellas que se consensuaron en el proceso de transición democrática cómo no reivindicar o permitir la reivindicación pública de los símbolos y expresiones de la dictadura Franco- que la ultraderecha de vox ha realizado secundada por la derecha de los populares.

Como en otras ocasiones los socialistas necesitan que sus votantes se movilicen y se movilicen también los que se encuentran a su izquierda. Se dice rápido y fácil. Pero ya se sabe: las dos enfermedades típicas de las izquierdas a la izquierda de la izquierda, el sectarismo de sus grupos y el narcisismo de sus dirigentes, acaban por imponerse a cualquier declaración de intenciones. Rufián no será el líder unificador más allá de la alianza de ERC con PODEMOS, y ya Irene Montero y Ione Belarra anuncian que no se juntarán a los del Frente Amplio -que, dicho sea de paso- sin el liderazgo de Yolanda Díaz lograrán rascar escasamente parte de sus votos mientras una urgida Ada Colau intenta agrupar catalanes dispersos y confusos. Detrás de los inútiles perdones públicos de sus dirigentes, pareciera sonar una música fúnebre con letras franquistas: el Ejército republicano cautivo y desarmado alcanza sus últimos objetivos. Y lo demás son cuentos chinos.

La derecha, en cambio, parece más unida que nunca. Vox no pedirá, de momento, cargos en el gobierno de la derechita cobarde porque le basta por ahora con desalojar a la izquierda del Gobierno. No es poco.

Esta vez, la mayoría de las encuestas dan por ganador al PP, y a VOX con un sólido tercer lugar y posibilidades ciertas de poner fin al gobierno de centro izquierda. Pero conociendo el talante, habilidad y valentía del conde Belisario, muy pocos se atreven a descartar lo contrario.

Lo cierto es, sin embargo, que, si la derecha con apoyo de los ultras llega al poder, los problemas de la España actual no se resolverán. Más bien entonces empezarán verdaderamente. Y los nuevos opositores no solo vendrán armados de la crítica al sistema como correspondería a una izquierda auténtica, sino que -paradojas de la historia- heredarán, probablemente, las formas violentas, sectarias, e injuriosas con la que la derecha española consiguió infectar a todas las instituciones democráticas españolas. Alguien dirá, por supuesto, Con tu pan te lo comas, pero yo, -canas mediante- preferiré decir con el último profeta de estos tiempos Joan Manuel Serrat: Sin esperanza solo nos queda el miedo y con miedo podemos llegar a perder la esperanza. No vayamos por ahí. Defendamos nuestro derecho a la esperanza cotidiana.

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