El 27 de octubre pasado se efectuaron las elecciones en Israel obteniendo el bloque de partidos gobernantes, que preside el actual primer ministro Benjamín Netanyahu, 53 escaños; el opositor que encabeza el exgeneral Gadi Eisenkot, 48 y el de partidos árabes, que son palestinos, con Mansour Abbas, 19. El 5.2%% restante que representaban a una serie de partidos menores no obtuvieron ninguno. Para presidir el gobierno se requiere una mayoría de 61 asientos sobre un total de 120 por lo que el país entró en una etapa de negociaciones, alianzas y acusaciones. Si no hay acuerdo, deberá llamarse a nuevas elecciones.
Lo que ya parece una tendencia global es no reconocer resultados o acusar de intervención foránea cuando los resultados no favorecen a algún sector. Así está ocurriendo en Israel con las acusaciones de Netanyahu y su partido Likud de que las elecciones han sido “robadas” -sin mostrar evidencia alguna a la fecha- denunciando a Qatar de haber intervenido en favor de los árabes. Lo anterior es por el fuerte respaldo que tuvo el bloque palestino y que con sus 19 escaños tiene en sus manos definir la mayoría parlamentaria para la formación del próximo gobierno. La participación electoral total alcanzó al 77.7% de los inscritos y entre los árabes bordeó el 80% lo que se considera histórico ya que superaría a la participación porcentual judía.
Mucho ha cambiado Israel en las últimas décadas donde dos fechas han marcado su destino político y del pueblo palestino: el día del asesinato de quien fuera jefe de gobierno, Isaak Rabin, el 04 de noviembre de 1995 y el ataque terrorista de Hamas el 07 de octubre de 2023, que dejó cerca de 1.200 víctimas y 250 ciudadanos secuestrados.

La respuesta del gobierno de Netanyahu comenzó el mismo 7 de octubre con los bombardeos a Gaza que, a los pocos días se transformó en una guerra de aniquilación de las capacidades militares de Hamas y que ha dejado hasta hoy un saldo que consideran “daño colateral” de más de 70 mil víctimas palestinas incluyendo niños, mujeres y civiles inocentes junto a la destrucción de ciudades y la ocupación de nuevos territorios en la Cisjordania. Ambos hechos alejaron indefinidamente lo que fue una vez una esperanza para el Medio Oriente, para la paz y para el mundo como es la creación de un estado Palestino que pueda convivir con Israel. Ello pareció posible con los acuerdos de Oslo I y II, en los años 1994 y 1995 respectivamente, que gracias a la voluntad política de los líderes israelíes Isaak Rabin y Simón Peres, junto a Yaser Arafat y del presidente estadounidense Bill Clinton, abrieron un camino posible respetando los intereses de ambas partes por medio de negociaciones diplomáticas. El partido Likud, que presidía Netanyahu, se opuso entonces a los acuerdos y sin embargo Rabin, Peres y Arafat recibieron el premio Nobel de la Paz en 1994, que fue rechazado por Hamas. El asesinato de Rabin y la llegada al gobierno de Netanyahu que en total ha gobernado 19 años hasta ahora, alejó esa posibilidad. La guerra desatada contra Hamas y contra el pueblo palestino ha llevado al Tribunal Penal Internacional (TPI) a dictar órdenes de arresto de Benjamín Netayahu y de su exministro de defensa Yoav Gallant así como del líder de Hamas, Mohammed Deif. Por ello el presidente Donald Trump está presionando a sus aliados para que abandonen el TPI. Por su parte el gobierno de Sudáfrica demandó a Israel en 2023 por genocidio ante la Corte Internacional de Justicia. La historia nos enseña que las acusaciones de genocidio toman tiempo en ser demostrada y en el derecho internacional no fue contemplado el delito hasta el término de la Segunda Guerra Mundial, luego del holocausto nazi contra el pueblo judío. Así ocurrió con el primer caso registrado en el siglo XX, cometido por Alemania en Namibia, en medio de la voracidad colonial en África, entre 1904-1907 cuando fueron masacrados más de 50 mil indígenas de las etnias Hereros y Nama. Solamente en 2019 Alemania lo reconoció como genocidio y compensó con cerca de 1.200 millones de dólares a sus descendientes. Turquía se niega hasta hoy a reconocer el genocidio de un millón y medio de armenios ocurrido bajo el imperio otomano en 1915, culpando de ellos a la Gran Guerra, pese a que hoy más de 30 países lo han hecho, siendo el primero Uruguay en 1965.

La geopolítica también cuenta en lo que ocurre en Israel. Sus datos físicos como superficie, depende de lo que se incluya por las zonas ocupadas como las alturas del Golan o Jerusalem este, pero es de alrededor de 22 mil kms2, similar al tamaño de Eslovenia. Cuenta con una población de casi 11 millones de habitantes de los cuales el 21% son árabes, cifra que no incluye a los palestinos de Gaza ni de la Cisjordania. El PIB correspondiente al año 2025, de acuerdo Fondo Monetario Internacional alcanzó a 610.800 mil millones de dólares, con una tasa de crecimiento de 2.9% y un ingreso per cápita corregido (PPA) de alrededor de 55 mil dólares. Sus principales socios comerciales son Estados Unidos, la Unión Europea (UE) y la República Popular China. El gran mérito del comercio exterior de Israel, que llegó el año pasado a sumar exportaciones por 168.320millones de dólares son sus exportaciones de servicios tecnológicos de alta complejidad gracias a la tasa de inversión en ciencia y tecnología que llega a 6.3% del PIB, doblando el promedio de la UE. La guerra conjunta de Israel y Estados Unidos contra Irán, su agresión al Líbano y la destrucción de Gaza ha elevado el gasto en defensa al 8.8% del producto. Las fronteras oficiales del país son con Egipto, Jordania, Siria y el Líbano. A su vez con los territorios de Cisjordania, la franja de Gaza y costas en el Mediterráneo y el mar Rojo por el extremo sur. En el plano político, la histórica estrecha alianza con Estados Unidos y la UE, reforzada bajo las presidencias de Donald Trump, le ha ayudado a mejorar sus relaciones con varios países árabes. Así los llamados Acuerdos de Abraham de 2020 le permitió normalizar relaciones diplomáticas con varios miembros de los 22 estados que conforman la Liga Árabe, que suman alrededor de 500 millones de habitantes. Ellos fueron Baréin, Emiratos Árabes, Sudán y Marruecos, además de Egipto en 1979, un año después de los acuerdos de Camp Davis y Jordania, en 1994, luego de la firma de un tratado de paz.

Sin embargo, los éxitos militares y políticos de Israel no han dado tranquilidad a su sociedad que debe vivir permanentemente a la defensiva, temerosa de ataques terroristas, del inicio de nuevas guerras y sus jóvenes preparándose para el ejército. Ello junto a las contradicciones políticas y religiosas tampoco le han permitido diseñar un camino al futuro en una región con potencias medias con las que rivaliza como Irán, Arabia Saudita y Turquía. Hoy parece ser una sociedad profundamente dividida como lo muestra el resultado de la reciente elección. El sionismo forma parte de la identidad nacional y la mayoría de la población así lo declara. Los grupos radicales estiman que es un derecho bíblico o divino la expansión del territorio y soberanía que debe ir desde el río Jordán hasta el Mediterráneo, negando en los hechos el derecho a la existencia del estado palestino. Esa es la base de la declaración del partido Likud que incorporó a sus principios en 1977, que de hecho niega el derecho de los palestinos en la Cisjordania, considerado como parte fundamental bajo la mirada religiosa ortodoxa. Ello explica la carta blanca dado a los colonos para que avancen en la ocupación del territorio y ayuda a entender el fuerte apoyo de los partidos religiosos y la alianza que mantienen con el Likud.

Las acusaciones de corrupción a Netanyahu, así como la desproporcionada respuesta militar y los horrores documentados cometidos por el ejército en Gaza, como lo han demostrado los cineastas Yuval Abraham y Rachel Szor, en el documental NAZA, con los testimonios de soldados han calado profundamente en Israel y en el mundo. La guerra contra Irán a la que se sumó Washington no logró los objetivos propuestos salvo eliminar la cúpula gobernante y desatar el caos en los mercados por el aumento del precio del petróleo. Destacados miembros de la comunidad intelectual judía, como el filósofo e historiador Yuval Harare mantiene una crítica fundamentada a la actuación de Netanyahu quien a su juicio ha profundizado la división del país bajo la ilusión de una victoria total, la destrucción del régimen iraní y de los palestinos. Por primera vez los firmes aliados europeos han comenzado a cuestionar tímidamente al gobierno israelí por las presiones de la opinión pública en sus países y por las imágenes de hambruna y devastación que sufren los palestinos. El aislamiento de Israel crecerá en el futuro y ya ha quedado en evidencia las limitaciones del poder militar. Israel tiene a los palestinos dentro, en su sociedad que alcanzan al 21% de su población por lo que deberá iniciar más temprano que tarde un nuevo ciclo de acercamiento, negociaciones y diplomacia teniendo presente su seguridad y la fuerte voluntad del mundo árabe y de la comunidad internacional del derecho del pueblo palestino a crear un estado de conformidad con el derecho internacional. El gobierno que nazca de las elecciones pasadas no cambiará de manera radical la actual situación, pero sí puede detener los bombardeos selectivos con “daños colaterales”, cejar en sus intentos de cambiar por la fuerza el régimen de Irán o terminar la ocupación del sur del Líbano y reiniciar el único camino posible para Israel: abrir las puertas al diálogo y aceptar la realidad de la demanda mayoritaria de la comunidad internacional por la creación de un estado palestino.