La inesperada victoria de Lula: un acontecimiento con efectos globales

por Jaime Gazmuri

El inesperado triunfo de Lula es un acontecimiento ciertamente muy importante para Brasil, que tiene repercusiones en su entorno inmediato -América del Sur y América Latina- pero también a nivel global. Ello por dos razones. En primer lugar, porque las opciones ideológicas y políticas que allí se enfrentaron tienden a reproducirse en muchas de las democracias a nivel mundial. Bolsonaro representó fielmente a la ultraderecha iliberal y autoritaria que, utilizando los mecanismos de la democracia liberal, la socava y amenaza por dentro y cuya principal expresión es el movimiento encabezado por Trump, en la todavía principal potencia global. Lula, a su vez expresaba a la tradicional y moderada izquierda brasileña que representa el PT, apoyada esta vez, especialmente en la segunda vuelta electoral, por figuras de la derecha con sólidas convicciones democráticas. Ello ocurre después de sucesivos triunfos de las derechas en casi una docena de países de América Latina y del fortalecimiento de la ultraderecha en importantes países de Europa, tales como Francia, Alemania y eventualmente España. El triunfo de Lula demuestra que la ola ultraderechista, por poderosos que sean sus aliados, no es incontenible y puede ser detenida. Ello explica la simpatía y el interés por lo sucedido en Brasil en vastos sectores democráticos en todo el mundo. Se intuye que de esa experiencia se pueden extraer lecciones que sean útiles en otras latitudes.

La segunda razón es la dimensión y la importancia geopolítica de Brasil, en un escenario internacional particularmente complejo, caracterizado por la crisis del orden internacional surgido después de la Segunda Guerra Mundial, y por nuevos desafíos ambientales, demográficos y tecnológicos imposibles de resolver si no se construye una gobernanza global que está muy lejos de vislumbrase. Por el contrario, se viven tensiones y guerras que pueden escaparse de manos en cualquier momento y generar escenarios impredecibles.

Brasil es el quinto país del mundo en superficie y el séptimo en población. Su economía es la décima en el ranking global y la décimo tercera entre las economías industriales. Su control de más del 60% de la Amazonía, cuya preservación es indispensable para la contención del calentamiento global, convierte al país en un actor clave para enfrentar los desafíos del cambio climático. Posee, además, cuantiosas reservas de minerales, tierras raras, hidrocarburos y la mayor disponibilidad mundial de aguas dulces.

En materia de política internacional, ya desde la Presidencia de Fernando Henrique Cardoso el país ha recuperado su tradición diplomática de buscar la mayor autonomía estratégica posible y de convertirse en un país con presencia en la escena internacional más allá de su inserción en su entorno regional inmediato, que es América del Sur. En la expresión del Barón de Río Branco, el constructor de la política exterior brasileña a comienzos del siglo XX, Brasil aspira a constituirse en “una potencia intermedia con intereses generales”, cuyo instrumento principal es lo que hoy día se denomina poder blando, es decir capacidad de articulación, de servir de puente, de tener posición e iniciativa en los temas globales Esa orientación se profundizó en los gobiernos de Lula con una política activa en la región y a nivel multilateral. Los avances en la integración latinoamericana de la primera década del siglo XXI y la activa presencia en la creación de los BRICS fueron expresiones destacadas de esa política. Todo ello con la mantención de relaciones cordiales con los EE. UU. y una política de acercamiento a Europa buscando acuerdos entre la UE y MERCOSUR.

El triunfo de Lula garantiza la continuidad de la política exterior de Brasil y es una buena noticia para todos los que buscan construir un orden internacional basados en el multilateralismo, el derecho internacional, el respeto a la soberanía de los países y a los derechos humanos.

A nivel regional el triunfo de Lula representa una dura derrota para la política hemisférica impulsada por el Gobierno de Trump, formulada en su nueva doctrina de Seguridad Nacional que busca la total hegemonía de los Estados Unidos en el hemisferio Occidental. Sin Brasil tal doctrina simplemente no es viable. Representa la mitad de la población y de la economía de América del Sur, a lo que hay que sumar la posición independiente de los Gobiernos de Canadá y México en América del Norte. Ello explica el fuerte apoyo de Trump a Bolsonaro, cuya victoria habría implicado la total subordinación de un país clave para sus designios imperiales.

La victoria de Lula no tiene precedentes en la historia política de Brasil. Desde la primera elección presidencial directa por voto popular después de la dictadura en 1989 todos los candidatos que vencieron en la primera vuelta fueron elegidos presidente en la segunda. En una campaña de solo veinte días Lula logró aumentar su votación en cerca de 10 millones de votos. Bolsonaro lo hizo en 3 millones. Ello le permitió superar a su rival por una margen del 3.5%, 4,3 millones de votos. Ello, a pesar de la sorpresa de los resultados de la primera vuelta, donde todos los pronósticos le daban un seguro primer lugar y del hecho de que en las elecciones simultáneas al Congreso y gobernaciones la derecha tuviera muy sólidos resultados. Se suponía que la alta votación del Partido Liberal, el partido del clan Bolsonaro y de gobernadores de los estados de mayor población del país, como Sao Paulo y Minas Gerais, asegurarían el triunfo de su candidato en segunda vuelta. Lula subió su votación prácticamente en todos los estados. Tanto en los del nordeste, bastión histórico del PT y la izquierda, como en los del sudeste, más conservadores y desarrollados. Incluso triunfó estrechamente en uno de ellos: Minas Gerais. Esa mayor votación tiene varias fuentes: unos 3 millones de nuevos votantes, una disminución sustantiva de votos blancos y nulos, y los cerca de 9 millones de votos que en primera vuelta votaron por otros candidatos. Se estima que el voto de jóvenes y adultos mayores fueron muy importantes en el resultado final. Sin exagerar, se produjo una verdadera proeza electoral y política.

Las causas de la victoria son múltiples y por su novedad y trascendencia serán objeto de análisis y estudios, tanto en Brasil como en muchos otros escenarios en los tiempos que vienen.

Adelantamos opiniones iniciales.

Sin duda la fortaleza y el tipo de liderazgo de Lula ha sido determinante. En esta ocasión, por su capacidad para absorber rápidamente un resultado inesperado y desfavorable, y convocar a una intensa movilización para revertir el resultado. La escena es emblemática. En Sao Paulo, apenas conocidos los resultados definitivos, y rodeado por la dirección del PT e importantes candidatos derrotados en esa jornada con rostros atribulados, un Lula enérgico reconocía que tenía la expectativa de ganar la elección en primera vuelta y señalaba la primera tarea de la campaña que recién comenzaba: convocar a los más de 30 millones de ciudadanos que no habían participado en la elección. No se dio un minuto al desánimo de las fuerzas propias.

Se afinaron también los ejes temáticos de la campaña. De una parte, se alertó de que el triunfo del adversario pondría en severo riesgo los considerables avances sociales logrados en sus gobiernos y particularmente en el último. La advertencia tenía una sólida base de credibilidad: el salario ha aumentado por sobre la inflación, la desocupación es la más baja registrada en años y la red de protección social se ha fortalecido y ampliado. El mensaje caló hondo en los sectores más vulnerables en todo el país. Un segundo eje fue el de la amenaza a la democracia que significaba el gobierno del bolsonarismo, mensaje que fue acogido más allá de la izquierda petista y sus aliados históricos. Muchas personalidades del arte, la cultura, el deporte y políticos y empresarios de derecha moderada apoyaron públicamente a Lula en la segunda vuelta

Los partidos y movimientos sociales desplegaron un intenso trabajo territorial y grandes movilizaciones de calle en todo el país. Fueron las mayores de la historia moderna del país, de millones no de miles. Las de Sao Paulo y Río de Janeiro las mayores. Algunas surgieron de organismos de la sociedad civil, particularmente entre los estudiantes.

Un elemento completamente nuevo de la campaña fue la articulación de la movilización territorial y callejera con el uso moderno y agresivo de las redes sociales, que hasta ahora había sido un espacio completamente copado por la ultraderecha, sus agentes e influencers de todo tipo.

Ideó y dirigió esta dimensión de la campaña Andre Janones, diputado federal del PT por Minas Gerais. Creó el canal de whatsapp “Ejercito de Lula” que en pocos días llegó a reunir 11 millones de seguidores. El uso de los códigos propios de las redes: la irreverencia, el lenguaje directo, los titulares impactantes, la ofensiva permanente, además de utilizarlas no solo como medios de transmisión de contenidos, sino también de coordinación de acciones, modificaron sustantivamente y con notable eficacia la forma de utilización de estos medios por la izquierda brasileña. Ya se habla de “janonismo cultural” y la experiencia despierta interés por doquier.

La combinación virtuosa del trabajo territorial, la calles y las redes es una de las experiencias valiosas de esta campaña.

La respuesta del candidato derrotado fue también inesperada. A pocas horas de conocidos los resultados y de la orden del ministro Moraes -integrante del Supremo Tribunal Federal- de entregar sus pasaportes, huyó del país por Argentina y se refugió en los Estados Unidos, amparado por el Gobierno de Trump. Inicialmente se proclamó presidente verdadero, para luego derivar en líder de la oposición. Anunció que solicitaría la anulación de la elección. Quedó completamente aislado en esa posición. Los principales líderes de su sector reconocieron sus resultados y han llamado a articular la oposición al nuevo Gobierno. Difícilmente Flavio podrá liderar ese proceso desde el extranjero. Ello abrirá una disputa por la dirección de la derecha y la ultraderecha. Candidato importante será Tarcisio de Freitas, Gobernador electo de Sao Paulo con una gran votación, ex ministro de Bolsonaro del Partido Republicano. Tiene un perfil más moderado que los integrantes del clan Bolsonaro. Este tendrá dos representantes en el nuevo Senado: Michelle, la mujer del líder, y Carlos su segundo hijo. Todavía en prisión domiciliaria Jair, el patriarca, aunque desde las sombras, mantendrá un poder considerable. Como se resuelva la cuestión del liderazgo de las derechas será muy importante para la salud de la democracia brasileña en el futuro. Para que no se repita cada cuatro años una confrontación entre una coalición de fuerzas democráticas contra otra que amenaza con su destrucción.

El nuevo y último Gobierno del presidente Lula enfrenta importantes desafíos en el terreno político, económico-social e institucional.

Políticamente deberá construir un Gobierno que se sostenga con una mayoría parlamentaria en un Congreso más adverso que el actual. Para ello, siguiendo la tradición del llamado presidencialismo de coalición, ya ha comenzado a negociar con los partidos del Centrao, o gran centro, conservadores y clientelares. El problema serán los costos en términos de prebendas y cargos y compromisos programáticos.

Aunque la perfomance económica y social del actual Gobierno es más bien positiva: crecimiento moderado, pero sobre la media regional, bajo desempleo e inflación controlada, hoy día existe una situación fiscal complicada. Un importante déficit presupuestario y una deuda externa que ya alcanza el 90% del PIB. Existe consenso en que un ajuste es necesario. El desafío que enfrenta Lula es realizar un ajuste que no comprometa sus políticas y compromisos en materia de protección social, que es una de las bases de su legitimidad. Tarea difícil, pero no imposible. La elección del futuro ministro de Hacienda será una primera pista para conocer cómo se enfrentará esta disyuntiva.

En el terreno institucional será indispensable enfrentar la crisis del poder Judicial y en particular del Supremo Tribunal Federal. Menos urgente quizás, pero necesaria, es la reforma del sistema político, que dificulta severamente la gobernabilidad de un país de la dimensión de Brasil.

También te puede interesar

Deja un comentario