La razón como mentira

por Mario Valdivia

Hay algo mentiroso en la razón. Especialmente en la razón desnuda, la que se justifica a sí misma. Es cuando más vale la pena vigilarla y cuidarse de su mentira, porque hasta un cierto punto la razón es inevitable.

Usamos la razón para algo, defender un interés, asegurar una conveniencia, hacernos cargo de una preocupación, provocar o evitar una ocurrencia. La razón miente al ocultar su motivación, qué nos lleva a razonar, qué perseguimos con ella. Ahora, alguien dice que razona porque le importa la razón en sí misma, nada más y nada menos que para poner en evidencia una verdad. Hay que preguntarle de qué verdad se trata y por qué le interesa, qué hará con ella, qué uso le tiene reservado. Porque al reconocérsele a la razón la capacidad de descubrir verdades trascedentes que con – vencen y producen un piso firme donde pararse, ella puede satisfacer temperamentos tanto contemplativos, como temerosos y agresivos. Es una máquina de guerra tanto como anti ansiolítica y mística, cuya eficacia depende quizás precisamente de cuan bien oculta su carácter instrumental, del éxito que tiene en ponerse por encima de nuestros afanes terrestres. Porque seguramente el con – vencido acepta de mejor gusto su situación por una verdad que por simple persuasión, así es que la inventa. Lo mismo hace el miedoso ante el temor eliminado y el contemplativo con su sentimiento místico.

Se im – pone la razón al declararse la dueña de la lógica única y correcta. Una astuta maniobra mendaz que condesciende toda forma de proceder que no se ajusta a sus reglas formales. Pero ya advertían hace mucho tiempo filósofos que veían bajo el agua que el corazón tiene razones que la razón no conoce, una metáfora de las afinidades que nos agencian, los ánimos que nos movilizan sin razón a los cuales ella sirve, y más allá de los cuáles no nos interesa. Es que sin ellos la lógica de la razón no tiene botón de partida, es inmóvil, no puede operar. Tampoco sabe cómo proceder con lo que no se ajusta a sus reglas formales, lo que califica de sin sentido, i – lógico, i – racional.

Seguramente sabemos por experiencia propia que nuestra convivencia cotidiana escapa a la razón, que no es un esquema ni un modelo formal. Una perturbación en mala de ella no es una falla lógica de algunas de las partes involucradas sino un desalineo de disposiciones anímicas grupales. Y no solo la convivencia humana, tampoco el mundo natural obedece razones. Hay que imponérselas seccionándolo y uniformándolo. De un lado, se cortan y dejan afuera todas las interacciones no deseadas que impiden estabilizar procesos de carácter racional – la malla interactiva convoluta y circular siempre presente en los fenómenos naturales al desnudo. Para asegurar que ´todo lo demás´ se mantenga sin intervenir se convierte la naturaleza en laboratorios experimentales segmentados de ella. Se crean así agrupaciones de carácter general uniforme que borran la rebelde riqueza de diferencias y particularismos, subsumiéndolos en conceptos abstractos fijos obediente a la razón. Más que permitirnos vivir competentemente en medio de la naturaleza, la razón nos segmenta de ella metiéndonos en un esquema racional abstracto artificial, un mundo tecnológico que en cierto sentido miente sistemáticamente sobre aquella para dominarla.

Por eso la burocracia racional – privada y pública – tiene un trasfondo mendaz. Ella no representa la convivencia cotidiana, la segmenta y la uniforma, subsumiéndola en un esquema que deja afuera, homogeneiza y congela diferencias. Le miente a la ciudadana que recurre a ella con sus propias preocupaciones al convertirla en una entidad formal que cumple – o no lo hace – con las condiciones de entrada que le son propias. Como observa un conocido sociólogo contemporáneo, la burocracia es cerrada, ciega e insensible a lo que no cabe en su lógica. Y también le miente a quien trabaja en ella, que no puede hacerlo para satisfacer las preocupaciones de quien recurre a ella, sino que es obligada a ser ejecutora de su razón.

Despiertos pensadores llamaron a este proceso racionalización o burocratización de la existencia. Quizás no es tan seguro que se percataron de su carácter excluyente. Una burocracia no solo excluye necesariamente a algunas de quienes ya estaba presentes, sino que constituye nuevas excluidas. Porque toda nueva razón estereotipa, congela y excluye de nuevas maneras.

¿Qué hace la razón cuando se encuentra ante sus propios marginados? Se aplica de manera más pormenorizada creando más burocracia que crea nuevas marginaciones. Una expansión repetida de manera permanente, que crea un orden esquemático cada vez más dominante.

¿Se puede inventar una razón más finita y situada, libre del afán por acceder a verdades trascendentes – principios y leyes expertas –, por ende, con menos autoridad para segmentar, uniformar, congelar y crear exclusión? Más lo vale.

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