Los sucesivos triunfos electorales de la nueva derecha extrema en diversas latitudes han provocado una abundante literatura que intenta comprender y explicar el fenómeno. No pocos hacen referencia a la crisis de 1929 y al surgimiento del fascismo en Europa. Pero las circunstancias históricas de esa época sólo pueden servir de referencia. El mundo ha cambiado profundamente en estos casi cien años.
Estos movimientos exaltan el potencial del capitalismo y cuestionan sus regulaciones legales a nivel nacional e internacional. En su versión anarcocapitalista afirman la primacía del orden espontáneo del mercado por sobre cualquier forma de pacto social, reduciendo drásticamente las funciones del Estado. En una pequeña isla en Honduras las trasnacionales de la IA llevan a cabo un experimento social en que ellas y no el Estado ponen las reglas de la convivencia.

El neoliberalismo de Thatcher y Reagan fue el anuncio de los cambios que se estaban incubando. Sus ideas se remontan en el tiempo. La primera y más famosa reunión de Mont Pelerin se celebró en 1947 convocada por el economista austríaco Friedrich Hayek. En este encuentro participaron 36 intelectuales (principalmente economistas de la Escuela Austríaca y de la Escuela de Chicago, junto a filósofos e historiadores) con el objetivo de estructurar una defensa frente al auge del colectivismo, el socialismo y el keynesianismo tras la Segunda Guerra Mundial. En 1981 celebró una reunión en Chile y tiene programado un encuentro regional en Argentina el próximo año. El Club de Madrid que acaba de sesionar en Santiago sin mayor trascendencia, forma parte de esa corriente.
La democracia es vaciada de contenido social, reducida a procesos electorales y garantías de las libertades frente al Estado, principalmente económicas. Se exalta al individuo. Se desconocen las conquistas de los trabajadores y los derechos económicos y sociales de los ciudadanos. Los movimientos radicales le quitan el electorado a la derecha liberal.
El derecho internacional es sustituido por la geopolítica y las grandes potencias reclaman sus áreas de influencia. En América Latina y el Caribe se intenta imponer la “doctrina Donroe”, nueva versión del predominio de los EE. UU. Cada cual reafirma las prerrogativas de su nación en el escenario internacional.
Sin embargo, se reafirman las identidades culturales que tienen raíces más profundas y extendidas que el mero espacio geográfico de cada país. En nuestro caso se habla de los peligros que asechan a Occidente, tanto externos como internos, y se pretende poner en marcha una batalla cultural para frenar una supuesta decadencia. Vuelve Spengler en nuestro espacio, mientras en Rusia resurge el paneslavismo y la idea de que Moscú sería la tercera Roma frente a la barbarie occidental; en China se lanzan campañas para evitar la contaminación occidental reviviendo las tradiciones de Confucio y Lao-Tse y en la India impera un nacionalismo hinduista intolerante. Para no hablar de la difusión de una versión identitaria y agresiva del islam.

¿Estamos en pleno “choque de civilizaciones” como preveía Huntington? La globalización ha imbricado las culturas. El pluralismo de las democracias se ha vuelto para muchos una carga pesada por las masivas migraciones. Cunde la xenofobia.
Además, estos movimientos radicales de derecha incubados gracias a las promesas incumplidas de la democracia y al impacto de una globalización sin reglas que desarticuló muchos equilibrios sociales y políticos, cuentan con el respaldo y el impulso activo de las grandes empresas tecnológicas protagonistas de un cambio tecnológico como no habíamos conocido antes. Sus dirigentes – un puñado de empresarios y técnicos- cuentan con un poder sin contrapeso y están convencidos que en pocos años cambiarán el mundo.
El auge de la extrema derecha se inscribe en un cambio de época comparable a los quiebres que los historiadores occidentales identifican con el fin del Imperio Romano, la Edad Media y el surgimiento del Renacimiento y la modernidad. Durante varias décadas los estudiosos no atinaban con un nombre para este cambio y hablaban de una sociedad post industrial. Hoy se ha vuelto común hablar de una era digital: ahí están la internet, la robótica y la inteligencia artificial para demostrarlo.

Giovanni Da Emñoli describe a los detentadores de los nuevos poderes mundiales como “depredadores”. No sólo se refiere a los gobernantes de las grandes potencias, sino también a quienes dirigen muchos países de rango intermedio y sobre todo a quienes controlan las grandes empresas tecnológicas. Peter Thiel, por ejemplo, ha afirmado que hoy existiría una contradicción entre la libertad y la democracia. Cada día surgen nuevos científicos advirtiendo de los peligros de una IA sin control.
Cabe preguntarse por qué esta transformación tan de fondo favorece a movimientos políticos de extrema derecha que llegan al poder mediante elecciones. Son esos movimientos los que enarbolan la idea de cambio o alternativa dejando a las fuerzas de derecha tradicional y al mundo progresista reducidos a la defensa de los logros sociales, políticos y culturales alcanzados, en un papel más bien conservador.
Sin caer en explicaciones simplistas, pienso que un factor que induce a una parte importante de la sociedad a dar su apoyo a este tipo de movimientos es el temor y el desconcierto frente a un mundo nuevo que irrumpe trastocando su seguridad. Los males que aquejan su vida cotidiana no los atribuyen al poder de la nueva elite tecnocrática, sino a la política hegemonizada por el liberalismo clásico y por la izquierda.

Se toma como adversario a la “cultura woke” que habría exacerbado las identidades y al “globalismo” de las elites, indolentes ante la precarización del trabajo. La pandemia dejó un sedimento de precariedad de la vida en común: el contacto podía traer el contagio, la enfermedad y la muerte. Además, está la espada de Damocles de la crisis climática cuyas consecuencias vivimos todos los años con el cambio de las estaciones.
Se difunde -a veces en forma interesada- el recelo frente a las migraciones masivas, el miedo a la violencia callejera y al crimen organizado; a ello se suma la inquietud de perder el trabajo o de no encontrarlo pese a contar con los estudios necesarios. El débil crecimiento de la economía, salvo en Asia, trajo consigo la protesta de los jóvenes que no ven un futuro de progreso comparable al que tuvieron sus padres.
La protesta se difunde por las redes sociales, sin conducción, como ocurrió en la primavera árabe o en Nepal y Bangladesh o con el movimiento de “las cucarachas” en la India. Pero su eficacia política hasta ahora ha sido limitada.
Más fuerte es el temor a la inestabilidad lleva a muchas personas a buscar una alternativa que traiga consigo el anhelado orden y la necesaria seguridad: que se cierren las fronteras y se expulse al extranjero ilegal, y que los violentos sean ejemplarmente castigados. Paradojalmente las proclamadas “ideas de la libertad” abren el camino al autoritarismo y a múltiples guerras locales o regionales.
Habría que apelar a Jung o a Matte Blanco o a la Escuela de Frankfurt y Ana Arend para analizar mejor como los mensajes simplistas pero reiterativos del populismo de derecha encuentran eco en las masas desorientadas. A lo cual se suman las características de nuestras sociedades hibridas en América Latina cuya historia ha estado jalonada de caudillismo político.
Blasco Ibarra en Ecuador decía: “denme un balcón y seré presidente”. Hoy parece ser más eficaz un sistema de bots bien manipulados para encandilar a la opinión pública construyendo una realidad virtual con alguna referencia al mundo de los hechos. Los llamados “ingenieros del caos” han tenido algunos rotundos éxitos electorales tanto en países desarrollados como entre nosotros.
No todos los movimientos y gobernantes de esta tendencia son similares ni transmiten siempre en el mismo registro. Pero la receta política es básicamente la misma, aplicada según las circunstancias de cada país. Su dimensión nacionalista incluso los hace chocar entre ellos disputando áreas de influencia y hegemonía. A veces son iliberales, en otras ocasiones abiertamente autoritarios cuando no dictatoriales.

Es posible que esta ola autoritaria sea de corta duración. Una cosa es denunciar los problemas, otra muy diferente es asumir la responsabilidad de resolverlos. Basta mirar el caso de Hungría. Muchos tienen sus esperanzas puestas en las próximas elecciones de medio término en los EE. UU. Pero antes está lo que se considera la madre de las batallas políticas en Brasil. Hoy nos impacta el auge electoral de AFD en Alemania y en poco tiempo más tendrá lugar una elección decisiva en Francia.
Para hacer frente a esta nueva realidad es preciso asumir la nueva realidad y hacer de la democracia un valor progresivo y esperanzador revitalizando sus instituciones y proyectando sus principios.