Soledad Bianchi es parte del escenario cultural chileno desde hace muchísimos años o décadas. La conocí en las puertas del campo de concentración de Puchuncaví cuando ella visitaba a Guillermo Núñez, su pareja, y yo a mi padre, ambos prisioneros políticos allá por 1975. Nos encontraríamos una década después, posiblemente en París, donde estudié un año y ella vivía su exilio, y luego nos reencontramos a su regreso a Chile, en alguna escuela de literatura. A partir de ese momento, su presencia en nuestra escena se fue configurando y consolidando como una profesora universitaria de primerísimo nivel, antologadora de poesía, ensayista y crítica literaria. Desde la autoridad de una vida entera tramando y descifrando textos, ahora nos regala un libro notable e inclasificable, que es y no es una antología, que es y no es un ensayo, que es y no es una historia. Se parece mucho a un registro emocional, histórico, biográfico, teórico de años de lecturas y, como indica en alguna parte del texto, tiempo rumiando palabras, marcando páginas, destacando citas, trenzando referencias. Entre puntos de lectura (Planeta, 2026) es un regalo para quienes hemos crecido leyendo e interrogando al mundo.
Si bien la frase “puntos de lectura”, según nos informa Bianchi, puede entenderse como un marcador de páginas, es decir, objeto típico para indicar el punto en que un lector ha avanzado en su lectura, también podría mirarse como “un espacio y una ocasión, un lugar y un momento donde se realiza la lectura”. Este objeto vaciado de su función específica se transforma en la huella de una lectura y de su lectora. Como observa con agudeza Bianchi, los lectores acostumbramos a pirquinear textos, pequeñas construcciones que, de alguna forma, nos abren a descubrir nuevos sentidos. Desde este punto de vista, como lo dice el libro con tanta propiedad, un punto de lectura no es el cierre de algo, sino la apertura hacia nuevas preguntas y exploraciones, hacia apuestas muchas veces apenas intuidas. Para ello desarrolla una propuesta escritural sorprendente pero que, en la medida que vamos avanzando en la lectura, afirma su pertinencia. Bianchi define con las siguientes palabras la configuración de su texto: “Solo fragmentos forman mi libro. En sus páginas y con ellos, enfoco desde diferentes puntos de vista el hecho de leer y trazo un recorrido propio y poco lineal, con encrucijadas, enlaces, constelaciones, caleidoscopios, razonamientos, juicios.” Mientras lo leía, disfrutando de citas espléndidas de escritores muy conocidos y, al menos para mí, otros no tanto, no solo iba apareciendo ante mis ojos una idea compleja de lo que la lectura es y lo que esta involucra: autor, texto, lector, sino que también se vislumbran los grandes momentos de la cultura, de los movimientos artísticos de diversas partes del mundo, de la historia social y política, académica y profesional, colectiva y personal.
Aparecen y desaparecen fragmentos de una idea, se pierden por algunas páginas y renacen en otro contexto que, sin embargo, lo sentimos obvio. Una de las ideas fuerza, por ejemplo, el de la lectura como herramienta de liberación social. Desde la posibilidad de la lectura para los analfabetos que, de ser marginados de la palabra, al adquirirla a través de los diversos programas de alfabetización de adultos, alcanzan niveles de libertad antes inimaginables. La educación liberadora a través de los libros se releva, entonces, en muchos ámbitos: como mecanismo de movilidad social, como construcción de sentidos y relatos colectivos, como mecanismos de organización de estructuras comunitarias. Se despliega una precisa reflexión respecto del valor de las bibliotecas, desde las monumentales, con decenas de millones de títulos, hasta las modestas e itinerantes que llegan a lugares imposibles. También aparecen aquellas que fueron destruidas o incendiadas como la de Alejandría y el costo en humanidad que se pierde con la pérdida de los libros y la posibilidad de acceder a ellos. El alcance de la investigación y recopilación que hace Bianchi es abrumador. ¡Cuánta biblioteca, de tantos diversos órdenes, ha levantado la humanidad a través de los milenios! Millones quizás, como la biblioteca de Borges, inacabables pero finitas.

Un lugar especial o, mejor dicho, múltiples e inimaginables lugares ocupa la relación de los libros y la lectura con las mujeres. Como a los pobres, por largos siglos se las dejó al margen de los libros. Subrepticias, clandestinas, encubiertas, las mujeres igual leían, aunque no estuvieran los textos disponibles. Los cuentos de cocina, los clubes de lectura, la lectura antes del sueño de los niños, por nombrar algunas de las múltiples formas de lectura femenina a contrapelo de las convenciones sociales. Y esto no es anecdótico. Tiene que ver con el poder, con el lugar al que la ausencia de lecturas condena a los grupos más marginados. Por eso leer ha constituido una forma de resistencia frente a la dominación. Por eso, como lo recuerda Bianchi, a las dictaduras no les gustan los libros. Y no les gusta que la gente lea. Por eso ha existido la censura, las quemas de libros, las clausuras de editoriales y de revistas, las amenazas de muerte y la cárcel para los escritores. Ha pasado siempre: al dictador no le gustan los textos, exceptos los que él haya validado.
Hay una descripción alucinante de lo que significa la experiencia de las lenguas muertas o desaparecidas. En pocas páginas, con una selección de lenguas perdidas o en vías de extinción impresionante, paseándose por todos los continentes, incluidos aquellos en los que uno cree que los fundamentos culturales son sólidos y resisten las hegemonías globalizadas, abarcando momentos disímiles en la historia hasta realidades observables cada día, Bianchi nos alerta de los riesgos evidentes de empobrecer nuestro fondo cultural al perder el lenguaje y la lectura. Cuando el inglés, verdadero esperanto contemporáneo, termine de penetrar y degradar los lenguajes del mundo, la humanidad será menos rica, menos diversa, más básica y menos humana. Siglos de historia, con todos sus saberes, se habrán perdido.

Podría seguir mencionando temas, hechos, realidades que Soledad Bianchi nos acerca como una marea que viene y se retira para volver, dejándonos un sedimento de curiosidad y deseos de explorar nuevos libros, nuevos autores, nuevas lecturas. Y cuando digo “nuevos” no me refiero al tiempo histórico, sino nuevos para cada lector. La utopía de la lectura total, de leerse todos libros habidos y por haber, por supuesto que es básicamente una utopía, o sea, irrealizable. La conversación, la puesta en común de las infinitas lecturas que los seres humanos hacemos, nos acerca a ese ideal. Para mí, uno de los principales méritos de este libro es que, si lo leemos con calma y atención, podríamos descubrir títulos, autores, obras de arte, movimientos culturales a los cuales acercarnos. ¿A todos? Por supuesto que no. Pero sí a esos que, como cuando se selecciona una cita de un libro, sugieren algo por descubrir.
Hace un tiempo, me tocó presentar alguno de los ocho volúmenes del diccionario de citas que, desde hace años, elabora el escritor Eduardo Guerrero. En esa oportunidad dije que interrogar esas citas, hacerlas hablar para que delataran el sentido con que el autor las fue posicionando una al lado de la otra, era una aventura apasionante, una lectura de las lecturas del seleccionador. Algo similar ocurre con este libro: ¿cuál es el hilo secreto que Soledad Bianchi elige para tejer y destejer las realidades y las significaciones que nos propone? Descubrirlo es parte de la magia de este libro.