La rapidez con que Estados Unidos ha sido transformado durante el segundo gobierno de Donald Trump, es de tal envergadura, que recuerda la “estética de la desaparición” y la “pérdida de realidad” descritas por algunos filósofos de la aceleración del tiempo, esa reciente escuela de pensamiento acerca de la postmodernidad.
Ante una sociedad cuya mayoría aparece paralizada y convertida en espectadora por la velocidad de los hechos, un grupo de individuos, encabezado por un líder cuyo carisma parece residir en la ausencia de límites en todos los planos, ha impulsado una transformación sin precedentes, de los principios éticos, las premisas institucionales y las prácticas del poder político de la primera potencia mundial. Como si ocurriera en un escenario de teatro, las élites que sostenían la democracia liberal americana han visto desaparecer sus referentes de estabilidad, evaporarse aquellas cosas que hacían que los Estados Unidos fueran los Estados Unidos: desde las autonomías de los poderes del estado hasta la definición de quienes y por qué razones eran en el mundo sus aliados y amigos.
Desde la valoración de la ciencia y el rol del conocimiento en las decisiones gubernamentales, hasta los criterios éticos que establecían límites a la utilización de cargos públicos para el enriquecimiento personal.

En el país MAGA, todo parece ser lo contrario de lo que era ayer. La estética de la desaparición de las bases morales de la política ha conseguido normalizar comportamientos ubicados en las antípodas de lo que otrora -no hace muchos años- era considerado patriótico, civilizado, digno y “americano”. MAGA es el reino de las antítesis alimentado diariamente por la última creación del líder: “el estrecho de Ormuz será americano”, “si no se repone mi nombre en el Kennedy Center, ordenaré demoler el edificio” “mi amigo en Corea Kim Jong Un tiene 15 bellas bombas atómica”, etc. etc. MAGA envuelve a partidarios y opositores en un espacio caótico y a la vez banal. Una parte del país parece haber perdido el sentido de realidad, o peor, vive de lo que un asesor de Trump bautizó como “realidad alternativa”, mientras que el otro parece avanzar sobre una cinta de perplejidades, preguntándose si llegará a conseguir que los procedimientos democráticos mantengan en pie los diques que el país construyó contra el autoritarismo y la arbitrariedad. La política se polariza y parece un juego de suma cero. El mal resultado económico hace caer la aprobación popular del líder, pero, al mismo tiempo su manejo arbitrario del poder se incrementa, y la decisión electoral de noviembre, cualquiera sea el resultado, abre escenarios de confrontación imprevisibles.
Si bien no intento un análisis general de la crisis de la sociedad estadounidense, expongo este contexto ya que sin él no es posible comprender el plan MAGA que los actores oficiales de los Estados Unidos desean imponer en nuestra región. De hecho, la lentitud con la que los aliados de los Estados Unidos, especialmente la Unión Europea, así como de las democracias asiáticas -Japón y Corea del Sur – han comprendido el proceso, ha sido parte importante de la debilidad que han mostrado respecto de Trump. En América Latina, la oleada de gobiernos de extrema derecha instalados recientemente -que deben en alguna medida su elección al fenómeno Trump- han ofrecido de inmediato a Washington una especie de vasallaje, sin tener aún comprensión de las consecuencias que ser el patio trasero de MAGA tendrá en el futuro próximo. Es evidente, por otra parte, que las fuerzas democráticas en América Latina, enfrentadas hoy a la hegemonía de una derecha distinta a las tradicionales, y sin un proyecto propio que permita proteger y profundizar la democratización de la región, tienen serias dificultades para comprender la complejidad de la situación norteamericana y el real alcance del proyecto MAGA.
Al mismo tiempo, dada la incertidumbre global, la fragilidad de la economía sometida a una velocidad política que hace de cada día un fenómeno imprevisible, y la gran cantidad de conflictos militares en un escenario que recuerda más que cualquier otro, el período previo a 1939, nada de lo que expongo aquí está escrito sobre piedra. La velocidad del proceso es tal que un accidente, un conflicto inesperado, la elección de medio tiempo en noviembre próximo, puede alterar la forma y la viabilidad del diseño MAGA. Pero una consideración esencial en este análisis es que ese diseño extremo de la relación hemisférica no se basa solo en ideología, sino en la proyección de tendencias presentes desde la presidencia de Barack Obama, la más importante siendo la del progresivo repliegue militar de los Estados Unidos, un deseo de alejarse de aquellas operaciones que el presidente Biden denominaba “operaciones militares a gran escala destinadas a rehacer otros países”, -y Trump desde hacía años condenaba, llamándoles “guerras eternas”. La razón era muy simple: el crecimiento de China requería un volcamiento de los Estados Unidos sobre sí mismo. La recuperación del poder norteamericano requería una concentración en sus propios problemas para lo cual se necesitaba “desempantanarlo”-dijo Biden, “reindustrializarlo” señaló Trump. De esta manera, el 2021, cuando Biden efectuó el retiro de las tropas norteamericanas de Afganistán, se creyó que se iniciaba una nueva época caracterizada por lo que algunos llamaron “repliegue”, y otros “suave aislacionismo”.
Este solo hecho tenía unas consecuencias de enorme importancia para América Latina que muy pocos detectaron de inmediato. La región que durante décadas se había quejado de un “benign neglect”, -de una “indiferencia benigna” de los Estados Unidos aparecía bruscamente como la principal zona de seguridad de un imperio en repliegue. De la irrelevancia saltaba bruscamente al escenario geopolítico mayor.
No interesa analizar aquí la efectividad del repliegue. Sabemos que ha sido lento y contradictorio, lo que no impide que siga siendo el movimiento de mayor importancia en la discusión geopolítica norteamericana. Desde las exigencias a Europa de aumentar su gasto militar hasta el progresivo abandono del apoyo a Ucrania y la reticencia frente a la OTAN, Trump ha confirmado esta tendencia. La actual desesperación imperante en Washington ante el fracasado intento de cambiar el régimen iraní, muestra que el repliegue seguirá siendo la norma.

Los embajadores latinoamericanos presentes en el cambio de mando presidencial el 21 de enero de 2025 no esperaban en el discurso del presidente electo, otra mención a la Región aparte que sus habituales referencias a los “violadores”, los “locos”, los “asesinos” y los que “se comen los perros y los gatos de su barrio”. Estos personajes imaginarios, de color moreno, formaban parte esencial de la imaginación ‘trumpeana’ y se encarnaban de cuando en cuando en uno u otro criminal esporádico que era entonces incorporado con nombre y apellido al discurso de campaña. Por eso, cuando Trump llamó en su discurso a “recuperar el Canal de Panamá”, o cuando declaró su admiración por el presidente McKinley, –padre del imperialismo norteamericano – utilizando el casi olvidado concepto de “Destino Manifiesto”, -los diplomáticos abrieron los ojos de sorpresa: recordaron de inmediato aquel concepto que si bien no había sido mencionado por Trump, estaría al día siguiente en la primera página de los diarios. El Washington Post tituló: “Trump revive Doctrina Monroe para su trato con el hemisferio occidental”. La sorpresa diplomática.
El concepto había sido eludido cuidadosamente desde décadas. De hecho, John Kerry, en un famoso discurso en el Senado le había declarado muerto. Como ya he dicho, las consecuencias del repliegue para América Latina fueron observado por pocos, incluso en el mundo académico. Y el tema de la importancia creciente que América Latina adquiría como proveedor para los Estados Unidos de minerales estratégicos, comenzaba recién a abrirse camino y generar interés en el Congreso norteamericano y en las grandes empresas. Solo el Pentágono y, más específicamente, el Comando sur, subrayaba el grave error que los Estados Unidos cometían al desatender a una región que tenía “todo lo que los Estados Unidos necesita”.

La generala Laura Richardson jefa del Comando Sur, fue la principal protagonista del discurso que apuntaba a América Latina como la región clave para la seguridad nacional de los Estados Unidos debido a la enorme riqueza en recursos naturales, subrayando a la vez los peligros que involucraba la supuesta actitud codiciosa de China respecto a estos recursos. Pero, por entonces, en pleno gobierno Biden, la atención norteamericana sobre América latina se enfocaba en los ámbitos de cooperación. En el departamento de estado hubo voces que llamaban a la organización de una segunda Alianza para el Progreso. La consigna era la asociación, no la imposición.
Como se entiende, esa no era el enfoque que caracterizaría a MAGA. El asunto quedó planteado de manera clara en lo que se dio en llamar el corolario Trump a la Doctrina Monroe, publicado en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025. “Tras años de abandono Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental”. El objetivo que se planteó MAGA es un control norteamericano de todas las dimensiones “política, económica, comercial y militar” con sus capacidades volcadas a la exclusión de China del hemisferio.
A partir de esos principios, se ha desplegado el proyecto de la llamada Doctrina Donroe, que no es otra cosa que la proyección externa de MAGA hacia el hemisferio Sur, mediante acciones como las siguientes:
1.– el uso de la fuerza militar contra Venezuela, el secuestro del jefe de Estado y la transformación del país en un protectorado americano, incluyendo el apoderamiento del petróleo venezolano y su incorporación a las reservas petroleras norteamericanas.
2.-la transformación de las migraciones y el narcotráfico en amenazas a la seguridad nacional norteamericana, lo que ha incluido el ataque y la ejecución sumaria por parte de la armada y la aviación de los Estados Unidos de cerca de 200 tripulantes de barcos artesanales, la mayoría pesqueros en las costas del Caribe y el Pacífico, en abierta violación del derecho internacional.
3.- La creación de una asociación de defensa hemisférica destinada a combatir el crimen organizado y los carteles de la droga, llamada “Escudo de las Américas”, que tiene como objetivo militarizar la defensa policial del orden interno de los países de la región, generando bases militares norteamericanas que permitan a los Estados Unidos participar en operaciones internas conjuntas con los ejércitos locales.
4.– Una diplomacia de premio y castigo, que cuenta con los aranceles como armas económicas destinadas a disciplinar comportamientos disidentes.
Si bien es evidente que este proyecto está en sus inicios, la proyección es clara: La doctrina Donroe, se expresa de manera sintética en una fórmula elemental: los temas comerciales ya no lo son, son políticos. Los políticos no se discuten, son asuntos de seguridad, y la seguridad es esencialmente un tema militar. El proceso de conversión recién comienza.
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Juan Gabriel Valdes une a su larga experiencia diplomática y su directo conocimiento de la realidad norteamericana, un notable diagnóstico de lo que se viene precipitadamente sobre nosotros ,America latina y Chile, como un alud incontenible de intimidación , violencia y despojos bajo la era trumpista. Su artículo es una voz que apunta hacia el futuro y que debemos escuchar con atención para resistir unidos lo que viene.Felicitaciones!