Hace unos días me encontré caminando por el Paseo Bulnes con un amigo de la niñez. Fue un lindo encuentro. Se acordó de las maquetas que diseñaba y construía, siendo tan niño, con tanta creatividad y paciencia. Me comentó que guardaba bellos recuerdos cuando jugábamos con las maquetas en el patio de la casa de mi madre en calle Coruña, en la Población Juanita Aguirre de Conchalí. Me preguntó si me había decidido a estudiar arquitectura. Soy un arquitecto frustrado. Si bien encuentro que las matemáticas son mágicas, misteriosas y revelan un misterio profundo de las cosas, me asustaron. Quizá no tuve el profesor adecuado que me transmitiera el encanto por las matemáticas. Me alejé de ella sin intentar practicarlas. Las matemáticas y la arquitectura son oficios que me hubiera gustado ejercer.
La nota de hoy es una invitación a contemplar la arquitectura desde la intimidad. A mirar la estructura más allá de un contenedor funcional. Desde los rincones más pequeños, y sin importancia. De aquellas imágenes que se alojan en la memoria de las casas que habitamos en nuestra infancia, y la que habitamos hoy. Huellas que nunca abandonan. De cómo un lugar habitado se transforma en un refugio no solo de la intemperie, sino de algo mucho más profundo, del alma. Paisajes interiores que nos acompañan toda la vida. La casa no es solo un espacio físico, una estructura de cuatro paredes, un suelo, un techo, divisiones internas, un par de ventanas y unas puertas. Es el lugar donde se cuajan y sedimentan los recuerdos. Donde la imaginación y la seguridad se expanden. Esos territorios que dan sentido a la existencia. Mirar los espacios cotidianos como si fueran revelaciones poéticas; una ventana, una viga, una escalera, la ubicación de una mesa, una silla, el hormigón, la madera, los colores, la luz de la mañana, la luz de la tarde, la oscuridad y cómo se perciben incluso los sonidos en cada habitación. Todos estos elementos superan su simple materialidad. También están presentes cuando se escribe poesía.
Una matriz de ensoñaciones, un cuerpo donde las experiencias y los recuerdos se acopian como capas. Lo poético reside en la capacidad de cada espacio para resonar en la memoria y despertar asociaciones profundas en quienes la habitan. No solo es un espacio físico, es un plano del alma humana de quien lo proyectó. Cada rincón, cada puerta, cada luz que entra o sale se vuelve un umbral hacia el interior y lo imaginario de sus habitantes. Lo poético es comenzar a sentir los lugares con la piel. A dejarse rodear por su atmósfera. Habitarlo. Por eso la casa de nuestros padres, donde pasamos nuestra niñez y nuestra adolescencia, toma una importancia vital en nuestro presente. Ese primer refugio puede acompañarnos toda una vida, como también podemos olvidar si las experiencias vividas en esa primera morada fueron negativas. Aquí es donde aprendemos a relacionarnos con el mundo, a mirar el paisaje desde una ventana segura. El color, los olores, la distribución de los muros, las puertas, las ventanas, quedan adheridos donde lo material y lo poético se funden. Es habitar la arquitectura en una poética de lo íntimo. Desde Miguel Ángel hasta Hawksmoor, Borromini, Palladio, Le Corbusier y Gaudí.
A lo largo de los siglos el cruce entre arquitectura y literatura motivó a muchos arquitectos a explorar la poesía para formular sus proyectos. Cuya creatividad merece ser reconocida por lo que es: poesía escrita en piedra.

La poesía y la arquitectura son formas de expresión y comunicación que se relacionan; siempre tienen un punto en común. El vínculo común es la necesidad de comunicar pensamiento, sentimientos e ideas. Poesía y arquitectura son artes que aspiran a una poética. La intimidad arquitectónica es inseparable de la intimidad emocional y psicológica. Aunque no seamos conscientes de ello, cuando colgamos un cuadro, decides el color para los muros, pegas una pequeña fotografía sin enmarcar, el recuerdo de un viaje; en ese acto, cada ser humano se convierte en poeta de su propio espacio. Cuando se pierde y desarma una casa, es como la pérdida del ser, porque habitar es crear mundos que sostienen y protegen de la intemperie; […] cuando uno envejece / con frecuencia se queda inmóvil y mirando hacia la noche / como quien, antes de viajar / estudia planos de una ciudad desconocida. (Joan Margarit)

Cuando niño quise ser arquitecto, diseñé y construí maquetas y edificios, con un nivel de detalles, prolijidad y realismo, que hoy adulto, me asombra. Utilicé, vidrio, placas de radiografías, plaquetas de laboratorio, espejos, trozos de alfombra que me regalaba un tío que poseía una tapicería. Mi amigo de la niñez, con quien me encontré la semana pasada caminando por el Paseo Bulnes, me hizo reflexionar; creo que, dibujando planos, levantando pequeñas paredes de cartón piedra, imaginando un techo, una fachada, la entrada para autitos Matchbox, escribí mis primeros poemas; trazando, imaginando, cortando, pegando, desarmando. Alimenté mi deseo de protección y pertenencia. En esas miniaturas a escala transformé la experiencia de habitar mi niñez. Me queda la alegría de saber que, en algún lugar, alguien lee los poemas que escribo, y que pueden entrar en ellos como pequeños espacios para habitar. Cada lector de poesía se encuentra con sus propias casas, sus rincones, sus decepciones, sus patios y sus momentos de felicidad.
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