Un mes japonés

por Antonio Ostornol

Hace unos meses, mi pareja tomó un curso de literatura japonesa que dictaba Eduardo Bustamante, un exalumno mío. Eduardo estará entre los treinta y los cuarenta y, en algún momento de su formación, o después quizás, se encontró con la literatura japonesa y ya no la abandonó. Entre los colegas con los que intentamos hacer más agradable los cierres de jornada en la universidad, algunos de ellos son grandes admiradores de la literatura japonesa. Así llegué a una novela para mí desconocida: Los años de espera (Chai Editora, 2025), de Fumiko Enchi. Es un viejo texto de mediados del siglo pasado pero que está escrito con un aire de modernidad absoluto. De ahí pensé en mis experiencias con la literatura japonesa y me detuve en Yasunari Kawabata. Releí entonces dos de sus libros a los que les había perdido la pista: La casa de las bellas durmientes (Seix Barral, 2026) y Lo bello y lo triste (Seix Barral, 2024), novelas que son pura sustancia y sugerencia. Fue un mes japonés y lo disfruté intensamente.

 La narrativa japonesa que conozco (no es mucha) es de lo mejor que he leído. Tiene un encanto seductor que atrapa y que, sin saber muy bien por qué, a uno lo deja lleno de curiosidad para descifrar unos mundos misteriosos, que se despliegan en silencio y habitan unos lugares que en muchas ocasiones se imponen como personajes determinantes de las respectivas historias. En estos textos pareciera estar prohibido cualquier alarde de lenguaje y cada palabra es sustancial, condensando todos los sentidos posibles. Las palabras se vuelven mínimas y densas. Yo, en cuanto lector, quedo siempre al debe, con una incómoda sensación de que hay algo que se me escapa, un sentido que se me oculta y que apenas el texto me ha dejado ver la superficie de su materia.

Es el caso de Los años de espera. Esta es la historia de una mujer, Tomo. Al principio, pareciera ser la historia más de una esposa que de una mujer, como si el rol la atrapara y no la dejara escapar. Alguien podría decir que contar la historia de una mujer que ha sido abducida por su función en la familia, es un relato más viejo que el hilo negro. Uno tendería a pensar que en él no encontrará nada nuevo. Pero cuando el lector se enfrenta a la escena donde la mujer del patriarca de la familia viaja en busca de una moza para que sea la amante de su marido y viva en la misma casa donde la esposa queda relegada a un dormitorio aparte mientras la amante comparte la cama con su marido, ya la cabeza se nos descoloca. Aunque uno no entiende, sabe que en ese episodio hay algo más profundo, con mayor arraigo que será necesario descubrir.

La novela sigue la trayectoria de esta mujer que se va transformando en la heroína silenciosa que vela por la integridad de la familia. Va tejiendo desde las sombras su correcto desarrollo según lo que se espera tenga un funcionario de alto rango, en torno al cual se subordinan las acciones y proyectos de todos los miembros de la tribu (de sangre, amor, sexo o servicio) en una negociación donde se ponderan los intereses individuales de cada uno y se transan los destinos personales en función de los objetivos familiares, los que se definen al arbitrio y satisfacción del patriarca y de lo adecuado para su posición según la tradición del país. Tomo navega la vida entera en ese espacio doméstico, en una aparente subyugación absoluta a su marido la que, sin embargo, nunca la deja fuera de su centralidad. Ella acepta, tolera, se banca todo tipo de humillaciones. Unas muy obvias y evidentes; otras, más subterráneas. Y todo el tiempo el lector es convocado a desentrañar la naturaleza de esa sicología que navega en sordina, en un medio que aparentemente la aplasta y la desprecia, pero que todo el circuito familiar estima fundamental. Y en ese mundo claustrofóbico, donde las rabias y los rencores se acumulan, Tomo sobrevive con una total dignidad. Esta es una novela escrita a mediados del siglo XX, cuando el mundo era otro y transcurre en otro hemisferio cultural. Es el tiempo de las casas de té y las geishas, y de ellas viviendo puertas adentro. La novela nos abre una pequeña persiana a ese mundo y nos sorprende. Bella historia.

La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, es una novela de comienzo de los años sesenta. En un Japón recuperándose de la posguerra, el viejo Eguchi descubre la casa de las bellas durmientes. Es un lugar donde, previo pago, se participa de un ritual curioso: los clientes –hombres viejos- pasan la noche con bellas mujeres, en su mayoría muy jóvenes, que han sido dormidas con un sedante tan potente que permanecen completamente dormidas toda la noche y no se enteran de lo que les ocurre. Los hombres solo pueden mirar. No tocan, no hay sexo, es casi como dormir con la muerte. Pero hay deseo y resignación ante el espectáculo. El narrador nos informa que es una casa para viejos que ya no son “hombres”. Ahí lo que importa es la constatación de que la belleza aún existe y de que el sujeto “envejece” y se va muriendo, mientras la belleza que fue aún persiste y seguirá más allá de la muerte. La historia pareciera ser solo eso. Pero no. Eguchi se rebela contra la muerte. Toda la historia no es otra cosa que su silente grito para aferrarse a la vida, que no es otra cosa que la contemplación de la belleza y el deseo. Misteriosa y enigmática novela. Sutil en las descripciones, precisa en los eventos, pura condensación de sentido. Si en la novela de Fumiko Enchi, Tomo, la esposa, concentra los sentidos de una cultura dramáticamente patriarcal, en La casa de las bellas durmientes, Eguchi concentra toda la sabiduría de saber que envejece y la muerte acecha.

La otra novela de Kawabata que leí estos días, es Lo bello y lo triste. Para mí, uno de los mejores libros que he conocido. Nos enfrentamos a un triángulo de cuatro esquinas, de amores y pasiones bizarras, oscuras, profundas y cenagosas, bajo el esplendor de la belleza que procura el arte, la naturaleza y la dignidad. La novela está escrita como si siempre estuviéramos frente a un cuadro, ya sea de un artista o del paisaje, que se mueve en el tiempo al igual que los personajes. La historia arranca de un amor prohibido (él es casado y ella una adolescente) que se vuelve imposible. Veinte años después, las vidas vuelven a cruzarse, pero ahora hay nuevos jóvenes (un hijo y una ahijada) que intermedian en la pareja central. La maestría de Kuwabata conduce el relato casi como una novela de misterio, donde nada se establece como cierto y el lector debe deducir su sentido. En medio de la belleza, se descubre lo implacable del fracaso de los amores y la tristeza que ellos nos dejan.

Historias complejas que penetran profundamente en un mundo y una tradición que sorprende, que a veces reconocemos, pero que siempre se rinde ante lo bello. Tres novelas para leer. Con mucho silencio, lentitud y la mente muy abierta.

También te puede interesar

Deja un comentario