Hay una imagen particularmente reveladora sobre el estado actual de la televisión abierta chilena. No aparece en los estudios, ni en las reuniones de directorio, ni en los balances financieros. Surge en el espejo… Durante décadas este medio audiovisual observó a la sociedad, interpretó sus transformaciones, acompañó sus rituales cotidianos y construyó parte importante de los imaginarios colectivos del país. Hoy, solo parece observarse a sí misma en una dramática dinámica de sobrevivencia. Y cuando una industria comienza a consumir obsesivamente su propio reflejo suele ser porque ya perdió contacto con aquello que originalmente justificaba su existencia. La discusión sobre fuga de avisaje y de audiencias, más problemas de gestión y término de concesiones parecen, a primera vista, una suma de problemas independientes asociados a concesiones que expiran, sanciones regulatorias o pérdidas financieras persistentes y estructurales. Sin embargo, observados en conjunto, estos episodios describen algo bastante más profundo; no estamos asistiendo a la crisis de algunos operadores específicos, sino a la fase avanzada de agotamiento de un modelo completo de televisión abierta generalista que durante décadas organizó buena parte de la conversación pública chilena.
Bienvenida realidad
Hay industrias que entran en crisis y logran reinventarse. Otras simplemente envejecen. Y existen algunas, más escasas, que continúan funcionando durante años después de que su razón de ser desapareció. La televisión abierta chilena parece haberse instalado precisamente en esa zona incómoda. Sigue transmitiendo, sigue vendiendo publicidad, sigue produciendo contenidos y sigue ocupando horas del debate público. Pero hace bastante tiempo dejó de ocupar el lugar central que tuvo en la vida social chilena. Lo curioso es que buena parte de la discusión política, empresarial y mediática continúa desarrollándose como si ese desplazamiento nunca hubiese ocurrido.
Los casos recientes del fin de la concesión de Telecanal, las sanciones a La Red que obligarán a cesar sus emisiones por diez días y el reciente balance deficitario trimestral de TVN han vuelto a instalar preguntas que hasta hace pocos años parecían impensables. El eventual cese de concesiones, los incumplimientos regulatorios, las sanciones por multas impagas y las pérdidas financieras persistentes de la mayoría de los actores de la industria suelen presentarse como problemas independientes. Sin embargo, observados con cierta distancia, forman parte de un mismo fenómeno. Lo que está ocurriendo no es una suma de accidentes empresariales. Es la manifestación visible de un cambio estructural que afecta a toda la televisión abierta generalista.
Las cifras son suficientemente elocuentes para disipar cualquier duda. Entre 2000 y 2013, el conjunto de los canales de televisión abierta acumuló utilidades por aproximadamente 125 mil millones de pesos. Durante ese período el sistema generó, en promedio, cerca de 9 mil millones de pesos anuales de ganancias. Desde 2014 hasta 2025 ocurrió exactamente lo contrario. El sistema acumuló pérdidas superiores a 164 mil millones de pesos y pasó a registrar déficits promedio cercanos a los 14 mil millones de pesos anuales. En términos simples, el negocio dejó de crear valor y comenzó a destruirlo. La probabilidad de cerrar un año con números rojos pasó de ser una excepción a convertirse en la regla. Los años positivos se transformaron en episodios aislados dentro de una tendencia persistentemente negativa.

TVN constituye la expresión más dramática de esta transformación. Desde 2014 acumula pérdidas que hoy bordean los 110 mil millones de pesos. Solo durante el primer trimestre de 2026 perdió otros 3.818 millones. Son cifras que hace mucho tiempo dejaron de describir una dificultad coyuntural. Hablan de una inviabilidad estructural. Resulta difícil encontrar en la historia reciente de las empresas chilenas un caso comparable de persistencia en pérdidas de tal magnitud sin una redefinición profunda de su modelo de negocios. La pregunta ya no es cuánto más puede perder TVN. La pregunta es cuánto tiempo más puede el país seguir fingiendo que el problema es transitorio.
La explicación suele buscarse en las decisiones de gestión, en las administraciones de turno o en las capacidades de determinados ejecutivos. Sin embargo, los números muestran algo mucho más profundo e independiente de quién gestiona. Mientras la televisión abierta acumulaba pérdidas, la inversión publicitaria total en Chile seguía creciendo. En 2014 el mercado publicitario total movía alrededor de 656 mil millones de pesos. En 2025 superó los mil millones de pesos. El dinero no desapareció. El consumo audiovisual tampoco desapareció. Las personas siguieron mirando pantallas más horas que nunca. Lo que cambió fue el lugar donde se concentró la atención y, por consecuencia, donde se concentró la inversión.
El conjunto de canales de TV generalista capturaba en 2014 cerca del 37 por ciento de toda la inversión publicitaria nacional. En 2025 esa participación cayó a menos del 23 por ciento. En términos absolutos el deterioro es todavía más revelador. Mientras el mercado total creció más de 50 por ciento, la inversión en esta TV tradicional pasó de aproximadamente 242 mil millones a 230 mil millones de pesos. Es decir, incluso en valores nominales dejó de crecer. Durante el mismo período la inversión digital pasó de representar poco más del 12 por ciento del mercado a concentrar el 54 por ciento de toda la inversión publicitaria chilena. Lo que ocurrió no fue una crisis del avisaje. Fue una migración masiva del avisaje.
Mismos sujetos, distinto ecosistema, mano de obra emocional y barata

Por todo lo anterior es prudente sostener que la TV generalista enfrenta un problema más antropológico que financiero. El mercado no es una entidad abstracta que premia o castiga arbitrariamente. El mercado es la traducción económica del comportamiento social. Cuando la publicidad abandona una plataforma, lo hace porque las audiencias ya comenzaron a abandonarla antes. Cuando los avisadores migran hacia otros formatos, lo hacen porque los públicos ya reorganizaron sus hábitos de consumo. La televisión nació en una época donde la escasez de oferta obligaba a millones de personas a reunirse simultáneamente frente a las mismas pantallas. Las plataformas digitales crecieron en una época donde la abundancia permite que cada individuo construya su propia programación permanente. La televisión esperaba que el espectador llegara a ella. Las plataformas llegaron al espectador. Entre ambas situaciones existe una diferencia histórica enorme.
Lo más interesante es que la industria sí encontró una estrategia para sobrevivir parcialmente a este escenario. No fue una estrategia basada en innovación cultural ni en sofisticación narrativa. Fue una estrategia basada en reducción de costos. Mientras desaparecían áreas dramáticas completas y disminuían las inversiones en ficción, comenzaron a multiplicarse los formatos conversacionales, los paneles de opinión permanente, las franjas policiales, los programas de actualidad extendida y, especialmente, los realities de encierro. La televisión abierta descubrió que podía producir muchas más horas de contenido gastando considerablemente menos dinero si sustituía escritores por participantes, dramaturgia por conflictos espontáneos y producción de ficción por observación permanente de conductas humanas.
Desde una perspectiva económica la lógica resulta impecable. Una teleserie exige meses de escritura, desarrollo, dirección, actuación, producción, arte, locaciones y postproducción. Un reality convierte seres humanos en materia prima narrativa, en donde encierra participantes, instala cámaras, registra conflictos, edita emociones y distribuye fragmentos durante semanas o meses. Un solo programa alimenta matinales, noticieros, sitios web, redes sociales, paneles satélite y portales de espectáculos. La ficción genera capítulos. El reality genera residuos infinitos reutilizables.

La consecuencia cultural de esta decisión económica es extraordinaria. La televisión comenzó a sustituir la producción cultural por la extracción emocional. Los participantes dejaron de aportar únicamente presencia televisiva. Comenzaron a aportar recuerdos, resentimientos, infidelidades, dependencias afectivas, humillaciones, traumas y vulnerabilidades. La intimidad se convirtió en mercancía. La vida privada adquirió valor de mercado. La emoción pasó a formar parte de la cadena de producción audiovisual.
Desde hace años se viene sosteniendo cómo el capitalismo tardío absorbía el lenguaje terapéutico y emocional hasta convertirlo en una forma de recurso intercambiable, junto con el el ascenso de personalidades dependientes de validación permanente. El filósofo francés Jean Baudrillard habría reconocido fácilmente en estos formatos una hiperrealidad donde el conflicto importa menos por su verdad que por su capacidad de circular. La televisión abierta chilena parece haber encontrado en estas intuiciones teóricas una inesperada estrategia empresarial.
Y funciona porque la audiencia que permanece fiel a esta pantalla posee características bastante definidas. Los estudios muestran una concentración creciente en segmentos femeninos, en personas mayores de cincuenta años -incluso cuarta edad- y en grupos socioeconómicos medios bajos y bajos. No se trata de públicos menos inteligentes ni menos sofisticados. Se trata de audiencias más disponibles para el consumo lineal, más expuestas a la compañía cotidiana que ofrece la pantalla tradicional y menos inclinadas a migrar completamente hacia sistemas de pago o plataformas digitales. La televisión abierta ya no programa para toda la sociedad. Programa para quienes todavía permanecen frente a ella.
Por eso los realities de encierro no constituyen una anomalía, sino una adaptación económica racional. Ofrecen compañía, continuidad, familiaridad y conflicto emocional permanente mediante la carnicería de almas de intimidad performativa a cambio de un cheque. Son formatos que requieren poca energía cognitiva para ser seguidos y que generan altos niveles de identificación afectiva entre quienes los siguen. Mientras más envejece y se reduce la audiencia de televisión abierta, más atractiva resulta esta fórmula para una industria que necesita producir atención al menor costo posible.
Una pantalla residual
La paradoja es que el empobrecimiento financiero de la televisión termina produciendo también un empobrecimiento narrativo. La ficción nacional desaparece. Los escritores se vuelven prescindibles. Los grandes relatos compartidos son reemplazados por discusiones de pareja, reconciliaciones televisadas, conflictos sentimentales serializados y competencias de visibilidad entre celebridades agotadas. La televisión ya no fabrica personajes. Recluta personas dispuestas a convertir sus propias heridas en contenido.
Y aquí reaparece TVN como un caso singular. Porque ni siquiera ha logrado liderar exitosamente esta economía degradada de la atención. No domina el entretenimiento. No domina los realities. No domina la conversación cotidiana. No domina las audiencias. No domina el mercado publicitario. Compite en un terreno donde otros operadores poseen más experiencia, mayor escala y más flexibilidad. El resultado es conocido. Las pérdidas se acumulan mientras la identidad estratégica se diluye.
La discusión sobre la señal principal del canal público debería abandonar definitivamente la nostalgia, pues no recuperará el lugar que tuvo durante los años noventa porque aquella sociedad ya no existe. Lo que sí puede recuperar es una misión. Y esa misión no pasa por parecerse a Mega, Chilevisión o Canal 13 (donde solo uno de ellos aún exhibe regularmente utilidades). Pasa precisamente por diferenciarse en una industria que descubrió que resulta más rentable encerrar personas heridas que producir ideas, y en la que el valor público aparece justamente en aquello que el mercado tiene pocos incentivos para financiar. Periodismo de calidad, cobertura regional, información pública, memoria audiovisual, programación infantil, documentales y contenidos culturales representan hoy una oportunidad mucho más realista que la fantasía de volver a competir por el liderazgo generalista.
Menos siempre será menos

La televisión abierta chilena parece dirigirse hacia una estructura crecientemente concentrada. La fragilidad de Telecanal, la situación de La Red, la inviabilidad financiera de TVN y la capacidad de grupos empresariales de gran escala para sostener pérdidas o financiar operaciones apuntan hacia un mercado donde dos o tres actores concentren progresivamente audiencias, publicidad y producción. Es una tendencia observada en numerosas industrias maduras alrededor del mundo. La diferencia es que aquí esa concentración ocurre simultáneamente con una degradación del contenido y una pérdida de densidad cultural.
Quizás esa sea la imagen más precisa del momento que vive la televisión chilena. Una industria que continúa funcionando, pero que ha comenzado a consumir sus propios fundamentos para prolongar su existencia. Una industria que perdió espectadores antes de perder ingresos y que comenzó a consumir personas cuando ya no pudo seguir produciendo relatos. Una industria que todavía discute quién gana el rating mientras el verdadero debate ocurre en otro lugar. Porque la cuestión central ya no consiste en determinar qué canal lidera la audiencia. Consiste en decidir qué espacios de conversación pública sobreviven cuando la lógica económica descubre que la explotación industrial de la intimidad resulta más barata que la producción de sentido.