Entre lo malo y lo peor: la paradoja del neo imperialismo

por Antonio Ostornol

Como buena parte de mi generación, nos iniciamos en el mundo de la política y de la movilización social al alero de las consignas antimperialistas. La frase “yanqui, go home”, gritada en las calles y pintada en las paredes, fue parte de nuestra identidad de adolescentes y jóvenes. La primera vez que salí a una marcha callejera fue para protestar por la masacre de la Plaza de las tres culturas en Ciudad de México y, por supuesto, terminamos aporreando a piedrazos el consulado norteamericano frente al parque Forestal. Luego intentaría caminar desde Valparaíso a Santiago, en la marcha Por Vietnam (1969). Entonces sabíamos que Estados Unidos estaba dispuesto a imponer su supremacía, que la disputaba con la Unión Soviética, a la fuerza y sin contemplaciones. Suponíamos –y no nos equivocábamos del todo- que a “los gringos” poco y nada les importaba la democracia, aunque dijeran lo contrario. Mientras que nosotros defendíamos el espléndido futuro que nos auguraba la revolución, especialmente en América latina, cuya historia estaba teñida de golpes de estado, represión e injusticias, como la pobreza y la desigualdad. En esta parte nos equivocábamos, porque más tarde nos dimos cuenta de que la utopía no era más que eso: una utopía. Pero en esos primeros años de vida política, crecimos con la ilusión de que estábamos eligiendo entre el paraíso y el infierno, entre la vida y la muerte, entre el futuro y el pasado. Y nosotros habíamos elegido el lado bueno.

Este año 2026 se inauguró con una especie de revival de estas historias.  Se trata del ataque a Venezuela, la captura y secuestro de Maduro, y su traslado a Nueva York a una cárcel de alta seguridad. El hecho tenía reminiscencias de otras épocas. Al parecer, estas acciones nos habían dejado de interesar o creíamos que era imposible que se repitieran en los nuevos tiempos post guerra fría. Por supuesto estaba en la retina la intervención militar de Estados Unidos en Vietnam, la invasión de Granada y de Panamá. Y si me remito a la historia, sin duda es dramática la usurpación y anexión a EE.UU. de los territorios mexicanos de California, Nuevo México y Texas. La verdad es que, si somos bien precisos, los norteamericanos no han dejado de intervenir en países extranjeros desde que comenzaron a erguirse como la nueva potencia que desplazó a los viejos imperios europeos. Pero, en algún momento que no logro precisar, nos empezó a parecer que estas políticas se ponían del lado de los buenos. ¿Acaso no era justo y necesario para eliminar el terrorismo que se terminara de una vez por todas con el régimen de Hussein en Irak? ¿Y con el de Gadafi en Libia? ¿Y el de los talibanes en Afganistán? En todos estos países gobernaba el “mal” y en ellos se gestaban las peores amenazas para la integridad y pureza de occidente. ¿Cómo defender gobiernos de países donde no se respetaban los derechos humanos, se gobernaba en forma dictatorial, donde las inequidades eran iguales o peores que en el corazón del mundo capitalista? Poner fin a esos atropellos parecía justo. Tenía costos, es cierto, pero parecía que se movilizaban por causas dignas: la democracia, la libertad, el humanismo. Y en el peso relativo de las verdades y los valores, aparentemente eso no era tan malo.

Pero no se trataba de un tema de altruismo civilizatorio. Bush hijo, cuando invadió Irak, declaraba que el objetivo era desmantelar la producción de armas de destrucción masiva, incluso de tipo biológicas, que constituían una amenaza flagrante para el mundo occidental si caían en manos de terroristas como Al Qaeda. Con este argumento convenció, incluso, al propio Tony Blair y, me imagino, a los altos mandos del ejército y la inteligencia británicos. A poco andar, la realidad demostró que nunca existieron tales armas y nunca Irak fue la base territorial de Al Qaeda. Peor aún, se demostró que los invasores siempre supieron que no existían esas armas. Pero no importaba. Si no estaban los terroristas ni su arsenal químico, al menos había mucho petróleo. Tampoco por el lado de los antiguos buenos las cosas andaban mucho mejor. Cuando los soviéticos invadieron Afganistán, comenzaron por asesinar a un presidente comunista díscolo que había conducido al país a la guerra civil, para instalar en el puesto a un militante comunista fiel a Moscú. Y antes, el año 68, habían invadido Checoslovaquia, y antes Hungría. A la hora de la propaganda, todos esgrimían buenas razones: la seguridad del estado, o el orden democrático y constitucional, pero, en definitiva, se trataba de defender los intereses de los países dominantes. 

La lógica imperial es más antigua que el hilo negro. Por lo mismo, en un momento en que el avance de China hace tambalear la hegemonía norteamericana, irrumpe el discurso nacionalista e imperial de Trump. En esencia, sus acciones y su política discursiva no son tan diferentes a lo que ya habíamos visto. Pero el desparpajo y la puerilidad del discurso hacen la diferencia. Al parecer, antes el ejercicio del poder imperial era más sutil. Se construían buenas razones, aunque fueran falsas. Hoy parece que todo se hace más burdo: se acusa a Maduro de dirigir un estado narcoterrorista que produce cientos de miles de muertes de ciudadanos norteamericanos. De Maduro se pueden decir muchas cosas: que era un dictador, que se robó las elecciones, que violó los derechos humanos, pero hasta ahora no hay una sola evidencia de que sea narcotraficante. Y el desparpajo de Trump es de tal nivel, que prácticamente la única razón para su acción militar que menos ha enfatizado es precisamente la de las drogas y el terrorismo. Por el contrario, ha indicado que su objetivo es recuperar “el petróleo venezolano” que les pertenece. Y luego ha mezclado esto con su nueva política de seguridad nacional, diciendo que no van a aceptar la injerencia extranjera en su territorio, o sea, en occidente. No hay misterios.

La agresión a Venezuela fue un acto que envía un mensaje muy peligroso a todos quienes deseen tener una política y posicionamiento independientes. El derecho internacional, la soberanía de los países, los organismos multilaterales no importan nada. Solo importan los intereses norteamericanos o, mejor dicho, de los grandes consorcios económicos de Estados Unidos. Importa la fuerza: si se tiene, se impone. En esto, si Trump tiene alguna gracia, es que es honesto y dice las cosas tal como son. No las enmascara, ni las adorna, ni las suaviza. Las dice y las pone en acción. Es su mérito, su mérito perverso, porque su hálito imperial raya en lo grotesco. Se ha transformado en una caricatura de emperador. Su megalomanía es ridícula, irrisoria. Pareciera que con su derroche de dorados pretendiera emular a los viejos reyes de la Francia imperial, pero sin la altura ni la fineza de sus logros. Lo mismo con esa tendencia a ponerle su nombre a lo que sea con tal de que se note y se iguale –una vez más, discursivamente- a figuras y momentos trascendentes de la historia. Lo más risible de su conducta, me parece, es su deseo y autoproclamación como el justo merecedor del premio Nobel de la paz.

Lamentablemente, esta es la realidad que se impone y se evidencia con el ataque a Venezuela. En Chile, nos jugamos mucho de nuestra propia credibilidad democrática en la toma de posición frente a este acontecimiento. Algunos se alegran porque quedó fuera de combate un dictador, y eso es legítimo. Pero, ¿No nos importa la sostenibilidad de las relaciones internacionales más allá de que se imponga el más fuerte? ¿Aceptamos que se amenace a Groenlandia, Colombia, Cuba con acciones similares? ¿Nos parece bien que se aliente a Israel a una nueva guerra con Irán, para continuar con su saga de matanzas? ¿No nos preocupa que mañana el nuevo emperador nos obligue a disminuir nuestro comercio con China, o se le ocurra que debemos devolverle el cobre y, quien sabe, de pasada el litio? Y si hacemos memoria y razonamos a la luz de la historia más larga, debiéramos preguntarnos si nos habría parecido justo y razonable que alguna gran potencia (EE:UU., Unión Soviética, Francia o cualquier otra) hubiese decidido invadir Chile, capturar a Pinochet por ejemplo en Bucalemu, y se lo hubiese llevado a otro país para juzgarlo por tráfico de drogas.

La convicción de que un país puede ejercer unilateralmente la fuerza contra otros que, obviamente, son mucho más débiles, abre un peligroso escenario para el futuro. Con este mismo argumento, Rusia defiende su guerra con Ucrania y China podría esgrimirlo para invadir Taiwán. Y como ya no hay buenos ni malos, como antaño, y todos son más pedestres y miserables, no nos quedará más opción que elegir “entre los malos y los más peores”. Esta será la paradoja del neo imperialismo, un verdadero callejón sin salida.

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1 comment

Patricia Jarpa enero 10, 2026 - 6:49 pm

Excelente querido Todo…

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